La huésped de la cala Capítulo 26
81%

Capítulo 26

El domingo a las nueve de la noche volvemos a Caleta del Yegua. La pista, esta vez, ya nos la sabemos al milímetro. Iago aparca el todoterreno. Bajamos. El hostal está vacío: Paco y la cuadrilla se han ido el viernes a Almería capital a ver a sus familias. Vuelven el martes.

Llevo, en el dedo anular izquierdo, un anillo de plata con un compás grabado por dentro. Iago, en el dedo anular izquierdo, lleva un anillo de plata con la palabra Lola grabada por dentro que le compré ayer en una joyería pequeña de la calle del Almirante.

Y, durante las dos semanas siguientes, las dos últimas semanas de obra, Iago y yo somos, técnicamente, una pareja prometida.

Ni Mar ni Candela lo saben. Ni Eva. Ni mis padres. Ni los suyos. Lo sabemos él y yo. Iago me ha pedido que no lo contemos hasta después de la inauguración. "Quiero", me dice, "que la inauguración sea de Caleta del Yegua. No quiero mezclar."

Yo, sin pelear, acepto.

Iago, además, me confiesa una cosa que no me había contado.

Cuando estaba en Bilbao con Noa en agosto, su madre, Ainhoa, le preguntó por mí.

Iago le contó. Ainhoa, en lugar de poner pegas, le dijo dos cosas: una, que estaba contenta.

Dos, que, cuando él decidiera que era el momento, ella le aconsejaba que no esperara.

"Iago", le dijo Ainhoa, "tú, en estos asuntos, esperas demasiado".

Eso, no me lo había dicho antes. Iago me lo cuenta el lunes a las once de la noche, en la cama de la habitación grande.

— ¿Mi exmujer te dijo eso?

— Sí.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eso es muy raro.

— Lo es.

— Y muy bueno.

— Lo es.

— Iago.

— ¿Qué?

— Voy a llamarla.

— ¿A Ainhoa?

— A Ainhoa. Para darle las gracias.

— ¿Por?

— Por haberte dado un empujón.

— ¿Sin que tú estés delante?

— Sin que esté yo delante.

— Vale.

El martes por la mañana, mientras Iago está en Almería capital con un proveedor, llamo a Ainhoa. Ainhoa contesta a la tercera.

— Lola.

— Ainhoa.

— ¿Bien?

— Bien. Una cosa rápida.

— Dime.

— Iago me ha contado lo que tú le dijiste en agosto.

Pausa.

— ¿Lo del momento?

— Lo del momento.

— ¿Y?

— Y, una cosa.

— ¿Qué?

— Gracias.

— ¿Por?

— Por haberle dicho que no esperara.

— Lola.

— ¿Qué?

— Yo lo dije porque, conociéndolo, sin un pequeño empujón externo, era capaz de esperarse dos años.

— ¿Dos?

— Dos.

— Joder.

— Sí.

— Ainhoa.

— ¿Qué?

— Una cosa.

— ¿Qué?

— ¿Te molesta que esto pase?

Pausa larga.

— Lola.

— ¿Qué?

— Te lo voy a decir con sinceridad. Una parte pequeñísima de mí, sí.

Por motivos absurdos. Por orgullo. Por costumbre.

Por la convicción tonta de que las exmujeres tienen un derecho de tanteo emocional sobre los exmaridos durante los siguientes diez años.

Pero, una parte enorme, mayor, no. Y, esa parte enorme, es la que decide.

Estoy contenta. Por Iago. Por Noa. Por mí, también.

— ¿Por ti?

— Porque, si Iago tiene a alguien que lo cuide, yo, también, tengo más espacio para tener a alguien que me cuide a mí.

— ¿Y?

— Y, en septiembre, voy a empezar a salir con alguien.

— ¿En serio?

— En serio. Un señor de Bilbao. Cuarenta y dos. Ingeniero. Sin hijos. Divorciado.

— Ainhoa.

— ¿Qué?

— Felicidades.

— Gracias.

— ¿Y Noa?

— Noa, todavía no lo sabe. Y, en seis meses, ya veremos.

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Tú y él?

— Vamos.

— ¿Vamos cómo?

— Vamos a vivir juntos a media velocidad. Madrid, cala, Cangas.

— ¿Sin boda?

— Sin boda.

— ¿Sin nada?

— Con anillos.

Pausa.

— ¿Anillos?

— Anillos.

— ¿En serio?

— En serio.

— Lola.

— ¿Qué?

— Felicidades.

— Gracias.

— ¿Cuándo lo cuenta?

— Lo cuenta cuando termine la obra.

— ¿Y, hasta entonces?

— Hasta entonces, lo sabemos los dos.

— Vale.

— Pero, una cosa.

— ¿Qué?

— Te lo cuento a ti, hoy, antes que a nadie.

— ¿Antes que a tus padres?

— Sí.

— ¿Por?

— Porque tú me lo facilitaste. Y, hoy, te lo merecías.

— Lola.

— ¿Qué?

— Gracias.

— A ti.

Cuelgo.

Y, en mi habitación pequeña (donde he ido a llamarla por la cobertura), me siento dos minutos a respirar.

A las dos de la tarde, comemos los seis en el patio del hostal. La cuadrilla ha vuelto. Iago, de Almería capital, ha vuelto. Curro ha hecho potaje (sí, en septiembre, potaje, porque Curro decide). Paco, sentado al lado de Iago, le pregunta cosas del proveedor. Iago contesta.

A los postres, Paco se gira hacia mí.

— Niña.

— ¿Sí, Paco?

— ¿Y eso?

— ¿Qué?

— El anillo.

Yo, en este momento, debería contestar algo. Yo, en este momento, no había planeado contestar algo. Yo, en este momento, intento taparlo con la otra mano.

Demasiado tarde.

Paco ya lo ha visto. Y, lo que es peor, lo ha visto desde el lunes. Llevaba dos comidas, descubriendo Paco, intentando que yo lo mencionara sin tener que preguntar.

— Paco.

— Niña.

— ¿Cómo lo has visto?

— Niña, llevo cuarenta años de obras. Yo, a los azulejos torcidos, los veo. A los anillos nuevos, los veo antes.

Iago, al lado, sin moverse, suspira.

— Paco.

— ¿Qué, Iago?

— Cállate.

— Es tarde.

— ¿Por?

— Porque, en cuanto Curro lo vea, esto se sabe.

Curro, en mitad del comedor, levanta el plato.

— ¿Qué pasa?

— Curro — dice Paco — . Mira.

— ¿Qué?

— La niña.

— ¿Qué tiene la niña?

Le enseño la mano. Curro suelta el plato. Curro mira el anillo. Curro mira a Iago. Curro mira a Paco. Curro mira a Toñi. Curro mira a José Mari.

Y, ahí, en mitad del comedor del hostal Caleta del Yegua, Curro suelta:

— ¡VIVA LOS NOVIOS!

Y los seis (los cuatro de la cuadrilla, Iago y yo) nos descojonamos.

Después del aplauso, Iago, sin moverse, le pone a Paco una mano en el hombro.

— Paco.

— ¿Qué, Iago?

— Que sepas que esto era para anunciarlo después de la inauguración.

— ¿Y qué pasa con la inauguración?

— Que prefería que la inauguración fuera de Caleta del Yegua, no de nosotros.

— Iago.

— ¿Qué?

— Que la inauguración va a ser de las dos cosas.

— ¿De las dos?

— De las dos. Lo siento, hijo. La cuadrilla, ya, está al tanto. La cuadrilla, ya, lo va a contar al primer cliente que llegue. Resígnate.

Iago, en mitad del comedor, se ríe.

— Paco.

— ¿Qué?

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

— Y, una cosa.

— ¿Sí, Paco?

— Felicidades.

— Gracias, Paco.

— A ti, hija — añade, mirándome.

— Gracias, Paco.

— Te lo mereces.

— Gracias.

Y, ahí, los seis abrimos una botella de Albariño que Iago tenía guardada y brindamos.

El sábado, vigesimosexto de septiembre, día de la inauguración, amanece despejado.

El cielo, azul. La cala, planchada. Sin viento.

Curro, a las siete de la mañana, está en la cocina con dos pinches de un restaurante de San José que le ha contratado Iago.

Vamos a servir ciento veinte canapés y dos tipos de cócteles a unos noventa invitados.

Yo, en el patio, a las nueve, estoy ya con un plano repasando los últimos detalles de luces. Iago, vestido con una camisa blanca y unos vaqueros oscuros, está revisando el patio interior con la cuadrilla.

A las diez, llega Noa. La trae Ainhoa, que se va a quedar en el Don Pepe y no asiste a la fiesta (ha sido decisión suya, y Iago y yo, agradecidos). Noa, con su vestido azul nuevo (cosido por Mari Carmen, exactamente como prometí), corre por el patio.

— ¡PAPÁS!

— ¡MONSTRUO!

A las doce, llegan Mar y Candela. A la una, llegan mis padres. Mis padres, conmovidos por la luz del cabo, por la cala virgen, por el hostal terminado, lloran un poco. Mi madre, abrazándome, me susurra al oído:

— Hija, qué bonito.

— Gracias, mamá.

— ¿Y la mano?

— ¿Qué mano?

— Esta.

Y mi madre, con el dedo, me toca el anillo.

Yo me quedo quieta. Iago, a tres metros, gira la cabeza al oír.

— Mamá.

— ¿Qué?

— ¿Lo viste?

— Hija, soy tu madre. Llevo cuarenta años viendo tus manos.

— Mamá.

— ¿Sí?

— Iago.

— ¿Iago?

— Sí.

— ¿Te ha pedido?

— Sí.

— ¿Sin boda?

— Sin boda.

Mi madre, en mitad del patio, me mira tres segundos. Luego, dice:

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

— ¿Sin más?

— Hija, mira. Yo, cuando tu padre se casó conmigo, fue con boda. Pero, treinta y cinco años después, tu padre y yo, sin la boda, también seguiríamos juntos. Lo importante, en mi opinión, no es el papel. Es la decisión. Y, tú, has decidido.

— Mamá.

— ¿Qué?

— Gracias.

— De nada.

A las tres, llegan los padres de Iago, Manuel y Lola madre, en un coche de alquiler. Mi madre y la suya se presentan, se dan dos besos, se ríen, en menos de cuatro minutos están como amigas de toda la vida.

A las siete, empieza la inauguración. El hostal, terminado, es exactamente lo que habíamos imaginado en marzo.

La fachada, dos pieles. La cal sobre piedra en la planta baja.

El encalado plano con marcos ocre arriba.

El patio interior, con la lámina de agua de cinco metros.

Las habitaciones, terracota y blanco roto.

La cocina, vista. El comedor, abierto al exterior.

A las ocho, Iago, copa de cava en mano, en mitad del patio, hace un brindis.

— Buenas noches a todos — dice — . Soy Iago Castelo, dueño de este hostal. Quiero agradeceros a todos vuestra presencia. Tres minutos de discurso, no más, porque, según mi cuadrilla, yo, en discursos, soy un coñazo.

Risas.

— Esto que veis — continúa — es el resultado de siete meses de obra.

Siete meses con una cuadrilla, los de Paco, que me da pena ver irse mañana porque, en siete meses, nos hemos hecho familia.

Siete meses con un cocinero, Curro, que me da más pena, porque, en siete meses, me ha enseñado a comer sin gallego.

Siete meses con un capataz, Paco, que va a venir a Galicia el año que viene a hacer un proyecto en Ribadeo.

Siete meses, también, con una arquitecta.

Y, en este punto, me toca, sí o sí, hablar bien de la arquitecta.

Sonríe. Me mira.

— La arquitecta es Lola Carrasco Estepa, de Madrid.

En marzo, cuando llegó, yo estaba esperando a un hombre.

Llegó ella. Y, en siete meses, ha pasado lo siguiente: que ha hecho la mejor obra del Cabo de Gata en cinco años.

Que ha terminado en plazo. Que ha terminado en presupuesto.

Que ha hecho una cosa muy bonita. Y que ha hecho otra cosa muy bonita, también, que es enamorarme.

Risas. Aplausos. Mar, de pie, levanta el puño.

— Aurea — termina Iago, sin nombrar a nadie — aunque sea un grupo grande, no compra lo que se hace con manos pequeñas. Y, Caleta del Yegua, es de manos pequeñas. Salud.

Salud.

Y, todos, brindan.

A la una de la madrugada, después de los canapés, de los cócteles, del baile que ha montado Curro con dos altavoces y un cable, de las fotos de Noa con sus dos abuelas, de las charlas largas entre Mar y Eva (que se han caído bien, las dos, demasiado), de la conversación en voz baja entre Paco y Manuel padre (los dos hombres de barba blanca, los dos del mar), Iago y yo, en mitad del patio, casi solos, nos miramos.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Bien?

— Bien.

— ¿Mucho?

— Mucho.

— ¿Te ha gustado?

— Mucho.

— ¿Tu madre?

— Mi madre.

— ¿La mía?

— Tu madre.

— ¿Mar?

— Mar.

— ¿Cande?

— Cande.

— ¿Noa?

— Noa.

— Iago.

— ¿Qué?

— Llevamos siete meses.

— Llevamos siete meses.

— Y un día.

— Y un día.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Te imaginabas esto en marzo?

— No.

— ¿No?

— No.

— Yo tampoco.

— ¿No?

— No.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Subimos?

— Subimos.

Y, en mitad de una fiesta que sigue durando hasta las cinco de la mañana (Curro, Mar y Eva, los tres, han decidido no acostarse), Iago y yo subimos a la habitación grande del hostal Caleta del Yegua.

La que esta noche, sin ser de inauguración para los huéspedes (los huéspedes no entran hasta dos semanas después), está, de hecho, ocupada.

Y, esa noche, dormimos abrazados.

Y, a las cuatro de la mañana, sin querer, sin avisar, suena el móvil de Iago en la mesilla. Lo dejamos sonar. A las cuatro y cuarto, suena otra vez. Lo dejamos sonar otra vez. A las cuatro y media, lo coge Iago.

— ¿Sí?

Pausa.

— ¿Beatriz?

Pausa.

— ¿A estas horas?

Pausa larga.

Iago, sentándose en la cama, escucha.

A los dos minutos, Iago, en voz baja:

— Beatriz, escucha. No.

Pausa.

— No.

Pausa larga.

— Beatriz.

Pausa.

— Beatriz, eso es...

Pausa.

— Eso es distinto.

Pausa.

— ¿Cuándo?

Pausa.

— Vale. Lo pienso.

Pausa.

— Sí.

Pausa.

— Adiós.

Cuelga. Se queda sentado en el borde de la cama. Yo, debajo, me incorporo.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Beatriz?

— Beatriz.

— ¿Otra oferta?

— Otra cosa.

— ¿Qué otra cosa?

Iago, en el borde de la cama, se gira.

— Lola.

— ¿Qué?

— Quieren que sea consultor.

— ¿Consultor?

— Consultor de los hoteles boutique de Aurea. Sin venta de los míos. Sin mudanza. Solo, asesoramiento. Trabajaría a tiempo parcial desde donde quiera.

— ¿Cuánto?

— Cuatrocientos mil euros al año durante tres años.

— Joder.

— Sí.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Te tienta?

— Mucho.

— ¿Por?

— Porque, esto, sin perder mi independencia, sin perder mi cadena, sin perder mi vida, es un dinero importante. Y sin mudarme.

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Esta vez, lo hablamos antes de decidir?

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Tú me estás preguntando antes?

— Te estoy preguntando antes.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eso es exactamente lo que tenías que hacer.

— ¿Mañana lo hablamos?

— Mañana lo hablamos.

— ¿Vale?

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— Te quiero.

— Yo más.

Y nos volvemos a dormir.

Y, en sueños, suena por dentro algo de Christina Rosenvinge, algo de Rosalía, algo de Hinds, todo mezclado, como las cosas de una vida que se acaba de prometer y todavía tiene encima la fiesta de inauguración de su primer proyecto y la pregunta, abierta, de la consultoría de mañana.

Y, en sueños, no sé si lo que sueño esta noche es bueno o si es solo un cansancio brutal.