Capítulo 11
Me despierto en la habitación de Iago a las nueve y media del domingo, en pleno sol entrando por la ventana, con la pierna izquierda metida entre las dos suyas, una mano apoyada en su pecho y la mejilla en el hueco de su hombro.
Iago, debajo de mí, está dormido. Lo está.
Iago dormido es un hombre que respira fuerte por la nariz, que tiene las pestañas larguísimas (lo confirmo ahora que las miro desde tres centímetros) y que, contra lo que cualquier persona prudente esperaría, no es un hombre que ronque. Iago dormido es silencio.
Yo, encima de Iago dormido, decido las siguientes cuatro cosas:
Una: no me voy a mover.
Dos: no voy a respirar muy fuerte.
Tres: voy a pasar los próximos veintiocho minutos memorizando cómo se siente esto.
Cuatro: voy a llorar un poco.
Lloro despacio. Lloro porque, en catorce meses y veinticuatro días desde que Sandra dejó las llaves en la consola, no había pensado que volvería a despertarme así.
Sin querer. Sin haberlo programado. Llevándole la pierna metida entre las suyas a una persona que, hace seis semanas, no sabía que existía.
Y, en ese momento, Iago, sin abrir los ojos, levanta la mano y me limpia con el pulgar derecho una lágrima.
— ¿Estás llorando?
— Sí.
— ¿Por algo malo?
— Por algo bueno.
— Vale.
Me apoya la mano grande en la nuca. Suspira contra mi pelo.
— Te quiero — dice, sin abrir los ojos.
Yo, contra su pecho, le contesto sin pensar:
— Yo más.
— Imposible.
— Pruébalo.
— Apuesta.
— Las apuestas las pierdes.
— En azulejos. En sentimientos, soy un campeón.
— Es lo más cursi que me has dicho desde que te conozco.
— Me da igual.
Me besa el pelo. Largo. Largo. Y luego me dice:
— Café.
— Café.
Sale de la cama con esa naturalidad del hombre que está en su casa, se pone unos pantalones de pijama largos, una camiseta gris y baja.
Yo, en su cama, me quedo cinco minutos sin moverme, oliendo la almohada de Iago Castelo (huele a sal, a algún jabón en concreto, a champú normal de hombre normal), y luego me levanto, me pongo su camisa azul marino que está colgada de la silla, me dejo los botones del pecho cerrados pero no abrocho los dos de arriba, me pongo unos shorts vaqueros que llevé anoche en la cala, y bajo a la cocina descalza.
Iago, en la cocina, está poniendo el café. Cuando me oye entrar, se gira.
Y se queda quieto.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Mi camisa?
— Sí.
— Te queda mejor a ti.
— Lo sé.
— Vente.
Me acerco. Me da un beso de buenos días. Largo, sin lengua, sin urgencia. Un beso de pareja que se está acostumbrando, no de pareja que está empezando. Eso, técnicamente, no me lo esperaba. Eso, técnicamente, ya es otra cosa.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Esta noche?
— ¿Anoche?
— Sí.
— Anoche dormiste conmigo. Sin más.
— Sin más.
— ¿Te ha molestado?
— Iago, no me ha molestado nada en absoluto. Llevo tres años sin dormir con nadie. Anoche he dormido como una niña.
— Yo tampoco he dormido con nadie en tres años.
— ¿Y?
— Y he dormido como un hombre.
— ¿Eso es bueno?
— Para mí, sí.
— Vale.
Coge las dos tazas. Me lleva a la terraza de la cocina.
La terraza es una franja pequeña con vistas al patio, con una mesa de madera y dos sillas.
Nos sentamos. Bebemos café. Hablamos del proyecto de la fachada.
Hablamos de Noa. Hablamos de Eva, que me ha pedido permiso para venir en mayo.
Yo digo que me parece bien. Iago me mira con cara de "no sabes a la familia que vas a meter en tu vida".
Yo le sonrío con cara de "lo sospecho y, aun así, sigo aquí".
A las once y media estamos en la cala. Hay una pareja vieja con un termo en la arena. Nos saludan. Nos sentamos lejos. Yo le apoyo la cabeza en el hombro a Iago. Iago me besa el pelo.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Vas a poder con esto?
— ¿Con esto qué?
— Con un hostelero gallego de treinta y ocho años, padre de una niña de seis, con tres hostales en la cornisa cantábrica, ex divorciada en Bilbao y un cuarto hostal en Almería que abre en septiembre. Conmigo.
— ¿Esa es la propuesta?
— Es el resumen.
— Iago.
— ¿Qué?
— Te aviso, una cosa.
— ¿Qué?
— Yo, además de arquitecta, soy bisexual.
Llevo catorce meses recuperándome de una mujer.
Tengo padres en Madrid que llaman cada domingo para preguntar por un nieto hipotético.
Tengo una mejor amiga abogada laboralista que mete las narices en mi vida.
Tengo otra periodista cultural que va a aparecer un fin de semana en este hostal a cotillearte sin que tú la hayas invitado.
Vivo en Lavapiés. Mi gato Pessoa lo cuida ahora mismo Candela. ¿Vas a poder con eso?
— Sí.
— ¿Tan rápido?
— Sí.
— ¿No piensas?
— Llevo seis semanas pensando.
— Vale.
— Vale.
— Pues entonces sí.
— ¿Sí?
— Sí. Voy a poder.
— Vale.
A la una y media subimos. Comemos pasta otra vez.
Trabajamos un rato en planos. A las cuatro vuelve Paco con la furgoneta cargada de cuadrilla.
Paco baja del coche, nos ve sentados en el patio compartiendo una bandeja de fruta, nos mira un segundo, asiente sin sonreír (Paco no sonríe, Paco asiente), y le dice a Curro:
— Curro.
— Dime, Paco.
— A los niños, el café.
— Voy, Paco.
Y, mientras Curro va a hacer el café, Paco se nos acerca. Pone las manos en la mesa. Nos mira con esa mirada que es de capataz que ya ha entendido todo en cinco segundos.
— Niños.
— Paco — contesto.
— Niño — añade Iago.
— Aquí no se cuenta nada.
— Vale.
— Pero todos lo sabemos.
— Vale.
— Y por mí, fenomenal.
— Gracias, Paco.
— Gracias, Paco.
Y se va a la cocina con la cuadrilla.
A las cinco, Curro nos trae el café al patio con cuatro madalenas. Curro pone los cafés con un cuidado de matrimonio veterano. Curro, antes de irse, susurra:
— Lo que necesitéis.
Y se va.
A las seis y media, Toñi entra al patio con un plano enrollado debajo del brazo.
— ¿Lola?
— Dime, Toñi.
— Tengo una duda con los enchufes del baño piloto.
— Voy.
Subo con Toñi al baño piloto. Cuarenta minutos discutiendo el sitio exacto de los enchufes con un nivel y un lápiz.
Toñi, que es un chaval de veintidós años, es educadísimo.
Toñi, que ha sido testigo de mi llegada a este hostal hace seis semanas, no me ha dicho nada en seis semanas que no sea profesional, y no me lo va a decir hoy.
Cuando terminamos, antes de salir, me dice:
— Lola.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Iago.
— ¿Iago?
— Iago es bueno.
— Lo sé.
— Bueno-bueno.
— Lo sé, Toñi.
— Y, una cosa más.
— ¿Sí?
— Que estamos contentos.
— Toñi.
— ¿Qué?
— Gracias.
— A ti.
A las nueve y media, después de cenar arroz con verduras que ha hecho José Mari, después de un poco de televisión por satélite en el salón (que es la única electricidad fiable del hostal), después de que Paco se vaya al cobertizo a las diez con una mirada larga, Iago me coge la mano.
— ¿Subes?
— Subo.
— ¿A la mía?
— A la tuya.
— Pero, una cosa.
— ¿Qué?
— No te pongas la camisa azul marino otra vez. Que no respondo.
— Vale.
Subimos. Yo me pongo el pijama (camiseta gris vieja de Politécnica, shorts grises con agujero en el dobladillo). Iago se pone un pantalón de pijama y nada más. Nos metemos en la cama. Él, en su lado. Yo, en el mío.
A los dos minutos, ya estoy enrollada con él otra vez. Su brazo derecho debajo de mi cuello. Mi pierna izquierda sobre la suya. Mi mano derecha en su pecho. Su mano izquierda en mi hombro.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Vamos a dormir así todas las noches?
— ¿Qué noches?
— Todas las que estés aquí.
— Iago va a estar aquí muchas noches.
— Lo sé.
— ¿Te gusta el plan?
— Me gusta el plan.
— ¿Y la cuadrilla?
— La cuadrilla, Lola, ya lo sabe. Y la cuadrilla, una vez que lo sabe, hace exactamente lo que ha hecho hoy: nada.
— ¿No me van a tomar el pelo?
— Curro probablemente sí. Pero te lo va a tomar como una madre, no como un cabronazo.
— Vale.
— Lola.
— ¿Qué?
— Buenas noches.
— Buenas noches, Iago.
— Te quiero.
— Yo más.
— Imposible.
— Cállate y duerme.
— Cállate tú.
— Tú.
Y, ahí, los dos descojonados, los dos enredados, los dos a las once de la noche del Domingo de Pascua en una habitación con vistas a una cala que está a sesenta metros, los dos nos quedamos dormidos sin que ninguno de los dos quiera apagar la lamparita de la mesilla.
La lamparita, durante diez minutos, sigue encendida.
Y, cuando ya estamos dormidos, sin saber nadie cómo, la lamparita se apaga sola.
Quizás se apaga porque la bombilla se cansa.
Quizás se apaga porque mi madre, a mil kilómetros, levanta la vista del puchero del domingo y susurra "hija, que duermas bien", y la energía buena que ella manda alcanza la lamparita y le da al interruptor.
En cualquier caso, se apaga.
Y los dos, debajo del edredón fino, dormimos diez horas seguidas por primera vez en años.
A la mañana siguiente, lunes, cuando suena el despertador, Iago lo apaga, me besa la frente y me dice:
— Mañana sí.
— ¿Mañana qué?
— Mañana sí.
— ¿Mañana sí cuándo?
— Cuando lo decidamos los dos.
— Vale.
— Hoy, no.
— ¿Por?
— Hoy hay cuadrilla, hay obra, hay reunión a las once con el de carpintería. Hoy no. Pero, esta semana, sí.
— ¿Cuándo?
— Cuando paren los azulejos.
— ¿Los azulejos?
— Cuando estén puestos los azulejos del baño piloto. Esa noche.
— ¿Es una cita?
— Es una cita.
— ¿En serio?
— En serio.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Me estás dando una semana de espera otra vez?
— Te estoy dando una fecha concreta.
— Vale.
— Vale.
— ¿Y mientras tanto?
— Mientras tanto, dormimos así.
— Vale.
— ¿Te parece?
— Me parece.
Y, en ese momento, suena el despertador otra vez. Iago lo apaga otra vez. Se levanta. Yo me quedo cinco minutos extra en la cama.
Y, cuando bajo a la cocina diez minutos después, Curro me sirve un café enorme y me dice, sin mirarme:
— Niña.
— Curro.
— Bienvenida.
— ¿A qué?
— A la familia de la cuadrilla.
Yo, con la taza entre las manos, sonrío.
— Curro.
— ¿Qué?
— Gracias.
— De nada.
— ¿Y los churros del lunes?
— En cinco minutos.
— Gracias.
— Niña.
— ¿Qué?
— Pase lo que pase entre vosotros, los churros del lunes son sagrados.
— Sagrados.
— Sagrados.
— Vale.
— Vale.
Y, mientras Curro fríe churros, mientras los albañiles cantan en el patio, mientras Iago, fuera, está discutiendo con Paco una medida del tabique, mientras la luz del cabo entra por todas las ventanas, mientras yo le pongo azúcar a un café que me han hecho con cariño, me doy cuenta, con una claridad que da miedo, de que esto, mi vida, ya, ha cambiado.