La huésped de la cala Capítulo 21
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Capítulo 21

El domingo por la mañana, a las nueve, los cinco desayunamos en el patio. Curro nos ha dejado preparado un plato enorme de fruta y churros calientes. Noa, en pijama, con los pies descalzos, le da una madalena a Mar y le pregunta si tiene hijos.

— No.

— ¿Por qué?

— Porque no me los he encontrado todavía.

— ¿Se encuentran?

— A veces, sí.

— ¿Y los tuyos dónde están?

— En la calle Hortaleza, Noa.

— ¿En Madrid?

— En Madrid.

— Vale.

A las diez Mar, Candela y yo subimos al despacho. Iago se queda con Noa en el patio. Cierro la puerta. Candela saca de su bolso una carpeta. La pone sobre la mesa.

— Lola — dice.

— ¿Sí?

— Lo que te voy a decir, lo hemos pensado las dos durante seis meses. Empezó como una idea de Mar. Yo, al principio, le dije que era un disparate. Hace tres meses, le dije que era plausible. Hace un mes, le dije que era exactamente lo que tú necesitabas. Y, ahora, lo traemos.

— Cande.

— ¿Qué?

— Habla.

— Vale. Allá voy.

Mar, sentada al lado, sonríe.

— Lola, queremos abrir un estudio.

— ¿Cómo?

— Un estudio. Tú, arquitecta. Yo, periodista.

Candela, abogada. Las tres juntas, una marca paraguas.

Tú diseñas. Yo cuento. Candela protege. Específicamente para hostelería boutique.

Específicamente para hostelería boutique sostenible.

Específicamente para clientes que no compran "lujo" sino "experiencia".

— ¿Las tres?

— Las tres.

— ¿En qué papel?

— Tú, dirección de proyecto. Yo, comunicación, branding y contenido. Candela, contratos, propiedad, licencias, fiscal.

— ¿Y dónde?

— En Madrid.

— ¿En Madrid?

— En Madrid. Estudio físico pequeño. Para reuniones. El resto, remoto.

— ¿Y Candela?

— Yo no dejo el bufete — dice Candela — . Sigo con mi trabajo. Pero, hago de socia jurídica con cinco horas a la semana de exclusividad para este estudio. Eso, en mi contrato actual, me lo permiten. Y, además, me sirve para ir saliendo del bufete poco a poco si esto crece.

— ¿Y Mar?

— Yo sí dejo la revista — dice Mar — . La revista la cierran en febrero. Me han avisado hace dos meses. Tengo finiquito. Me incorporo al estudio a tiempo completo en enero.

— ¿En enero?

— En enero.

— ¿Y yo?

— Tú, decides tú.

— ¿Cómo?

— Tú decides cuándo y cuánto. Pero, queremos abrir el primero de enero del año que viene.

Mientras tanto, durante el otoño, lanzamos web, branding, primeros clientes.

Hablamos de Caleta del Yegua como nuestro primer proyecto.

Iago, si quiere, nos firma un consentimiento para usarlo como caso. Si no quiere, tenemos otros dos.

— ¿Otros dos?

— Mar tiene contactos. Un hotel pequeño en Cabo de Palos. Otro en La Vera, Extremadura. Los dos buscan arquitecto. Los dos están en fase de proyecto. Los dos pueden ser de octubre a marzo.

— Joder.

— Sí.

— ¿Hostelería boutique?

— Hostelería boutique.

— ¿Y la fiscal?

— SL entre las tres. Cada una un tercio. Salario al principio según facturación. En dos años, sueldo digno. En tres, bueno.

— Cande.

— ¿Qué?

— ¿Tú estás dispuesta a perder hora del bufete para esto?

— Llevo seis años en el bufete. Estoy lista para salir. Esto, en dos años, me da para salir bien.

— ¿Y Mar?

— Mar lleva tres años aguantando una revista que se hunde. Esto es su escapatoria.

— ¿Y yo?

— Tú, Lola, tienes lo más importante: el proyecto que abre el estudio.

Caleta del Yegua. Es la carta de presentación perfecta.

Un hostal boutique en una cala virgen de Almería, con un cliente que es referente sectorial.

Con tu sello arquitectónico. Con tu firma.

Con tu trayectoria de Aalto. Esto, en el mercado, es oro.

— Cande.

— ¿Qué?

— ¿Has hablado con Iago de esto?

— Anoche, mientras tú subías a por más vino, le pregunté si estaba dispuesto a firmar el consentimiento para usar la obra como caso. Le di la versión corta. Me dijo que sí. Sin condiciones.

— ¿Cuándo se lo dijiste?

— Anoche.

— ¿Anoche?

— Sí.

— Joder.

— Iago, además, me ha pedido una cosa.

— ¿Qué?

— Quiere que su segundo hostal, el de Ribadeo, lo replanteéis. Ha pensado en una reforma para el año que viene. Y, dice, ya que sois las tres, mejor que abráis con dos proyectos suyos en cartera.

— ¿Iago te ha dicho eso anoche?

— Iago me ha dicho eso anoche.

Yo, en el despacho, me echo hacia atrás en la silla. Cojo aire. Miro al techo.

— Tías.

— ¿Qué?

— Esto es una bomba.

— Lo sé.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Lleváis seis meses pensándolo?

— Seis meses.

— ¿Y por qué no me habéis dicho nada hasta hoy?

— Porque, durante los primeros tres meses, no sabíamos si tú aquí ibas a tener un proyecto exitoso o un proyecto que ibas a abandonar.

Cuando Mar volvió en mayo, vio Caleta del Yegua.

Sabía que esto, el proyecto, iba a salir bien.

Yo, en junio, decidí que esto valía. En julio, redactamos el dossier.

— ¿Tengo dossier?

— Tienes dossier.

Mar abre la carpeta. La empuja hacia mí. Diez páginas. Bien maquetadas. Bien escritas. Nombre del estudio: PLOMO (las iniciales de Pessoa, Lola, Ocho, Mar, Ocho de meses). Una propuesta de identidad visual. Tres pliegos con casos potenciales. Una proyección financiera para los primeros tres años.

Miro el dossier. Lo miro durante cinco minutos. Mar y Candela, sentadas enfrente, me dejan en silencio.

— Tías.

— ¿Qué?

— Esto está espectacular.

— Lo sabemos.

— ¿Cómo se llama el estudio?

— PLOMO.

— ¿Por?

— Lo explicamos. Es un nombre de material.

Es un nombre de calidad. Es un nombre que se acuerda.

Y, además, es una broma interna que nadie del mercado va a entender: las iniciales son P de Pessoa, tu gato.

L de Lola. O de "ocho" por los meses de Caleta del Yegua.

M de Mar. O de "ocho" por los meses que has tardado tú en venir a vivir. PLOMO.

— Mar.

— ¿Qué?

— Eres una romántica.

— Lo sé.

— ¿Cuándo decido?

— Cuando puedas. No te metemos prisa. Pero, una cosa.

— ¿Qué?

— La web se publica el primero de octubre. Si vamos a abrir en enero, esto se anuncia en octubre.

— ¿Y necesitáis mi sí?

— Necesitamos tu sí.

— ¿Antes de cuándo?

— Antes del veinte de septiembre.

— Tengo seis semanas.

— Tienes seis semanas.

— Cande.

— ¿Qué?

— Una cosa.

— ¿Sí?

— Yo, sí.

Pausa.

— ¿Sí?

— Sí.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Sin pensar más?

— Sin pensar más.

— ¿Estás segura?

— Cande. Mar. Llevo seis meses sabiendo que, cuando esto se acabe, no quería volver a freelance sola con un piso vacío y un gato. Esto que me proponéis es exactamente lo que necesitaba. Y, además, lo proponéis vosotras. Mis dos personas. Estoy.

Mar, en el despacho, se levanta. Da la vuelta a la mesa. Me abraza.

— Lola.

— ¿Qué?

— Bienvenida a PLOMO.

Candela, sentada, levanta la mano. Yo le doy un cinco.

— Lola.

— ¿Qué?

— Lo sabía.

— ¿Sabías que iba a decir que sí?

— Lo sabía.

— Cabronaza.

— Lo sé.

A las once y media bajamos al patio. Iago, sentado con Noa, está cortándole las uñas de los pies. Levanta la vista al oírnos.

— ¿Y?

— Y — contesto yo — te presento a PLOMO.

— ¿PLOMO?

— Mi nuevo estudio. Con Mar y Candela. Hostelería boutique. Madrid. Abrimos el primero de enero.

Iago, sentado en el suelo del patio con un cortauñas y un pie de niña en la mano, asiente.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Esto es lo que querías?

— Esto es lo que quería.

— ¿Y este hostal va a ser?

— Va a ser el primer proyecto.

— ¿Y el de Ribadeo?

— Lo replantamos juntos en enero o febrero.

— Lola.

— ¿Qué?

— Felicidades.

— ¿Tú lo sabías?

— Yo sabía la pregunta. No sabía la respuesta hasta ahora.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Lo has hablado con Cande sin decírmelo?

— Una cosa pequeña. Anoche. Tres minutos.

— ¿Y por qué no me lo dijiste?

— Porque no era mi noticia. Era de ellas para ti.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres un puto caballero.

— Soy un hostelero gallego.

— Es lo mismo.

— Cállate, Carrasco.

A la una y media comemos los cinco en el patio. Iago ha hecho una paella. La paella, según Curro (que pasó por la mañana a comprobarla), está "casi correcta para un gallego". Mar se descojona. Candela se desternilla. Iago, sin mover un músculo, levanta la copa.

— Brindo.

— ¿Por qué?

— Por PLOMO.

— Por PLOMO.

— Por PLOMO.

Las cuatro voces (Mar, Candela, Iago y yo) brindan a la vez. Noa, sin entender bien qué pasa, levanta su vaso de agua con limón.

— Por PLOMO — dice Noa.

— Por PLOMO, monstruo.

A las cinco, Mar y Candela se van. Yo las acompaño al coche. En el aparcamiento, las dos me abrazan a la vez.

— ¿Octubre? — digo.

— Octubre.

— ¿Web?

— El primero. PLOMO.es.

— Vale.

Mar, antes de subirse, me coge la cara con las dos manos.

— Lola.

— ¿Qué?

— Estoy contenta.

— Yo también.

— ¿Por todo?

— Por todo.

— ¿Por Iago?

— Por Iago.

— ¿Por la niña?

— Por la niña.

— ¿Por PLOMO?

— Por PLOMO.

— ¿Por nosotras?

— Por nosotras, sobre todo.

— Te quiero.

— Yo más.

Y, esta vez, sí, no hay "imposible". Esta vez, las dos lo dejamos así.

Cuando vuelvo al patio, Iago está recogiendo la mesa. Noa está bajando con un cubo a la cala.

— Iago.

— ¿Qué?

— Una pregunta.

— Dime.

— ¿Tú lo sabías?

— ¿Lo del estudio?

— Sí.

— En general, no. Pero, una cosa.

— ¿Qué?

— Sospechaba que ellas dos estaban tramando algo. Llevaban tres meses, las dos, demasiado calladas cuando os hablabais por teléfono. Mar, antes, gritaba todo. Llevaba tres meses no gritando ciertos asuntos.

— ¿Y por qué no me lo dijiste?

— Porque no era mi sospecha la que tenía que dar luz a esto.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres muy.

— ¿Qué?

— Eres mucho.

— Cállate, Carrasco.

— Cállate tú.

— Lola.

— ¿Qué?

— Una cosa.

— ¿Qué?

— Ven aquí.

Me acerco. Me besa. Largo. Tranquilo. Un beso de "todo va a ir bien, Lola, todo va a ir bien".

A las siete bajamos a la cala con Noa. Sentados en la arena, con los pies en el agua, mirando el sol bajar.

Iago, sentado a mi lado, sin mirar:

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Sabes lo que esto significa?

— ¿Esto qué?

— Lo del estudio.

— ¿Qué significa?

— Que tu vida, ya, está organizada para que tú y yo podamos ser tú y yo.

— Iago.

— ¿Qué?

— Sí.

— ¿Eso es lo que tú habías querido?

— Eso es lo que llevaba meses queriendo.

— ¿Sin saber cómo?

— Sin saber cómo. Y, ahora, mira tú.

— Mira tú.

— Iago.

— ¿Qué?

— Te quiero.

— Yo más.

— Imposible.

— Apuesta.

— Las apuestas las pierdes.

— En azulejos.

— Y en esto.

— En esto, también.

— Cállate, Carrasco.

— Cállate tú.

Noa, dos metros más allá, con el cubo, se gira.

— Lola la guapa.

— ¿Qué, Noa?

— ¿Sabes una cosa?

— ¿Qué?

— Que mañana es lunes.

— ¿Y?

— Y mañana toca cole de verano.

— ¿Has empezado cole de verano?

— En Bilbao, sí. Pero, aquí, no.

— Vale.

— ¿Aquí qué hacemos los lunes?

— Lunes lo que tú quieras.

— ¿Yo?

— Tú.

— Vale.

— ¿Qué quieres hacer mañana?

— Buscar tortugas.

— ¿Tortugas?

— Tortugas marinas. He visto una en internet.

— Vale. Mañana, lunes, buscamos tortugas.

— ¿En la cala?

— En la cala.

— ¿A las diez?

— A las diez.

— Vale.

Y, mañana, lunes, primer lunes de agosto, los tres bajaremos a la cala a buscar tortugas marinas.

Y no encontraremos tortugas. Pero encontraremos dos cangrejos pequeños, una caracola enorme, un trozo de coral seco y, sobre todo, esa cosa que se encuentra cuando una se sienta en una arena oscura del Cabo de Gata un lunes de agosto a las diez de la mañana y mira el agua transparente: el saber, sin necesidad de decirlo, que esto que está pasando es el principio de algo.