La huésped de la cala Capítulo 9
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Capítulo 9

Abril llega al cabo como llegan las cosas inevitables: sin que nadie le abra la puerta.

De pronto, una mañana, te asomas al patio y el almendro que estaba estirando ramas pelonas, ahora tiene un suspiro de hojas verdes.

De pronto, los geranios de la maceta de la entrada, esos que llevan año y medio sin que nadie los riegue, deciden florecer rojo de payaso.

De pronto, Curro entra a las ocho con la camiseta sin mangas y tú piensas, joder, ya estamos en otra estación.

Llevo en Caleta del Yegua exactamente un mes y un día.

Cosas que han pasado en un mes y un día:

Una: he besado a Iago Castelo cuatro veces.

Cuatro besos. Cuatro besos contados, contables, registrables.

Cero más. Los cuatro besos han sido en la cala, dos por la noche, dos al atardecer, después de un día especialmente largo.

Los cuatro besos han durado entre dos y veinte minutos.

Los cuatro besos han terminado con uno de los dos diciendo "para, vamos despacio".

Dos: hemos discutido por la baranda de la escalera, por el color del mortero, por la altura de los enchufes, por la grifería de las habitaciones y, sobre todo, por la dichosa piscina.

La piscina, finalmente, lleva tres semanas decidida: lámina de agua de cinco metros por dos en el patio interior.

Cero del concepto "piscina-piscina". Acuerdo histórico.

Tres: he hablado con Candela cinco veces. Con Mar, dieciocho. Con mi madre, siete. Con mi padre, una (mi padre, los hombres de mi familia, no son de teléfono). Con Sandra, cero.

Cuatro: Iago me ha enseñado a hacer flan. Yo a Iago a hacer rúcula con parmesano. Iago, en la cocina, tiene un nivel de paciencia con la balanza que es, francamente, insoportable. Yo, en la cocina, soy un ciclón con cuchillos.

Cinco: hoy, jueves de la primera semana de abril, Paco anuncia que la cuadrilla se va el fin de semana a Almería capital a una boda y que, durante dos días, en el hostal vamos a estar solos Iago y yo.

— ¿Solos? — pregunto, intentando que la voz no me suene tonta.

— Solos — contesta Paco, sin mirar — . El cobertizo cerrado. La cocina vuestra. Y, niña, si no os habéis matado para el domingo, lo daré por sano.

— Paco.

— Niña.

— ¿Tú sabes algo?

— Niña. — Paco se gira. Le brillan los ojos — . Yo, lo poco que sé, lo aprendí mirando a mis hijos en la cocina con sus novios. Y lo que sé es cuándo no se sabe nada y cuándo no hace falta saber nada. Tú, ahora mismo, no sabes nada. Pero no hace falta. Y, una cosa.

— ¿Sí?

— Por mí, fenomenal.

Y se va.

Iago aparece en el patio cinco minutos después, con una camiseta blanca, las manos llenas de polvo y la sonrisa pequeña que se le ha hecho, en este mes, costumbre.

— ¿Has visto a Paco?

— Sí.

— ¿Te ha dicho que se van?

— Me ha dicho que se van.

— Y que estamos solos.

— Que estamos solos.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Quieres salir a cenar mañana?

— ¿A Las Negras?

— A otro sitio.

— ¿A dónde?

— Tengo una idea.

— ¿Cuál?

— Sorpresa.

Yo, una mujer que normalmente odia las sorpresas, sonrío.

— Vale.

— A las ocho.

— A las ocho.

— Lola.

— ¿Qué?

— Ponte cómoda. No es un sitio de vestido.

— Vale.

— Y trae una sudadera.

— Vale.

— Y zapatillas, no sandalias.

— ¿Esto es una cita?

— Es una cita.

— ¿La primera oficial?

— Lola. — Iago se cruza de brazos. La camiseta blanca, manga corta, lo siento, manga corta, me obliga a apartar la vista — . Las dos cenas en La Mariña no contaron como citas oficiales.

— ¿No?

— No.

— ¿Por?

— Por la primera, perdí una apuesta. Por la segunda, estaban los chicos.

— Vale.

— Y los besos en la cala han sido contrabando.

— Iago, los besos en la cala han sido lo mejor de mi vida.

Iago se queda quieto. Me mira. Y luego, en voz baja, me dice:

— También de la mía, Lola.

Y se va.

El viernes a las ocho menos cuarto bajo al patio. Iago está al lado del todoterreno con una bolsa enorme. Cesta. Mantel. Manta. Hielera.

— ¿En serio? — digo.

— En serio.

— ¿Pícnic?

— Pícnic.

— ¿Dónde?

— En La Isleta.

— ¿La Isleta?

— La Isleta del Moro. Quince minutos. Hay un sitio en lo alto desde el que se ve la costa entera.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres un romántico.

— No soy un romántico.

— Eres un romántico.

— Lola, te estoy llevando a un sitio bonito, no soy un romántico.

— Iago, llevas tres horas preparando una cesta, lo sé porque Curro me ha mandado un audio antes de irse a la boda. Eres un romántico.

— Cabrón el Curro.

— Sí.

— Sube.

Subo. Iago conduce. La carretera del cabo, al atardecer, es naranja-naranja. Iago pone música. La música de hoy no es Aitana. Es Christina Rosenvinge.

— Christina.

— Sí.

— ¿Te gusta?

— Desde el dos mil. Cuando salió "Continental 62", la escuché en una furgoneta de tres compañeros del MBA que iban camino de un congreso. Me enganché. Tengo todos los discos.

— No me lo creo.

— ¿Qué?

— Tú con Christina.

— ¿Por?

— Porque pareces más de Heredeiros da Crus.

— Bandas de gallegos las escucho cuando vuelvo a casa. Pero Christina es de viaje.

— ¿Y yo?

— ¿Tú?

— ¿Yo soy de qué?

Iago me mira de reojo. Sonríe.

— Tú eres de Rosalía. Pero la Rosalía no de fiesta, la Rosalía agria. "Despechá", "Maldigo".

— "Maldigo" es de Christina.

— ¿"Maldigo" es de Christina?

— Iago, "Maldigo" la canta Christina Rosenvinge. Año dos mil dos. "Maldigo a quien me hizo así, maldigo, maldigo".

— Coño.

— Cabrón.

— No la conocía.

— Pues la conoces ahora.

La Isleta del Moro es una aldea blanca y minúscula con tres bares y dos barcas.

Iago aparca arriba, sale, coge la cesta.

Yo cojo la manta. Subimos por un sendero de tierra durante diez minutos.

Iago, dos pasos por delante, me ofrece la mano en cada repecho.

Yo, dos pasos por detrás, se la cojo sin protestar.

Llegamos a una explanada pequeña encima de la aldea.

Desde allí se ve toda la costa: La Isleta abajo, Los Escullos al fondo, San José más lejos, y, al sureste, en una esquina contra el horizonte, la línea de la playa de Mónsul.

La luz es naranja viva. Hay un olivo viejo en el centro de la explanada.

— Iago.

— ¿Qué?

— Esto es...

— ¿Te gusta?

— Es ilegal.

— ¿Por?

— Porque esto no se enseña en primera cita.

— ¿Por?

— Porque marca demasiado alto.

— Lola.

— ¿Qué?

— Tú y yo no estamos en primera cita.

— ¿No?

— No. Llevamos un mes en una primera cita continuada de cinco semanas que ha tenido azulejos, muros maestros, almejas y un perro que se llamaba Negro. Esta es la cita dieciséis. Y voy a cumplir.

Yo me río. Iago me ríe. Tiende la manta debajo del olivo. Saca la cesta. Mantel. Vajilla pequeña. Dos copas. Una botella de Albariño. Una tabla con jamón, queso, almendras. Un tupper con tortilla. Otro con anchoas. Una caja pequeña con fresas.

Y, en el centro de la mantela, una vela.

— Iago.

— ¿Qué?

— Una vela.

— Para ver lo que estamos comiendo cuando se ponga el sol.

— Iago, eres un romántico.

— Cállate y come.

— Iago.

— ¿Qué?

— Te quiero.

Sale antes que cualquier cosa. Sale sin pensar. Sale como me sale cuando me río con Candela y le digo "te quiero" al final de una frase tonta. Sale así. Sale, sí.

Iago, sentándose en la manta, se queda quieto. Me mira. Y luego, en voz muy baja, me contesta:

— Yo a ti, Lola.

Y, ahí, sentados en una manta, debajo de un olivo, con la primera vela de la cita y dos copas de Albariño y una tabla con jamón, Iago Castelo y yo nos decimos "te quiero" por primera vez.

Sin trompetas. Sin preámbulos. Sin que ninguno de los dos hubiera planeado decirlo hoy.

Sale, así, suelto, como sale lo verdadero.

Comemos en silencio durante diez minutos. El sol se pone. El cielo se vuelve rosa.

— Iago.

— ¿Qué?

— Esto es serio.

— Lo sé.

— ¿Y?

— Y yo te lo dije.

— ¿Cuándo?

— En la cala, hace un mes. Después del beso del jueves. "Esto es serio."

— ¿Y desde entonces?

— Desde entonces, todos los días, lo es un poco más.

Apoyo la cabeza en su hombro. Él me pasa el brazo por la espalda.

— ¿Tú? — pregunto.

— ¿Yo?

— ¿Sabes lo que estás haciendo?

— No.

— Vale.

— ¿Tú?

— No.

— Vale.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Y entonces?

— Entonces seguimos.

— ¿Hasta dónde?

— Hasta donde nos lleve.

— ¿Eso no es típica frase de quien no quiere comprometerse?

— Lola. — Iago me coge la barbilla. Me gira la cara hacia él — . Yo no me he comprometido a una cosa así con nadie en tres años. Y, si me lo pides, me comprometo hoy.

— Iago.

— ¿Qué?

— No estoy pidiendo nada.

— Vale.

— Te estoy diciendo que esto no se sabe.

— Vale.

— Y que vamos a esperar a ver qué se sabe.

— Vale.

— Pero, una cosa.

— ¿Qué?

— Yo quiero meterme contigo en serio, Iago Castelo Trasmonte. Quiero meterme en serio contigo y con la cala y con tu hostal y con tu hija y con tu cuadrilla. Quiero quedarme. Quiero todo el paquete.

Iago, sin sonreír, me mira fijo. Y, después de tres segundos, me besa. No es un beso de cala. Es un beso pequeño, lento, completo, sin urgencia. Un beso que dice "vale, Lola. Vale".

Cenamos. El cielo se pone azul oscuro. La vela, que es una vela pequeña con olor a higo, se enciende. Las estrellas, las del cabo, se asoman como diez gallinas curiosas.

— Cuéntame algo nuevo — digo, masticando una fresa.

— ¿De qué?

— De ti.

Tarda. Bebe.

— Cuando tenía diez años, mi padre nos llevaba a Eva y a mí en su barco pesquero los sábados por la mañana. Salíamos a las cinco. Volvíamos a las once. Pescábamos sardinas con caña.

— ¿En la ría?

— En la ría.

— ¿Comías el pescado?

— Comíamos las sardinas a la brasa el sábado a las dos. Mi madre las hacía.

— Estoy llorando, Iago.

— ¿En serio?

— Por dentro. Cuéntame más.

— Mi padre, una vez, en pleno mar, paró el motor.

Cogió las cañas. Las puso encima de la cubierta.

Y nos dijo, a Eva y a mí: "este es el último sábado que vamos a salir los tres".

Eva tenía siete años. Yo, diez. Pensábamos que estaba enfermo.

No. Lo que pasaba es que nos había sacado tantos sábados que nos quería decir, ese día, que cuando se hicieran los doce años para Eva, ya no podríamos salir los tres porque estaríamos haciendo nuestras cosas. Y que se acordaba mucho de los sábados.

— Joder.

— Sí.

— ¿Y luego?

— Luego puso el motor, volvimos a casa y mi madre nos esperaba con sardinas, como siempre.

— Pero ya no fuisteis los tres.

— A los doce de Eva, ya no fuimos los tres. Pero yo, durante seis años más, hasta los dieciocho, salía solo con mi padre los sábados.

— ¿Te enseñó algo importante en esos seis años?

— A esperar.

— ¿A esperar?

— A esperar a que la sardina muerda. A esperar a que el mar se ponga liso. A esperar a que el viento cambie. A esperar a que el silencio le dé permiso al otro para hablar.

Yo, sin querer, sin avisar, lloro un poco.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres un puto poeta gallego.

— No soy poeta.

— Sí lo eres.

— No.

— Iago Castelo Trasmonte, eres un poeta gallego camuflado de hostelero serio.

— Cállate, Carrasco.

— Cuéntame más.

Cuenta más. Cuenta su madre, la otra Lola, que aprendió a llamar a los pulpos por su nombre.

Cuenta a Eva en la facultad de medicina.

Cuenta el día que firmó el primer hostal y se puso a llorar dentro del coche.

Cuenta el día que Noa nació, en el Hospital Povisa de Vigo, a las cuatro y media de la mañana, y él, en el pasillo, sintió por primera vez la sensación de que el mundo no era un sitio que él controlara.

— ¿Quieres a tu hija más que a nada en el mundo? — pregunto.

— Sí.

— ¿Y tú a quién querías más antes de Noa?

— A mi padre.

— ¿Y eso cambió cuando nació Noa?

— Cambió.

— ¿Cómo?

— Antes, mi padre era la persona a la que yo no quería decepcionar. Después, Noa pasó a ser la persona a la que yo no quería decepcionar.

— ¿Y tu padre?

— Mi padre se quedó siendo el ejemplo de cómo no decepcionar.

— ¿Y Ainhoa?

— Ainhoa nunca fue alguien a quien yo le tuviera miedo de decepcionar.

— ¿No?

— No.

— Es muy honesto eso, Iago.

— Es triste, pero es honesto.

A las once empieza a hacer frío. Nos ponemos las sudaderas. La vela, que sigue encendida, hace lo que tiene que hacer. Iago, debajo del olivo, con la manta enrollada sobre las piernas, me coge la mano.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Volvemos?

— ¿Te has cansado?

— Tengo frío.

— Vamos.

Recogemos. Bajamos por el sendero. Iago, dos pasos por delante. Yo, dos pasos por detrás. Subimos al todoterreno. En el camino de vuelta, Christina Rosenvinge canta "Maldigo". Iago, conduciendo, canta el estribillo entre dientes. Yo, en el asiento del copiloto, lo miro. Y, sin pensar, suelto:

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Mañana?

— ¿Qué pasa mañana?

— Estamos solos.

Pausa.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Me estás invitando a algo?

— Te estoy preguntando si mañana quieres desayunar conmigo en el patio.

— ¿Solo desayunar?

— De momento, solo desayunar.

— Vale.

— ¿A las ocho?

— A las nueve, que es sábado.

— A las nueve.

— A las nueve.

Y, cuando llegamos a Caleta del Yegua a las once y media, Iago aparca, bajamos, cerramos.

En el patio, antes de separarnos en la escalera, Iago me coge la mano y, durante medio segundo, parece que va a tirar de mí hacia su habitación.

Pero no lo hace. Me lleva la mano a la boca. Me besa los nudillos. Y susurra:

— Despacio.

— Despacio.

Y subimos cada uno a la suya.

Esta noche, antes de dormir, descubro algo.

Descubro que "despacio", en boca de Iago Castelo, ha pasado de ser una palabra de control a ser una palabra de delicadeza.

Y, en mi cabeza, "despacio" empieza a sonar exactamente como un futuro: como el ritmo de los próximos años, no como la frenada del próximo encuentro.

Joder.

Joder, joder, joder, Lola Carrasco.

Esto, ya, es serio.