La huésped de la cala Capítulo 14
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Capítulo 14

Subimos las escaleras del hostal en silencio. Los escalones crujen, como siempre. Iago me lleva la mano. Me lleva, no me coge. Cuando llegamos al rellano, en lugar de ir a la puerta de su habitación grande, me empuja contra la pared del pasillo y me besa.

Me besa así. Sin cinco minutos de presentación.

Sin "qué tal", sin "estás guapa". Me besa con la mano izquierda en mi cintura, la mano derecha en mi cuello, los labios separándome los míos, la lengua entrando y saliendo de mi boca con un ritmo que llevo seis semanas adivinando y que, descubro ahora, no me había imaginado del todo bien.

Iago Castelo besa mejor de lo que yo lo había imaginado. Mejor.

A los dos minutos, sin separar la boca, sin dejar de mordisquearme, sin dejar de empujarme contra la pared del pasillo del primer piso del hostal, susurra:

— Lola.

— ¿Qué?

— Habitación.

— ¿Cuál?

— La mía.

— Vamos.

Me coge la cintura. Me lleva. Abre la puerta. Cierra detrás. Y, dentro, en la habitación grande con la ventana abierta a la cala, me sostiene la cara con las dos manos y me mira tres segundos a los ojos sin decir nada.

— ¿Bien? — pregunta.

— Bien.

— ¿Lista?

— Llevo lista desde hace seis semanas.

— ¿Tienes prisa?

— No.

— Vale.

— ¿Tú?

— Yo, ninguna.

— ¿Estás nervioso?

— Un poco.

— ¿Mucho?

— Lo justo.

— ¿Hay algo que tenga que saber?

— ¿De qué?

— De ti.

— Que no me había pasado esto en tres años. Y que tú, esta noche, vas a notar todo.

— Vale.

— ¿Tú?

— Yo, una cosa.

— ¿Qué?

— Las primeras veces, llevo catorce meses pensándolas. Es probable que termine antes de tiempo.

Iago se ríe.

— Vale.

— ¿Te molesta?

— No.

— Bien.

— Lola.

— ¿Qué?

— Si terminas antes de tiempo, tenemos toda la noche.

— ¿Y tú?

— Yo lo mismo.

— ¿Toda la noche?

— Toda la noche.

— Iago.

— ¿Qué?

— Cállate y desnúdame.

Y, ahí, en mitad de la habitación, en el centro del cuarto, Iago Castelo, hostelero gallego, treinta y ocho años, padre de Noa, dueño de Casa do Faro, O Refugio, Sal de Mar y Caleta del Yegua, me coge el vestido azul claro por los tirantes y, despacio, me lo baja por el cuerpo.

El vestido cae al suelo con un sonido suave.

Iago, sin mirar más abajo, sin mirarme el sujetador (negro de encaje, también de Mari Carmen) ni las braguitas (a juego, no por casualidad), me mira a la cara. Solo a la cara. Tres segundos. Cinco. Diez.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Por qué no me miras?

— Porque, si te miro ahora todo, no aguanto.

— ¿Tan poco?

— Tan poco.

— Vale.

— Pero, una cosa.

— ¿Qué?

— Te voy a mirar entera dentro de tres minutos.

— ¿Por qué dentro de tres minutos?

— Porque, dentro de tres minutos, ya habré recuperado el aire.

— Vale.

Me río contra su cuello. Le subo la camiseta.

Se la quito. Lo desabotono. Le bajo los vaqueros.

Iago, en calzoncillos, en mitad de la habitación con la luz de la luna entrando, es exactamente la imagen que llevo seis semanas dibujando en mi cabeza desde el primer día, cuando lo vi cargar mi maleta con una mano.

— Iago.

— ¿Qué?

— Es injusto.

— ¿Qué?

— Que estés así.

— Tú estás así también.

— Pero yo soy yo.

— Y yo soy yo.

— Iago.

— ¿Qué?

— Cállate.

Lo empujo. Cae sentado en la cama. Me siento sobre sus muslos, las piernas a cada lado. Le rodeo el cuello con los brazos. Lo beso despacio. Le sigo besando despacio. Iago, debajo, me sostiene la cintura, me sube la mano por la espalda, me desabrocha el sujetador con un solo gesto.

— Hostelero, has practicado.

— Estos tres años, no.

— ¿Y antes?

— Antes, sí.

— Cállate.

— Cállate tú.

Me besa la clavícula. La garganta. El cuello. La oreja. Baja a los hombros. Me empuja despacio hasta que estoy debajo de él. Me mira ahora. Esta vez, sí. Me mira entera.

— Lola.

— ¿Qué?

— Joder.

— ¿Joder bien?

— Joder muy bien.

— ¿Mejor o peor que el compás?

— El compás está incluido en el conjunto.

— ¿Qué te ha gustado más?

— Todo.

— ¿Todo?

— Todo.

— Iago.

— ¿Qué?

— Tócame ya.

— Despacio.

— Iago, llevo siete semanas, y ya está bien.

— Despacio, Lola.

— Joder.

— Despacio.

Y, despacio. Iago me besa la garganta, el pecho, el costado, el costado izquierdo justo encima del compás.

Me besa el compás. Lo lame. Lo muerde con cuidado.

Y, en algún momento, sin que yo me dé cuenta cómo, me baja las braguitas con dos dedos hasta los tobillos.

Y, sin pedir permiso, sin avisar, sin preámbulos, hace lo que llevo siete semanas imaginándome que iba a hacer.

Iago Castelo, sin parar de mirarme a la cara, baja la boca por mi cuerpo y se queda donde tiene que quedarse. Diez minutos. Quince. Quizás más.

Y yo, en su cama, en la habitación grande de Caleta del Yegua, descubro tres cosas.

Una: Iago Castelo, tres años sin estar con una mujer, no ha olvidado nada. Si acaso, ha mejorado.

Dos: Iago Castelo come como mastica: con paciencia.

Tres: yo, Lola Carrasco Estepa, treinta y dos años, máster en Aalto, soy una mujer que, cuando un hombre como Iago Castelo le hace lo que Iago Castelo me está haciendo, se rinde en cinco minutos.

A los cinco minutos, lo termino. Por primera vez en años.

Por primera vez con alguien que no soy yo en una cama de Lavapiés.

Lo termino fuerte. Con las dos manos en su pelo, con la cabeza echada hacia atrás, con la espalda arqueada, con un sonido que es entre un suspiro y un grito y, técnicamente, un poco de "joder, Iago, joder".

Iago, sin moverse, sin dejar de tener la boca donde tiene la boca, no para. Sigue. Sigue dos minutos más. Y, sí, dos minutos más tarde, lo termino otra vez. Esta segunda vez, distinta. Más larga. Más quieta.

— Iago — digo, con la voz rota.

— ¿Qué?

— Para.

— ¿Mal?

— No puedo más.

— ¿No?

— No.

— Vale.

Sube. Se tumba a mi lado. Me besa la oreja. Me besa el cuello. Me pasa la mano por el pelo despeinado.

Yo, tirada, respirando como una atleta tras una carrera, le digo:

— Iago.

— ¿Qué?

— Te quiero, Iago Castelo Trasmonte.

— Te quiero, Lola Carrasco Estepa.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Esto era para ti?

— ¿Esto?

— Lo que acaba de pasar.

— ¿Qué quieres decir?

— Que llevabas tres años. Que te dije que ibas a notar todo. Pero, te juro, lo que ha pasado aquí no es lo de alguien que lleva tres años. Esto es lo de alguien que se acuerda de todo.

Iago se ríe contra mi pelo.

— Lola.

— ¿Qué?

— A mí no se me ha olvidado nada.

— Vale.

— Y, una cosa.

— ¿Qué?

— Tú me has enseñado en los últimos dos minutos a no enseñarme cosas en mucho tiempo.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Qué quieres decir?

— Que no había hecho eso así nunca. Nunca tan despacio.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Y Ainhoa?

— Ainhoa era de otra forma.

— ¿De qué forma?

— De más prisa.

Yo me río. Me incorporo. Me siento sobre él. Le miro.

— Iago.

— ¿Qué?

— Te toca.

— ¿A mí?

— A ti.

— ¿Y qué quieres que haga?

— Túmbate y déjame.

Se tumba. Se deja.

Y, durante los siguientes veinte minutos, yo hago con él lo que llevo siete semanas planeando.

Le beso el cuello, la clavícula, el pecho.

Le beso la cicatriz del anzuelo. Le beso el ombligo.

Le beso el muslo. Le beso, finalmente, donde tengo que besar.

Iago, debajo, se aprieta los puños contra la sábana. Aguanta. Aguanta tres minutos. Cinco.

A los siete minutos, me coge el pelo con una mano y, en voz ronca, me dice:

— Lola.

— ¿Qué?

— Para.

— ¿Bien o mal?

— Bien.

— ¿Y entonces?

— Sube.

Subo. Me besa. Me besa fuerte. Me coloca encima de él. Yo, encima, le pongo las dos manos en el pecho. Le miro.

— ¿Tienes? — pregunto.

— En la mesilla.

— ¿También?

— También. Compré la semana pasada en Almería capital.

— Iago.

— ¿Qué?

— Estamos hechos para esto.

— ¿Para esto?

— Para esto.

— Vale.

Coge. Pone. Iago Castelo, en este momento, técnicamente, debería estar tan nervioso que se le caigan las manos. Iago Castelo, en este momento, tiene las manos tan firmes como cuando coge un cuchillo de cocina. Iago Castelo, técnicamente, no es un hombre que pierda el control con sus manos.

Lola Carrasco, en este momento, es una mujer que sí lo pierde.

Y, ahí, sentada sobre Iago, le bajo despacio. Y, despacio, entro. Y, despacio, los dos descubrimos cómo se siente.

Madre mía.

Madre mía, madre mía, madre mía.

Iago, debajo, cierra los ojos un segundo. Solo un segundo. Y los vuelve a abrir. Me mira fijo. Yo, encima, lo miro fijo. Y, sin movernos, sin movernos al principio, nos quedamos así treinta segundos. Aguantando. Memorizando. Conociéndonos a este nivel por primera vez.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Bien?

— Bien.

— ¿Mucho?

— Mucho.

— ¿Empiezo?

— Empieza.

Y empiezo. Lentamente, primero. Yo encima, las dos manos apoyadas en su pecho.

Lo siento dentro como no había sentido nada en mucho tiempo.

Iago, debajo, me sostiene las caderas con las dos manos.

Me mira la cara, me mira los pechos, me mira la boca, vuelve a mi cara. No cierra los ojos. No los cierra.

A los dos minutos, le digo:

— Iago, gírame.

— ¿Qué?

— Gírame. Encima.

— ¿Tú quieres que?

— Sí.

— ¿Estás cómoda así?

— Estoy cómoda. Pero te quiero a ti arriba.

— Vale.

Me gira. Sin salir. Sin perder el ritmo. Iago Castelo es un hostelero que ha gestionado el cambio de turno en cuatro hostales y eso, en una cama, se nota. Me coloca debajo. Me coge una pierna por detrás de la rodilla. La sube hasta su hombro. Y, así, vuelve a entrar.

Joder.

Joder, joder, joder.

— Iago.

— ¿Qué?

— Sigue.

— Vale.

Y sigue. Sigue cinco minutos. Diez. Y, a los diez minutos, sin avisar, sin esperar, sin que yo lo controle, yo lo vuelvo a terminar. Esta vez, distinta. Esta vez, más profunda. Esta vez, llorando un poco, sin querer, porque mi cuerpo no sabe cómo más decir lo que está sintiendo.

Iago, al verme llorar, se para. Se sale. Me mira.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Estás bien?

— Sí.

— ¿Te he hecho daño?

— No.

— ¿Por qué lloras?

— Iago, calla.

— ¿Por?

— Calla. Sigue.

— ¿Seguro?

— Iago, te juro por mi madre.

Y sigue. Y, dos minutos después, lo termina él. Lo termina él con un sonido grave contra mi cuello. Con las dos manos apretándome los hombros. Con la cara metida en mi pelo. Con un "Lola" susurrado que no sé si lo dice porque está terminando o porque está terminando conmigo y necesita decirlo.

Se queda encima de mí, despacio, sin moverse, dos minutos. Tres. Yo lo abrazo. Lo abrazo entero. Le paso las dos piernas alrededor de las caderas. Las dos manos en su espalda. La cabeza enredada con la suya. Le beso el cuello. Le beso la oreja. Le beso el pelo.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres mío.

— ¿Tuyo?

— Mío.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

— ¿En serio "vale"?

— En serio.

— ¿Sin discutir?

— Sin discutir.

— ¿Sin discutir nada?

— Lola.

— ¿Qué?

— Soy tuyo.

— Iago.

— ¿Qué?

— Te quiero.

— Yo más.

— Imposible.

— Apuesta.

— Las apuestas las pierdes.

— En azulejos.

— Y en esto.

— En esto no.

— En esto, también.

— Cállate, Carrasco.

— Cállate tú, Castelo.

A la media hora, después de habernos quedado tumbados, después de habernos abrazado en silencio, después de habernos reído de tonterías, Iago se levanta para ir al baño.

Yo, en la cama, me quedo mirando el techo.

El techo del hostal Caleta del Yegua. El techo que tiene una grieta pequeña en la esquina que voy a tener que arreglar en mayo.

Cuando Iago vuelve, se mete en la cama. Me coge la cintura. Me pega contra él. Apoya la nariz en mi pelo.

— Lola.

— ¿Qué?

— Una vez más.

— ¿Cuándo?

— Cuando descansemos.

— ¿Cuánto?

— Media hora.

— Vale.

— Mientras tanto.

— ¿Mientras tanto qué?

— Mientras tanto, ven.

Y nos quedamos así. Yo, de cuchara, con la espalda contra su pecho. Él, detrás, con la mano sobre mi pecho, con la respiración contra mi nuca. Hablamos sin parar. Sin pensar.

Hablamos de Cangas. Hablamos de Madrid. Hablamos de Helsinki, de los veranos finlandeses donde no se hace nunca de noche.

Hablamos de Galicia, de los inviernos donde no se hace nunca de día.

Hablamos de Noa. Hablamos de Pessoa, mi gato.

Hablamos de la grieta del techo. Hablamos de los azulejos terracota.

Hablamos de la cenefa hexagonal blanco roto.

Hablamos de Paco. Hablamos de Carmen de La Mariña.

Hablamos de Mar y Candela. Hablamos de Eva.

Hablamos de la madre Lola, la otra Lola.

A la una hora, Iago, contra mi nuca, susurra:

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Lista?

— Lista.

Y la segunda vez es lenta-lenta. Es distinta. Es más cerca. Es más conocida. Y, esta vez, los dos terminamos a los quince minutos, sin tanto ruido, sin tanto drama, abrazados.

Y, esta vez, yo también lo termino llorando. Y, esta vez, él me besa las lágrimas.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Vas a llorar todas las veces?

— Iago.

— ¿Qué?

— Sí.

— ¿Por mucho tiempo?

— Hasta que se me pase.

— Vale.

— ¿Te molesta?

— Para nada. Me parece...

— ¿Qué?

— Justo.

A las tres y media de la madrugada, los dos rendidos, los dos enroscados, los dos sin posibilidad de seguir hablando, nos quedamos dormidos. Y, esta noche, dormimos siete horas seguidas.

Y, antes de quedarme dormida, Iago, contra mi pelo, dice una última cosa, en gallego, que yo no entiendo del todo, pero que entiendo lo justo.

— Quérote, Lola.

— Quérote, Iago.

— ¿Sabes lo que es?

— Te quiero, en gallego.

— Sí.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Vas a enseñarme gallego?

— Si quieres.

— Quiero.

— Vale.

Y nos dormimos.

A las diez y media de la mañana del viernes quince de abril, Curro, en la cocina, friendo huevos, oye dos pares de pasos que bajan por las escaleras. Le da la vuelta al huevo de la sartén. Saca dos platos del armario. Pone dos tazas en la encimera. Sirve dos cafés.

Cuando llegamos a la cocina, Curro, sin levantar la vista, dice:

— Buenos días, niños.

— Buenos días, Curro — contesta Iago.

— Buenos días, Curro — contesto yo.

Y los tres, sin más palabras, desayunamos.

Y, en mi cabeza, mientras como un huevo frito con tomate, suena por dentro la frase que sé que algún día, si esto fuera un libro, tendré que escribir entera.

Y, esa frase, tiene en alguna parte un compás partido por mi voluntad y una niña de seis años con la que voy a compartir armario.

Pero, esa frase, todavía no está terminada.

Esa frase, este viernes a las once de la mañana, lleva apenas el primer trozo escrito.

Y yo estoy contenta de que sea así.