Capítulo 24
El último viernes de agosto, Ainhoa nos pide que Noa vaya a Bilbao a pasar la primera semana de septiembre con ella.
Ainhoa, según nos cuenta Iago, ha planeado un viaje a una casa rural en Asturias con su madre y dos primas de Noa.
"Una semana de chicas", dice. Iago, después de hablarlo conmigo cinco minutos, le dice que sí.
— Vale — dice Iago al teléfono — . Te la llevo al aeropuerto el lunes.
— ¿Tú?
— Yo.
— Vale.
El sábado, Noa hace su maleta sola. Yo, en su habitación amarilla, le ayudo a doblar.
— Lola la guapa.
— ¿Qué, Noa?
— ¿Cuándo vuelvo?
— En una semana.
— ¿Estarás?
— Estaré.
— ¿Seguro?
— Seguro.
— ¿Y, en septiembre, abre el hostal?
— En septiembre, abre el hostal.
— ¿Y yo voy a estar?
— En la inauguración, sí.
— ¿Cómo va a ser?
— Va a ser de noche. Va a haber gente. Va a haber un poco de cena. Va a venir mucha gente del pueblo. Va a venir Carmen. Va a venir Curro con su familia. Y, una cosa.
— ¿Qué?
— Te voy a hacer un vestido.
— ¿En serio?
— En serio. He pedido la tela. Llega la semana que viene.
— ¿Tela?
— Tela azul. Como el agua de la cala. Te lo hace una señora que se llama Mari Carmen, que la conocí en Almería capital. Te coges el vestido en San José cuando vuelvas.
— Vale.
— ¿Te va a gustar?
— Sí.
— ¿Y a tu padre?
— A mi padre todo le gusta lo que tú haces.
— Eso no es verdad.
— Sí.
— ¿En serio?
— En serio.
— Vale.
El lunes, Iago lleva a Noa a Almería al aeropuerto. Vuelve a las dos de la tarde. Yo, en el patio, lo recibo con una limonada fría.
— ¿Bien?
— Bien.
— ¿La has dejado tranquila?
— Tranquila. Con dos azafatas. Como siempre.
— ¿Has llorado?
— Iago.
— ¿Yo?
— Tú.
— No.
— ¿Seguro?
— Lola.
— ¿Qué?
— Me he echado un lagrimón. Pero solo uno.
— ¿Te ha pasado?
— Llevo tres años llevándola a aeropuertos. Cada vez se hace más vieja.
— Iago.
— ¿Qué?
— Eres un padrazo.
— Soy un padre.
— Cállate.
Esa semana, primera semana de septiembre, en el hostal solo estamos Iago, la cuadrilla y yo.
Y, sin Noa, el ritmo cambia. Volvemos al ritmo de hace seis meses.
Levantarme a las siete y media. Bajar al patio a las ocho.
Discutir con Iago hasta las dos. Comer con la cuadrilla.
Trabajar hasta las siete. Cenar. Dormir en la habitación grande.
Sin niña, sin habitación amarilla en medio, sin "buenos días, papás" a las ocho.
Y, ahora que escribo esto, descubro una cosa que no había contemplado: Noa, en cinco semanas, se había hecho un sitio en mi rutina sin que yo lo notara.
Y, sin Noa, durante siete días, la rutina, se queda un poco coja.
Iago lo nota también.
El martes por la noche, en la cama, contra mi cuello:
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿La echas de menos?
— A Noa.
— A Noa.
— Sí.
— ¿Mucho?
— Sí.
— ¿En serio?
— En serio.
— Vale.
— ¿Por?
— Porque, yo también.
— ¿Mucho?
— Mucho.
— ¿Pero la ves cada dos semanas?
— Sí. Pero, esta vez, es distinta.
— ¿Por?
— Porque, esta vez, también te echas de menos a ti haciendo de madre.
Yo, contra su pecho, me quedo quieta.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Yo hago de madre?
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Cómo le quieres llamar?
— Iago.
— ¿Qué?
— No sé qué decir.
— ¿Te molesta?
— No me molesta. Me sorprende.
— Vale.
— ¿Iago?
— ¿Sí?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— ¿Tú quieres más hijos?
Pausa larga.
— Sí.
— ¿Conmigo?
— Sí.
— ¿Cuándo?
— Cuando tú quieras.
— ¿Pronto?
— Pronto.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿En cuánto es pronto?
— En unos meses.
— ¿Cuántos?
— ¿Seis?
— ¿Seis?
— Seis.
— ¿Quieres empezar a intentar en febrero?
— Lola.
— ¿Qué?
— Tú decides.
— ¿Yo decido?
— Tú decides. Yo digo "sí" o "no". Pero, los "cuándo" los pones tú.
— ¿Por?
— Porque, este, sí, lo pones tú.
Yo, en la cama, le sostengo la mirada en la oscuridad.
— Iago.
— ¿Qué?
— Mira, una cosa.
— ¿Qué?
— Llevo un mes pensando esto.
— Lo sé.
— ¿Cómo lo sabes?
— Por la cara.
— ¿Qué cara?
— La de mujer que se está sentando en su silla nueva y está pensando cómo ajustar las patas.
— Iago.
— ¿Qué?
— Eres un puto poeta gallego.
— Cállate.
— Cállate tú.
— ¿Y?
— Y, yo, también.
— ¿También?
— También.
— ¿En cuándo?
— En seis meses.
— ¿En febrero?
— En febrero.
— ¿Empezamos en febrero?
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Tú entiendes lo que estamos diciendo?
— Sí.
— ¿Lo entiendes?
— Sí.
— ¿Sin presión?
— Sin presión.
— ¿Tú decides también que no?
— Si en febrero pienso que no, te lo digo en enero.
— ¿Y yo?
— Y tú lo mismo.
— Vale.
— Vale.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Y, mientras tanto, qué?
— Mientras tanto, nada. Mientras tanto, terminamos el hostal, abrimos el estudio, hacemos la mudanza repartida, vivimos. Y, en febrero, vemos.
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
Y, ahí, en la oscuridad, los dos, hostelero gallego y arquitecta madrileña, treinta y ocho y treinta y dos años, hablamos sin prisa, sin presión, sin solemnidad, de la posibilidad real de que, dentro de seis meses, decidamos empezar a tener un hijo.
Y, lo más importante de la conversación, no es lo que decimos. Es la manera en que lo decimos.
Lo decimos sin miedo.
A las dos de la madrugada, los dos dormidos, Iago, sin despertarse del todo, me cierra el abrazo más fuerte.
A la mañana siguiente, miércoles, a las siete, me despierto sola. Iago está en la cala. Bajo a la cocina. Curro está sirviendo café.
— Niña.
— Curro.
— Buenas.
— Buenas.
— ¿Has dormido?
— Sí.
— ¿Bien?
— Bien.
— ¿Te has reído?
— Curro.
— ¿Qué?
— ¿Por qué me preguntas si me he reído?
— Porque, cuando una mujer ha dormido bien y se ha reído antes de dormir, tiene una cara distinta a cuando una mujer ha dormido bien sin reírse.
— Curro.
— ¿Qué?
— Eres un puto observador.
— Es mi oficio.
— Cállate.
— Vale.
— Curro.
— ¿Qué?
— Sí. Me he reído.
— ¿De qué?
— De cosas.
— Vale.
— Vale.
A las cinco de la tarde, en el despacho, suena el móvil de Iago. Iago está fuera, en la planta de arriba, midiendo algo con Paco. Yo, en el despacho, sentada con un plano, lo oigo sonar.
Voy al patio. Iago no está. El móvil sigue sonando dentro del despacho. Vuelvo al despacho.
Lo cojo.
En la pantalla: "Grupo Aurea - Beatriz Marín".
Pausa.
Grupo Aurea.
Yo no conozco a ningún Grupo Aurea. Y, en seis meses de obra, no me ha mencionado Iago ningún Grupo Aurea. Y, en seis meses de obra, no me ha mencionado Iago a ninguna Beatriz Marín.
El móvil deja de sonar.
Yo, en el despacho, miro la pantalla. La pantalla, dos segundos después, se enciende otra vez. "Beatriz Marín - 1 llamada perdida". Y, debajo, dos mensajes nuevos. Los abro sin pensar (la curiosidad, esto es lo que tiene).
Mensaje 1: "Iago, te llamo por lo de la oferta. ¿Tienes ya respuesta? Estamos cerrando septiembre."
Mensaje 2: "Recuerda que estamos hablando de Madrid o Barcelona. Llámame."
Yo, en el despacho, me quedo quieta tres segundos.
Después, suelto el móvil sobre la mesa. Cierro la puerta. Y, mientras Iago, fuera, sigue midiendo con Paco, yo, sola, en el despacho, miro la pared.
Madrid.
Barcelona.
Una oferta.
Una mujer llamada Beatriz que llama a Iago.
Iago no me ha contado nada.
Llevamos seis meses, dos semanas y tres días.
Y, hoy, miércoles a las cinco de la tarde, descubro, sin querer, sin permiso, en un despacho del hostal Caleta del Yegua, que Iago tiene una oferta que implica mudarse a Madrid o a Barcelona y que no me lo ha contado.
Vale.
Vale, vale, vale.
No salgo del despacho. Me siento. Cojo aire. Lo suelto.
Yo, Lola Carrasco Estepa, treinta y dos años, máster en Aalto, no soy una mujer que monte un drama. Yo soy una mujer que se sienta. Que respira. Que ordena.
Pero, también, soy una mujer que, después de catorce meses con Sandra, no se va a quedar callada cuando descubre que la persona con la que está empezando a planear un futuro con hijo eventual en febrero no le ha contado, en seis meses, una oferta de mudanza.
Eso, técnicamente, es lo único que tengo claro.
A las cinco y media, Iago entra al despacho.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Y la sonrisa?
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Te ha llamado Beatriz Marín?
Pausa.
Pausa muy larga.
Iago, en la puerta, se queda quieto.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Lo sabes?
— Lo sé.
— ¿Cómo?
— Te ha llamado mientras estabas fuera. He cogido el móvil sin querer.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Has leído los mensajes?
— Sí.
— ¿Los dos?
— Los dos.
— Joder.
— Sí.
— Lola.
— ¿Qué?
— Tengo que explicarte.
— Iago.
— ¿Qué?
— Llevas seis meses sin explicarme.
— Lola.
— Iago, no me digas mi nombre así. Habla.
Iago, en la puerta, cierra la puerta detrás de él. Da dos pasos. Se sienta en la silla enfrente. Pone las manos en las rodillas. Me mira.
— Lola.
— ¿Qué?
— En marzo, cuando llegaste al hostal, ya había una primera versión de esta oferta.
— ¿En marzo?
— En marzo.
— ¿De qué tipo?
— De compra.
— ¿Compra de qué?
— De los tres hostales. Casa do Faro, O Refugio, Sal de Mar. Mi cadena al completo.
— ¿De quién?
— De Grupo Aurea. Es una cadena hotelera mediana. Tienen treinta hoteles boutique en España. Quieren expandir. Y, los míos, son tres de los mejores con sello propio que se pueden comprar.
— ¿Y, este?
— Este, no. Este lo querían como cuarto, pero, en marzo, todavía no estaba terminado. La oferta de marzo era por los tres existentes.
— ¿Cuánto te ofrecieron?
— Seis millones por los tres.
— Joder.
— Sí.
— ¿Y?
— Y, en marzo, dije que no.
— ¿Por?
— Porque, en marzo, no quería vender.
— ¿Y, ahora?
— Ahora, hace tres semanas, han vuelto. Con una oferta nueva. Por los cuatro. Incluyendo Caleta del Yegua.
— ¿Cuánto?
— Doce millones.
— Joder.
— Sí.
— ¿Y?
— Y, la oferta, viene con una condición.
— ¿Cuál?
— Que yo me mude a Madrid o Barcelona para llevar el grupo dentro de Aurea como director de hostelería boutique. Mi exper se queda con la cadena. Yo trabajo para ellos cinco años. Sueldo de director. Bonos. Coche de empresa. Y, después de cinco años, libre, con un dinero importante en el bolsillo.
— ¿Y, los hostales?
— Los gestiona Aurea desde la central.
— ¿Y Noa?
— Noa vive donde yo viva. Madrid o Barcelona.
— ¿Y yo?
— Y, tú, supongo, vives donde yo viva.
— ¿Supones?
— Bueno.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Cuándo me lo ibas a contar?
Pausa.
— En septiembre.
— ¿En septiembre cuándo?
— Cuando terminara la obra.
— ¿Iban a darte ellos hasta entonces?
— Sí. Me dieron hasta el treinta de septiembre.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Por qué no me lo has contado antes?
— Porque, una cosa.
— ¿Qué?
— Tenía que decidirlo yo solo.
— ¿Tú solo?
— Sí.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Tú estás de coña?
— No.
— ¿Tú estás de coña?
— Lola.
— ¿Qué?
— En esto, sí.
— ¿En esto?
— En esto, soy yo el que decide. Tú, después, decides si me sigues. Pero, esto, lo decido yo solo.
— Iago.
— ¿Qué?
— Esa frase, te juro, ha sido lo peor que me has dicho jamás.
— ¿Por?
— Porque, llevamos tres semanas planeando una vida.
Una vida juntos. Hijo en febrero. Estudio en Madrid.
Mudanza repartida. Cangas, Madrid, cala.
Tú me has dejado abrir un estudio en Madrid con Mar y Candela mientras tú, en paralelo, estabas pensando si te ibas a Madrid o a Barcelona a trabajar para una cadena que se va a comer todos tus hostales. Tres semanas.
— Lola.
— ¿Qué?
— No es así.
— Iago.
— ¿Qué?
— Sí es así.
— Lola.
— Iago.
— ¿Sí?
— Necesito un minuto.
— Vale.
— En el patio.
— Vale.
Salgo del despacho. Cruzo el patio. Bajo a la cala. Y, allí, en mitad de la arena, sola, septiembre, miércoles a las cinco y treinta y siete, con el mar quieto "shh shh shh" delante, me pongo a llorar.
Y, no es un llorar pequeño.
Es un llorar grande, grande-grande, de los que no había llorado desde hace catorce meses, cuando Sandra me dejó las llaves en la consola.