Capítulo 15
La obra avanza. El mayo del cabo es otra cosa: el día empieza a las seis y media, el sol se queda hasta las nueve y media, los olivos del patio florecen tan rápido que un viernes te asomas, no hay nada, y el lunes hay un manto verde-oro de florecillas que te llenan las botas si las pisas.
Cosas que han pasado en las primeras tres semanas de mayo:
Una: la cuadrilla ha terminado el zócalo de la planta baja.
Cinco muestras de cal aplicadas a la pared del patio para decidir el matiz exacto.
Iago y yo discutimos durante cuarenta minutos por el matiz exacto.
Iago elige uno. Yo elijo otro. Paco, harto, elige un tercero.
Los tres aceptamos el tercero. Paco es, oficialmente, el árbitro.
Dos: he hablado seis veces con Noa. Por videollamada.
Iago me la presentó la segunda semana de abril, con un protocolo que él se inventó y que era, básicamente, decirle a Noa: "esta es Lola, una amiga papá que vive ahora en la cala, y a veces va a salir en las llamadas".
Noa, seis años, ojos azules como su padre, pelo rubio claro como su madre, dos coletas hechas por una mano paterna que no termina de coger el truco, me saludó con un "hola" cortado y un "qué hostal más feo, papá" que me hizo descojonarme.
Las videollamadas con Noa siguen este patrón: Iago se la pone delante, yo digo "hola Noa, ¿cómo te has portado hoy?
", Noa cuenta una cosa rapidísima ("hoy, mamá me ha hecho macarrones, hemos ido al parque, he visto un perro grande, papá, ¿cuándo voy?
"), Iago contesta ("muy pronto, monstruo"), Noa dice "vale, papá", Noa pide para colgar.
Es lo más entrañable que me han enseñado en la vida.
Tres: he hablado con Eva, la hermana de Iago, por teléfono. Eva me llamó un sábado por la mañana, sin que yo supiera que iba a llamarme. Iago me la pasó con un "te quieren conocer".
Eva: hola, Lola.
Lola: hola, Eva.
Eva: tres preguntas y te dejo.
Lola: dispara.
Eva: una, ¿estás bien con mi hermano?
Lola: muy bien.
Eva: dos, ¿lo cuidas?
Lola: lo cuido.
Eva: tres, ¿vas a venir el primer fin de semana de mayo cuando vayamos los tres? Mamá, papá, yo. A Almería.
Lola: voy a estar en el hostal cuando lleguéis, sí.
Eva: vale.
Lola: ¿algo que tenga que saber?
Eva: una cosa.
Lola: dime.
Eva: mi madre va a llorar.
Lola: ¿llorar?
Eva: cuando vea a mi hermano feliz, llorará. Pero no te asustes. Es felicidad gallega. Va por dentro y se le sale por los ojos. No es drama.
Lola: vale.
Eva: y, mi padre, te va a decir alguna cosa tonta sobre el cabo de Gata. Tú no le hagas caso. Te quiere desde antes de conocerte.
Lola: vale.
Eva: nos vemos pronto.
Lola: nos vemos pronto.
Cuatro: Mar viene este fin de semana.
Cinco: Candela, después de oírme contar lo de Mar, ha anunciado que el fin de semana siguiente viene ella también. Y que se va a coordinar con Iago directamente, sin yo opinar, "para que esto no sea una visita controlada por la propia investigada".
Seis: Iago y yo, sí, llevamos tres semanas durmiendo juntos en la habitación grande. Sí, en serio. Sí, todas las noches.
Y, durante el día, técnicamente, somos profesionales.
Discutimos sobre los azulejos, sobre el patio, sobre las luces, sobre la cocina, sobre la fachada.
Discutimos en serio. Iago, cuando estamos discutiendo en serio, es Iago Castelo.
Lola, cuando estamos discutiendo en serio, es Lola Carrasco.
Cuando termina la discusión, en cinco minutos, somos otra cosa.
Mar llega el viernes a las nueve de la noche, en un coche de alquiler que cogió en el aeropuerto de Almería, con un vestido floreado, una sonrisa enorme y dos botellas de Albariño.
— ¡LOLA! — grita en cuanto baja del coche.
— ¡MAR!
Y nos abrazamos en mitad del patio. La abrazo.
Llevo siete semanas sin verla, eso, en años de amistad, es una eternidad.
Mar Cifuentes, treinta y cuatro años, periodista cultural en una revista cultural que ya nadie compra, soltera convencida porque, en sus propias palabras, "los hombres que me gustan están en peligro de extinción y yo no soy ecologista", me besa las dos mejillas.
— A ver — dice — . ¿Dónde está?
— ¿Quién?
— El padre del año.
— Mar.
— Ya, ya. ¿Dónde?
— En el comedor.
— Vamos.
Entramos al comedor. Iago está apoyado en la barra de la pizarra de menús del proyecto, con un polo gris. Cuando entramos, se gira. Mar se queda quieta tres segundos. Después, se acerca a él, le da dos besos como si lo conociera de toda la vida, y le dice:
— Iago Castelo.
— Mar.
— Encantada.
— Encantado.
— Te aviso, una cosa.
— ¿Qué?
— Soy la única periodista cultural española que ha viajado seiscientos kilómetros para cotillearte. No te lo tomes mal.
Iago se ríe. Una risa con dientes. Una risa que es, lo digo en serio, la primera que le veo con una desconocida.
— Mar, mira — dice él — . Yo soy gallego. Lo poco que sé lo aprendí mirando. Cotillea lo que quieras. Yo, lo que tenga que enseñarte, lo enseño.
— Vale.
— Vale.
— Una cosa más.
— ¿Qué?
— ¿Me invitas al vino?
— Te invito al vino.
Y, los tres, abrimos la primera botella del Albariño que Mar ha traído y nos sentamos en el patio.
Mar, sentada enfrente de Iago, lo somete a un interrogatorio que es entre cariñoso y demoledor.
Iago, sentado al lado mío, contesta tranquilo.
Mar le pregunta sobre los tres hostales.
Sobre Cangas. Sobre Ainhoa. Sobre Noa. Sobre lo que va a hacer en septiembre cuando termine la obra.
Iago contesta a las nueve primeras. A la décima, Mar le hace la pregunta de las preguntas.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Tú estás enamorado de mi mejor amiga?
Iago me mira a mí. Me mira un segundo. Después mira a Mar.
— Sí.
— ¿Mucho?
— Mucho.
— ¿Cuánto mucho?
— Mar.
— ¿Sí?
— Mucho-mucho.
— ¿Mucho-mucho cuánto?
— Mar.
— ¿Qué?
— Mucho-mucho como que llevo tres años sin estar con nadie y como que, esta es la primera mujer con la que me planteo seguir.
— Iago.
— ¿Qué?
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
— ¿Apruebo?
— Apruebas con un sobresaliente.
— Gracias.
— De nada.
Yo, al lado, abro la segunda botella sin decir nada. Iago, sin mirarme, me coge la mano por debajo de la mesa. Mar, descaradamente, ve el gesto.
— Tía — me dice — . Llevo siete minutos mirando vuestras manos. Os juro que esto es lo más bonito que he visto en lo que va de año.
— Mar.
— ¿Qué?
— No te emociones.
— Voy a emocionarme.
A las once nos vamos a La Mariña, los tres. Carmen, al ver a Mar, levanta las dos manos por encima de la cabeza, grita "¡amiga de Lola!" y le da un abrazo enorme. Mar, en ese momento, descubre que esto del cabo es real, no un decorado.
Cenamos como cuatro. Mar, comiendo, le saca conversación a Carmen, le saca conversación a Iago, me cuenta lo que ha pasado en Madrid en estas siete semanas.
Le ha dejado el novio que tenía cuando me vine (que llevaba dos meses con ella, le dijo "Mar, te quiero, pero eres demasiada", se fue, y Mar me dijo por mensaje "Lola, tía, justo. Era poco").
Volvemos a la cala a la una. La cuadrilla se ha ido al cobertizo a dormir. Iago, en el patio, antes de irse a la habitación, me dice:
— ¿Os dejo a las dos?
— Iago.
— ¿Qué?
— Sí.
— Vale.
— Mañana a la mañana, todos.
— Mañana a la mañana, todos.
— Te quiero.
— Yo más.
— Imposible.
— Apuesta.
Mar, en mitad del patio, se descojona.
— ¡Tía, qué muermo! — grita.
— Cállate.
Iago se va a dormir. Mar y yo nos sentamos en la cala, las dos en la arena, con la botella de Albariño que queda. Mar enciende un cigarro. Me ofrece. Yo le digo que no.
— ¿Has dejado?
— Llevo siete semanas sin fumar.
— Tía.
— Lo sé.
— ¿Es por él?
— Es por el aire de aquí. Y por él, sí. Un poco.
— Te quiero, Lola.
— Yo más.
— Lola.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Antes de venir, antes de coger el avión, Candela y yo nos sentamos en su casa, en Lavapiés, una hora. Y nos dijimos una cosa. Y, ahora, te la digo.
— Dime.
— Te lo mereces.
Yo, sentada en la arena, callada.
— Mar.
— ¿Qué?
— ¿Me lo merezco?
— Te lo mereces.
— Llevo catorce meses pensando que no.
— Lo sé. Y yo, durante catorce meses, no te lo había dicho.
— ¿Por?
— Porque, durante catorce meses, no había nada concreto que mereciera la pena que tú escucharas el "te lo mereces".
Pero, ahora, hay un señor que es bueno-bueno (Paco me ha dicho que es bueno-bueno, sí, Paco me lo dijo hace cuarenta minutos, lo presenté yo a Paco en el aparcamiento).
Hay un proyecto que vas a entregar y va a quedar bien.
Hay una niña de seis años que vas a conocer dentro de un mes y medio.
Hay una familia gallega que va a venir el fin de semana que viene.
Hay una mujer que llevaba catorce meses arrastrando un fantasma alemán y, ahora, está sentada en una cala riéndose con la pareja que tiene.
Lola, esto te lo mereces. Y, además, te lo mereces porque te lo has trabajado.
— Mar.
— ¿Qué?
— Voy a llorar.
— Llora.
Lloro. Mar, sentada al lado, no dice nada. Mar, sentada al lado, en silencio, me deja llorar tres minutos. Cuatro. Cinco. Y, cuando dejo de llorar, me pasa el cigarro.
— Toma.
— Mar, no fumo.
— Da una calada.
Doy una calada. La devuelvo. Toso un poco.
— Mar.
— ¿Qué?
— Cuando te llamen los Hinds para que escribas un perfil del nuevo disco, llévame.
— Te llevo.
— Y, una cosa más.
— ¿Qué?
— Cuando termine la obra y vuelva a Madrid, quiero ver a Pessoa.
— Le he dicho a Candela que te la doy en cuanto vuelvas.
— ¿Lola la cuida bien?
— Como una madre.
— Vale.
Volvemos a la habitación a las tres. Mar duerme en mi habitación pequeña (la oficial, sí, la que oficialmente sigue siendo mía).
Yo duermo, claro, en la habitación grande con Iago.
Iago, cuando entro a la una y media, está dormido boca arriba.
Me meto al lado. Lo abrazo. Iago, sin despertarse del todo, susurra:
— ¿Has llorado?
— Sí.
— ¿Por algo malo?
— Por algo bueno.
— Vale.
Y me da la mano y se duerme otra vez.
El sábado por la mañana, los tres desayunamos en el patio.
Mar le saca conversación a Curro. Curro, en quince minutos, ya le ha contado a Mar la vida de su mujer, sus dos hijas y un primo que vive en Madrid.
Mar apunta. Mar, en la libreta que siempre lleva, apunta nombres y ciudades.
Mar es una periodista a tiempo completo, también, en sus vacaciones.
A las once de la mañana, bajamos los tres a la cala.
Iago se ha puesto un pantalón corto, Mar un bañador floreado y yo un bikini negro.
Iago, al verme, se pone las gafas de sol.
Las gafas de sol de Iago, las mismas que usaba a los dieciocho, son gafas de pasta negra de Ray-Ban auténticas que su padre le compró a la vuelta de un viaje a Cuba en mil novecientos noventa y tres.
Iago, con las gafas de sol, podría matar.
Mar, en la arena, me da un codazo.
— Tía.
— ¿Qué?
— Te entiendo todo.
— Cállate.
A la una y media volvemos al hostal. Comemos sardinas a la brasa que ha hecho Iago en el patio. Mar, comiendo sardinas, levanta el vino y dice:
— Brindo.
— ¿Por qué?
— Por las dos sardinas que hay en este plato y los dos enamorados que hay en esta mesa.
— Mar.
— ¿Qué?
— Eres muy.
— ¿Muy qué?
— Muy.
Iago, enfrente, levanta su copa.
— Brindo.
— Brindo.
— Brindo.
A las cinco, Mar se va. La acompaño al coche. La abrazo en el aparcamiento. Mar, abrazándome, me dice al oído:
— Cuídate.
— Tú también.
— Y, una cosa.
— ¿Qué?
— A Iago, en septiembre, no le digas adiós antes de tiempo.
— Mar.
— ¿Qué?
— ¿Eso qué quiere decir?
— Quiere decir que, cuando termine la obra, no decidas tú por los dos. Si él tiene que pensar lo que tiene que pensar, dale espacio. Si tú tienes que pensar lo que tienes que pensar, pide espacio. Pero no decidas por ninguno antes de septiembre.
— Mar.
— ¿Qué?
— ¿Por qué me dices esto?
— Porque te conozco. Y, en septiembre, vas a querer huir antes de que él huya. Y, en septiembre, vas a entrar en pánico.
— ¿Y?
— Y, cuando lo hagas, te lo recordaré.
— Mar.
— ¿Qué?
— Te quiero.
— Yo más.
Y se sube al coche. Y se va.
Y yo, en mitad del aparcamiento de tierra, mirando el polvo que levanta su coche, me quedo pensando.
Septiembre.
Septiembre, septiembre, septiembre.
Septiembre todavía está lejos.
Pero, ya, en la primera quincena de mayo, septiembre ha aparecido en la cabeza de Mar como una nube pequeña que se asoma al horizonte de un día azul.
Y, en la mía, también.