La huésped de la cala Capítulo 27
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Capítulo 27

El domingo, a las once de la mañana, después de un café enorme y un par de mejunjes que ha hecho Curro para los que sobrevivimos a la fiesta hasta el final, Iago y yo nos sentamos en el patio para hablar de lo de Aurea.

Mar, Candela, Eva, mis padres y los suyos están todos por el hostal. Mar, en el comedor, está leyendo. Eva, en una hamaca, dormita. Mis padres, en la habitación grande de invitados, durmiendo. Manuel y Lola madre, en su habitación, lo mismo.

Noa, con su unicornio, está en la cala con dos niñas del pueblo de San José que la han invitado a buscar caracolas.

— Iago.

— ¿Qué?

— A ver.

— A ver.

— Cuéntamelo bien.

Iago, con la taza de café:

— Beatriz, ayer por la noche, después de oírme en el discurso decir que "Aurea no compra lo que se hace con manos pequeñas", quedó tocada.

Pero, en lugar de cabrearse, hizo lo que hace una buena ejecutiva: dio la vuelta a la pregunta.

Llamó a su CEO. El CEO le dijo "ofrécele otra cosa, distinta".

Y, esta mañana, a las cuatro y media, me llamó.

— ¿A las cuatro y media?

— A las cuatro y media.

— ¿Has dormido?

— Tres horas.

— Vale.

— La oferta es esta: consultor externo. Trabajo desde donde quiera. Asesoramiento estratégico a la división boutique de Aurea. Treinta visitas al año a sus hoteles. Acceso a sus comités. Pero, los míos, los conservo. Mi cadena, mía. Y, cuatrocientos mil al año durante tres años.

— ¿Treinta visitas?

— Treinta visitas al año. Una cada doce días, más o menos.

— ¿De cuántos días?

— Dos. Tres como mucho.

— Vale.

— ¿Lola?

— Sí.

— ¿Qué piensas?

— Iago.

— ¿Qué?

— Estoy pensando.

— ¿Sin hablar?

— Sin hablar.

— Vale.

Pienso. Pienso bien. Pienso durante cuatro minutos. Iago, sentado enfrente, no se mueve.

— Iago.

— ¿Qué?

— Una pregunta.

— Dispara.

— ¿Tú lo quieres?

— Sí.

— ¿Mucho?

— Mucho.

— ¿Por?

— Porque, en un trabajo de consultor, tendría algo nuevo que aprender. Y, en cinco años, no he aprendido casi nada nuevo, porque mi cadena ya la sé hacer. Eso, profesionalmente, me ayudaría.

— ¿Sin dejar tu cadena?

— Sin dejar mi cadena.

— Vale.

— ¿Te molesta?

— Iago.

— ¿Qué?

— Treinta visitas al año.

— Treinta visitas al año.

— Eso es mucho.

— ¿Mucho?

— Treinta visitas en tres años son noventa. Noventa visitas en tres años son, en proporción, ochenta días tuyos al año fuera. Ochenta días fuera al año durante tres años. Iago, eso es casi la cuarta parte del año, fuera. Y eso no contando los días que sigues yendo a tus propios hostales.

Iago, en la silla, asiente.

— Es verdad.

— ¿Lo habías calculado así?

— No.

— ¿En serio?

— En serio.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Y, además, Noa?

— ¿Noa?

— Noa va a estar contigo dos semanas al mes a partir de febrero, según hemos quedado con Ainhoa. Si tú estás ochenta días fuera, ¿quién está con Noa?

Iago, en la silla, se queda quieto.

— Joder.

— Sí.

— No lo había calculado así.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Es buena oferta?

— Es muy buena.

— ¿Pero, es vital?

— No.

— ¿Y, entonces?

— Y, entonces, Lola, déjame pensar.

— ¿Cuánto?

— Hasta el martes.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

— Iago.

— ¿Qué?

— Una cosa más.

— ¿Qué?

— Si la aceptas, lo apañamos. No es un "no" rotundo de mi parte. Es una pregunta seria. Hablamos. Si me dices que la quieres aceptar, hablamos sobre cómo se compatibiliza con Noa, con PLOMO, con nuestra vida. Pero, si la rechazas, no quiero que lo hagas por mí. Lo decides por ti.

Iago, en la silla, me mira tres segundos.

— Lola.

— ¿Qué?

— Eso, ya, lo he aprendido.

— ¿Qué?

— A no decidir cosas mías por ti.

— Iago.

— ¿Qué?

— Vale.

— Vale.

A las dos de la tarde comemos todos. Curro ha hecho un guiso enorme.

Las dos abuelas (mi madre y la otra Lola) están en mitad del comedor, hablando como si llevaran cuarenta años de amigas.

Eva, sentada al lado de Mar, le explica casos de medicina familiar.

Mar, encantada, apunta. Candela, sentada al lado de mi padre, le pregunta por la mesita que está lijando este mes.

Manuel padre, sentado al lado de Paco, hablando del mar.

Noa, sentada en mis rodillas, me trae un dibujo.

— Lola la guapa.

— ¿Qué, Noa?

— Mira.

Es un dibujo. Cinco figuras humanas. Una alta con barba (papá). Una mediana con pelo largo y pendientes (Lola la guapa). Una pequeña con dos coletas (Noa). Y, atrás, dos más: una mujer con moño gris (abuela Lola), un hombre con bastón (abuelo Manuel).

— Es la familia — dice Noa.

— ¿La familia?

— La nuestra.

— Vale.

— ¿Te gusta?

— Me gusta.

— Es para ponerlo en la cocina.

— ¿En la del hostal?

— En la del hostal.

— ¿Cuándo?

— Hoy. Antes de irme.

— Vale.

— ¿Lo ponemos las dos?

— Las dos.

A las cuatro lo pegamos las dos en la pared de la cocina, con un imán que dice "Almería" que ha encontrado Noa en un cajón. Curro, viéndolo, asiente sin decir nada.

A las seis se van. Se van todos en una caravana de coches. Mis padres, en su coche. Mar y Candela, juntas en el coche de Candela. Eva, en el coche de los padres de Iago. Noa, con Ainhoa, en un taxi de San José al Don Pepe.

Iago y yo nos quedamos solos en el patio del hostal. Cae la tarde. La cala, abajo, está empezando a ponerse oscura.

— Iago.

— ¿Qué?

— Ha sido perfecto.

— Ha sido perfecto.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Mañana?

— Mañana.

— ¿Qué piensas?

— Mañana lo decido.

— ¿Mañana?

— Mañana.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Cómo lo vas a pensar?

— Voy a hacer lo que mi padre me enseñó.

— ¿Qué?

— Voy a bajar a la cala mañana a las cinco y media de la mañana. Me voy a meter en el agua. Voy a salir. Voy a tomar un café. Y, después del café, voy a saber.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Eso funciona contigo?

— Hasta ahora, sí.

— Vale.

El lunes, a las cinco y media de la mañana, Iago baja a la cala. Yo, en la cama, oigo cómo se va. Me vuelvo a dormir. A las siete, me despierto. Iago, ya, está en la cocina con Curro.

Bajo. Iago, viéndome, sonríe.

— Lola.

— ¿Qué?

— Rechazada.

— ¿La consultoría?

— La consultoría.

— ¿En serio?

— En serio. He pensado en lo que tú dijiste de Noa. He pensado en lo que tú dijiste de PLOMO. He pensado en lo que tú dijiste de nosotros. Y, ochenta días fuera, en este momento, no son aceptables.

— ¿Y se lo has dicho a Beatriz?

— Le he mandado un correo a las seis y media. La llamo a las nueve.

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— Una cosa.

— ¿Qué?

— Beatriz, esta noche, me ha dicho una cosa.

— ¿Qué?

— Que, si no acepto la consultoría a tiempo completo, podemos hablar de algo más pequeño.

Doce visitas al año. Diciembre, abril, agosto.

Tres bloques de cuatro días. Mucho menos.

Y, en cambio, ciento sesenta mil al año durante tres años.

Eso, calculado, es un mes en total al año fuera. Repartido en tres bloques.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Eso es lo que prefieres?

— Eso es lo que prefiero.

— ¿Y a mí?

— A ti, me toca preguntarte ahora.

— Iago.

— ¿Qué?

— Un mes al año, repartido en bloques que sabemos con antelación, es asumible.

— ¿Asumible?

— Asumible.

— ¿En serio?

— En serio. Es la diferencia entre vivir con un consultor a tiempo completo y vivir con alguien que, además de su cadena, hace una asesoría puntual.

— ¿Sin que afecte a Noa?

— Sin que afecte a Noa.

— ¿Sin que afecte a PLOMO?

— Sin que afecte a PLOMO.

— ¿Sin que afecte a nosotros?

— Sin que afecte a nosotros.

— Iago.

— ¿Qué?

— Hazlo.

— ¿En serio?

— En serio.

— Vale.

A las nueve y diez, en el patio, Iago llama a Beatriz. Le dice. Le acepta la versión pequeña. Beatriz, al otro lado, se ríe y le contesta:

— Iago.

— ¿Qué?

— Sabía que ibas a aceptar esta.

— ¿Sí?

— Sí.

— ¿Por?

— Porque, en el discurso de anoche, dijiste "manos pequeñas". Y, en mi diccionario, "manos pequeñas" no son cuatrocientos mil al año. Son ciento sesenta. Lo otro era el primer disparo. Esto, lo segundo, es donde te queríamos.

Iago se ríe.

— Beatriz.

— ¿Qué?

— Eres muy buena.

— Lo sé.

— ¿Empiezo?

— En diciembre. Primera visita, Mallorca, tres días.

— Vale.

— Te mando contrato esta tarde.

— Vale.

Cuelga.

Me mira.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Bien?

— Bien.

— ¿En serio?

— En serio.

— Iago.

— ¿Qué?

— Esa Beatriz Marín es lista.

— Mucho.

— ¿La conoces de antes?

— No. Pero, en cuatro semanas, la he aprendido.

— ¿Te cae bien?

— Profesionalmente, sí.

— ¿Personalmente?

— Personalmente, también. Es de Vigo.

— ¿De Vigo?

— De Vigo. Y, además, una cosa.

— ¿Qué?

— Beatriz Marín tiene cuarenta y nueve años, casada con un ingeniero naval, dos hijos universitarios, y la cara muy parecida a la de mi prima Mencía.

— Joder.

— Sí.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Por qué no me dijiste todo eso en septiembre?

— Porque, en septiembre, no me parecía importante.

— Iago.

— ¿Qué?

— Sí era importante.

— ¿Por?

— Porque, en mi cabeza, durante tres horas el miércoles pasado, Beatriz Marín tenía treinta y dos años, era preciosa, te llamaba a las once de la noche para ofrecerte una cama en Madrid y, además, era de tu prima.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Me la habías celado?

— Iago.

— ¿Qué?

— No. Pero, si me hubieras dicho que era una señora de Vigo de cuarenta y nueve años casada con un ingeniero naval, esa pequeña duda no se me habría pasado por la cabeza durante esas tres horas.

— Lola.

— ¿Qué?

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale. Aprendido. La próxima vez, te digo edad, estado civil y origen geográfico de quien me llama por trabajo a las once de la noche.

— Iago.

— ¿Qué?

— Cállate.

— Cállate tú.

Nos descojonamos.

A las dos de la tarde, comemos los dos solos en el comedor. El hostal, sin la cuadrilla (Paco y los suyos están terminando los detalles de planta baja sin hacer ruido en la planta de arriba, donde estamos nosotros, porque mañana será el último día), está silencioso.

— Iago.

— ¿Qué?

— Una cosa.

— ¿Qué?

— Lo de la consultoría, ya, está hecho.

— Está hecho.

— Y, la inauguración, también.

— También.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Y ahora qué?

— Ahora, nos vamos.

— ¿Cuándo?

— En cinco días.

— ¿A dónde?

— Tú, a Madrid. Yo, dos semanas a Cangas. Después, vuelvo aquí dos semanas a recibir clientes. Después, te recojo en Madrid y vamos los dos a Cangas a llevar a Noa.

— ¿Cuándo nos vamos a vivir juntos en serio?

— Lola.

— ¿Qué?

— Eso, en cierto modo, ya está pasando.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Sin firmar nada?

— Sin firmar nada. Pero, sí, en la práctica. Tú vas a Cangas en noviembre. Yo vengo a Madrid en diciembre. Vivimos en tres sitios, los tres con cosas tuyas y cosas mías.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eso me gusta.

— ¿A ti, también?

— Sí.

— Vale.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Y los anillos? ¿Lo decimos hoy?

— Lo decimos hoy.

— ¿A nuestras madres?

— A nuestras madres.

A las siete de la tarde, los dos, sentados en el patio, llamamos.

Yo a la mía. Iago a la suya. Sin micro abierto.

Las dos llamadas duran exactamente treinta y dos minutos.

Las dos llamadas, terminan con un "vale, hija" y un "vale, niño".

Las dos madres, lloran un poco. Las dos madres, gritan un poco.

Las dos madres, después de los gritos, se rinden.

A las nueve cenamos los dos en el patio. Iago me mira.

— Lola.

— ¿Qué?

— Falta una cosa.

— ¿Cuál?

— Decirle a Noa.

— ¿Mañana?

— Mañana. Llamamos a Noa por videollamada antes de que se vaya al colegio.

— ¿Cuándo?

— A las ocho menos cuarto.

— Vale.

A las once nos vamos a la cama. La habitación grande. La que será la del hostal del huésped principal. La que ya no será nuestra desde la semana que viene (los huéspedes empiezan a entrar el día seis de octubre).

— Iago.

— ¿Qué?

— Esta es la última semana en esta habitación.

— Lo sé.

— ¿Te da pena?

— Sí.

— ¿A mí?

— A ti, también.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Y, después, dónde dormimos?

— En la habitación pequeña de invitados, en el cobertizo trasero. La que está al fondo del patio.

— ¿La de los albañiles?

— Sí. La que pensé yo, en septiembre, para los dueños cuando vinieran.

— ¿La hemos preparado?

— Está preparada.

— Vale.

Y, esa noche, en la cama de la habitación grande, sin dormirnos hasta la una, repasamos los próximos cinco días. Repasamos los próximos cinco años. Repasamos los próximos cuarenta. Sin teatro. Sin prisa.

Y, antes de dormirme, Iago, contra mi oreja, me dice:

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Te imaginabas esto en marzo?

— No.

— ¿No?

— No.

— Yo, tampoco.

— Iago.

— ¿Qué?

— Buenas noches.

— Buenas noches.

— Te quiero.

— Yo más.

— Cállate, Castelo.

— Cállate tú, Carrasco.

Y dormimos. Y, esta noche, dormimos profundamente, y los dos hemos decidido todo, y la consultoría está aceptada, y nuestras madres lo saben, y Noa va a saberlo mañana, y, sin decírnoslo todavía, hemos decidido también, sin necesidad de la cabeza, sin necesidad del cuerpo, que febrero, sí, es nuestro mes.