La huésped de la cala Iago
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Iago

A las once y media de la mañana del jueves quince de agosto, en la pista de tierra hacia el hostal, levanta una nube de polvo el coche de alquiler que ha cogido mi padre en el aeropuerto de Almería.

Lo oigo antes de verlo. El coche de alquiler que ha cogido mi padre es un Citroën pequeño que va a quejarse por la pista, lo sé porque mi padre, en cuestión de coches, siempre coge el más barato que ofrecen, y los más baratos son los que se quejan más.

Mi padre, cuando le pregunto por qué no coge un coche mejor, me contesta una frase que lleva diciendo treinta años: "el coche es para ir, no para vivir".

A las once y treinta y seis, el Citroën aparca en mitad del patio.

Bajan tres personas.

Mi padre, Manuel Castelo Lousada, sesenta y ocho años, pescador retirado desde hace seis.

Pelo blanco corto, gafas de leer en el bolsillo de la camisa, camisa de cuadros azules y blancos arremangada hasta los codos, vaqueros oscuros, mocasines.

Lleva en la mano un bastón pequeño que necesita desde la operación de cadera del año pasado, aunque mi padre, en su cabeza, no necesita ningún bastón.

Mi madre, Lola Trasmonte Romero, sesenta y seis años, dueña de la pulpería Castelo y Trasmonte de Cangas do Morrazo desde hace treinta y seis años.

Pelo gris recogido en un moño bajo, gafas de pasta gruesa, vestido azul marino de algodón con bolsillos grandes, sandalias planas.

Lleva en una mano un bolso enorme. En la otra, una caja de cartón con galletas de mantequilla que ha hecho a las cinco de la mañana antes de salir.

Mi hermana, Eva Castelo Trasmonte, treinta y cinco años, médica de familia de Vigo. Pelo castaño recogido en moño, gafas de sol enormes, vestido beige, sandalias. Sin bolso, sin nada. Eva, que es la persona más eficiente que conozco, viaja como una azafata: con lo justo.

— ¡Iago! — grita Eva.

— ¡Eva!

Bajan. Eva, primera. Me da dos besos, un abrazo, un golpe en el hombro.

— Estás bien.

— Estoy bien.

— ¿Y la mujer?

— Dentro.

— ¿En el despacho?

— En el despacho. Está terminando una llamada con Madrid.

— ¿Mar?

— Candela.

— ¿Las amigas?

— Las amigas.

— Vale.

Mi madre se acerca. Me coge la cara con las dos manos. Me mira. Tres segundos. Cinco.

— Niño.

— Mamá.

— Estás bien.

— Estoy bien.

— Estás contento.

— Sí.

— Y guapo.

— Mamá.

— No me digas que no.

— Que sí.

Mi madre, sin más, me abraza durante diez segundos. Mi madre abraza fuerte. Más fuerte de lo que cabría esperar en una mujer de sesenta y seis años. Mi madre, además, huele a galleta de mantequilla y a esa lavanda que se pone desde mil novecientos ochenta y siete.

Cuando se separa, mi padre, detrás, me tiende la mano.

— Hola, papá.

— Hola, Iago.

— ¿Cómo el viaje?

— Sin novedad.

— ¿Cansado?

— Lo justo.

— ¿Vienes con bastón?

— Vengo con bastón, sí. Es un consejo de la médica.

Y aquí mi padre, con un movimiento que es entre cariñoso e irónico, le da con el bastón en la pantorrilla a Eva. Eva se descojona.

— Papá.

— ¿Qué, Eva?

— Te tengo dicho que no me pegues con el bastón.

— Te pego suave.

— Eso es trampa.

— Está hablando la médica.

— La médica es tu hija, papá.

— Por eso.

Y, en mitad del patio, los tres se descojonan. Yo, ya, llevo tres segundos riéndome.

Lola, en este momento, sale del despacho. Lleva una camiseta blanca, los vaqueros oscuros de obra, las botas. Sin maquillaje. Pelo recogido en un moño bajo. Cara serena.

Lola, sin pedir permiso, sin esperar a que yo presente, se acerca.

— Hola.

Mi madre se gira. Mira a Lola. Tres segundos. Cuatro. Cinco.

— Mi niña — dice.

— ¿Yo?

— Tú. La que se llama como yo.

— Lola.

— Lola.

Y, ahí, mi madre, sin formalidad, sin "encantada", sin "qué tal", sin nada, abraza a Lola.

Diez segundos. Mi madre abraza fuerte. Más fuerte de lo que cabría esperar.

Mi madre, además, huele a galleta de mantequilla y a esa lavanda.

Lola, abrazada, no se mueve. Pero, contra mi madre, le veo cerrar los ojos.

Cuando se separan, mi madre la sostiene por los hombros.

— Niña.

— ¿Sí?

— Mira.

— ¿Qué?

— Que ya sabes lo que es esto.

— ¿Esto?

— Esto. — Y mi madre señala, con la barbilla, mi hostal, a mí, a Eva, a Noa que ahora ha asomado por la puerta de la habitación amarilla. — Esto.

— Lo sé.

— Vale.

— Lola.

— Sí, abuela Lola.

— ¿Galletas?

— Galletas.

Y, ahí, las dos Lolas (la madre del padre de la niña, y la novia del hijo) entran a la cocina con la caja de cartón, mi padre y Eva entran con el bastón y la cara cansada, Noa baja corriendo a abrazar a la abuela, y, en menos de quince minutos, la cocina del hostal Caleta del Yegua tiene a seis personas hablando a la vez.

A la una y media comemos. Comemos los seis (papá, mamá, Eva, Lola, Noa y yo) en el comedor.

La cuadrilla, hoy quince de agosto, está de fiesta.

Curro ha venido por la mañana, ha dejado preparado el guiso del día (caldeirada de pescado, que se ha empeñado en hacer él porque "mi madre va a venir, Curro, no me toques los huevos, hago yo el caldeirada") y se ha ido a Almería capital con los demás.

Mi padre, sentado a la cabecera, parte pan.

— Iago.

— ¿Qué, papá?

— El hostal está bien.

— ¿Sí?

— Sí.

— Gracias.

— ¿Y la cala?

— A la cala vamos esta tarde.

— ¿Bañamos?

— Bañamos.

— ¿En agosto?

— En agosto.

— Vale.

Eva, sentada al lado de Noa, le pregunta cosas.

Mi madre, sentada al lado de Lola, le habla de la pulpería.

Lola, escuchando, asiente. Mi madre, en quince minutos, le ha contado a Lola la historia entera de cómo abrió la pulpería en mil novecientos noventa con treinta años, cuando le dijo a su jefe del bar "este negocio no me lo merece" y se fue a montar el suyo enfrente. Lola se descojona.

A los postres, mi madre se gira hacia mí.

— Niño.

— ¿Qué, mamá?

— Una cosa.

— ¿Sí?

— Esta mujer está bien.

— Lo sé.

— ¿Lo sabes?

— Lo sé desde marzo.

— ¿En marzo lo sabías?

— En marzo lo sabía.

— ¿Y por qué tardaste hasta abril en decírnoslo?

— Porque, en marzo, lo sabía yo. En abril, ya quería que lo supierais vosotros.

— Niño.

— ¿Qué, mamá?

— Bien.

— ¿Bien?

— Bien.

Lola, oyendo la conversación, sin moverse, sin sonrojarse, le sostiene la mirada a mi madre.

— Mamá — digo yo — . ¿Algo más que decir?

— Sí.

— ¿Qué?

— Una cosa.

— ¿Qué?

— Lola.

— ¿Sí, abuela Lola?

— Tú a mi hijo lo cuidas.

— Lo cuido.

— Y él te cuida a ti.

— Sí.

— ¿Te ha pedido algo?

— Mamá — intento intervenir.

— Niño, cállate.

— Vale.

Lola, sentada, sonríe.

— ¿Algo concreto?

— Algo concreto.

— No.

— Vale.

— ¿Te molesta?

— No.

— ¿No?

— No. Es pronto. Llevamos cinco meses.

— Vale.

— Pero, una cosa.

— ¿Qué?

— ¿En cuántos meses se le pide a un hostelero gallego algo concreto?

Eva se descojona. Mi padre se ríe entre dientes. Yo, con la copa, miro al techo.

— En dieciocho — contesta mi madre, sin mover un músculo.

— ¿Dieciocho?

— Dieciocho.

— ¿Por qué dieciocho?

— Porque, antes, son veranos. Después, son inviernos. Y, en un invierno con un hostelero gallego, se prueba la madera.

— Mamá.

— ¿Qué, niño?

— Eres muy.

— Soy.

— Sí.

Lola, sentada al lado de mi madre, levanta la copa.

— Abuela Lola.

— ¿Sí, mi niña?

— En dieciocho meses, hablamos.

— Vale.

— Vale.

Y se chocan las copas. Y, en ese momento, mi padre, sentado a la cabecera, mira a Lola por encima de las gafas.

— Lola.

— ¿Sí, Manuel?

— Una cosa.

— ¿Sí?

— A mi hijo, no le ha sido fácil estar tres años solo.

— Lo sé.

— ¿Y tú?

— Yo, catorce meses.

— ¿Catorce meses qué?

— Sola. Antes de venir.

— Vale.

— ¿Por qué me lo dice, Manuel?

— Porque quería saber si tú, también, sabías lo que es.

— Lo sé.

— Vale.

— ¿Eso es importante?

— Sí.

— ¿Por?

— Porque, una persona que sabe lo que es estar sola, no se mete con otra a hacerle compañía a la ligera.

— Manuel.

— ¿Qué?

— Sabe usted hablar.

— Aprendí a callarme.

— Vale.

Y se quedan los dos mirándose tres segundos. Eva, al lado, sonríe.

— Papá — dice Eva.

— ¿Qué?

— Lo has hecho bien.

— ¿El qué?

— La pregunta.

— ¿Lo has visto?

— Lo he visto.

— Eva.

— ¿Qué, papá?

— Cállate.

— Cállate tú, papá.

Y los seis nos descojonamos.

A las cinco, después de la siesta, bajamos a la cala.

Los seis. Mi padre, con el bastón en la arena.

Mi madre, con un sombrero de paja enorme.

Eva, en bikini negro. Lola, en bikini negro también (las dos coincidieron, sin saberlo, en el bikini negro de marca anónima).

Noa, en bañador rosa. Yo, en pantalón corto.

Mi padre, en la orilla, se queda parado.

Mi madre se acerca.

— Manuel.

— ¿Qué?

— Báñate.

— No.

— ¿No?

— No.

— Manuel.

— Lola.

— ¿Por?

— Porque, si me baño, después, salgo tieso, y me cuesta secarme con la cadera.

— ¿Quieres que te ayude?

— No.

— ¿Y entonces?

— Entonces, me siento en la arena con el bastón.

— Vale.

— Y, mientras tanto, miro.

— ¿Qué miras?

— A mi hijo.

— Vale.

Mi padre se sienta en la arena. Mi madre se sienta a su lado. Los dos, juntos, mirando a Eva, a Lola y a Noa en el agua. Yo, también, dentro del agua, los miro a ellos.

Y, ahí, en la cala, agosto, los seis miembros de una familia que, técnicamente, lleva cinco meses formándose, pasamos una hora sin que pase nada importante.

Y eso, en una familia que pasa una hora sin que pase nada importante, es exactamente lo más importante.

A las siete y media subimos. Mi madre se mete en la cocina a ayudar a Curro, que ha vuelto. Curro, viendo a mi madre, se pone nervioso. Mi madre, viendo a Curro, le da una palmada en el hombro y le dice "tú me dejas trabajar". Curro, sin protestar, se aparta.

Esa noche cenamos seis en el patio. La cuadrilla, después de un día en Almería capital, está de buen humor.

Paco le pide a mi madre que cuente la historia del pulpo y el cura, que es una historia que mi madre lleva contando treinta años y que es la más conocida de Cangas.

Mi madre, halagada, la cuenta. Veintidós minutos. Toda la cuadrilla, sin parar de reírse.

A las once, Noa, en mis brazos, ya dormida, sube a su habitación amarilla. Mi padre, mi madre y Eva se van al Don Pepe, donde han reservado tres habitaciones. Iago va con ellos a llevarlos. Lola se queda en el hostal con la cuadrilla terminando el café.

A las once y media, en el coche, mi padre, sentado en el asiento de atrás, me dice:

— Iago.

— ¿Qué, papá?

— Una pregunta.

— Dime.

— ¿Tienes algo guardado?

— ¿Guardado dónde?

— En el cajón de la mesilla de tu habitación.

Pausa.

— ¿Qué quieres decir?

— Sabes lo que quiero decir.

Tarda.

— Sí, papá.

— ¿Desde cuándo?

— Desde junio.

— ¿Y por qué no se lo has dado?

— Porque no es el momento.

— ¿Cuándo es?

— No lo sé.

— Iago.

— ¿Qué, papá?

— No esperes a saberlo.

— ¿No?

— No. A veces, el momento se hace cuando uno lo hace.

— Papá.

— ¿Qué?

— Eso lo decides tú porque tú no esperaste a saberlo con mamá.

— Eso lo decido yo porque, con tu madre, no esperé.

— ¿Y si Lola no quiere?

— Iago.

— ¿Qué?

— Tu madre, hoy a la una y media, sin saber esto, ha dicho dieciocho meses. Y Lola ha contestado "en dieciocho meses, hablamos". Eso, en mi diccionario, es un sí.

— ¿En tu diccionario?

— En el mío. Y en el de tu madre, que es más fiable.

Mi padre, en el asiento de atrás, se calla. Eva, al lado de mi padre, asiente.

— Papá.

— ¿Qué, Eva?

— Tienes razón.

— Lo sé.

— ¿Mamá lo sabe?

— Sí.

— ¿Lo del anillo?

— Sí. Le pedí permiso a tu madre antes de salir, esta mañana.

— ¿Permiso?

— Permiso para hablar contigo de esto.

— Papá.

— ¿Qué, Iago?

— Sois muy.

— Somos.

— Vale.

A las doce, dejo a los tres en el Don Pepe. Mi madre, en la puerta del hotel, me coge la cara con las dos manos otra vez.

— Niño.

— ¿Qué, mamá?

— Lola está bien.

— Lo sé.

— Hazlo.

— ¿El qué?

— Mamá — interviene Eva — . Papá ya se lo ha dicho.

— Vale.

— ¿Cuándo lo haces?

— Mamá.

— ¿Qué, niño?

— Cuando sea.

— Vale.

A las doce y media vuelvo al hostal. Lola, en el patio, está sola. La cuadrilla ya se ha ido al cobertizo. Lola está sentada en una silla con una copa de Albariño.

Me siento al lado.

— ¿Cómo te ha parecido?

— ¿Tu familia?

— Mi familia.

— Iago.

— ¿Qué?

— Tu padre.

— ¿Qué pasa con mi padre?

— Tu padre es un hombre muy sereno.

— Sí.

— Y tu madre es un terremoto controlado.

— Sí.

— Y Eva es una versión joven de tu madre con bata blanca.

— Sí.

— Y, una cosa.

— ¿Qué?

— Hoy he entendido por qué tú, Iago, eres tú.

— ¿Por mi padre?

— Por tu padre.

— ¿Por su silencio?

— Por su silencio.

— ¿Y mi madre?

— Tu madre me ha pasado a mí lo que yo necesitaba.

— ¿Qué?

— Permiso.

— ¿Permiso?

— Permiso para entrar.

Yo, sentado al lado, con una copa de Albariño en la mano, miro la cala "shh shh shh" abajo.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Subimos?

— Subimos.

Subimos. Y, esta noche, en lugar de hacer el amor, simplemente nos abrazamos durante una hora sin hablar.

Lola, en mi pecho, se duerme en media hora.

Yo, debajo, con los ojos abiertos, miro el techo.

El cajón de la mesilla, a quince centímetros de mi cabeza, contiene una caja pequeña de terciopelo azul que compré en una joyería de la calle Conde en Cangas en junio.

Una caja con un anillo. Una caja con un anillo que, según mi padre, según mi madre, según Eva y, ahora, según mi propio corazón, se va a abrir antes de que termine el verano.

Pero, no hoy.

Hoy, todavía, no.