La huésped de la cala Capítulo 12
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Capítulo 12

Lunes, martes, miércoles. Los azulejos del baño piloto van avanzando como avanzan los azulejos del baño piloto.

Es decir: muy despacio. Toñi, que es el encargado del alicatado, es un chaval meticuloso.

Yo entro a verlo cuatro veces al día. Iago entra una.

Paco entra cinco. Curro entra cero, porque está en la cocina con el guiso del jueves, que es estofado.

El miércoles por la tarde, mientras estoy en el despacho con el plano de la fachada extendido, suena un golpe en la puerta.

— Adelante.

Entra Iago. Cierra la puerta detrás. Pone la espalda contra la madera y me mira como si yo fuera el plano más bonito de la mesa.

— ¿Sí?

— Lola.

— ¿Qué?

— Mañana.

— ¿Mañana qué?

— Acaban los azulejos.

— ¿Mañana acaban los azulejos?

— Toñi me lo ha dicho hace cinco minutos.

— Joder.

— Sí.

— ¿Y?

— Y mañana es jueves.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Estás pidiendo cita para mañana por la noche?

— Estoy pidiendo cita para mañana por la noche.

— Iago.

— ¿Qué?

— Esto es tan vintage que me muero.

— Pediste fecha concreta.

— Y tú me la has dado.

— Sí.

— ¿Y dónde?

— ¿Dónde qué?

— ¿Dónde lo hacemos?

Iago tarda dos segundos en contestar.

— En mi habitación.

— Vale.

— ¿Bien?

— Bien.

— ¿Cena fuera antes?

— ¿Para tener una excusa social?

— Para tener una excusa social.

— ¿La Mariña?

— La Mariña.

— Iago.

— ¿Qué?

— Estás muy serio.

— Estoy muy serio.

— ¿Por?

— Porque me da miedo.

— ¿Te da miedo?

— Sí.

— ¿Por?

— Porque llevo tres años sin estar con nadie. Y, cuando llevo tres años sin estar con nadie y por fin me planto en una cama con una mujer que me importa, me da miedo no acordarme.

— ¿No acordarte?

— De cómo se hacen las cosas.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Tú estás de coña?

— No.

— ¿En serio?

— En serio.

— Iago, eres un hombre de treinta y ocho años. No estás de baja médica. Esto, como ir en bici, no se olvida.

— Lola.

— ¿Qué?

— En bici se aprende a los siete años. Llevo treinta y un años sin parar.

— ¿Y?

— Y, con el sexo, llevo tres parado.

— Iago.

— ¿Qué?

— Cállate.

— Vale.

— Y siéntate aquí.

Se acerca. Se sienta enfrente, al otro lado de la mesa de planos. Yo cojo aire. Lo suelto.

— Iago Castelo Trasmonte.

— ¿Sí?

— ¿Tú me deseas?

— Sí.

— ¿Mucho?

— Mucho.

— ¿Desde cuándo?

— Desde el segundo día.

— Vale.

— ¿Tú?

— Yo desde el primero.

— ¿Cuándo?

— Cuando cogiste la maleta con una sola mano.

— ¿En serio?

— En serio.

— Joder, Lola.

— ¿Qué?

— Eso es muy gráfico.

— Eso era el punto.

Se ríe. Se ríe contra los dientes.

— Vale.

— Iago.

— ¿Qué?

— Mañana, todo va a ir bien.

— ¿Cómo lo sabes?

— Porque no tenemos que descubrir nada. Llevamos seis semanas mirándonos a la cara.

Llevamos tres días durmiendo juntos. Llevamos un Domingo de Pascua haciéndonos casi todo lo que se le puede hacer a una persona en una cama sin llegar al "casi todo todo".

El "casi todo todo" lo único que necesita es que tú y yo decidamos que es ahora.

— ¿Y es ahora?

— Mañana.

— Mañana.

— Cierra los ojos.

— ¿Cómo?

— Que cierres los ojos.

Iago cierra los ojos.

— Respira — digo — . Cuenta hasta diez por la nariz. Suelta.

Iago, sentado al otro lado de los planos, respira. Cuenta. Suelta.

— Otra vez.

Otra vez.

— Otra.

Otra.

— Vale. Abre los ojos.

Abre los ojos. Me mira con esa cara serena que tiene cuando ha resuelto algo internamente.

— ¿Mejor?

— Mejor.

— ¿Mañana?

— Mañana.

A las nueve de la noche estoy en mi habitación pequeña (la mía sigue siendo, oficialmente, la pequeña; aunque, en la práctica, llevo cuatro noches durmiendo en la grande).

Estoy delante del armario. Estoy preguntándome qué se pone una mujer que mañana por la noche se va a acostar por primera vez en serio con un hombre por el que lleva seis semanas perdiendo el control discreto de su agenda profesional.

Cojo el móvil. Cobertura, milagrosamente, sí.

Lola 21:13: Tías.

Mar 21:14: ¿Estás bien?

Lola 21:14: Sí.

Candela 21:14: ¿Pasa algo malo?

Lola 21:15: No. Pasa algo bueno.

Mar 21:15: ¿BUENO BUENO?

Lola 21:16: Mañana.

Candela 21:16: ¿Mañana qué?

Lola 21:16: Mañana, sí.

Mar 21:17: ¡¡¡¡¡!!!!!!

Mar 21:17: ¡¡¡¡¡!!!!!!

Candela 21:17: Lola, ¿en serio?

Lola 21:18: En serio.

Mar 21:18: ¿Cómo lo sabes con un día de antelación?

Lola 21:19: Me ha dado fecha concreta.

Mar 21:19: ¿Te ha pedido cita?

Lola 21:19: Sí.

Candela 21:20: Madre mía.

Mar 21:20: Madre mía.

Mar 21:20: Es un hombre muy ordenado, Lola. Cuídalo.

Lola 21:21: ¿Qué me pongo?

Candela 21:21: La camisa azul marino que le robaste.

Lola 21:21: Esa es para abajo.

Mar 21:22: Y para arriba.

Lola 21:22: Y para abajo otra vez.

Candela 21:22: Para todo.

Mar 21:23: Lola.

Lola 21:23: ¿Qué?

Mar 21:23: Una cosa.

Lola 21:24: Dime.

Mar 21:24: Cuídalo.

Lola 21:24: Lo voy a cuidar.

Mar 21:25: Y no te enamores más de lo que ya estás.

Lola 21:25: Demasiado tarde.

Candela 21:25: Lola, te lo dije.

Lola 21:26: Cande, llevo seis semanas. Era inevitable.

Candela 21:26: Lo sé.

Candela 21:27: Lola.

Lola 21:27: ¿Qué?

Candela 21:27: Pasa lo de mañana bien.

Lola 21:27: Eso intento.

Candela 21:28: Y luego me cuentas.

Lola 21:28: Te cuento sin detalles.

Candela 21:28: Con detalles.

Lola 21:29: Cande, sin detalles. Mar es la que pide detalles.

Mar 21:29: Pido detalles.

Candela 21:29: Yo también pido detalles.

Mar 21:30: Tía.

Lola 21:30: ¿Sí?

Mar 21:30: Te quiero.

Lola 21:30: Yo más.

Mar 21:31: Imposible.

Lola 21:31: Apuesta.

Candela 21:31: Las dos. Calladas. Dormid.

Lola 21:32: Cállate, Cande.

Candela 21:32: Cállate, Lola.

Cierro el grupo. Cierro el móvil. Y, en lugar de dormir en la habitación pequeña, bajo a la grande, abro la puerta sin llamar. Iago está sentado en la cama con una libreta encima de las piernas y unas gafas que no le había visto.

— ¿Gafas?

— Las uso para la libreta.

— ¿Eres miope?

— Para cerca.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Por qué no llevas las gafas durante el día?

— Porque durante el día no leo letra pequeña.

— ¿Y las llevas para los planos?

— A veces.

— ¿Y por qué no te las he visto en los planos?

— Porque, cuando estamos con los planos los dos, no he querido que me las vieras.

— ¿Por?

— Porque son las gafas que llevaba cuando estaba casado. Y, mira tú por dónde, hoy es la primera vez en tres años que vuelvo a leer la libreta con ellas. Y no me importa que tú las veas.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres un puto cursi.

— Cállate, Carrasco.

— Quítate las gafas.

— ¿Por?

— Porque, así, te besan menos.

— ¿Te molestan?

— Me ponen.

Iago se quita las gafas. Las pone en la mesilla. Cierra la libreta. La pone debajo de las gafas. Me mira.

Yo, en la puerta, con el pijama horrible de la Politécnica, le sostengo la mirada.

— ¿Subes?

— ¿No era mañana?

— Mañana, sí.

— ¿Y hoy?

— Hoy duermes conmigo.

— ¿Sin nada?

— Sin nada.

— Vale.

Me meto en la cama. Iago apaga la lamparita. Me coge la cintura. Me pega contra él.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Sigues nerviosa?

— Sí.

— Yo también.

— Pues a callar, los dos.

— Vale.

— Iago.

— ¿Qué?

— Te quiero.

— Yo más.

— Imposible.

— Cállate.

— Cállate tú.

Y, en la oscuridad, me besa el pelo, me mete los dedos por la espalda hasta que mi camiseta se sube dos centímetros, encuentra el sitio exacto donde está el tatuaje y, contra la piel, susurra:

— El compás.

— Lo viste.

— Lo vi hace seis semanas.

— ¿Cuándo?

— Cuando te agachaste a coger el plano del suelo y se te subió la camiseta.

— ¿En el segundo día?

— En el segundo día.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Y desde entonces?

— Desde entonces, todas las mañanas, cuando salgo del agua, pienso en él.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eso es lo más pornográfico y lo más romántico que me has dicho jamás, en la misma frase.

— Cállate.

— Cállate tú.

Y nos quedamos así. Diez minutos. Veinte. Treinta.

A los cuarenta minutos, los dos seguimos despiertos. Lo sé porque oigo su respiración y no es respiración de dormido. Él lo sabe porque yo no he soltado los dedos de su pulgar.

— Iago.

— ¿Qué?

— No vamos a dormir.

— No vamos a dormir.

— ¿Por?

— Porque mañana.

— Sí.

— ¿Quieres adelantar?

— ¿Adelantar qué?

— La cita.

— ¿A hoy?

— A hoy.

Tarda. Mira el techo. Coge aire.

— No.

— ¿No?

— No.

— ¿Por?

— Porque he dicho mañana. Y, si digo mañana, es mañana.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Esto es una manera tuya de mandar?

— Esto es una manera mía de estar tranquilo.

— Vale.

— ¿Te molesta?

— No.

— Vale.

— Pero, una cosa.

— ¿Qué?

— Mañana, te juro, no puedes echarte atrás.

— No me voy a echar atrás.

— ¿Seguro?

— Seguro.

— ¿Cómo de seguro?

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Te enseño cómo de seguro?

— ¿Cómo?

— Coge mi mano.

Cojo su mano. Su mano izquierda. Iago, con la mano izquierda en mi cintura, baja despacio hasta apoyármela en la cadera. La aprieta. Se queda quieta. Y, sin decir más, me deja sentir lo que él lleva con él desde hace seis semanas y que, hoy, está, sin permiso, justo contra mi cadera, también.

Yo, contra su pecho, cierro los ojos.

— Iago.

— ¿Qué?

— Mañana, te juro.

— ¿Qué?

— Mañana voy a por ti.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

— Buenas noches.

— Buenas noches.

Y, esta vez, conseguimos dormirnos. No sé a qué hora, pero nos dormimos.

Y, mientras dormimos, el universo, que es muy gracioso, decide que mañana, jueves, exactamente a las nueve y cuarto de la mañana, Toñi termine el alicatado del baño piloto con un cuarto de hora de adelanto sobre lo previsto, lo que nos da hora y cuarto extra al final del día.

Y, mañana, jueves, a las nueve de la noche, Iago Castelo y Lola Carrasco, sin avisar a Paco, sin avisar a Curro, sin avisar a nadie, salen en el todoterreno a Las Negras y vuelven a la una.

Pero eso es mañana.

Eso, todavía, no ha pasado.