La huésped de la cala Capítulo 19
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Capítulo 19

El martes por la noche, mientras Noa duerme en el Don Pepe con Ainhoa, en el patio del hostal Caleta del Yegua, Iago y yo tenemos la primera bronca de tres meses.

La bronca empieza por una tontería. La bronca, como todas las broncas serias, no es por lo que parece. Es por lo de debajo. Pero, técnicamente, empieza por una tontería.

Empieza así.

A las nueve y media estamos cenando los dos en el comedor del hostal. Curro nos ha dejado preparado un revuelto de espárragos y un trozo de tortilla. Yo, masticando, miro mi móvil. Tengo cobertura. Hay un mensaje de Ainhoa, de hace media hora, que es exactamente este:

Ainhoa 21:08: Lola, Noa pregunta por su unicornio. Lo tiene en su habitación, en la silla. ¿Le puedes hacer una foto y mandármela, por favor?

Yo, sin pensar, subo, le hago una foto al unicornio, vuelvo, lo mando. Ainhoa contesta dos minutos después: "gracias".

Iago, sentado enfrente, ha visto la secuencia entera.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Te ha escrito Ainhoa?

— Sí.

— ¿Por qué?

— Por Noa. Quería una foto del unicornio.

— ¿Tienes su número?

— Me lo dio antes de irse. Por si hacía falta.

— ¿Antes de irse?

— Antes de salir hoy a Almería capital.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Por qué te ha pedido el número a ti?

— Porque, supongo, le pareció lo más práctico.

— ¿Y por qué no me lo ha pedido a mí?

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Y eso a ti qué más te da?

— Lola.

— ¿Qué?

— No me lo ha pedido a mí. Eso, en cinco años, no había pasado.

— ¿Eso te molesta?

— Sí.

— ¿Por?

— Porque, técnicamente, soy el padre de Noa.

— Iago.

— ¿Qué?

— Tu hija lleva diecisiete días aquí. Yo soy una persona adulta que vive en este hostal. Tu exmujer me ha pedido una foto de un unicornio en una habitación. Eso, técnicamente, no es ningún gesto de exclusión paterna.

— Lola.

— ¿Qué?

— No estoy diciendo que sea un gesto de exclusión paterna.

— ¿Y qué estás diciendo?

— Estoy diciendo que es la primera vez en cinco años que Ainhoa, cuando viaja con Noa, no me escribe a mí.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Tú estás celoso?

Pausa larga. Iago coge el tenedor. Mueve los espárragos. Bebe un trago de vino.

— ¿Yo?

— Tú.

— No.

— ¿No?

— No.

— Iago.

— ¿Qué?

— Estás celoso.

— Lola.

— ¿Sí?

— No estoy celoso.

— Entonces, ¿qué?

— Estoy molesto.

— Es lo mismo.

— No es lo mismo.

— ¿En qué se diferencia?

— En que los celos son sobre ella. Lo que tengo yo es algo sobre mí.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eso me suena a una frase entrenada.

— ¿En serio?

— En serio.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Tú me estás picando?

— Te estoy diciendo lo que estoy viendo.

Iago, en este momento, hace algo que llevaba seis meses sin hacer. Suelta el tenedor sobre el plato con un golpe que se oye. Se levanta. Se aleja de la mesa.

— Iago — digo yo, también, levantándome — . Iago, vuelve.

— Lola, necesito un minuto.

— ¿Un minuto?

— Un minuto.

— ¿En el patio?

— En el patio.

Sale al patio. Yo, sentada en la mesa, miro el revuelto de espárragos. Lo miro durante un minuto. A los dos minutos, dejo el tenedor. Me limpio. Salgo detrás.

Iago está sentado en una silla del patio, mirando la cala. Yo, en lugar de sentarme a su lado, me siento en la silla de enfrente.

— Iago.

— ¿Qué?

— Mírame.

Levanta la vista. Tiene los ojos cansados.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Qué te pasa?

— Lola.

— ¿Qué?

— Una cosa.

— ¿Qué?

— Llevo dos días observando lo siguiente: que Noa y tú habéis hecho una alianza propia.

Que Ainhoa y tú, a partir de hoy, también, parece.

Que la cuadrilla, hace tres meses, lo hizo.

Que Paco te ha aprobado. Que Curro te quiere.

Que mi madre te tiene en estima sin haberte conocido.

Que mi hermana te llama por teléfono y se ríe contigo.

Y que yo, en mitad de todo eso, soy el último que me he enterado.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Estás celoso de ti mismo?

— Lola.

— ¿Qué?

— No.

— ¿No?

— No del todo.

— ¿Entonces?

— Estoy descolocado.

— ¿Por?

— Porque, en cinco meses, tú te has metido en mi vida con una facilidad que yo no he tenido para meterme en la tuya.

Pausa.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eso no es verdad.

— ¿No?

— No. Tú llevas cinco meses, también, metiéndote en mi vida.

Llevas cinco meses con mi grupo de WhatsApp ("Mar te quiere", "Candela te tolera, que es mucho").

Llevas cinco meses con mi familia ("mamá te ha dicho que te traiga aceite de Linares cuando salgas").

Llevas cinco meses con Pessoa el gato ("Candela dice que está bien").

Llevas cinco meses con la Politécnica de Madrid (te he contado cuatro chistes de la facultad).

Eso, en mi vida, es Iago entero. Si te falta algún detalle, dímelo y te lo cuento.

— No es eso.

— ¿Entonces?

— Es...

— ¿Qué?

— Lola, es que yo, antes, era el centro de los míos.

— ¿Y?

— Y ahora hay otra persona en el centro.

— Iago.

— ¿Qué?

— Esa otra persona soy yo. Y tú te has enamorado de mí. ¿Por qué te sorprende que yo, ahora, también esté en el centro de los tuyos?

Pausa. Larga. Iago me mira tres segundos.

— Lola.

— ¿Qué?

— Tienes razón.

— Lo sé.

— ¿Lo sabes?

— Lo sé.

— Cabronaza.

— Cabronazo tú.

— Lola.

— ¿Qué?

— Discúlpame.

— ¿Por?

— Por haberme puesto así por una foto de un unicornio.

— Iago.

— ¿Qué?

— Disculpado.

— ¿Tan rápido?

— Tan rápido.

— ¿Sin penitencia?

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Quieres una penitencia?

— Quizás.

— ¿Qué penitencia?

— Tú.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres un puto seductor de manual.

— Sí.

Iago, en la silla, se levanta. Da un paso. Se planta delante de mí. Me mira a los ojos.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Subes?

— ¿En medio de una bronca?

— En el final de una bronca.

— ¿En serio?

— En serio.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Esta noche?

— Esta noche es la primera noche en diecisiete días que no hay nadie más en este hostal aparte de tú y yo.

Lo pienso. Lo pienso bien.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

— ¿En serio?

— En serio.

Subimos. Sin hablar. Sin mirar atrás. Sin pasar por la habitación amarilla a comprobar el unicornio que ya no está. Sin coger el café del termo, sin enviar un mensaje a nadie, sin cerrar la puerta del despacho. Subimos directos.

En la habitación grande, Iago cierra la puerta. Echa el pestillo. Lo echa.

— ¿Pestillo? — digo.

— Pestillo.

— ¿Por?

— Por si acaso.

— ¿En serio?

— En serio.

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— Una cosa.

— ¿Qué?

— Esta noche.

— ¿Esta noche qué?

— Esta noche, todo.

— ¿Todo?

— Todo.

— ¿Sin "despacio"?

— Sin "despacio".

— Iago.

— ¿Qué?

— Joder.

— Sí.

Se acerca. Me besa. Y, ahora, no es el beso del jueves de los azulejos.

No es el beso de la cala. No es el beso de la encimera.

Es otro beso. Es el beso de un hombre que ha estado celoso hace media hora, que se ha sentido excluido, que ha tenido miedo de perder algo, y que, ahora, en lugar de huir, ha decidido reclamar.

Me besa con las manos en mi cara. Me besa con la boca abierta. Me besa con la lengua entrando entera. Me besa con un sonido grave del fondo de la garganta que no le había oído.

Y, sin decir nada, sin avisarme, me coge la camiseta y me la sube por la cabeza. Me coge el sujetador y me lo desabrocha en un solo gesto. Me coge los shorts y me los baja por las piernas hasta que me quedan en los tobillos. Yo, en este momento, intento ayudar. Iago me sostiene la cara.

— No.

— ¿No?

— Hoy te desnudo yo.

— Vale.

— Y no te muevas.

— Vale.

Me coge las braguitas y me las baja despacio. Me las quita. Me deja en mitad de la habitación grande con la luz de la luna entrando por la ventana abierta y la brisa de la cala soplando.

Iago se quita la camiseta. Los vaqueros. Los calzoncillos. Sin teatro. Sin tiempos. Sin permiso. Iago, hoy, no está pidiendo permiso. Iago, hoy, ha decidido.

— Lola.

— ¿Qué?

— Cama.

— Vale.

— Boca arriba.

— Vale.

Me tumbo. Iago se sube sobre mí. Me coge las dos muñecas. Me las pone por encima de la cabeza. Las sostiene con una mano. Con la otra, despacio, me recorre. Desde el cuello hasta el pecho. Desde el pecho hasta el ombligo. Desde el ombligo hasta el compás del costado izquierdo.

— El compás — susurra.

— Sí.

— Te lo he dicho ya.

— ¿Qué?

— Lo del compás.

— ¿Cuántas veces?

— Veinte.

— ¿En cinco meses?

— En cinco meses.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres un puto obsesionado.

— Sí.

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— No tomes nota.

— ¿De qué?

— De lo que voy a hacer ahora.

— ¿Por?

— Porque hoy, sí, es una penitencia.

— ¿Tuya o mía?

— Mía.

— Vale.

Y, ahí, durante los siguientes cuarenta minutos, Iago Castelo me hace una cosa que no me había hecho.

Una cosa que mezcla la primera vez con la naturalidad de los tres meses.

Una cosa que es despacio pero también ya con confianza.

Una cosa con los dientes en los sitios donde no me había mordido.

Una cosa con la mano izquierda firmemente sosteniendo mis muñecas por encima de mi cabeza durante diez minutos.

Yo, debajo, le digo:

— Iago.

— ¿Qué?

— Suéltame las muñecas.

— ¿No te gusta?

— Sí me gusta.

— ¿Entonces?

— Quiero tocarte.

— Hoy no.

— ¿Hoy no?

— Hoy no.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

Y, así, sin que yo me toque, sin que yo me mueva, Iago Castelo me hace lo que llevaba dos noches queriendo hacerme.

Lo hace bien. Lo hace bien-bien. Yo, en mitad, descubro que mi cuerpo, en cinco meses, ha aprendido a este hombre como un instrumento aprende al músico.

Iago, en cinco meses, ha aprendido al mío.

Y, esta noche, los dos, sin testigos, sin niña en la habitación amarilla, sin cuadrilla en el cobertizo, sin Paco a la mañana siguiente, somos exactamente lo que nos imaginamos cuando empezamos.

A los cuarenta minutos, lo termino la primera vez. Con las muñecas todavía sujetas. Con la espalda arqueada. Con un sonido que es entre un grito y un suspiro.

Iago me suelta las muñecas. Las baja. Me deja respirar.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Otra vez?

— Iago.

— ¿Qué?

— Espera.

— ¿Cuánto?

— Treinta segundos.

— Vale.

Treinta segundos. Respiro. Lo miro. Iago, encima, no se está moviendo. Iago, encima, está esperando.

— Iago.

— ¿Qué?

— Ahora.

— ¿Ahora?

— Ahora.

— ¿Lo de antes?

— Lo que tú quieras.

— Vale.

Entra. Entra despacio. Entra hasta el fondo.

Y, esta vez, no es la cara mirándome con los ojos abiertos.

Esta vez, sin que yo se lo pida, sin que ni él ni yo lo planeemos, los ojos se cierran de los dos a la vez.

Los dos. Y, ahí, en la oscuridad detrás de los párpados, los dos sentimos cómo el cuerpo, sin necesidad del control de la mirada, se ajusta solo.

Iago empieza a moverse. Yo le rodeo la espalda con las piernas.

Las manos, libres ahora, las pongo en su pelo, en su nuca, en su espalda.

Le bajo las uñas, suavemente, por las paletillas.

— Lola.

— ¿Qué?

— Sigue.

— ¿Las uñas?

— Las uñas.

— Iago.

— ¿Qué?

— Te quiero.

— Yo más.

— Imposible.

— Apuesta.

— Las apuestas las pierdes.

— En azulejos.

— Y en esto.

— Cállate, Carrasco.

— Cállate tú.

Y, ahí, en mitad de la cama de Iago, en mitad de la habitación grande, los dos terminamos casi a la vez.

Casi-casi. Yo, dos segundos antes que él.

Él, dos segundos después que yo. Y, los dos, los dos cogiéndonos uno al otro con todas las fuerzas del cuerpo.

Los dos respirando muy fuerte. Los dos llorando un poco.

Sí. Iago también. Esta noche, Iago, llorando.

Yo, debajo, contra su pelo, le digo:

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Por qué lloras?

— Por nada.

— ¿En serio?

— Por todo.

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— Una cosa.

— ¿Qué?

— Lo que ha pasado en la cena era una tontería.

— Lo sé.

— ¿Lo sabes?

— Lo sabía cuando estaba pasando.

— ¿Y entonces por qué dejaste que pasara?

— Porque, Iago, te he aprendido en cinco meses. Y, las tonterías, contigo, se desinflan rápido si las dejas a la vista del aire. Si te las hubiera quitado de en medio, se habrían quedado escondidas. Y luego habrían salido peor.

— Lola.

— ¿Qué?

— Cabronaza.

— Cabronazo tú.

— Te quiero.

— Yo más.

Nos quedamos así. Diez minutos. Veinte. Treinta. Iago, encima de mí, sin moverse. Yo, debajo, abrazándolo.

A la media hora, Iago se baja. Se tumba a mi lado. Me coge la cintura. Me pega contra él.

— Lola.

— ¿Qué?

— Mañana.

— ¿Mañana qué?

— Mañana le pido perdón a Ainhoa.

— ¿A Ainhoa?

— Sí.

— ¿Por?

— Por haberme molestado de que no me hubiera escrito a mí cuando llegó. Llevaba dos días molesto sin decírtelo. Es una tontería. Y, mañana, se lo digo.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres una buena persona.

— Soy un cabezón.

— Eres un cabezón que es buena persona.

— Vale.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Te has dado cuenta de una cosa?

— ¿De qué?

— De que llevamos casi seis meses juntos y, esta noche, ha sido nuestra primera bronca.

— Sí.

— ¿Sí?

— Sí.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Eso es bueno o malo?

— Es bueno.

— ¿Y entonces por qué llevas el ceño así?

— Porque, antes, en la cena, me he portado como un hombre de cuarenta años de Galicia.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres un hombre de cuarenta años de Galicia.

— Tengo treinta y ocho.

— Lo mismo.

— Cállate, Carrasco.

— Cállate tú.

Y nos quedamos dormidos. Y, a las cuatro de la mañana, sin que yo lo controle, sin avisar, me despierto con la mano de Iago entre mis muslos, con su boca contra mi oreja, con un susurro que dice "Lola". Y, sin abrir los ojos del todo, sin pensar, lo dejo seguir.

Y, a las cuatro y media de la mañana, los dos lo terminamos otra vez. Esta vez, en silencio. Esta vez, sin palabras. Esta vez, solo con respiraciones.

Y, a las cinco menos cuarto, nos quedamos dormidos por última vez antes de que amanezca. Y, esta noche, no descansamos más de tres horas seguidas en ningún momento.

Pero, esta noche, lo entendemos los dos.

Iago, hostelero gallego, treinta y ocho años, lleva un mes sin meterse en la cala a las cinco y veinte de la mañana porque hace demasiado calor.

Pero, mañana, miércoles, a las siete y cuarto, baja. Y se mete. Cinco minutos. Solo cinco minutos.

Y, cuando vuelve, me trae café al patio. Y me dice, sin venir a cuento:

— Lola.

— ¿Qué?

— Discúlpame otra vez.

— ¿Por?

— Por lo de anoche.

— Iago.

— ¿Qué?

— Ya te disculpé.

— Sí. Pero, una cosa.

— ¿Qué?

— Es la última vez que pasa.

— Iago.

— ¿Qué?

— En cinco meses, has tenido una. Si me prometes que es la última, te juro que no te creo.

— ¿No?

— No.

— ¿Por?

— Porque, Iago, las parejas tienen broncas. Y, contigo, durante los próximos cuarenta años, espero tener cuatro o cinco más.

— ¿Cuarenta años?

— Cuarenta.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Tú estás diciéndome lo que estoy entendiendo?

— Iago.

— ¿Qué?

— Bebe café.

— Lola.

— ¿Qué?

— Yo también.

— ¿Tú también qué?

— Cuarenta años. Yo también.

Y, los dos, con el café en la mano, a las siete y media de la mañana del miércoles de la última semana de julio, mientras Noa está en el Don Pepe con Ainhoa y la cuadrilla todavía no ha llegado, nos hacemos, sin palabras, sin firma, sin testigos, una promesa de cuarenta años.

Y eso, técnicamente, es lo más serio que me ha pasado en la vida.