La huésped de la cala Iago
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Iago

A las cinco y cuarto de la mañana, sábado, estoy en la cala metido en el agua hasta el pecho.

El agua, en abril, sigue siendo invierno. Trece grados, calculo. Me obliga a respirar a tope, a contraer el diafragma, a soltar el aire por la nariz. Tres minutos así. Y, cuando salgo, tengo el cerebro limpio.

Limpio para una cosa concreta: para saber que, esta tarde, sin testigos, sin Paco, sin Curro, sin Toñi, sin José Mari, sin obras a las que mirar a la cara durante el día, lo que va a pasar en este hostal es lo que tiene que pasar.

Y para asumir que yo, después de tres años de cama vacía, no recuerdo cómo se hace eso.

No recuerdo, lo digo en serio, cómo se hace eso.

Mi cuerpo, técnicamente, lo recuerda. Mis manos.

Mis brazos. Las cosas que aprende un hombre antes de los treinta y siete años.

Eso, sí. Pero la cabeza, no. La cabeza no recuerda cómo se entra en el cuarto de otra persona a la que llevas un mes mirando a la cara sin tocarla.

La cabeza no recuerda cuándo dejas de ser un hostelero gallego que ha besado cuatro veces a su arquitecta y pasas a ser un hombre que la desea con los huesos.

Subo. Me visto. Bajo a la cocina. La cafetera vieja, ya, me obedece.

Lola baja a las ocho y diez. En pijama. El pijama de Lola es horrible.

Es una camiseta gris vieja de la Politécnica de Madrid (yo no he visto la palabra Politécnica desde la facultad), unos shorts también grises con un agujero en el dobladillo, los pies descalzos.

El pelo recogido en un moño bajo deshecho.

Tiene los ojos pequeños.

— Buenos días — le digo.

— Buenos días.

— ¿Has dormido?

— Tres horas.

— ¿Qué te ha pasado?

— He pensado en ti.

Me río. Le sirvo café.

— Lola.

— ¿Qué?

— Yo, dos.

— ¿Dos qué?

— Dos horas. He dormido dos horas. Es la primera vez en tres años que no me duermo a las once.

Lola, cogiendo la taza con las dos manos, me sonríe.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Cuándo es la última vez que has dormido mal por una mujer?

— Nunca.

— ¿Nunca?

— No así.

— ¿No así?

— No por ganas.

Lola, mirando la taza, se ruboriza.

Lola Carrasco, en este mes, no se ha ruborizado nunca. Ni una vez. Lola, durante este mes, ha sido una mujer que respondía a las pullas con más pullas, que se reía de mis enfados, que me miraba a la cara cuando discutíamos sin pestañear. Lola, en este mes, no es una mujer que se ruborice.

Hoy, sí.

Y a mí, eso, me dice más que cualquier cosa que hubiera podido decir.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Quieres salir a desayunar a un sitio?

— Estamos solos en el hostal. ¿Por qué vamos a salir?

— Porque, si me quedo en el hostal contigo desayunando en pijama, no respondo de mí.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Salimos?

— Salimos. Vístete. Hay un sitio en Las Negras que abre los sábados a las nueve y hace unos churros que son ilegales.

— Voy.

Sube. Se viste. Baja con la camiseta de tirantes negra y los vaqueros. Sin maquillar. Sin nada. Es la primera vez que la veo sin la raya del ojo. Es la primera vez que veo a Lola Carrasco con su cara de niña.

Por dios. Voy a respirar y vamos a desayunar.

Las Negras, a las nueve y veinte del sábado, es un pueblo cantando.

Hay tres familias en la plaza, dos niños en una bici, un señor mayor con una vespa.

El sitio que digo, que se llama La Macarena, es un bar pequeño con una barra de mármol viejo y dos terrazas en el patio.

Pedimos churros, dos cafés con leche, dos zumos. Comemos como hambrientos.

Lola, mojando un churro en el café:

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Has pensado en algo importante en estos tres años?

— ¿Cómo?

— ¿En algo importante? ¿Algo que querías y no te has dejado tener?

Tarda en contestar.

— Sí.

— ¿En qué?

— En un perro.

— ¿Un perro?

— Sí. Llevo tres años pensando que quiero un perro. Pero no me he dejado porque Noa va y viene entre Cangas y Bilbao, y yo tampoco. Y a un perro no le puedes hacer eso.

— Vale.

— ¿Y tú?

— ¿Yo?

— ¿Algo importante que querías y no te dejaste?

— Tener hijos.

Me quedo quieto. Esto, lo de Lola, no lo había mencionado en un mes.

— ¿Tú quieres tener hijos?

— Quería.

— ¿Querías?

— Con Sandra, sí. Sin Sandra, ya no sé.

— ¿Y eso?

— Porque, técnicamente, todavía tengo tiempo. Pero, técnicamente, también, llevo catorce meses sin desearle a nadie un futuro. Y eso, en cuestión de hijos, es esencial.

— Vale.

— ¿Tú quieres más?

— ¿Más?

— Más hijos.

Tarda.

— No lo sé.

— ¿Por?

— Porque he sido padre solo, principalmente, durante los últimos tres años. Y, durante los últimos tres años, no me había planteado tener pareja con la que tener más. Pero, si la pareja fuera —

Y, ahí, Iago Castelo Trasmonte, treinta y ocho años, hostelero gallego de pocas palabras, deja la frase a la mitad y se queda mirando el churro. Y, en ese silencio, en ese churro mojado en el café, Lola Carrasco me mira con una cara que no le había visto.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Estás diciendo lo que estoy entendiendo?

— No.

— ¿No?

— Sí.

— Iago.

— ¿Qué?

— Tú y yo no estamos pidiéndonos esto hoy.

— No.

— Pero lo estás pensando.

— Sí.

— Vale.

— Vale.

— ¿Comemos los churros?

— Comemos los churros.

Y comemos los churros.

Volvemos al hostal a las once. La cala está vacía. El día es plano, azul, con cuatro nubes pequeñas. Lola sube a su habitación a vestirse de obra porque, sábado y todo, tiene cosas pendientes con un plano. Yo bajo al despacho.

A las tres comemos. Yo he hecho una pasta sencilla, con tomate fresco, ajo, albahaca. Lola, sentada enfrente, come con avidez.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Sabes que esto es lo más doméstico que has hecho conmigo en un mes?

— ¿Hacer pasta?

— Sí. Hacer pasta y servirla en dos platos para nosotros dos.

— Pues sí.

— ¿Y qué tal?

— Bien.

— ¿Solo bien?

— Muy bien.

— ¿Muy bien?

— Lola.

— ¿Qué?

— Estás sondeándome.

— ¿Yo?

— Sí.

— Soy una mujer transparente.

— Eres una mujer transparente, sí.

Me río. Ella se ríe.

Por la tarde trabajamos. Yo, en el despacho, con el presupuesto y los proveedores. Ella, en la planta de arriba, con el plano de los baños y la nueva propuesta de griferías. A las seis, suena un mensaje en mi móvil.

Eva 18:02: Iago, ¿cómo va?

Iago 18:03: Va.

Eva 18:03: ¿Bien?

Iago 18:03: Sí.

Eva 18:04: ¿Mucho?

Iago 18:04: Mucho.

Eva 18:04: ¿Más que la última vez?

Iago 18:05: Más.

Eva 18:05: Iago.

Iago 18:05: ¿Qué?

Eva 18:06: Felicidades.

Iago 18:06: Calla, Eva.

Eva 18:06: Te quiero.

Iago 18:07: Yo a ti.

A las ocho subo a la habitación de Lola. Llamo a la puerta. No me contesta. Llamo otra vez. Tampoco.

— ¿Lola?

Empujo despacio la puerta. La habitación está vacía. La cama está hecha. El portaplanos está apoyado contra la pared. Las zapatillas, en el suelo.

La camiseta y los vaqueros, en una silla.

¿La camiseta y los vaqueros, en una silla?

Voy al baño. La puerta del baño está cerrada. Detrás de la puerta del baño hay el sonido de la ducha.

Cojo aire por la nariz. Lo suelto despacio.

Lola Carrasco, en la habitación de Lola Carrasco, en la ducha, en un sábado por la tarde, sin pijama, sin camiseta, sin vaqueros.

Iago Castelo Trasmonte, en la habitación de Lola Carrasco, en el centro de la habitación, mirando una silla con su camiseta y sus vaqueros doblados.

Vale.

Vale, vale, vale, vale.

Cierro la puerta. Bajo a la cocina. Saco una copa de Albariño. Me la sirvo. Me la bebo entera de un trago. Sirvo otra. Esta no. Esta la dejo en la encimera.

Iago, le digo a la encimera, vas a respirar.

Iago, le digo a la encimera, vas a esperar a que ella baje.

Iago, le digo a la encimera, vas a hacer lo que hace un señor de treinta y ocho años, no lo que hace un chaval de veinte.

La encimera, sabia, no me contesta.

A las ocho y veinte baja Lola. La ducha le ha dejado el pelo mojado. Se ha puesto una camiseta blanca larga, sin sujetador (no lo ve quien no quiere verlo), unos shorts vaqueros, los pies descalzos. Huele a champú de coco.

— ¿Cenamos? — digo, intentando que la voz me suene normal.

— Cenamos.

Le pongo la copa que estaba en la encimera. Ella la coge. Da un sorbo.

— ¿Qué hacemos? — pregunto.

— ¿Para cenar?

— Sí.

— Algo rápido. No quiero ponerme a cocinar.

— Tortilla francesa con queso.

— Tortilla francesa con queso.

Hacemos la tortilla francesa con queso. La cenamos en la cocina, sentados en la encimera grande, uno enfrente del otro, con los pies descalzos colgando.

A las nueve y media, después de cenar, después de los huevos batidos, después de la tortilla francesa con queso, después de las migas de pan, después del Albariño que ya nos hemos bebido dos copas cada uno, Lola me mira por encima del borde de la copa con una cara que tiene una sola interpretación.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Subimos?

Yo bebo. Trago. Dejo la copa.

— ¿A dónde?

— A donde sea.

Tarda en contestar.

— Lola.

— ¿Qué?

— Quiero hacer una cosa antes.

— ¿Qué?

— Bajar a la cala.

— ¿Otra vez la cala?

— Una vez más.

— ¿Para?

— Para saber.

— ¿Para saber qué?

— Si lo que vamos a hacer luego lo vamos a hacer porque queremos o porque podemos.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eso es lo más controlador y a la vez más bonito que me han dicho en mi vida.

— Es lo único que se me ocurre.

— Vamos.

Bajamos. Cogemos las copas con nosotros. Llegamos a la arena. Nos sentamos donde nos sentamos siempre, contra la roca. No nos besamos. Me apoya la cabeza en el hombro.

— Iago.

— ¿Qué?

— Lo que tenga que pasar esta noche, va a pasar.

No por el Albariño. Por mí. Porque llevo cinco semanas pensándolo, porque me he duchado expresamente, porque me he puesto la camiseta blanca larga sin sujetador a propósito, porque te llevo deseando treinta y cinco días seguidos y no quiero que esto se nos quede en una pregunta más.

Yo, contra mi hombro, le contesto:

— Lo mismo.

— ¿Lo mismo?

— Treinta y cinco días.

— ¿Lo has contado?

— Lo he contado.

— ¿Has llevado cuenta en algún sitio?

— En la cabeza.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Qué pasa después?

— Después, mañana es domingo. Después seguimos. Después, dentro de tres meses, Noa llega y empezamos a aprender a hacer esto con una niña en casa. Después, el plazo de la obra termina en septiembre y los dos tenemos que decidir qué hacemos los dos. Después, después, después.

— ¿Te preocupa?

— Hoy no.

— ¿Y mañana?

— Mañana ya veré.

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— Vamos.

Subimos al hostal. Subimos a la planta de arriba. Iago, hostelero gallego, en lugar de llevarme a mi habitación pequeña, me lleva a la suya. La grande. La que da a la cala.

Y, en la puerta de la habitación grande, antes de entrar, me agarra la barbilla y me dice:

— Despacio.

Y yo, sin dudar, le contesto:

— Despacio.

Y, ahí, en el marco de la puerta, sábado de la primera semana de abril, Caleta del Yegua, Iago Castelo, treinta y ocho años, tres años sin nadie, me besa el cuello despacio, me besa la boca despacio, me empuja despacio dentro de la habitación, cierra despacio la puerta detrás de nosotros.

Y, contra mi mejor juicio, contra todos mis cálculos, contra todo lo que Eva me ha dicho por mensaje, contra el código de conducta que un cliente debería tener con su arquitecta, contra la voz de mi madre que oigo decir "niño, esto es serio", contra todo, yo, hostelero gallego de pocas palabras, le digo, en el cuello, contra la piel calentita:

— Lola.

— ¿Qué?

— Hoy no.

— ¿No?

— Hoy todavía no.

Lola se aparta. Me mira con una cara entre incredulidad y cabreo.

— ¿Cómo que no?

— Hoy todavía no.

— Iago.

— ¿Qué?

— Te juro.

— Lola.

— Iago.

— Hoy todavía no.

— ¿Por qué?

— Porque mañana es domingo. Porque la cuadrilla vuelve el lunes. Porque, esta noche, voy a dormir contigo. Pero, lo otro, lo de verdad-verdad, lo va a tener que decidir un día que no sea hoy.

— ¿Por qué?

— Porque hoy lo decidiría el Albariño.

— Iago, hoy lo decido yo.

— Lo decidimos los dos otro día.

Lola, en la habitación grande, en el centro de la habitación, con la camiseta blanca larga puesta y los pies descalzos, me mira tres segundos. Cinco. Diez. Y, después de los diez segundos, suspira.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres un puto coñazo.

— Lo sé.

— Y un romántico.

— No.

— Sí.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Te quedas?

— A dormir.

— A dormir.

— ¿En tu habitación?

— En mi habitación.

— Vale.

— Vale.

Nos metemos en la cama. La habitación es grande, con una ventana enorme que da a la cala. La cama es ancha. Yo me tumbo en mi lado. Ella en el suyo. Nos quedamos mirándonos uno al otro, con la luz de la luna entrando por la ventana.

— Iago — susurra ella — . Esto es muy chungo.

— ¿Por?

— Porque quiero darte una patada y un abrazo a la vez.

— ¿En ese orden?

— En ese orden.

— Vale.

Y, ahí, debajo del edredón, Lola me da una patada pequeña en la espinilla y, a los dos segundos, se acerca y me da un abrazo grande, una pierna sobre mis caderas, una mano en mi pecho, la cara metida en el hueco de mi cuello.

— Despacio, eh — susurra contra mi piel.

— Despacio — contesto yo.

Y nos quedamos así. Y, dos minutos después, ella se ha dormido.

Y, una hora después, no me he dormido yo, porque, durante una hora, estoy mirando el techo, escuchando su respiración tranquila, sintiendo su pierna sobre mis caderas, oliéndole el pelo a coco, sabiendo que esta noche, técnicamente, no ha pasado nada del todo, pero, técnicamente también, ha pasado todo.

Y, antes de dormirme, me digo, contra mi voluntad:

Mamá, esto es serio.

Y, en el silencio enorme de la cala, mi madre, a mil cuatrocientos kilómetros de distancia, en su pulpería cerrada un sábado a la una de la mañana, parece contestarme:

Niño, ya te lo dije.