Capítulo 25
Lloro veinte minutos. Veinte. Cuando termino, tengo los ojos hinchados, los mocos, la cara pegajosa. Me lavo en el agua de la cala. Subo al hostal.
Iago está en el patio, sentado en una silla, con la cabeza entre las manos. Cuando me oye, levanta la vista.
— Lola.
— Iago.
Me siento enfrente.
— Iago.
— ¿Qué?
— Vamos a hablarlo en serio.
— Vale.
— Una pregunta cada uno. Sin filtro.
— Vale.
— Primero yo.
— Adelante.
— ¿Estás considerando aceptar?
Pausa.
— Considerándolo, sí.
— ¿Te tienta?
— Me tienta.
— ¿Por qué?
— Por dos cosas. Una: doce millones, el ochenta por ciento líquido y veinte en stock options de Aurea, es la libertad financiera de mi familia y de la familia de Noa.
Es tranquilidad para mis padres si mi padre, en cinco años, necesita una residencia de pago.
Es el colegio bueno para Noa hasta los dieciocho.
Es la jubilación de mi madre, que sigue trabajando porque no tiene ahorros suficientes.
Es, también, una red para ti, para mí, para una posible familia.
— Vale.
— Dos. La oferta significa que dejo de ser hostelero independiente y paso a ser director de hostelería boutique en una cadena mediana. Esto, a los treinta y ocho, es un crecimiento profesional que no había contemplado y que, sin embargo, me convendría.
— Vale.
— Tu turno.
— ¿Qué pierdes?
— Pierdo, primero, el control. Pierdo la independencia. Pierdo poder firmar yo cada hostal con mi nombre. Pierdo poder elegir el siguiente proyecto. Pierdo poder elegir a un arquitecto, por ejemplo. Pierdo, además, vivir donde yo elija. Madrid o Barcelona, durante al menos cinco años.
— Vale.
— ¿Y emocionalmente?
— Mi turno — dice Iago.
— ¿Tu pregunta?
— ¿Por qué te ha sentado tan mal que no te lo hubiera contado?
Pausa larga.
— Por dos cosas. Una: porque, durante seis meses, te he ido contando todo.
Todo. Sin filtros. Desde Sandra hasta mi terapia, desde mi madre hasta mi grupo de WhatsApp.
Tú me has ido contando, casi todo. Pero, esto, no.
Y, esto, lo descubro en el sentido más feo: leyendo un mensaje de una mujer en tu móvil sin pedírtelo.
— Vale.
— Dos: porque, desde julio, hemos estado hablando de una vida en común. De PLOMO. De Noa. De un hijo en febrero. De mudanza repartida. Y, durante todo ese tiempo, tú sabías que existía una oferta que cambiaba el dibujo y no la metías en la pizarra.
— Lola.
— ¿Qué?
— Tienes razón.
— Iago.
— ¿Qué?
— Mi turno.
— Dime.
— ¿Por qué no me lo contaste?
Pausa larga. Iago coge aire. Lo suelta.
— Porque, durante tres semanas, he tenido miedo de varias cosas.
Una: que tú dijeras "no" a Madrid o a Barcelona.
Que tú me dijeras "Iago, yo no quiero salir de la cala, ni de PLOMO, ni de Lavapiés".
Y, ahí, yo me quedaba con la oferta encima de la mesa, sabiendo que aceptar significaba romper contigo.
Pausa.
— Dos: que tú dijeras "sí, Iago, hagamos lo que quieras". Y que eso me cambiara la decisión, porque, hostia, yo no quiero hacer esto si te jode a ti. Y, entonces, yo, al no aceptar, perdiera la oportunidad de mi vida por una mujer con la que llevo seis meses.
Pausa.
— Tres: porque, sinceramente, durante el primer mes después de recibir la oferta, no sabía qué quería yo. Y, hasta que no lo supiera yo, no quería ponerte a ti a opinar.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Y, ahora, ya sabes lo que quieres?
— Casi.
— ¿Casi?
— Casi. Y, justo antes de saberlo del todo, te ibas a enterar.
— ¿Cuándo?
— Este sábado.
— ¿Este sábado?
— Pensaba llevarte a Madrid el sábado. Una escapada de fin de semana. Antes de la inauguración. Y, allí, sentados en algún sitio, contártelo.
— ¿Habías reservado?
— Reservado.
— ¿Dónde?
— Un piso en Malasaña. Cuatro días.
— ¿Iago?
— ¿Sí?
— Eso, en mi diccionario, es muy.
— ¿Es?
— Muy. Mucho.
— ¿Mucho?
— Mucho.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Vamos?
— ¿Al piso?
— A Madrid. El sábado.
— ¿Y aquí?
— Aquí, Paco tiene todo. La cuadrilla, dos semanas para terminar. Yo, no hago falta cuatro días.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Y la oferta?
— La oferta, la decidimos en Madrid los dos. Si tú me dices "no", la rechazo. Si tú me dices "sí, vamos", la acepto.
— ¿Eso es así?
— Eso es así, ahora.
— ¿Por?
— Porque, en estos tres meses, he aprendido que yo, en esto, no decido solo. Que esto, las grandes decisiones que afectan a una vida con alguien, las decidimos los dos.
— Iago.
— ¿Qué?
— Esa frase, es exactamente la frase que necesitaba que dijeras hace seis horas.
— Vale.
— Vale.
— ¿Madrid?
— Madrid.
— ¿Mañana mismo coges vuelo?
— Mañana mismo.
— Vale.
— Lola.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Lo siento.
— Iago.
— ¿Qué?
— Disculpado.
— ¿Disculpado?
— Pero, con condición.
— ¿Cuál?
— No vuelvas a hacerme esto.
— ¿No?
— No. Una vez. Solo una. Y, esta, ha sido la primera y la última. Si, dentro de seis años, me ocultas la siguiente oferta, te dejo.
— Lola.
— ¿Qué?
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
— Iago.
— ¿Qué?
— En serio "vale".
— Te lo juro.
— ¿Por tu madre?
— Por mi madre.
— Iago.
— ¿Qué?
— Ven aquí.
Me levanto. Me siento en sus rodillas. Le rodeo el cuello con los brazos.
— Iago.
— ¿Qué?
— Te quiero.
— Yo más.
— Esto, no era una prueba.
— Vale.
— Pero, si lo hubiera sido, la habrías pasado.
— ¿Sí?
— Sí.
— ¿Por qué?
— Porque, en seis horas, has hecho exactamente la corrección que yo necesitaba que hicieras. Sin pelearte. Sin a la defensiva. Sin justificarte de más.
— Iago.
— ¿Qué?
— Iago.
— ¿Sí?
— Sí.
El viernes a las dos y veinte de la tarde, Iago y yo estamos en un piso de Malasaña que ha reservado para nosotros.
Es un piso pequeño, alto, con dos balcones a la calle Pez.
Pintado en blanco. Una cama de matrimonio enorme.
Cocina americana. Salón con un sofá grande y una tele que vamos a usar exactamente cero veces.
A las cuatro y media, hemos ido al estudio en Embajadores que Mar y Candela han alquilado para PLOMO. Un local pequeño, dieciséis metros cuadrados, con ventana a una calle. Mar nos espera. Mar lo ha alquilado dos semanas atrás. Nos enseña las llaves. Yo entro. Lo miro. Toco la pared. Sonrío.
— Aquí — digo.
— Aquí — contesta Mar.
— Aquí abrimos el primero de enero.
— Aquí abrimos el primero de enero.
A las siete, Iago y yo, sentados en una terraza de la plaza del Dos de Mayo, con dos cañas, miramos a la gente pasar.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Madrid te gusta?
— Sí.
— ¿De vivir?
— De vivir, sí.
— ¿Mucho?
— Mucho.
— ¿Cuántas veces has venido en tu vida?
— Veintiséis.
— ¿Las has contado?
— Sí. Estuve en MBA seis meses en Madrid. He hecho cinco viajes profesionales largos. He hecho doce escapadas. Y he venido cuatro veces a comprarle a Noa cosas.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Te imaginas viviendo aquí?
— Sí.
— ¿En serio?
— En serio.
— ¿Y en Barcelona?
— También. Pero, Madrid, mejor.
— ¿Por?
— Porque, en Madrid, tú tienes tu vida. Y, mi familia, está a quinientos kilómetros, que son los mismos quinientos que están desde Barcelona, pero, en Madrid, hay vuelo directo a Vigo. Y, además, Noa, que vive en Bilbao con su madre, está a doscientos.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Estás considerándolo?
— Sí.
— ¿En serio?
— En serio.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Y los hostales?
— Los hostales, Aurea los gestiona. Yo, los superviso desde Madrid. Como director del grupo boutique.
— ¿Eso te haría feliz?
— Lola.
— ¿Qué?
— Eso, en sí, ni feliz ni triste. Pero, sí, lo de tener una estabilidad financiera grande para mi familia y para mi hija, sí me haría tranquilo.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Y si yo te dijera que no?
— ¿Que no qué?
— Que no vendas. Que sigas independiente. Que sigas con Caleta del Yegua. Que sigamos como pensábamos antes de esta conversación.
Iago, en la terraza, con la copa en la mano, me mira tres segundos.
— Lola.
— ¿Qué?
— Si tú me dices que no, no firmo.
— ¿Sin más?
— Sin más.
— ¿Y los doce millones?
— Lola.
— ¿Qué?
— A mí, doce millones, no me hace falta tenerlos. Tengo dos millones en el banco y cuatro hostales que dan dinero. Eso, en mi vida, sobra. La oferta de Aurea es atractiva, pero no es vital.
— ¿Por?
— Porque, vivir conmigo, con ese sueldo de director y esa vida en Madrid o Barcelona, es una vida distinta a la que tengo. Y, esa vida distinta, no necesariamente es mejor.
— ¿Y si te digo "sí"?
— Si tú me dices "sí, vamos", firmo. Pero, lo firmo sabiendo que lo decidimos los dos.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Tú qué prefieres?
— Lola.
— ¿Qué?
— Yo prefiero seguir como estamos.
— ¿En serio?
— En serio. Madrid, cala, Cangas. Yo, hostelero independiente. Tú, arquitecta socia de PLOMO. Mudanza repartida. Hostal nuevo cuando salga.
— ¿Eso es lo que tú quieres?
— Eso es lo que yo quiero.
— Vale.
— Vale.
— Iago.
— ¿Qué?
— Eso es exactamente lo que yo también quiero.
— ¿En serio?
— En serio.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Entonces?
— Entonces, la rechazas.
— ¿Te parece?
— Me parece.
— ¿Y los doce millones?
— Iago.
— ¿Qué?
— A mí, doce millones, tampoco me hace falta tenerlos.
Iago se ríe.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Por qué hemos tenido que pelearnos para llegar aquí?
— Porque, esto, es exactamente el tipo de decisión que no se decide sin pelea. Y, lo importante, no es la pelea. Es la decisión.
— Iago.
— ¿Qué?
— Llama a Beatriz.
— ¿Ahora?
— Ahora.
Iago saca el móvil. Marca. Beatriz contesta. Iago, en la terraza, sin levantarse, sin alejarse, le habla en voz tranquila durante cuatro minutos.
— Beatriz, hola. Sí. Mira, te llamo para una cosa. He decidido. No. No firmo. No, en ninguna de las versiones. Sí, lo he pensado bien. Sí, con Lola también. Sí, ya está, gracias. Si en el futuro hay otra oferta de otro tipo, llámame. Sí, claro. Sí, te lo agradezco. Lo mismo. Adiós.
Cuelga.
Me mira.
— Hecho.
— Hecho.
— ¿Bien?
— Bien.
— ¿Tranquilo?
— Tranquilo.
— Iago.
— ¿Qué?
— Sube al piso.
— ¿Ahora?
— Ahora.
— ¿Para qué?
— Para lo que tú piensas.
— Vale.
A las ocho y cuarto entramos al piso. A las ocho y dieciséis, Iago me coge la cintura desde detrás, me besa el cuello, me da la vuelta, me empuja contra la encimera de la cocina americana. Y, ahí, sin más preámbulos, sin más explicaciones, sin "despacio", me hace el amor en la encimera.
Madre mía.
Madre mía, madre mía, madre mía.
A los veinte minutos, en la cama enorme del dormitorio, sin sábanas, con la ventana abierta a la calle Pez, Iago, encima de mí, me dice:
— Lola.
— ¿Qué?
— Esto, Madrid, en una escapada como esta, te lo voy a hacer cada dos meses.
— ¿Cada dos meses?
— Cada dos meses, durante los próximos cuarenta años.
— ¿Cuarenta?
— Cuarenta.
— Iago.
— ¿Qué?
— Promesa.
— Promesa.
A las once, después de la tercera vez (sí, tercera, ya están tres en cuatro horas de Madrid), después de pedir un kebab a domicilio que nos comemos en la cama con el plástico todavía caliente, Iago, contra mi pelo, sin decir más, abre el cajón de la mesilla del piso de Malasaña, saca una caja pequeña de terciopelo azul que no es del piso (es suya, la ha traído del cajón de su mesilla del hostal, lo sé porque la reconozco, Eva tenía razón), me la pone en la mano y dice:
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Te casas conmigo?
Pausa.
Yo, en la cama de Malasaña, con la caja en la mano, miro a Iago.
— ¿En serio?
— En serio.
— ¿Ahora?
— Ahora.
— ¿Sin más teatro?
— Sin más teatro.
— ¿Por qué ahora?
— Porque, lo de la oferta, ha pasado. Porque, ya, sabemos que ninguno se va. Porque, ya, sabemos que los dos nos quedamos. Y, porque, los anillos en los cajones, no se quedan toda la vida en los cajones.
— Iago.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— No quiero casarme.
Iago, encima, se queda quieto.
— ¿No?
— No, en el sentido de boda.
— ¿Y entonces?
— Pero, sí, en el sentido de "estamos juntos los dos en serio, con anillo, con compromiso, con todo lo demás".
— ¿Sin boda?
— Sin boda.
— ¿Eso te vale?
— Eso me vale.
— ¿Y a ti?
— A mí me vale.
— Iago.
— ¿Qué?
— Ábrela.
Abro la caja. Dentro, un anillo de plata. Un anillo finísimo, sencillo, sin piedra, con un grabado pequeño por dentro: un compás minúsculo. Como mi tatuaje.
— Iago.
— ¿Qué?
— Pero, ¿cómo lo has?
— En Cangas. En una joyería pequeña. En junio.
— Iago.
— ¿Qué?
— Esto es lo más bonito que me han regalado.
— ¿Te lo pongo?
— Pónmelo.
Me lo pone. En el anular izquierdo. Encaja. Iago, encima, me besa la mano.
— Iago.
— ¿Qué?
— Yo a ti no tengo.
— No hace falta.
— ¿No?
— No.
— ¿En serio?
— En serio.
— Iago.
— ¿Qué?
— Voy a comprarte uno.
— ¿Cuándo?
— Mañana.
— ¿En Madrid?
— En Madrid.
— Vale.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Sin boda?
— Sin boda.
— ¿Sin convite?
— Sin convite.
— ¿Pareja de hecho?
— Si quieres, sí.
— ¿Y mi madre?
— Tu madre lo va a entender.
— ¿La tuya?
— La mía lo va a tolerar gritando.
— ¿En serio?
— En serio. Pero, gritando, va a tolerar. Mi madre, cuando dice "Lola, dieciocho meses", es que ya se ha resignado a que las cosas se hagan así, sin boda.
— Iago.
— ¿Qué?
— Te quiero.
— Yo más.
— Imposible.
— Apuesta.
— Las apuestas las pierdes.
— En azulejos.
— Y en esto.
— En esto, también.
— Cállate, Carrasco.
— Cállate tú, Castelo.
Y, ahí, sin más, sin testigos, sin convite, sin boda, sin más teatro, en mitad de un piso de Malasaña a las once y veinticinco de la noche del viernes de la segunda semana de septiembre, Iago Castelo Trasmonte y Lola Carrasco Estepa nos prometemos.
Para siempre. Para cuarenta años, según el chiste. Para los que sea, en serio.
Y, mientras Iago se queda dormido encima de mi pecho, yo, despierta, con el anillo en el dedo, miro el techo del piso de Malasaña y descubro, sin pretenderlo, que esto que está pasando aquí no es el final de una novela.
Es el principio del resto de mi puta vida.