La huésped de la cala Capítulo 13
41%

Capítulo 13

Jueves. Hoy es jueves. Hoy es el jueves. Hoy es el día.

Me despierto a las siete y media en la cama de Iago. Iago ya no está. Iago, los jueves, baja a la cala a las siete menos diez y vuelve sobre las siete y veinte. Está en la ducha. Lo oigo a través de la pared del baño.

Yo, en la cama, me incorporo. Apoyo la espalda en el cabecero.

Cojo el móvil. Tengo cobertura. Hay un mensaje de mi madre de las cinco menos diez de la mañana ("hija, ¿cómo estás?

, mira que llamamos los domingos pero hoy me he despertado pensando en ti") y un mensaje de Mar de las siete y dos ("BUEN DÍA, FIERA").

Sonrío. Suelto el móvil. Me levanto. Bajo a la cocina en pijama.

A las ocho y cuarto Curro ya está allí, friendo huevos.

— Niña.

— Curro.

— Buenas.

— Buenas.

— ¿Tortilla francesa con queso o tortilla normal con cebolla y patata?

— Curro, son las ocho y cuarto.

— Son las ocho y cuarto y aquí se come tortilla a las ocho y cuarto.

— Tortilla con queso.

— Vale.

Iago baja a las ocho y veinte. Se ha duchado. Lleva un polo gris y unos vaqueros. Me da los buenos días con un beso pequeño en la sien, exactamente delante de Curro, sin pestañear. Curro, en la sartén, se ríe entre dientes.

— Iago.

— ¿Qué, Curro?

— Hoy.

— ¿Qué pasa hoy?

— Hoy es jueves.

— ¿Y?

— Y los azulejos terminan a las nueve y media. Toñi me lo ha dicho ahora mismo cuando ha pasado a por el café.

— Vale.

— ¿Y tenéis algo planeado?

— Curro.

— Iago.

— Por favor.

— Vale.

— Por favor.

— Vale, Iago, vale. Pero, cuando volváis, quiero el café del viernes a la hora de siempre.

— A la hora de siempre.

— A las siete.

— A las siete.

— ¿Volveréis temprano, no?

— Curro.

— ¿Sí?

— Cállate.

— Vale.

A las nueve y media Toñi me llama al baño piloto. Subo. Lo veo de pie, con los brazos en jarras, mirando los azulejos terracota.

— ¿Lola?

— Toñi.

— ¿Qué te parece?

Miro la pared. Toñi ha alicatado el baño entero con la cenefa hexagonal blanco roto en el zócalo, exactamente como yo la dibujé. Los azulejos terracota, con el mortero ocre, en una pared de un metro setenta de alto, contra una pared encalada en blanco roto al fondo, son la decisión correcta. Punto.

— Toñi.

— ¿Qué?

— Lo has bordado.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Iago lo va a aprobar?

— Iago no tiene más remedio que aprobarlo. Pero, sí, lo va a aprobar.

— Vale.

— Toñi.

— ¿Sí?

— Gracias.

— De nada.

A las diez Iago entra al baño piloto. Mira los azulejos. Tarda treinta segundos. Se gira.

— Lola.

— ¿Qué?

— Lo retiro.

— ¿Qué retiras?

— Que el terracota es horrible.

— ¿Lo retiras?

— Sí.

— ¿Esto es una rendición pública?

— Esto es una rendición a las diez de la mañana del jueves catorce de abril, sí.

— Iago.

— ¿Qué?

— Bésame.

— ¿En el baño piloto?

— En el baño piloto.

— ¿Delante de Toñi?

— Toñi se ha ido a almorzar.

— ¿Cuándo?

— Hace dos minutos.

— ¿Cómo lo sabes?

— Porque le he dicho yo que se fuera a almorzar antes.

Iago se ríe. Da dos pasos. Me coge la cintura. Me besa contra los azulejos terracota. Un beso de tres segundos. Tres dignos segundos. Y luego, sin más, dice:

— Vamos a la fachada.

A las once estamos discutiendo, en serio, la fachada.

La fachada es el quebradero de cabeza del proyecto.

La fachada es lo que define que el hostal sea un hostal del Cabo de Gata y no una casa rural de cualquier sitio.

Iago quiere algo muy plano, muy encalado, casi cubista, con dos pinceladas de mortero ocre en los marcos de las ventanas.

Yo quiero algo más blando, con esquinas redondeadas, con una doble piel de cal sobre piedra del lugar.

Discutimos, primero, en el patio. Después, sobre el plano. Después, otra vez, en el patio. Llevamos dos horas y media discutiendo cuando Paco entra al patio, deja una taza de café delante de cada uno y dice:

— Niños.

— Paco.

— Si esto no se decide hoy, no se decide en abril.

— Lo sé.

— Y la cal hay que pedirla con tres semanas de antelación.

— Lo sé.

— ¿Y?

— Voy a hacer una propuesta — dice Iago, sentándose con la taza.

— Dispara.

— La propuesta es esta: tu doble piel de cal sobre piedra del lugar, en la planta baja. Y mi encalado plano, casi cubista, en la planta de arriba. Marcamos los marcos de las ventanas de la planta de arriba con el mortero ocre.

Pausa. Miro el plano. Pienso. Pienso en serio durante dos minutos.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

— ¿Sin discutir?

— Sin discutir, no. Discutiendo: una condición.

— ¿Cuál?

— En la planta baja, sin marcos ocre. Solo cal sobre piedra. Que la planta baja respire.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

Paco, en el patio, asiente.

— Niños.

— ¿Sí, Paco?

— Esto, hoy, lo apuntáis en un papel y lo firmáis los dos.

— ¿En serio?

— En serio. Que yo, con dos años de obras con Iago, sé que mañana, sin papel, esto se descambia.

Iago se ríe. Saca un folio. Apunta el acuerdo en tres líneas. Lo firma. Yo lo firmo debajo. Paco lo firma como testigo.

— Listo — dice Paco — . Esto se llama trabajar.

A las dos y media comemos lentejas que ha hecho José Mari. Las lentejas son una bomba. Iago, enfrente, me mira por encima del plato.

— ¿Te apetece?

— ¿Qué?

— Cenar fuera.

— A las nueve.

— A las nueve.

— ¿La Mariña?

— La Mariña.

— Vale.

A las cinco entro al baño piloto otra vez. Sola. Cierro la puerta. Pongo las dos manos sobre la pared de azulejos terracota. La pared está caliente del sol del mediodía. La pared funciona. La pared, joder, ha valido todo lo que ha pasado en seis semanas. Y lo que va a pasar en doce horas.

Cierro los ojos. Respiro. Respiro despacio.

Y, en mi cabeza, sin querer, repaso lo que me he aprendido en seis semanas sobre el hombre con el que voy a cenar en La Mariña esta noche y con el que voy a subir a la habitación grande a la una de la madrugada.

Una: Iago duerme de costado, normalmente del lado derecho.

Dos: Iago se ducha por la mañana y, además, se mete en la cala al amanecer. Se ducha en serio. No solo por la cala. Iago es limpio. Iago se cepilla los dientes tres veces al día.

Tres: Iago, cuando come, mastica veintidós veces cada bocado. Lo he contado. Lo conté dos veces. Veintidós.

Cuatro: Iago, cuando ríe, se le marca un hoyuelo pequeño en la mejilla izquierda. No en la derecha. Solo en la izquierda. Un hoyuelo asimétrico. Joder.

Cinco: Iago, cuando habla por teléfono con su hija, baja la voz dos tonos y, en la última frase, siempre le dice "te quiero, monstruo".

Lo de "monstruo" es de cuando ella tenía cuatro y le dijo a él, una vez, en una rabieta: "papá, eres un monstruo malo malo".

Iago le cogió la cara y le contestó: "tú eres un monstruo bueno bueno, y yo soy un monstruo bueno también". Desde entonces, así.

Seis: Iago habla con su madre los domingos a las once.

Siete: Iago habla con su padre los miércoles a las nueve menos veinte.

Por la noche. Cinco minutos. Su padre, según dice, es de "no me cuentes lo que no es importante, pero, cuando algo lo sea, llámame".

Como Manuel Vendrell (eso me lo dijo Mar, que conoce a un Manuel Vendrell que es bombero en Valencia y dice que todos los Manueles son así).

Ocho: Iago, debajo de la imagen pública del hostelero serio gallego, es una persona divertida. Tiene un humor seco, irónico, en el que la mayoría de las veces solo se da cuenta de que ha hecho una broma quien ya le conoce. Yo, después de seis semanas, le pillo el ochenta por ciento.

Nueve: Iago me quiere.

Eso, lo nueve, no lo había puesto en la lista. Pero está. Y, en el baño piloto, a las cinco de la tarde de un jueves de abril, con la mano apoyada en el zócalo de la cenefa hexagonal blanco roto, lo apunto definitivamente en mi cabeza.

Iago me quiere.

Y yo quiero a Iago.

Y, esta noche, vamos a hacer lo que llevamos seis semanas posponiendo.

Y, mañana, vamos a seguir aquí.

Y, en septiembre, cuando esto termine, todavía no sé qué va a pasar.

Pero, hoy, esta noche, mañana, sí.

Salgo del baño piloto. Bajo. Iago, en el patio, está hablando con Paco. Cuando paso, sin mirar, sin que Paco se entere, me coge dos dedos con dos suyos y me los aprieta. Yo, sin pararme, sin mirar, sigo.

A las nueve menos cinco bajo al patio con un vestido.

No el verde botella. Otro. Uno azul claro que le he comprado a Mari Carmen en una segunda visita al centro comercial el sábado pasado.

Mari Carmen, cuando se lo describí por teléfono, me dijo: "para el día que estás pensando, ese día, hija, azul claro, no negro, no rojo.

Azul claro. Inocente. Como una pregunta".

Iago, esperándome con el todoterreno encendido, se gira al oírme bajar.

Y, otra vez como hace dos sábados, se queda quieto.

— Lola.

— ¿Qué?

— Estás...

— ¿Qué?

— Demasiado.

— ¿Demasiado para qué?

— Para cenar.

— ¿Y qué hacemos?

— Cenamos.

Y vamos a Las Negras. Y cenamos con Carmen, que esta vez nos sirve pulpo a la gallega porque Iago le ha pedido pulpo a la gallega porque Iago me dijo en el todoterreno, justo antes de aparcar, que "esta noche, me apetece comer algo de mi tierra".

Y, comiendo pulpo a la gallega en una mesa de Las Negras un jueves de abril, sentada delante de un hombre que llevaba tres años sin estar con una mujer y que me ha pedido cita formal para acostarnos esta noche, me río más que nunca en mi vida.

A la una de la mañana volvemos. La pista, esta vez, ya nos la sabemos. Iago aparca. Bajamos.

En el patio, antes de subir, Iago me mira a los ojos.

— ¿Sigues queriendo?

— Sí.

— ¿Segura?

— Iago.

— ¿Qué?

— Si me preguntas eso una vez más, te tiro al pozo del patio.

— Vale.

— Vamos.

Y subimos.

Y, mientras subimos las escaleras del hostal Caleta del Yegua, la una y diez de la madrugada del viernes quince de abril, los dos cogidos de la mano, los dos en silencio, los dos sabiendo que dentro de cinco minutos esto va a cambiar para siempre, yo, sin decirlo, me digo en voz baja:

Lola Carrasco, allá vas.

Iago, dos escalones por delante, sin oírme, me aprieta los dedos.