Capítulo 23
Los tres días que la familia gallega pasa en San José son tres días raros y bonitos. Raros porque, en mi vida, no había tenido nunca una familia política. Bonitos porque, en mi vida, no había tenido nunca una familia política.
Cosas que hacen los Castelo-Trasmonte en sus vacaciones almerienses:
Una: bajan a la cala todas las mañanas a las once. Mi madre, con su sombrero de paja. Mi padre, con su bastón. Eva, con un libro. Iago, conmigo y con Noa.
Dos: comen siempre en el hostal. Mi madre, dos días, se mete a la cocina con Curro.
Curro, después del primer día, le hace caso a todo lo que dice.
Curro me confiesa, en privado, que mi suegra ("Curro, no la llames suegra todavía", protesto yo; "niña, suegra es", responde) "sabe más que yo, y eso, en cocina, es difícil".
Tres: hacen lo que hacen las familias que están de vacaciones: aburrirse junto. Cada uno con un libro. Cada uno con un café. Cada uno en una silla del patio. Tres horas sin hablar, sin necesidad de hablar.
Cuatro: el sábado por la tarde, Eva y yo nos vamos las dos solas a Las Negras a tomar algo. Eva, en La Mariña, me coge la mano por encima de la mesa.
— Lola.
— ¿Sí, Eva?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Una pregunta personal.
— Dispara.
— ¿Tú quieres tener hijos?
Pausa larga.
— ¿Por?
— Porque, Iago, sí.
— ¿Iago quiere?
— Iago quiere.
— ¿Te lo ha dicho?
— No. Le he visto la cara.
— ¿Cuándo?
— En la cala, cuando estabais los tres jugando con Noa y un cubo.
— Eva.
— ¿Qué?
— Yo, también, sí.
— ¿Sí?
— Sí.
— ¿En serio?
— En serio.
— ¿Pronto?
— Pronto.
— ¿Cuándo?
— Eva.
— ¿Qué?
— ¿Eso es asunto tuyo?
— Lola. Soy tu cuñada futura. Todo asunto tuyo es asunto mío.
Me río.
— Eva.
— ¿Qué?
— Vamos a hablar las dos como hermanas, no como abogada en interrogatorio.
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
— Pronto, sí. Pero no quiero darte fechas.
— Vale.
— ¿Por qué me preguntas?
— Porque, una cosa.
— ¿Qué?
— Mi hermano, desde lo de Ainhoa, había decidido que no iba a tener más hijos.
— ¿En serio?
— En serio. Me lo dijo hace dos años. "Eva, ya tengo a Noa. No quiero más."
— ¿Y?
— Y, hace una semana, lo llamé un día y le pregunté algo distinto. Le dije: "Iago, ¿y si Lola quiere tener hijos?". Él, sin pensarlo, me contestó: "yo también querría, Eva. Pero, si ella no quiere, no quiero".
— Joder.
— Sí.
— ¿Y tú me lo cuentas porque?
— Porque, Lola, esto en mi hermano es nuevo. Y, en mi hermano, lo nuevo, no surge de la nada. Surge de algo que está pasando contigo.
— Vale.
— ¿Y tú? ¿Lo has pensado?
— Lo he pensado.
— ¿Cuándo?
— Llevo un mes pensándolo, Eva. Desde que llegó Noa.
— Vale.
— Eva.
— ¿Qué?
— ¿Tú tienes?
— Yo, no.
— ¿Por?
— Porque me operé hace tres años. Decidí, con mi marido, que no.
— Vale.
— Manolo tampoco quería. Yo tampoco.
— ¿Te molesta no?
— A veces. Pero, en general, no.
— Eva.
— ¿Qué?
— Eres una mujer muy sabia.
— Soy una mujer cansada, no sabia.
— ¿Te ha pasado?
— Sí.
— ¿Hace cuándo?
— Tres semanas.
— Joder.
— Sí.
— ¿Por?
— Porque he tenido el segundo paciente terminal del año. Un señor de cuarenta y tres, padre de gemelos pequeños. Eso, en cualquier oficio, te cambia un poco.
— Eva.
— ¿Qué?
— Lo siento.
— Lo sé.
— ¿Estás bien?
— Estoy bien. Pero, una cosa.
— ¿Qué?
— He decidido venir aquí en agosto porque, en septiembre, no voy a poder.
— ¿En septiembre?
— En septiembre tengo guardias dobles.
— Vale.
— ¿Lola?
— ¿Sí?
— Una cosa más.
— ¿Qué?
— Cuando te lo pida, di que sí.
— ¿Cuando me pida qué?
— Iago.
— ¿Iago me va a pedir algo?
— Lola.
— ¿Qué?
— Tiene un anillo en el cajón de la mesilla.
Yo, en La Mariña, con la copa de Albariño en la mano, me quedo quieta.
— Eva.
— ¿Qué?
— ¿En serio?
— En serio.
— ¿Desde cuándo?
— Junio.
— Joder.
— Sí.
— ¿Y?
— Y, no sé cuándo lo va a hacer. Pero, cuando lo haga, di que sí.
— Eva.
— ¿Qué?
— No me lo cuentes.
— ¿No?
— No quiero que él sepa que yo lo sé.
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale. Lo borramos.
— Vale.
— Pero, una cosa.
— ¿Qué?
— Cuando lo haga, sé generosa. Mi hermano, cuando hace cosas así, es un torpe.
— Vale.
— Eva.
— ¿Qué?
— Te quiero.
— Yo a ti.
Volvemos al hostal a las once. Iago, en el patio, está jugando a las cartas con mi padre. Mi madre, en la cocina, está limpiando con Curro. Noa, ya dormida.
A los dos días, domingo por la tarde, mis suegros y Eva se vuelven a Galicia. La despedida es larga. Mi madre me coge la cara con las dos manos otra vez.
— Niña.
— ¿Sí, abuela Lola?
— En noviembre, vienes tú.
— ¿A Cangas?
— A Cangas.
— ¿Sola?
— Sola si quieres, con mi hijo si quieres. Pero quiero enseñarte la pulpería antes de que se vaya el otoño.
— Vale.
— ¿Y, en Cangas, no se llueve siempre, no?
— Llueve. Pero, los días que llueve, comes mejor.
— Vale.
— Niña.
— ¿Sí?
— Tú a mi hijo.
— Lo cuido.
— Bien.
— Bien.
— Y, una cosa.
— ¿Qué?
— ¿Te ha enseñado la cocina vieja?
— No.
— En noviembre, se la enseño yo.
— Vale.
— Vale.
Mi padre se acerca. Me da dos besos. Sin más palabras, me dice:
— Lola.
— ¿Sí, Manuel?
— Cuida a mi hijo. Y, una cosa.
— ¿Qué?
— Si te pide algo, no lo midas con cabeza fría. Mídelo con tu cuerpo.
— ¿Con mi cuerpo?
— Con tu cuerpo. La cabeza, en estos asuntos, miente. El cuerpo, no.
— Manuel.
— ¿Qué?
— Eso es muy sabio.
— Es lo único que sé.
Y, con eso, se suben al Citroën, mi padre conduciendo, mi madre de copiloto, Eva detrás con el bolso enorme. Se van por la pista de tierra levantando una nube de polvo que se mantiene quieta en el aire durante un minuto entero.
Iago, a mi lado, me coge la mano.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Bien?
— Bien.
— ¿Mucho?
— Mucho.
— ¿Por?
— Por la primera vez en mi vida que tengo a unos suegros.
— ¿No tuviste con Sandra?
— Con Sandra, no quise. Y, ellos, tampoco.
— ¿Por?
— Porque, los padres de Sandra, vivían en León y eran de la idea de "Sandra hará lo que tenga que hacer, sin opinión". Yo, durante los tres años, fui a León dos veces. Y, las dos veces, comimos en restaurantes públicos. Nunca en su casa.
— Joder.
— Sí.
— Lola.
— ¿Qué?
— Yo te doy suegros completos.
— Iago.
— ¿Qué?
— Cállate.
— Cállate tú.
— Iago.
— ¿Qué?
— Eres muy.
— Soy.
A las seis, Iago tiene una llamada de Galicia con uno de los proveedores que le va a montar el ahumado en el hostal. Sube al despacho. Yo, en el patio, sola, con una copa de Albariño, miro la cala.
Y, ahí, en el patio del hostal Caleta del Yegua, segundo domingo de agosto, ya pasado el quince de agosto, miro a mi alrededor y entiendo, con una claridad que da miedo, que llevo cinco meses y veintidós días en esta casa, y que esta casa, ya, es la mía.
A las once, Noa, en pijama, baja al patio descalza.
— Lola la guapa.
— ¿Qué, Noa?
— ¿No vas a dormir?
— Sí.
— ¿Subes?
— Subo.
— ¿Conmigo?
— ¿Contigo?
— Conmigo. En mi habitación.
— ¿En tu habitación?
— Es que, una cosa.
— ¿Qué?
— Quiero que esta noche duermas en mi cama.
— Noa.
— ¿Qué?
— ¿Por qué?
— Porque la abuela Lola dijo, antes de irse, que yo a ti te tenía que enseñar lo importante.
— ¿Lo importante?
— Sí.
— ¿Y eso qué quiere decir?
— Que yo, contigo, ya soy tu hija.
Pausa.
— Noa.
— ¿Qué, Lola la guapa?
— ¿Te ha dicho la abuela eso?
— Esta mañana, antes de irse. Mientras me trenzaba las dos coletas.
— Vale.
— ¿Subes?
— Subo.
Y, esa noche, en lugar de dormir en la habitación grande con Iago, duermo en la pequeña cama de Noa, en la habitación amarilla. Noa, con su unicornio, contra mi pecho. Yo, debajo, mirando el techo amarillo claro que pinté en abril con Toñi.
Iago, antes de subir, asoma por la puerta. Nos ve a las dos. Sonríe sin decir nada. Cierra la puerta despacio.
Y, en la habitación amarilla, en mitad de la noche, en mitad de una cala sin cobertura, en mitad de un mes en el que mi vida ha cambiado más en cuarenta días que en treinta años, Noa, dormida, susurra contra mi pecho:
— Lola.
— ¿Qué, Noa?
— ¿Estás?
— Estoy.
— Vale.
Y se queda dormida otra vez.
Y yo, despierta, debajo del techo amarillo, me digo en voz baja, sin que nadie me oiga:
Lola, allá vas.
Y, en mi cabeza, sin querer, sin pedírselo a nadie, suena exactamente la canción que Christina Rosenvinge ha cantado en mi vida cuatrocientas veces.
"Maldigo". Pero, esta vez, no la canto con rabia.
La canto con esa felicidad asombrada de las personas que pensaban que la maldición les había sellado el cuerpo y, de pronto, descubren que el cuerpo, después de todo, ha decidido bendecirse.