La huésped de la cala Capítulo 18
56%

Capítulo 18

El último viernes de julio, a las once de la mañana, mientras estoy en el patio enseñándole a Noa cómo se hace un nudo de pescador con un cordel azul, suena el móvil de Iago dentro de la casa. Lo oigo a través de la puerta abierta del despacho. Iago descuelga.

— Sí, Ainhoa.

Pausa. Larga.

— Vale.

Pausa. Más larga.

— ¿Cuándo?

Pausa.

— ¿En serio?

Pausa.

— Ainhoa.

Pausa.

— Vale. Sí. Te llamo en diez minutos.

Cuelga.

Noa, en el patio, tirando del cordel, dice:

— Papá.

— ¿Qué, monstruo?

— ¿Era mamá?

— Era mamá.

— ¿Vamos a hablar?

— En un rato.

Iago me mira. Tres segundos. Yo le sostengo la mirada.

— ¿Vamos? — pregunta, mirando al despacho.

— Vamos.

Le digo a Noa que siga con el nudo. Subo con Iago al despacho. Cierro la puerta. Iago se sienta en su silla. Se pasa las dos manos por el pelo.

— ¿Qué pasa?

— Ainhoa.

— ¿Qué pasa con Ainhoa?

— Quiere venir.

— ¿Aquí?

— Aquí.

— ¿Por qué?

— Por Noa.

— ¿Por qué por Noa?

— Porque, dice, lleva ocho días sin oír la voz de Noa con calidad porque la cobertura es una mierda. Y, además, porque tiene un cliente en Almería que ver el miércoles.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Y cuándo viene?

— Lunes a viernes que viene.

— ¿Lunes a viernes?

— Lunes a viernes.

— ¿Cuatro días?

— Cuatro días.

— ¿Aquí?

— En San José. En el Don Pepe.

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— Lo siento.

— Iago.

— ¿Qué?

— No lo sientas.

— Lo siento.

— ¿Por qué?

— Porque tú y yo, en estos últimos diez días con Noa, lo estábamos haciendo bien.

— Sí.

— Y, ahora, viene Ainhoa.

— Iago.

— ¿Qué?

— Tu exmujer va a venir a ver a su hija. Y va a estar en el Don Pepe, que está a veinte minutos de aquí. No al lado de mi habitación. ¿Cuál es el problema?

— Que Ainhoa, cuando viene, es Ainhoa.

— ¿Eso qué quiere decir?

— Que opina.

— ¿Y?

— Y va a opinar sobre ti.

— ¿En serio crees que me importa lo que opine?

— Sí.

— Iago.

— ¿Qué?

— Que no me importa.

— Lola.

— ¿Qué?

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

— Mira, una cosa.

— ¿Qué?

— Es una buena oportunidad para que se conozca.

— ¿En serio?

— En serio. Para que conozca el sitio. Para que vea que su hija está bien. Para que vea que tú estás bien. Para que vea que yo no soy un fantasma. Para que vea que yo no soy una loca. Para que se quede tranquila.

— ¿Y para ti?

— Para mí, para conocer a Ainhoa.

— ¿Quieres conocer a Ainhoa?

— No "quiero", pero "necesito".

— ¿Por?

— Porque, Iago, en algún momento tengo que ponerle cara a la mujer con la que estuviste casado siete años y con la que tienes una hija que ahora mismo está abajo con un cordel azul aprendiendo a hacer nudos de pescador. Y, cuanto antes, mejor.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Estás segura?

— Iago.

— Vale.

— Vale.

— ¿Le digo que sí?

— Le dices que sí.

Iago coge el móvil. Llama a Ainhoa. Yo, en la silla enfrente, le miro hablar.

Iago, hablando con Ainhoa, es Iago. Igual.

Sin matices nuevos. Sin el ceño que tenía hace seis meses.

Sin la rabia que yo me había imaginado. Iago, hablando con Ainhoa, es un señor de treinta y ocho años hablando con la madre de su hija sobre logística de un viaje.

Le dice que vale, que el lunes, que en el Don Pepe, que se trae un coche de alquiler, que cenan los tres juntos el lunes con Noa, que el martes Noa duerme con Ainhoa en el hotel, que el miércoles se ven en el cliente, que el jueves vuelve aquí Noa, que el viernes Ainhoa vuelve a Bilbao.

Cero drama. Cero negociaciones absurdas.

Iago es, en este aspecto, un padre divorciado que ha hecho diez veces este protocolo.

Cuando cuelga, me mira.

— Lola.

— ¿Qué?

— Gracias.

— ¿De qué?

— De haber hecho que esta llamada fuera más fácil.

— No he hecho nada.

— Has hecho mucho.

A las dos comemos. Noa, a la mesa, le pregunta cosas a Iago. Iago le contesta. Iago, antes del postre, le dice:

— Monstruo.

— ¿Qué, papá?

— El lunes viene mamá.

Noa, comiendo, abre los ojos como dos platos.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿A la cala?

— No. Al Don Pepe, en San José. Pero, lunes por la noche, cenamos los tres juntos en San José.

— ¿Y Lola la guapa?

— Lola la guapa cena aquí.

— ¿Por?

— Porque, lunes, es la primera cena tuya con mamá. Vamos a estar los tres.

— ¿Y el martes?

— El martes duermes con mamá en el Don Pepe.

— ¿Toda la noche?

— Toda la noche.

— ¿Y el miércoles?

— El miércoles veis mamá y tú a un cliente de mamá en Almería capital.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Y el jueves?

— El jueves vuelves aquí.

— ¿Y el viernes?

— El viernes mamá vuelve a Bilbao.

— ¿Lola la guapa la va a conocer?

Iago me mira a mí. Yo, masticando, asiento.

— Sí.

— ¿Cuándo?

— Cuando ella quiera.

— ¿Aquí?

— Aquí.

— ¿Mamá viene a la cala?

— Si quiere, sí.

— Quiero que sí.

— Vale.

— ¿En qué día?

— Lo decidimos los tres.

— Vale.

Y Noa, sin más, se come el postre.

El lunes por la tarde, a las seis, Ainhoa llega.

Llega al hostal en un coche de alquiler blanco. Aparca en el patio sin dudar. Baja. Y, ahí, en el aparcamiento de tierra, conozco a Ainhoa Sangoiti.

Treinta y ocho años. Pelo castaño claro recogido en una coleta tirante.

Gafas de sol. Camiseta de tirantes verde militar.

Pantalón vaquero corto. Sandalias planas.

Lleva una bolsa pequeña con regalos para Noa.

Tiene, en el cuello, una cadenita finísima con una "N".

Tiene una manera de andar erguida. Tiene la mandíbula apretada de las mujeres que llevan años en pleitos con hombres del Bilbao financiero.

Tiene, en los ojos, exactamente lo que esperaba: inteligencia, cansancio y un punto de ironía.

Iago sale al patio. Noa sale con él, corriendo.

— ¡MAMÁ!

— ¡MI VIDA!

Noa salta. Ainhoa la abraza. Tres segundos. Iago se acerca. Le da dos besos a Ainhoa. Cero romanticismo. Dos besos de exmarido educado.

Yo, en la puerta del despacho, espero.

Cuando Noa se separa de Ainhoa, Iago hace los honores.

— Ainhoa, esta es Lola.

Ainhoa se gira. Me mira tres segundos. Yo le sostengo la mirada.

— Hola, Lola.

— Hola, Ainhoa.

Avanzo. Le doy dos besos. Ella me los devuelve. Educados.

— Vienes con coche — digo, por decir algo.

— Vengo con coche.

— ¿De Bilbao en avión?

— De Bilbao en avión a Almería. Luego coche.

— ¿Cómo ha ido?

— Bien.

— Vale.

Silencio incómodo de quince segundos. Iago, salvándonos, dice:

— ¿Os enseño el hostal?

— Por favor.

Iago le enseña el hostal a Ainhoa. Ainhoa pregunta cosas.

Ainhoa pregunta cosas técnicas: por la cantidad de habitaciones, por el contrato de la cuadrilla, por el calendario, por el presupuesto.

Ainhoa, lo descubro en quince minutos, es una abogada que no apaga el modo abogada ni en una visita a la nueva casa de su exmarido.

Iago le contesta. Yo, a su lado, observo.

A los veinte minutos, en el patio, Ainhoa se gira hacia mí.

— Lola.

— ¿Sí?

— ¿Tú llevas el proyecto?

— Yo lo llevo, sí.

— ¿Sola?

— Con la cuadrilla de Paco. Pero la dirección de obra es mía.

— ¿Y la dirección facultativa?

— También.

— ¿Cuánto te quedan?

— Septiembre. La inauguración la tenemos el último fin de semana de septiembre.

— Vale.

— Vale.

— ¿Y luego?

— ¿Luego qué?

— Luego, vuelves a Madrid.

Yo, en este momento, podría contestar varias cosas.

Podría contestar "todavía no lo he decidido".

Podría contestar "no es asunto suyo". Podría contestar "no".

Pero, Ainhoa, mirándome con las gafas de sol levantadas y los ojos cansados, me hace una pregunta que es, en realidad, una pregunta neutra.

No una agresión. Es una pregunta de "necesito saberlo, porque mi hija está aquí".

Y yo, contra mi mejor juicio, le contesto la verdad.

— Sigo en mitad de eso. Pero, Madrid y aquí, sí.

— ¿Madrid y aquí?

— Madrid y aquí.

— ¿Por?

— Porque, en Madrid, tengo casa, gato y estudio. Y, aquí, tengo otra cosa.

— Otra cosa.

— Otra cosa.

— Vale.

— ¿Te ha quedado claro?

— Me ha quedado claro.

— Bien.

— Lola.

— ¿Qué?

— Una cosa.

— ¿Qué?

— Yo, en este viaje, no he venido a montar lío.

— Vale.

— He venido por mi hija.

— Vale.

— Y por ver lo que ve mi hija cuando me cuenta por teléfono que se ha pasado el lunes haciendo un collar de caracolas con la novia de papá.

— ¿Te lo ha dicho?

— Cinco veces. Y un audio.

— Vale.

— Quería ver lo que veía.

— ¿Y qué ves?

Ainhoa, en el patio, mira a su alrededor.

El patio, ahora, en julio, está terminado.

La cal sobre piedra. Los marcos de mortero ocre en la planta de arriba.

Los geranios floreciendo en las macetas viejas.

Noa, ahora mismo, está enseñándole a Iago un nudo de pescador que ha aprendido conmigo esta mañana.

Ainhoa, en el patio, asiente.

— Veo una casa bonita.

— Vale.

— Veo a una mujer que respeta a mi hija.

— Vale.

— Veo a mi exmarido más sereno de lo que llevaba estando seis años.

— Vale.

— Y, Lola.

— ¿Qué?

— Veo que esto es lo que tenía que pasar.

— ¿Lo que tenía que pasar?

— Lo que tenía que pasarle a Iago. Porque, te lo digo en serio, sin rencor, sin culpa: yo, hace tres años, le dejé porque ya no le quería bien.

Y, durante tres años, he tenido un sentimiento de fondo, un poso, una preocupación.

La preocupación era esta: que Iago, con su carácter, no iba a moverse a buscar a nadie.

Que iba a quedarse solo el resto de su vida porque, para él, intentar otra vez era una posibilidad muy remota. Y, ahora, lo veo bien.

— Ainhoa.

— ¿Qué?

— Eso es muy honesto.

— Es lo que pienso.

— Vale.

— Y, una cosa más.

— ¿Qué?

— Mi hija te aprecia.

— Sí.

— Y, durante el tiempo que dure esto entre vosotros, lo único que te pido es esto: si llega a romperse, no rompas tú la relación con mi hija de golpe. Despídete despacio. Si se rompe.

Yo, en el patio, le sostengo la mirada.

— Ainhoa.

— ¿Qué?

— Eso lo tengo claro desde el primer día.

— Vale.

— Vale.

— ¿Cena?

— ¿Cena?

— En San José. Os llevo. Iago me lo ha dicho.

— Vamos.

Y, ahí, en el patio del hostal Caleta del Yegua, la primera tarde de la última semana de julio, Ainhoa Sangoiti y Lola Carrasco Estepa, sin ser amigas, sin ser enemigas, sin ser nada concreto todavía, se hacen ese gesto pequeño que es de mujeres adultas que han decidido, sin firma, no joderse la vida.

Y, mientras Iago, en mitad del patio, prepara a Noa para la cena, Ainhoa, sin que él lo vea, sin que él lo escuche, me dice una última cosa.

— Lola.

— ¿Qué?

— Que sepas que esta es la última vez que vengo así.

— ¿Así cómo?

— Yo a tu hostal. La próxima vez que tenga que pasar algo con Noa, lo organizo yo desde Bilbao. Sin venir a tu sitio. Porque, durante esta semana, voy a respetarte como me he respetado yo. Pero, la próxima vez, ya nos hemos visto.

— Vale.

— Vale.

Y nos sonreímos. Sin afecto. Pero con respeto.

Y, esa noche, mientras Iago, Ainhoa y Noa cenan en un restaurante del paseo de San José, yo me siento sola en el patio del hostal con una copa de Albariño, miro la cala, escucho "shh shh shh" contra las rocas y descubro, sin querer, que el momento más difícil del verano no ha sido conocer a Ainhoa.

El momento más difícil del verano es justo este: estar sentada en el patio del hostal de mi novio, con la novia anterior de mi novio cenando con su hija y el padre de su hija a veinte minutos de aquí, y sentirme cien por cien tranquila.

Eso, te lo juro, es lo más raro del mundo.

Y, sin embargo, esta noche, así estoy. Tranquila. Tranquila-tranquila. Por dentro.

Y, mientras Iago, esta noche, antes de las once, vuelve solo al hostal y Ainhoa se queda con Noa en el Don Pepe, yo, en el patio, lo recibo. Sin abrazo, sin drama. Solo con una copa servida y una sonrisa pequeña.

— ¿Bien? — le pregunto.

— Bien.

— ¿Cansado?

— Cansado.

— ¿Quieres que subamos?

— Quiero.

Subimos. Nos metemos en la cama. Iago me abraza por la espalda. Apoya la cara en mi pelo. Se duerme en dos minutos.

Yo, antes de dormir, miro el techo. Lo miro durante un rato. Y me digo, en voz baja, contra la almohada:

Lola, esto ha sido un examen, y lo has aprobado.

La almohada, sabia, asiente sin moverse.