La huésped de la cala Capítulo 20
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Capítulo 20

El viernes de la última semana de julio, a las cinco de la tarde, Ainhoa nos devuelve a Noa con tres bolsas: una con regalos de los abuelos maternos de Bilbao (un libro de cuentos vascos, una pulsera de plata, un peluche de oveja merina), otra con ropa nueva (dos camisetas, una falda, unas sandalias) y otra con un kit de manualidades para hacer figuritas de barro.

Ainhoa, antes de irse, abraza a Noa, le da dos besos a Iago y, a mí, sin mediar palabra, me da un abrazo.

Yo, en el patio, sorprendida, le devuelvo el abrazo.

— Cuídate — me dice.

— Tú también.

— Lola.

— ¿Qué?

— Estoy contenta.

— ¿De qué?

— De que esto sea contigo.

— Vale.

— Vale.

Y se sube al coche. Y se va.

Iago, a mi lado, me coge la mano.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Bien?

— Bien.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Sabías que Ainhoa iba a despedirse así?

— No.

— ¿En serio?

— En serio.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Tu ex me está bendiciendo?

— Eso parece.

— Joder.

— Sí.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eso es una cosa muy buena.

— Lo sé.

— Y muy rara.

— Lo sé.

— ¿Estás emocionado?

— Estoy aliviado.

— ¿Aliviado?

— Llevaba tres días esperando a ver cómo se iba. Si se iba con frío. Si se iba con cara. Si se iba con cuchillo. Y se ha ido con abrazo.

— ¿Te lo esperabas?

— No.

— ¿Y eso qué te dice?

— Que Ainhoa, hace tres años, hizo bien en irse. Que, sin el matrimonio, somos mejores. Y que, sin ella en mi vida sentimental, somos amigos.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eso es un crecimiento muy bonito para ti.

— Sí.

— ¿Lo notas?

— Lo noto.

— Vale.

A las seis y media, Noa, con su pulsera de plata nueva en la muñeca, baja a la cala con un cubo y una palita.

Iago y yo, sentados en el patio con dos copas de Albariño, la miramos desde arriba.

— Iago.

— ¿Qué?

— Una cosa.

— ¿Qué?

— Mar y Candela me han propuesto venir las dos juntas el fin de semana que viene. Aquí. A pasar el fin de semana entero. Sábado y domingo.

— ¿Las dos?

— Las dos.

— ¿Habitaciones?

— Pueden compartir mi pequeña. Hay dos camas viejas pegadas, ¿no?

— Hay dos camas viejas pegadas, sí.

— ¿Te parece?

— Lola.

— ¿Qué?

— Tu vida es bienvenida en este hostal.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres un puto romántico.

— Cállate.

Mando un mensaje a Las Inestables. Confirman. Mar saca billete. Candela coge un coche de alquiler en Almería para los traslados.

El sábado de la primera semana de agosto, a las once de la mañana, Mar y Candela llegan juntas.

Candela, treinta y tres años, abogada laboralista, pelo negro corto, gafas de pasta verde, sandalias planas, vestido vaquero.

Mar, treinta y cuatro, periodista, pelo castaño largo recogido en moño deshecho, gafas de sol enormes, vestido floreado.

Las dos bajan del coche cargadas con bolsas.

— ¡LOLA! — gritan a la vez.

— ¡INESTABLES!

Y nos abrazamos las tres en mitad del patio. Iago, en la puerta del despacho, las saluda. Mar le da dos besos como si lo conociera de toda la vida (Mar ya estuvo aquí). Candela, en cambio, le da la mano.

— Iago.

— Candela.

— Encantada.

— Encantado.

— Te aviso, una cosa.

— ¿Qué?

— Esta mujer — y aquí Candela me señala a mí — es mi mejor amiga. Tú, ya, eres mi cuñado. Y a los cuñados, en mi familia, los queremos pero los miramos.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

— Sin sorpresas.

— Sin sorpresas.

Y, ahí, Candela le da la mano otra vez. Iago, sin mover un músculo, se la aprieta dos segundos. Las dos amigas se ríen.

— Tía — me dice Mar al oído — . Iago acaba de pasar la entrevista.

— ¿Eso es bueno?

— Eso es muy bueno.

Noa, que ha bajado al oír el ruido, se acerca a las dos.

— Hola — dice — . Soy Noa.

— Hola, Noa.

— ¿Sois las amigas de Lola la guapa?

— Somos las amigas de Lola la guapa.

— Vale.

Candela, en mitad del patio, mirando a Noa, se gira hacia mí.

— ¿Es ella?

— Es ella.

— Joder, Lola.

— ¿Qué?

— Es...

— ¿Qué?

— Es exactamente como yo me la había imaginado.

— ¿Y cómo te la habías imaginado?

— Independiente, con coletas mal hechas y con los ojos del padre.

— Sí.

— Sí.

A la una y media comemos en el patio. Iago ha cocinado salmorejo (le ha enseñado Curro), una ensalada de pulpo (le ha enseñado Curro) y un revuelto. Mar, comiendo, se descojona.

— Tía, este hombre. Salmorejo.

— Curro le ha enseñado.

— Joder.

A las cinco, Iago se lleva a Noa a Almería capital a recoger un material de la cocina. Las tres, Candela, Mar y yo, nos quedamos solas en la cala.

Las tres, en bikini, en la arena. Mar con un vaso de Albariño. Candela con una cerveza. Yo con agua.

— Lola — dice Candela, sentándose.

— ¿Sí?

— Tres preguntas.

— Dispara.

— Una. ¿Estás bien?

— Muy bien.

— Dos. ¿Vas a quedarte aquí?

— ¿Aquí, en la cala?

— Aquí, con él.

— Cande.

— ¿Qué?

— Sí.

— ¿Te vas de Lavapiés?

— No.

— ¿Entonces?

— A medias.

— ¿A medias?

— Madrid y cala. Madrid y cala. Madrid y cala.

— ¿Y Pessoa?

— Pessoa, en Madrid. Iago y Noa vienen a Madrid cuando puedan. Yo voy a la cala cuando pueda.

— ¿Y la obra?

— La obra acaba en septiembre.

— ¿Y luego?

— Luego, abro otra. En Madrid, espero.

— ¿Trabajo?

— Trabajo.

— Vale.

— Tres — añade Candela — . La tercera pregunta.

— Dime.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Te ha pedido algo concreto?

— ¿Cómo qué?

— Como anillo.

Yo, en la arena, me río.

— Cande.

— ¿Qué?

— No.

— ¿No?

— No.

— ¿Y eso?

— Porque, los dos, estamos en la fase de "vamos a vivir esto sin meter prisa".

— ¿Y eso te basta?

— Sí.

— ¿Seguro?

— Cande.

— ¿Qué?

— Yo, después de Sandra, tengo dos cosas claras sobre mi futuro afectivo.

— ¿Cuáles?

— Una: no necesito una boda para considerarme casada.

— Vale.

— Dos: no necesito un hijo biológico para considerarme madre.

— ¿Cómo?

— Que no lo necesito.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Y entonces qué necesitas?

— Necesito esto.

— ¿Esto?

— Esto. Esta cala. Este hostal. Esta niña. Este hombre. Estas dos amigas que han venido a sentarse en la arena conmigo un sábado de agosto a las cinco de la tarde. Necesito esto. Por mucho tiempo.

Candela me mira tres segundos.

— Lola.

— ¿Qué?

— Te lo mereces.

— Mar me lo dijo en mayo.

— Lo sé. Lo hablamos las dos antes de que viniera ella.

— Cande.

— ¿Qué?

— ¿Y ahora me lo dices tú?

— Te lo digo yo, ahora.

— ¿Por?

— Porque, hoy, sentada en esta arena, viéndote, lo veo claro. Y, una cosa.

— ¿Qué?

— Yo, Lola Carrasco Estepa, abogada laboralista del Madrid frío, declaro oficialmente que has hecho bien las cosas durante los últimos seis meses.

— ¿Lo declaras oficialmente?

— Oficialmente.

— Te quiero.

— Y yo.

Mar, sentada al lado, levanta el vaso.

— Yo también, eh.

— Tú, Mar.

— ¿Qué?

— Llevabas tres meses chillándomelo.

— Sí.

— Y, ahora, Candela me lo dice. Oficialmente.

— Lo sé.

— ¿Y eso?

— Yo grito desde el principio. Candela se reserva. Pero, cuando Candela lo dice, va a misa.

— Cabronaza.

— Lo sé.

A las siete vuelve Iago con Noa. Las tres seguimos en la arena. Iago, bajando con Noa al hombro, las saluda.

— ¡Las dos!

— ¡Iago!

Iago suelta a Noa. Noa corre hacia mí. Me abraza la cintura. Yo, sentada, la rodeo con los brazos.

— Lola la guapa.

— ¿Qué?

— Tengo arena en los pies.

— Vale.

— ¿Me la quitas?

— Te la quito.

Le quito la arena. Le pongo las sandalias. Le doy un beso en la frente.

Candela, sentada al lado, me mira en silencio. Mar, sentada al otro lado, me mira en silencio.

Iago, de pie a tres metros, me mira en silencio.

A los tres segundos, Candela, en voz baja, me susurra al oído:

— Vale. Ya entiendo.

— ¿Qué entiendes?

— Lo que has cambiado.

— ¿Qué he cambiado?

— Tú, eres madre.

— Cande.

— ¿Qué?

— No, todavía no.

— Sí.

— No.

— A veces, Lola, una se hace madre sin parir.

— ¿Tú lo crees?

— Lo creo.

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Te importa que lo sea ya?

Yo, sentada en la arena, con una niña pequeña aún abrazada a mi cintura, con dos amigas mirándome, con un hostelero gallego a tres metros, con la cala "shh shh shh" detrás, sin pensar, sin preparar, le contesto a Candela en voz alta:

— No me importa.

— ¿No?

— No.

— Vale.

— Cande.

— ¿Qué?

— Llevo seis meses sin tener cobertura suficiente como para pensar esto bien. Pero, los días sueltos de los últimos seis meses en los que la he tenido, lo he pensado. Y, sí.

— Sí.

— Sí.

— ¿Vas a por el tema?

— No.

— ¿Y eso?

— Porque a por el tema voy con Iago.

— Vale.

— Pero quería decírtelo a ti, primera.

— Lola.

— ¿Qué?

— Bienvenida.

— ¿A qué?

— A la categoría.

— Cande, no soy madre.

— Eres mucho, Lola. Y eso, en esta familia, cuenta.

Mar, al otro lado, escuchando, me coge la mano. Sin decir nada. Yo le aprieto los dedos.

A las nueve cenamos los cinco (Iago, Noa, Mar, Candela y yo) en el patio. Curro nos ha dejado un guiso enorme. Noa, sentada al lado de Mar, le pregunta cosas. Mar le contesta cosas. Mar, con los niños, descubro hoy, es un encanto.

A las once, Iago acuesta a Noa. Las tres nos quedamos en el patio.

Candela, con la copa de Albariño:

— Lola.

— ¿Qué?

— Una cosa más.

— Dime.

— Lo del trabajo.

— ¿Qué pasa con el trabajo?

— ¿Tienes proyectos confirmados para octubre?

— Tengo uno en Madrid. Pequeño. Reforma de un piso en Chamberí.

— Vale.

— ¿Y por?

— Mañana te cuento.

— ¿Mañana?

— Mañana. Mar tiene también algo.

— ¿Mar?

— Sí.

— ¿Qué?

— Mañana.

— ¿Por qué no me lo decís ahora?

— Porque mañana es domingo, y los domingos son el día de las noticias importantes.

— Cande.

— ¿Qué?

— ¿Eso me lo dices para que no duerma?

— Para que duermas con curiosidad.

— Cabronaza.

— Lo sé.

Iago, bajando, oye el final. Se sienta.

— ¿Qué pasa? — pregunta.

— Cande y Mar tienen una noticia para mañana.

— ¿Sobre qué?

— Sobre el trabajo de Lola.

Iago, dejando la copa, me mira.

— ¿Sobre el trabajo?

— Mañana.

— ¿Es buena noticia?

Candela, mirando a Iago, asiente.

— Para los dos.

— ¿Para los dos?

— Para los dos.

Iago, sentado al lado, sin mirarme, sin moverse, en voz baja:

— Lola.

— ¿Qué?

— Me parece que mañana va a ser un día importante.

— ¿Importante?

— Importante.

— ¿Por qué tienes ese presentimiento?

— Porque, cuando una abogada laboralista de Lavapiés y una periodista cultural de Chueca te traen una noticia juntas, eso, en mi experiencia, no es una noticia pequeña.

— Iago.

— ¿Qué?

— Sigo sin tener pista.

— ¿En serio?

— En serio.

— Vale.

— ¿Tú?

— ¿Yo?

— ¿Tienes pista?

— No.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Y entonces por qué dices que es importante?

— Porque te lo veo en la cara, a Candela.

Candela, en el patio, levanta la copa hacia Iago.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres más listo de lo que pareces.

— Cállate, Candela.

— Cállate tú.

Y los cuatro, sentados en el patio del hostal Caleta del Yegua, primer sábado de agosto, debajo del cielo del Cabo de Gata, con la cala "shh shh shh" abajo y dos botellas de Albariño abiertas, nos pasamos hasta la una y media bromeando, riéndonos, recordando historias de Madrid, conociéndonos.

Y, antes de subir, Candela, contra mi hombro, susurra:

— Mañana vas a flipar.

— ¿Tanto?

— Tanto.