Iago
El miércoles a las seis y treinta y siete de la mañana, mientras estoy saliendo de la cala con la toalla en la mano, suena el móvil dentro del bolsillo del pantalón corto que he dejado sobre la arena.
Yo no me llevo el móvil al agua. Yo no me llevo el móvil casi nunca a ninguna parte que no sea estrictamente necesaria. Pero, esta mañana, ya sé, por intuición vieja, que el móvil que suena a las seis y treinta y siete no trae ninguna noticia neutra.
Lo cojo. Pantalla: Eva.
— Eva.
— Iago.
— ¿Qué?
— Papá.
Pausa.
— ¿Qué le ha pasado?
— Está en el hospital de Vigo. Lo ha traído mamá esta noche a las tres. Dolor en el pecho. No es infarto. Pero tienen que hacerle pruebas hoy.
— ¿Estable?
— Estable. Tranquilo. Lo está viendo Manolo, mi marido. No es grave, Iago. Te lo digo en serio. Es un susto.
— ¿Cuánto?
— Dos o tres días.
— ¿Lo sabe Noa?
— No.
— ¿Mamá?
— Mamá está bien. Cansada. Lleva tres horas en urgencias.
— ¿Voy?
— Iago.
— ¿Qué?
— Sí. Pero no por papá. Por mamá. Y porque, si no vienes, papá te lo va a echar en cara hasta diciembre.
— Vale.
— ¿Vienes?
— Vuelo hoy desde Almería a Vigo.
— ¿A qué hora?
— A las dos de la tarde. Hay un Iberia directo.
— ¿Solo o con?
Pausa.
— Solo.
— ¿Solo? — repite Eva.
— Solo.
— ¿Por?
— Porque Lola tiene cosas que terminar aquí esta semana. Y porque, esto, no es para que ella suelte el hostal.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Estás seguro?
— Estoy seguro.
— ¿Lo has hablado con ella?
— No.
— ¿Iago?
— ¿Sí, Eva?
— ¿No vas a hablarlo con ella?
— Eva, déjame.
— Iago.
— ¿Qué?
— Lo último que te digo. Tú decides.
— Vale.
Cuelgo.
Subo al hostal. Lola está en la cocina con un café. Curro, friendo huevos. Toñi, en el patio, terminando el último detalle del muro de la planta baja.
— Buenos días.
— Buenos días.
— ¿Has dormido?
— Bien.
— Lola.
— ¿Qué?
— Tengo una cosa.
— ¿Qué cosa?
— Una cosa.
— ¿Qué cosa?
— Tengo que ir a Vigo.
— ¿A Vigo?
— A Vigo.
— ¿Por?
— Por mi padre.
— ¿Qué le ha pasado?
— Tiene un susto en el pecho. Está en el hospital. No es grave. Eva me ha llamado hace diez minutos.
Lola, con la taza en la mano, se acerca. Me coge la cintura. Me mira a los ojos.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Vuelo?
— A las dos. Almería-Vigo.
— Vale. Te llevo al aeropuerto.
— No.
— ¿No?
— No. Solo.
Pausa.
— ¿Solo?
— Solo, voy.
— ¿Sin mí?
— Lola.
— ¿Qué?
— Tú tienes que terminar aquí. Tú, mañana jueves, tienes la última reunión con la oficina técnica de Níjar. Y, viernes, vienen los del seguro a hacer la última revisión.
— Iago.
— ¿Qué?
— Eso, en mitad de un susto de tu padre, importa cero.
— Lola.
— ¿Qué?
— No importa cero.
— ¿Y si voy contigo?
— No es necesario.
— ¿No es necesario?
— No es necesario. Mi padre está estable. Mi madre tiene a Eva. Yo voy a estar tres días allí. Vuelvo el sábado.
— ¿Sin mí?
— Sin ti, sí.
Lola, en la cocina, suelta la taza.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿En serio me estás diciendo esto?
— Te lo estoy diciendo en serio.
— ¿Tu padre está en el hospital y tú vas solo?
— Mi padre está en el hospital. Yo voy con mi madre y mi hermana. Mi familia.
— ¿Tu familia?
— Mi familia.
Pausa larga.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Yo no soy familia?
Pausa más larga.
— Lola.
— ¿Qué?
— Tú, tú, todavía no lo eres.
Yo, en este momento, sé exactamente lo que acabo de decir. Yo, en este momento, también, sé que me ha salido sin querer. Yo, en este momento, no soy capaz de retirarlo lo suficientemente rápido como para que la cara de Lola no haga lo que está haciendo.
Lola, en la cocina, se queda quieta. Tres segundos. Cinco. Diez.
Curro, en la sartén, deja de mover.
Toñi, en el patio, ha parado de oírse.
— Iago — dice Lola, en voz muy tranquila — . ¿Acabas de decir lo que acabas de decir?
— Lola.
— ¿Qué?
— Lo que quería decir es que —
— Iago.
— ¿Qué?
— Has dicho exactamente "tú, tú, todavía no lo eres".
— Lola.
— ¿Has dicho eso o no?
— Lo he dicho.
— ¿Y por qué lo has dicho?
— Porque mi familia, en mi cabeza, es Eva, mi madre, mi padre, Noa.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Y yo no soy tu familia?
— Lola.
— ¿Qué?
— En diez días hemos hablado de hijos, de anillos, de mudanza repartida, de PLOMO, de tu cadena, de mi estudio. Y, en mi cabeza, somos familia. Pero, hoy, en una urgencia médica, en mi automatismo, "mi familia" sigue siendo la genética.
Lola, en la cocina, asiente con la barbilla. Una vez. Dos. Tres.
— Iago.
— ¿Qué?
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
— ¿Sin discutir?
— Iago.
— ¿Qué?
— Tienes vuelo a las dos a Vigo. Te llevo al aeropuerto.
— ¿Sí?
— Te llevo al aeropuerto. Te dejo en la terminal. Te despido con un beso. Y, después, vuelvo aquí, recojo mis cosas, hago la maleta, y, mañana, cojo otro vuelo, este a Madrid.
Pausa.
— ¿A Madrid?
— A Madrid.
— ¿Mañana?
— Mañana.
— ¿Por qué?
— Iago.
— ¿Qué?
— Porque esto que acabas de decir, hoy, no me ha dolido tanto como me ha dolido lo de Beatriz Marín. Lo de Beatriz Marín, en septiembre, fue una mentira por omisión por miedo. Hoy es algo distinto.
— ¿El qué?
— Esto, hoy, es lo que tú piensas debajo del automatismo. Esto, hoy, es lo que tú dirías en mi entierro si yo me muriera antes de tiempo. Esto, hoy, no es un error que se corrige con una pelea en el patio. Esto, hoy, es una opinión.
— Lola.
— ¿Qué?
— No es una opinión.
— Iago.
— ¿Qué?
— Cuando una persona dice algo así, en mitad de una urgencia, sin pensar, sin filtros, esa es la opinión. Las otras versiones, las que se construyen con calma y palabras escogidas, son la presentación. Pero, esto, lo de hoy, es la opinión.
— Lola.
— ¿Qué?
— No.
— ¿No?
— No.
— ¿Y entonces?
— Y, entonces, yo, en mi cabeza, tengo dos niveles de "familia". Uno, el genético. Otro, el adquirido. Tú estás en el segundo. Y, en una urgencia médica, mi automatismo coge al primero. No porque te eche, sino porque mi cabeza, en un susto, va a lo primero que sabe.
— Iago.
— ¿Qué?
— Y, ese automatismo, no se cambia en una semana.
— No.
— ¿En cuánto?
— En años.
— Iago.
— ¿Qué?
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale. Te llevo al aeropuerto. Y, después, hago lo que he dicho.
— ¿Vas a Madrid?
— Voy a Madrid.
— ¿Por cuánto?
— Hasta que tú vuelvas. Después, hablamos. En Madrid. En la cala. Donde sea.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Vamos a romper?
Pausa.
— No.
— ¿No?
— No, Iago. Pero, esto, no se arregla con un "lo siento" en la cocina mientras Curro fríe huevos.
Esto requiere que yo, ahora, me vaya a mi piso de Lavapiés.
Que esté con Pessoa. Que esté con Mar. Con Candela.
Que esté con la gente que, para mí, es familia adquirida desde hace diez años.
Y, después, decidamos los dos qué hacemos con esto.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Estoy perdiéndote?
— No.
— ¿No?
— No. Estoy haciendo lo que mi padre me dijo, sin saber qué iba a hacer, cuando me trajo aquí. Estás haciendo lo que un hostelero gallego me ha pedido cuarenta veces en seis meses: voy despacio. Pero, esta vez, despacio es alejándome para entender.
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
— Iago.
— ¿Qué?
— Llama a tu padre cuando puedas. Lo quiero.
Y, ahí, sin más, Lola sale de la cocina. Sube a la habitación grande. Yo me quedo en la cocina. Curro, en la sartén, ha apagado el fuego. Toñi, en el patio, se ha ido a otro sitio.
A las once y media bajo. Lola, ya, tiene la maleta hecha. La saca del despacho. Saca el portaplanos. Saca dos cajas con libros.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿De verdad lo vas a hacer así?
— Iago.
— ¿Qué?
— Sí.
— ¿Por qué con tanta calma?
— Porque no soy una mujer dramática. Y porque, lo dramático, en este momento, ya lo he hecho yo en la cala hace dos semanas. Lo de hoy lo hago así.
A la una y cuarto, Lola me lleva al aeropuerto de Almería. El viaje, en su Mini blanco, dura cincuenta y dos minutos. Hablamos poco. Yo cojo aire, lo suelto. Me limpio la cara con el dorso de la mano.
— Lola.
— ¿Qué?
— Voy a echarte de menos.
— Iago.
— ¿Qué?
— Yo a ti.
— ¿Vas a coger tú el vuelo a Madrid mañana?
— Mañana.
— ¿Y, después?
— Después, hablamos.
— ¿Cuándo?
— Cuando vuelvas. Tú me dices.
— ¿Iremos cada uno por nuestro lado?
— No exactamente.
— ¿Y entonces?
— Yo voy a estar en mi piso de Lavapiés.
Pessoa, Candela, Mar. Trabajo en PLOMO con Cande y Mar.
Tú, en Cangas con tu padre, tu madre y tu hermana.
Después de tres días, cuando esté tu padre bien, vuelves al hostal.
Aquí, estás solo. Yo, en Madrid. Cuando estés listo, me llamas. Y, decidimos qué hacemos.
— ¿Vamos a seguir?
— Iago.
— ¿Qué?
— Yo no quiero romper.
— ¿No?
— No.
— ¿Y, entonces?
— Y, entonces, vamos a pensar bien una cosa.
— ¿Cuál?
— Si "tú no eres mi familia" es una frase que vamos a poder digerir los dos sin que se nos meta debajo de la piel para siempre.
Pausa.
En el aparcamiento del aeropuerto, antes de bajar, Lola me coge la mano izquierda. Mira el anillo que me regaló. Lo mira tres segundos.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Me lo quitas?
— ¿Qué?
— ¿Quieres que me lo quite?
— Iago.
— ¿Qué?
— No.
— ¿No?
— No te lo quites. Y, una cosa.
— ¿Qué?
— Yo, tampoco, me quito el mío.
Y me enseña su mano izquierda con el anillo de plata en el anular.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Esto qué significa?
— Significa que no estamos rompiendo. Estamos pensando. Y, mientras pensamos, los anillos se quedan.
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
Bajo del coche. Saco la mochila. Lola, en el asiento del conductor, me mira por la ventana.
— Iago.
— ¿Qué?
— Cuida a tu padre.
— Sí.
— Y a tu madre.
— Sí.
— Y a Eva.
— Sí.
— Y, una cosa.
— ¿Qué?
— Llámame esta noche. Cuando llegues. Aunque sea para decirme cómo está tu padre.
— Vale.
— Sin pelear.
— Sin pelear.
— Iago.
— ¿Qué?
— Te quiero.
— Yo más.
— Imposible.
— Apuesta.
— Iago.
— ¿Qué?
— Esta vez, no apuesto.
— ¿No?
— No.
Y, ahí, en el aparcamiento del aeropuerto de Almería, con la maleta a los pies, con el sol del cabo de Gata pegando, con un anillo en mi mano izquierda que pesa más esta tarde que cualquier otro día, Lola Carrasco Estepa cierra la ventanilla del Mini blanco, me sopla un beso con dos dedos y se va por la pista.
Yo, en el aparcamiento, me quedo dos minutos sin moverme.
Y, después, entro a la terminal. Y cojo el vuelo. Y, en el vuelo, durante una hora y treinta y cinco minutos, voy pensando en lo que se me ha escapado.
Y, sí, me he equivocado.
Me he equivocado feo. Me he equivocado por inercia. Me he equivocado por una palabra de costumbre que llevo treinta y ocho años usando como si fuera fija, y que, hoy, descubrí, ya no lo era.
Lo que tengo que hacer, durante los próximos diez días, es exactamente lo que Lola me ha dicho.
Pensar bien si "tú no eres mi familia" se puede digerir.
Y, si la respuesta es "sí, se puede digerir", volver a Lavapiés con la cara baja, con un café en la mano, con la disculpa entera, y sin más excusas.
Y, si la respuesta es "no, no se puede", voy a tener que aceptar que llevaba seis meses prometiendo cosas que mi automatismo no estaba preparado para sostener.
Mi padre, en Vigo, en una camilla, no sabe que su hijo, en este vuelo, está pensando exactamente lo mismo que pensaba él hace cuarenta años cuando le decía a mi madre, sin pensar, "tú no eres mi sangre".
Mi madre, hace cuarenta años, en una cocina de Cangas, le contestó:
— Manuel, te juro que un día te vas a arrepentir.
Y mi padre, según me contaron los dos hace veinte años en una sobremesa larga, se arrepintió esa misma noche.
Yo, esta noche, espero no tardar más que él.