La huésped de la cala Capítulo 17
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Capítulo 17

Las dos primeras semanas de julio con Noa en el hostal son una versión de la vida en la que yo no había caído.

Cosas que descubro en quince días:

Una: Noa se despierta a las siete y media de la mañana, todos los días, sin despertador, y se planta en el pasillo en pijama con el unicornio de su camiseta arrugado.

Dos: Noa, todos los días, baja a la cocina antes que yo, antes que Iago, antes incluso que Curro. Curro le ha enseñado, en una sola mañana, a hacerse un cola cao tibio en el microondas. Noa, todos los días, se prepara el cola cao y se sienta en el patio a esperar a que aparezca alguien.

Tres: Noa, cuando aparece Curro, le dice "hola, cocinero". Cuando aparezco yo, "hola, Lola la guapa". Cuando aparece Iago, "hola, papá". Cuando aparece Paco, "hola, Paco". Cuando aparece Toñi, "hola, Toñi pintor". Cuando aparece José Mari, "hola, señor bigote".

Cuatro: Noa, cuando termina el desayuno, baja a la cala. Sola. No me asusto porque la cala, desde el patio, se ve entera. Iago tampoco. La cala, a esa hora, no tiene a nadie. Noa baja, se sienta en la arena, hace casitas con palos y caracolas. Vuelve a las nueve y media.

Cinco: Noa, cuando vuelve, hace el cuarto solo. Se hace la cama. Recoge el pijama. Lo dobla mal pero lo dobla. Saca un vestido del armario. Se lo pone. Es la niña más independiente que he conocido en mi vida.

Seis: Noa, cuando ya se ha cambiado, sube a la habitación grande, abre la puerta sin llamar, salta a la cama donde estamos Iago y yo, le da un beso a Iago en la mejilla, me da uno a mí en la frente, y dice "buenos días, papás".

Eso, lo de "papás", es nuevo.

Lo de "papás" empezó al cuarto día, sin que ninguno de los dos le diéramos pista. Iago, al oírlo la primera vez, se quedó quieto. Me miró. Yo le miré.

— Iago.

— ¿Qué?

— Esto no se lo hemos enseñado.

— No.

— ¿Y entonces?

— Pregúntale.

— Noa.

— ¿Qué, Lola la guapa?

— ¿Por qué nos llamas "papás"?

— Porque los papás de Sara, mi amiga de Bilbao, son dos. Una mamá y un papá. Y ellos, cuando entro, les llamo "papás" porque están en su cama.

— Vale.

— ¿Te molesta?

— A mí no.

— ¿A papá?

— A papá tampoco.

— ¿Verdad, papá?

Iago, debajo del edredón, contesta:

— A papá tampoco, monstruo.

Y, desde entonces, los días que abre la puerta de nuestra habitación, somos "papás". Cuando estamos por separado, soy "Lola la guapa". Iago, "papá".

Y, sin querer, sin que ninguno de los tres lo planificara, Lola la guapa se ha convertido en una figura semi-materna en la vida de una niña de seis años.

Y, sin querer, yo me he dado cuenta de que esto, lo de la maternidad, no era lo que yo creía.

Lo que yo creía era que la maternidad era una cosa biológica y total: o eras madre con todo o no eras nada.

Lo que descubro en estas dos semanas es que la maternidad son cosas pequeñas, sueltas, cotidianas.

Hacer un collar de caracolas. Cepillarle el pelo cuando ha tomado el sol y se le ha enredado.

Decirle "hoy llevas el unicornio del derecho, hija" cuando se ha puesto la camiseta del revés.

Preparar la mochila de la cala (toalla, gorra, crema, botella de agua, gomas de pelo). Recordarle que se ponga las sandalias.

Cosas mínimas. Cosas humanas. Cosas que yo, con catorce meses sin tocar a nadie, había olvidado que eran lo más importante del mundo.

La tercera semana de julio, Iago se va a Almería capital dos días por compras. Yo me quedo con Noa.

— ¿Estás segura? — me pregunta él, antes de salir.

— Iago.

— ¿Qué?

— Si me preguntas eso una vez más, te tiro a la cala.

— Vale.

— Vete.

— Vuelvo el jueves a las cuatro.

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— Gracias.

— De nada.

Iago se va. Noa, en el patio, mira el todoterreno irse por la pista. Cuando ya no se ve, se gira hacia mí.

— Lola la guapa.

— ¿Qué, Noa?

— ¿Qué hacemos?

— ¿Esta noche?

— Esta noche y mañana.

— Esta noche cenamos en La Mariña.

— ¿Con quién?

— Conmigo y contigo.

— ¿Solas?

— Solas.

— Vale.

— Mañana, por la mañana, vamos a la cala.

— Vale.

— Y mañana por la tarde, voy a enseñarte una cosa.

— ¿Qué cosa?

— Una sorpresa.

— Vale.

— ¿Te vale?

— Sí.

— Vale.

A las nueve cenamos en La Mariña. Carmen, al vernos llegar las dos solas, se quita el delantal y se sienta con nosotras durante el aperitivo.

— ¡La niña!

— Hola, Carmen.

— ¿Quién es?

— Es Noa, la hija de Iago.

— ¿Y tú?

— Yo soy Lola la guapa.

Carmen se queda quieta.

— ¿Y eso?

— Es como me llama Noa.

— ¿Por?

— Pregúntale.

Carmen, sentada al lado de Noa:

— Niña.

— ¿Qué, señora?

— ¿Por qué la llamas Lola la guapa?

— Porque mi papá la llama así.

— ¿Tu papá la llama así?

— A veces.

— ¿Y tú estás bien con ella?

— Sí.

— ¿Por?

— Porque es divertida. Y porque me deja hacer collares de caracolas. Y porque le pone crema solar a las orejas a mi papá, y papá nunca se la pone.

— Vale.

Carmen, levantándose, me mira tres segundos.

— Hija.

— ¿Sí?

— ¿Tú estás bien?

— Estoy muy bien.

— ¿Iago?

— En Almería capital.

— ¿Por compras?

— Por compras.

— ¿Vuelve cuándo?

— Mañana.

— Vale.

— Carmen.

— ¿Sí, hija?

— ¿Cena?

— Sardinas para las dos, ensalada de pulpo, dos cocacolas y un postre que va a flipar la niña.

— Vale.

A la cena, Noa, después de la primera sardina, me suelta una bomba.

— Lola la guapa.

— ¿Qué, Noa?

— ¿Por qué no tienes hijos?

Yo, masticando, tardo en contestar.

— ¿Por?

— Porque no.

— ¿Quieres tenerlos?

— A veces sí, a veces no. Es como con el helado.

— ¿Con el helado?

— Sí. A veces tienes ganas, a veces no.

Noa se ríe.

— Lola la guapa.

— ¿Qué?

— Si tuvieras un hijo, ¿yo sería como su hermana?

Yo, en este momento, debería contestar algo sensato y prudente, una cosa tipo "Noa, eso son cosas que se hablan con tu papá y con tu mamá", una cosa de adulta responsable. Pero, Noa, con la sardina a medio comer, me mira con los ojos de Iago, y yo, sin pensar, le contesto la verdad.

— Sí.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Aunque mamá fuera otra?

— Tú serías su hermana. Su hermana mayor. Y eso, en una familia, no se pierde.

— Vale.

— ¿Te has quedado tranquila?

— Sí.

— ¿Por?

— Porque pensaba que, si tú tenías un hijo, yo me quedaba fuera.

— Noa.

— ¿Qué?

— Tú nunca te quedarías fuera de nada que tuviera que ver con tu padre y conmigo.

— ¿Lo sabes seguro?

— Lo sé seguro.

— Vale.

Noa, masticando la segunda sardina, asiente.

A las once y media volvemos al hostal. La cuadrilla ya se ha ido al cobertizo. Subimos a la planta de arriba. Yo la acompaño a su habitación. Le pongo el pijama. Le cepillo los dientes con su cepillo de unicornio. Le leo el cuento de la noche. Le doy el beso.

— Lola la guapa.

— ¿Qué, Noa?

— ¿Te quedas un rato?

— Un rato.

— ¿Sentada?

— Sentada.

— Vale.

Me siento en el borde de la cama. Noa, en pijama, con su unicornio al lado de la cabeza, cierra los ojos. A los cinco minutos, está dormida.

Yo, sentada en el borde, no me levanto durante diez minutos. Diez minutos enteros. Diez minutos mirando a una niña de seis años dormida que no es mi hija pero que, en quince días, se ha colado por debajo de mi puerta sin pedir permiso y se ha hecho un sitio en mi casa interior.

Cuando finalmente me levanto, salgo despacio, cierro la puerta despacio, bajo despacio.

En el patio, sola, miro el cielo del cabo. Las estrellas, hoy, son tantas como siempre. La luna, en cuarto creciente, está alta. El mar, abajo, "shh shh shh" contra las rocas.

Saco el móvil. Tengo cobertura.

Lola 23:42: Tías.

Mar 23:43: Tía.

Candela 23:43: Lola.

Lola 23:44: Una cosa.

Mar 23:44: ¿Estás bien?

Lola 23:44: Sí.

Candela 23:44: ¿Qué pasa?

Lola 23:45: Que tengo un problema.

Mar 23:45: ¿QUÉ PROBLEMA?

Lola 23:45: Que la niña.

Candela 23:46: ¿La niña qué?

Lola 23:46: Que la quiero, Cande.

Candela 23:46: ¿A la niña?

Lola 23:47: A la niña.

Mar 23:47: Tía.

Candela 23:47: Lola.

Lola 23:48: Sí.

Mar 23:48: No te pongas a tener hijos por una conversación de una niña de seis años en una cena.

Lola 23:49: No es eso.

Mar 23:49: ¿Entonces?

Lola 23:49: Es que, hoy, me ha preguntado si yo tuviera un hijo, ella sería su hermana mayor. Y le he dicho que sí. Y, cuando se lo he dicho, no me he sentido como una tía que dice una mentira para no dejar a la niña fuera. Me he sentido como una mujer que ha dicho exactamente lo que piensa.

Candela 23:50: Lola.

Lola 23:50: ¿Qué?

Candela 23:51: ¿Y eso es un problema?

Lola 23:51: No lo sé.

Mar 23:51: No es un problema.

Candela 23:52: No es un problema, no.

Mar 23:52: Es información.

Candela 23:52: Es información.

Lola 23:53: Vale.

Mar 23:53: Lola.

Lola 23:53: ¿Qué?

Mar 23:53: Una cosa.

Lola 23:54: Dime.

Mar 23:54: Esto, hace seis meses, no lo habrías pensado.

Lola 23:54: Lo sé.

Mar 23:55: Y, hace seis meses, no habrías llorado de información en un patio del cabo de Gata.

Lola 23:55: Lo sé.

Mar 23:55: Has cambiado.

Lola 23:56: He cambiado.

Candela 23:56: Lola.

Lola 23:56: ¿Qué?

Candela 23:56: Está bien.

Lola 23:57: ¿Tú crees?

Candela 23:57: Lo creo.

Lola 23:58: Gracias.

Mar 23:58: Las dos.

Candela 23:58: A dormir.

Lola 23:59: Mar, ¿tú duermes a estas horas?

Mar 23:59: NO.

Lola 0:00: Cállate.

Mar 0:00: Cállate tú.

Lola 0:01: Os quiero.

Subo a la habitación grande. Sola. Iago está en Almería capital. La cama, sin él, es demasiado grande. Me meto en su lado. Apoyo la cabeza en su almohada. Huele a él. Cierro los ojos.

Y, antes de dormirme, pienso en la sorpresa que mañana le voy a hacer a Noa. La sorpresa, que tengo planeada hace tres días, es muy sencilla.

La sorpresa es esta: mañana por la tarde, mientras Iago vuelve, vamos las dos al pueblo de San José.

Vamos a una tienda de bricolaje pequeña que hay enfrente del ayuntamiento.

Y, en la tienda de bricolaje, le compro a Noa un kit pequeño.

Un kit con destornilladores rosa, un martillo de juguete (los de juguete pesan poco y dan poco), una caja de tornillos pequeños y un cinturón de obrera.

Y, mañana por la tarde, cuando llegue Iago, las dos vamos a recibirlo con el cinturón puesto, con el martillo en la mano, en mitad del patio, posando como dos jefas de obra.

Y, mañana por la tarde, le vamos a decir a Iago, en voz alta, en el patio:

— Iago.

— ¿Qué?

— A partir de ahora, ya somos tres.

Y, mañana por la tarde, Iago, hostelero gallego, padre de Noa, treinta y ocho años, me va a mirar tres segundos. Y, después de los tres segundos, me va a contestar:

— Lola.

— ¿Qué?

— Vamos a ser cuatro.

Y, en este momento, mientras lo escribo en mi cabeza, antes de dormir, no sé si Iago, mañana por la tarde, dirá "vamos a ser cuatro" o si dirá otra cosa. Pero, no sé por qué, no sé desde cuándo, no sé en qué momento ha cambiado todo, yo, en mi cabeza, ya he empezado a contar de tres.