La huésped de la cala Iago
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Iago

A las once y diez de la mañana del primer domingo de julio, en la puerta de salidas del aeropuerto de Bilbao, recojo a mi hija.

Noa, seis años, dos coletas hechas por una mano materna que sabe más que la mía, mochila de Bluey, vaqueros cortos azul claro, camiseta rosa con un unicornio, sandalias rojas que le ha comprado mi madre la semana pasada en un viaje a Cangas.

Noa lleva en la mano izquierda un libro de cuentos.

Lleva en la mano derecha un cargador. La acompaña una azafata de la aerolínea.

— ¡Papá!

— ¡Monstruo!

Suelta a la azafata. Me corre. Le abro los brazos. Me los echa al cuello. La levanto. La voy a sostener así doscientos metros si hace falta. Lo único que es más fuerte que un padre con su hija, en este planeta, es una niña pequeña con sus brazos alrededor del cuello del padre.

— ¿Cómo está mi monstruo?

— Cansada.

— ¿Cansada del avión?

— Cansada. Pero ya estoy.

— ¿Has comido algo?

— Galletas.

— ¿Y mamá?

— Mamá te ha mandado una bolsa con cosas.

— ¿Qué cosas?

— Cosas de chica.

— Vale.

Le doy un beso. La azafata, sonriendo, me alcanza con la bolsa.

— Señor Castelo, ¿confirma la entrega?

— Confirmo.

— Firme aquí.

Firmo. La azafata se despide de Noa con un "qué bien te has portado". Noa, en mis brazos, hace un saludo militar pequeño.

A las once y media estamos en el coche de alquiler que tengo aquí para los traslados.

Lo de los aeropuertos, en mi familia, lo llevamos a la perfección.

Ainhoa y yo somos un equipo de relevos olímpico cuando se trata de Noa: los aviones, los trenes, los coches, las mochilas, los cargadores, los libros, los unicornios, las sandalias. En esto, ya nos conocemos.

— Papá.

— ¿Qué, monstruo?

— ¿Vamos a la cala?

— Vamos a la cala.

— ¿Sigue Lola?

— Sigue Lola.

— ¿Va a estar cuando lleguemos?

— Va a estar.

— ¿Lola es tu novia?

Pausa.

— ¿Mamá te ha dicho algo, monstruo?

— Mamá me ha dicho que Lola es tu novia.

— Vale.

— ¿Lo es?

— Sí.

— Papá.

— ¿Qué?

— ¿Por qué no me lo habías dicho tú?

— Porque te lo iba a decir hoy en el coche.

— Vale.

— Monstruo.

— ¿Qué, papá?

— ¿Estás bien con eso?

— Sí.

— ¿Sí?

— Sí.

— ¿Por?

— Porque Lola en las llamadas es divertida. Y porque mamá me ha dicho que es una persona buena.

— ¿Mamá te ha dicho eso?

— Mamá me ha dicho eso.

— Vale.

— Papá.

— ¿Qué?

— ¿Mamá tiene novio?

Aquí me paro. Ainhoa, en estos tres años, ha tenido dos relaciones cortas que no le ha presentado a Noa. Que yo sepa, no tiene novio ahora. Pero, en cualquier caso, esa información, no me corresponde.

— Eso, monstruo, lo hablas con mamá.

— Vale.

A la una y media estamos en el patio del hostal.

Paco baja del cobertizo para saludar a Noa.

Curro, en la cocina, sale con un delantal puesto.

José Mari, desde el comedor, agita una mano.

Toñi, desde el tejado donde está terminando una junta, grita "¡princesa!

". Noa, en mis brazos, los saluda a todos como una reina que vuelve a su reino.

Lola sale del despacho.

Lola, hoy, lleva una camiseta de tirantes blanca, unos vaqueros cortos azules y las botas.

El pelo recogido en moño. Sin maquillaje.

Lola sale al patio sin saber muy bien dónde colocarse, porque, técnicamente, llevamos hablándolo dos meses, pero, técnicamente también, esta es la primera vez que Lola Carrasco y Noa Castelo se ven sin pantalla por medio.

— Hola, Noa — dice Lola.

Noa, en mis brazos, levanta la cabeza. Mira a Lola. Cuatro segundos. Mira los pendientes que lleva Lola (dos bolitas doradas). Mira el pelo. Mira la camiseta. Mira las botas.

Y, después de los cuatro segundos, suelta:

— ¿Tú eres Lola la guapa?

— ¿Cómo?

— Lola la guapa. Papá te llama así.

Tres cabezas levantamos al mismo tiempo: Curro, Paco y yo.

Lola se ríe.

— ¿Papá me llama Lola la guapa?

— Cuando habla con mamá-abuela.

— ¿La mamá-abuela?

— La abuela mamá. La de Cangas. La que se llama como tú.

— Ah. Mi suegra.

— Mi abuela.

— Tu abuela.

— Sí.

— Hola, Noa.

— Hola, Lola la guapa.

— ¿Bajamos?

— Sí.

La bajo. Noa pone los pies en el suelo. Da un paso, dos, tres, y se acerca a Lola. Le tiende la mano derecha. Lola, riéndose, le tiende la suya. Se las dan.

— Encantada — dice Noa, con una voz formal aprendida en quién sabe dónde — . Voy a estar dos semanas. Pero quizás más.

— Encantada — contesta Lola — . Yo voy a estar todo el verano.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Y mi habitación?

— Tu habitación es la que está al lado de la de papá. Te la hemos preparado entre Toñi y yo. Está pintada de amarillo claro porque papá dijo que era tu color favorito.

— ¿La habitación que da al patio o la que da a la cala?

— A la cala.

— Vale.

— ¿Quieres verla?

— Sí.

— ¿Vamos?

— Vamos.

Y Lola, sin pedirme permiso, sin mirarme, sin que medie protocolo, le coge la mano a Noa y se la lleva a la habitación amarilla.

Yo me quedo en el patio con Paco y Curro, mirando la espalda de las dos subiendo por la escalera.

— Iago — dice Paco.

— ¿Qué?

— ¿Te has dado cuenta de que tú no has tenido que hacer nada?

— Sí.

— Eso, en una niña de seis años con la novia del padre, es difícil.

— Lo sé.

— Eso es Lola.

— Lo sé.

— Eso es porque, en seis meses de videollamadas, Lola ya ha hecho la mitad del trabajo sin que nadie lo viera.

— Lo sé.

— Iago.

— ¿Qué?

— Cuida a esa mujer.

— La cuido.

— Pero más.

— Más.

— Vale.

Curro, sin más palabras, se va a la cocina a calentar el arroz que ha hecho para los seis.

A las dos comemos en el patio. Noa, sentada al lado de Lola, le pregunta cosas.

Lola le contesta. Lola, en estos seis meses, ha desarrollado, sin que yo lo viera, un repertorio de respuestas para una niña de seis años que ni yo, padre de Noa, tengo.

Lola le contesta con frases sencillas. Lola le contesta con detalles. Lola, sobre todo, le hace caso.

A las tres, Noa, somnolienta del avión, le dice a su padre:

— Papá.

— ¿Qué, monstruo?

— ¿Siesta?

— Siesta.

— ¿Contigo?

— Conmigo.

— ¿En la cama grande?

— En la cama grande.

— Vale.

Subimos los dos. Yo a Noa la duermo en mis brazos en mi cama grande. Noa, en cinco minutos, se ha quedado dormida. Yo, encima de ella, me quedo media hora mirando al techo.

A los treinta minutos, sin que Noa se despierte, salgo de la cama. Bajo. Lola está sentada en el patio con un plano.

— Lola.

— ¿Qué?

— Gracias.

— ¿De qué?

— De cómo lo has hecho.

— Iago.

— ¿Qué?

— Lleva seis meses preparándolo en mi cabeza. Esto, hoy, no era espontáneo.

— Lo sé.

— Bueno.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Tú la llamarías Lola la guapa? Si tuvieras seis años.

Lola se ríe.

— Sí.

— ¿Y por qué?

— Porque, cuando una hace seis años, lo importante de una persona, es la cara.

— Vale.

— ¿Eso lo dices tú en serio? ¿Lo de "Lola la guapa"?

— Lo dije una vez por teléfono a mi madre. Sin querer. Cuando le dije que esto era serio.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Tu madre te dijo que era serio antes de yo decírselo a nadie?

— Sí. En la primera quincena de marzo.

— ¿Y mi madre?

— ¿La tuya?

— Sí.

— ¿Qué pasa con la tuya?

— Mi madre también lo sabe. Se lo dije la semana pasada por teléfono.

— ¿Y qué te dijo?

— "Hija, ya era hora."

— Joder.

— Sí.

— Cabronazas las madres, eh.

— Cabronazas.

A las cuatro y media baja Noa. Despeinada. Con los ojos pequeños. Con el unicornio de su camiseta arrugado. Se acerca a Lola en el patio.

— Lola.

— ¿Qué, Noa?

— ¿Vamos a la cala?

— Vamos a la cala.

— ¿Con papá?

— Si quiere papá, papá viene.

— Papá, ¿vienes?

— Voy.

Bajamos los tres a la cala. Yo me quito la camiseta y me pongo en el agua. Noa, con un bañador de princesa, entra hasta las rodillas. Lola, con el bikini negro, entra hasta la cintura. La cala, a las cinco menos cuarto de julio, está perfecta.

Noa, con una caracola en la mano:

— Lola, mira.

— ¿Qué?

— ¿Suena?

Lola se agacha. La coge. La pone contra la oreja. Asiente.

— Suena.

— ¿En serio?

— En serio.

— Quiero llevarme una caracola a Bilbao.

— ¿A mamá?

— A mamá.

— ¿Para qué?

— Para que la ponga en el baño. A mamá le gustan las cosas del mar.

— ¿Sí?

— Sí.

— Vale. Te ayudo a buscar una que suene fuerte.

Y, mientras Noa busca una caracola con Lola y yo, sentado en la orilla con los pies en el agua, las miro buscar caracolas, me doy cuenta de una cosa que no esperaba.

Me doy cuenta de que la persona que llevo presentándole a mi hija mentalmente durante seis meses, sin saber qué iba a salir, ha encajado.

Y, encajar, para una niña de seis años cuyos padres están separados, es lo más difícil del mundo.

Y, encajar, para una mujer de treinta y dos años que llevaba catorce meses sin mirar a un hombre, también lo es.

Y, encajar, para un hostelero gallego que llevaba tres años sin estar con nadie, también.

Y, sin embargo, hoy, primer domingo de julio, hemos encajado los tres.

A las ocho, Noa cena un huevo frito con tomate, dos cucharadas de arroz y media manzana cortada por Lola. Lola, mientras cena Noa, le cuenta una historia de Helsinki, una de esas que tiene Lola de Aalto, que es divertida porque Lola siempre se ríe de ella misma. Noa, masticando, sonríe.

A las nueve, Noa, ya en pijama, ya cepillados los dientes, ya con los dos cuentos leídos, se mete en su cama de la habitación amarilla. Yo me siento a su lado en el borde. Lola, en la puerta, esperando.

— Papá.

— ¿Qué, monstruo?

— ¿Lola viene a darme las buenas noches?

— ¿Quieres tú que venga?

— Sí.

Iago levanta la mano. Lola se acerca. Se sienta al otro lado de la cama. Le coloca a Noa el flequillo.

— Buenas noches, Noa.

— Buenas noches, Lola la guapa.

— ¿Mañana hacemos algo divertido?

— ¿Como qué?

— Como ir a buscar más caracolas. Y, si encontramos diez juntas, mañana, hacemos un collar.

— ¿Un collar?

— Un collar. Con hilo.

— ¿Para mamá?

— Para mamá.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Tú haces collares?

— Aprendí en Helsinki.

— Vale.

— ¿Buenas noches?

— Buenas noches.

Noa se gira. Se acurruca. Cierra los ojos.

A los dos minutos, está dormida.

Lola y yo salimos de la habitación amarilla en silencio. Cierro la puerta despacio. En el pasillo, en lugar de irnos a la grande, me apoyo contra la pared. Lola, dos pasos delante de mí, se gira.

— ¿Bien? — pregunta.

— Bien.

— ¿Estás bien?

— Bien.

— ¿Por?

— Porque hoy, no me ha dolido un solo segundo.

— ¿Te dolía?

— Pensaba que iba a doler.

— ¿Por?

— Porque, cuando Ainhoa se fue, le prometí a Noa que iba a estar conmigo, sin nadie, mientras ella creciera. Y, hoy, en cierto modo, he roto la promesa.

— Iago.

— ¿Qué?

— No la has roto.

— ¿No?

— No. Has dicho "sin nadie que la ponga incómoda". Si te fijas, ese "nadie" lo definía ella, no tú.

— ¿Tú lo ves así?

— Yo lo veo así.

— ¿Por?

— Porque, hoy, ella ha decidido. Ella me ha pedido que entre. Ella me ha pedido que vaya a darle las buenas noches. Ella me ha llamado Lola la guapa. No has roto promesa ninguna, Iago.

Yo, contra la pared, cierro los ojos.

— Iago.

— ¿Qué?

— Bésame en la frente.

Me acerco. Le beso la frente.

— Iago.

— ¿Qué?

— Te quiero.

— Yo más.

— Esta noche, sí.

— ¿Sí qué?

— Hoy, en serio, tú más.

— Vale.

— Vale.

Y, esa noche, dormimos los tres en la planta de arriba del hostal Caleta del Yegua. Noa en su habitación amarilla. Lola y yo en la habitación grande.

Y, antes de quedarme dormido, escucho a través de la pared a Noa moviéndose en sueños. Y, a Lola, contra mi hombro, dormirse despacio, con la respiración profunda, sin la pierna metida entre las mías esta noche, dándome espacio sin pedírmelo, sin que yo supiera que necesitaba el espacio.

Y, antes de quedarme dormido, susurro contra la oscuridad:

— Mamá.

Nadie me oye. Pero mi madre, a mil cuatrocientos kilómetros de distancia, en su pulpería ya cerrada por la noche, en su cocina con el delantal colgado, parece contestarme:

— Niño.

— ¿Qué, mamá?

— Ya te lo dije.

— ¿Qué me dijiste?

— Que esto era serio.

— Mamá.

— ¿Qué, niño?

— Tenías razón.

— Lo sé.

— Gracias.

— De nada.

Y, en el silencio de la cala sin cobertura, los cuatro (mi madre, Lola, Noa y yo, distribuidos a mil cuatrocientos kilómetros, sesenta centímetros, cinco metros y cero), dormimos.