Capítulo 8
A la mañana siguiente, jueves de la cuarta semana, vamos a por el todoterreno a Las Negras.
La carretera, con el sol de las nueve y media de la mañana, es una cinta blanca.
Iago conduce sin decir nada. Yo, en el asiento del copiloto, llevo el móvil en la mano porque tengo cobertura intermitente y porque, en esa cobertura intermitente, llevo media hora intentando que me cargue una respuesta de mi madre que tiene exactamente este aspecto: "hija, el domingo a las once vamos a la boda de la Antonia, te llamo a las ocho".
Iago me mira de reojo.
— ¿Tu madre?
— ¿Cómo lo sabes?
— Porque cada vez que miras el móvil con esa cara, dices al final "joder, mamá" en voz alta.
— Cabrón.
— Es un dato.
— Es un dato.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Hoy hablamos de la fachada?
— Hoy hablamos de la fachada.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Hablamos de la fachada por la mañana, en serio, y después no nos pasamos toda la tarde hablando de las cosas de las que tenemos que hablar tú y yo?
Lo miro. Iago, conduciendo, tiene los nudillos un poco pálidos.
— ¿Hoy?
— Hoy.
— Vale.
— Vale.
— Lola.
— ¿Qué?
— Hoy ha venido el albañil con la cuadrilla a las ocho.
— Lo sé.
— Pero después de cenar, sí.
— Sí, qué.
— Después de cenar, los dos, tú y yo.
— ¿Dónde?
— En la cala.
— ¿Otra vez la cala?
— En la cala, sin perro.
Y los dos nos reímos. La risa de Iago, esta mañana, es nueva: es una risa pequeña, lateral, casi del adolescente, casi del que sabe que ya ha decidido algo y no lo va a deshacer.
La reunión en la oficina técnica de Níjar es rápida.
El técnico, que se llama Mariano y que tiene cara de "yo a este hostal le tengo cariño porque viene viéndolo desde hace cuarenta años", nos firma sin problema las dos modificaciones puntuales.
Mariano me pregunta de dónde soy, le digo Madrid, me pregunta si pienso quedarme y se ríe sin contestar él mismo.
Mariano es uno de esos hombres que llevan razón sin necesidad de hablar.
A las dos y media estamos comiendo en el bar de San José que hay enfrente del Ayuntamiento.
Iago, sin pedirme, le ha dicho al camarero "tortilla de patata y un mixto y dos cañas".
Yo no protesto. Yo, en el fondo, llevo veinte días aprendiendo a no protestar cuando Iago Castelo decide algo razonable que yo no había pensado.
A las cuatro estamos de vuelta en el hostal. A las cinco yo estoy en el despacho con los planos. A las cinco y media Paco entra y me dice que han llegado los tres palets de azulejos de terracota.
— ¿Los tres?
— Los tres.
— Vale.
— Niña.
— Dime.
— Vamos a empezar a alicatar la semana que viene.
— ¿Cuándo el lunes?
— Cuándo el lunes.
— Vale.
A las nueve cenamos arroz con huevos rotos que ha hecho Curro. A las diez, los albañiles se van al cobertizo. A las diez y media, Iago se levanta. Me mira.
— ¿Vamos?
— Vamos.
Salimos al patio. La luna es la misma de anoche, un día más gorda. La cala, abajo, brilla como una hoja de metal. Iago baja delante. Yo bajo detrás. Bajamos hasta la arena.
— Aquí no — dice él.
— ¿No?
— Vamos hasta las rocas.
Cruzamos la cala hasta las rocas grandes del lado oeste, las que hacen una sombra que cubre un trozo de arena del tamaño de una habitación. Iago se sienta con la espalda contra una piedra. Yo me siento al lado. A diez centímetros. Esta vez no son treinta.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Vas a besarme esta vez?
Iago se ríe. Una risa con dientes. Una risa que es nueva, sin pudor, sin freno.
— Sí.
— ¿Cuándo?
— Ahora.
Y, sin decir más, se gira. Pone la mano derecha en mi nuca, la mano izquierda en mi cintura. Me acerca. Me mira un segundo. Y, despacio, me besa.
Es un beso suave. Suave-suave. La boca de Iago Castelo es cálida, ligeramente abierta, sin prisa. Sabe a la copa de vino que ha tenido en la cena. Huele a sal. Me besa cuatro segundos. Se aparta. Me mira.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Bien?
— Bien.
— ¿Otra vez?
— Otra vez.
Y entonces ya no es suave-suave. Entonces Iago Castelo, después de tres años sin besar a nadie, después de tres semanas sosteniéndome la mirada por encima de planos, mortero y tazas de café, me besa como besa la gente cuando lleva tiempo sin besar y por fin se decide.
Me besa con la mano de la nuca apretándome un poco.
Me besa abriendo la boca, mordiendo el labio inferior, lamiendo y soltando, volviendo.
Me besa con la otra mano apretándome la cintura, las dos manos diciéndome "Lola, te he tenido muchas ganas, mucho rato".
Yo, con las manos enredadas en su pelo, lo dejo.
Me dejo. Me devuelvo. Le agarro la camisa por el cuello.
Y, en algún momento, sin que yo sepa cómo, estoy medio sobre su regazo, con una rodilla a cada lado de las suyas, y él me sostiene desde abajo.
Madre mía.
Madre mía, madre mía, madre mía.
— Lola.
— ¿Qué?
— Para.
— ¿Para?
— Para un momento.
Me echo hacia atrás. Le miro. Está despeinado. Tiene los labios rojos. Tiene los ojos abiertos, brillantes, dilatados.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Por qué paramos?
— Porque, si seguimos un minuto más así, ya no paramos, y yo te dije que despacio.
— ¿Esto es despacio?
Iago se ríe. Yo me río con él. Me bajo de su regazo. Me siento a su lado, apoyada en la roca. Él me pasa el brazo por el hombro y me apoya contra el suyo.
Y nos quedamos así. Sin decirnos nada. Diez minutos. Quince. Un cuarto de hora de silencio sentados en una cala del Cabo de Gata, con la luna creciente arriba y el mar abajo, con la boca todavía caliente y los dedos enredados, con los corazones latiéndose el uno al otro a través de la camiseta.
— Lola.
— ¿Qué?
— Te voy a contar dos cosas.
— Cuenta.
— Uno. No me había besado con nadie en tres años.
— Lo sabía.
— Dos. No me había sentido así con nadie en, probablemente, nunca.
Yo, contra mi propio pecho, le digo:
— Yo tampoco.
— ¿Nunca?
— Nunca con esta cara.
— ¿Qué cara?
— La cara que tengo ahora mismo.
— No te veo la cara.
— Mejor.
— Lola.
— ¿Qué?
— Esto es serio.
Y yo, contra los protocolos de Candela, contra los avisos de Mar, contra los catorce meses de Sandra, contra toda mi prudencia profesional, le contesto:
— Lo sé.
Y, ahí, en mitad de la cala, ese jueves de marzo, terminé de saber que la frase con la que iba a cerrar este libro, si esto fuera un libro, no la iba a poder evitar.
La frase con la que iba a cerrar este libro iba a tener que mencionar, sí o sí, a un cliente, a una niña de seis años, a unos azulejos partidos por mi voluntad y a una cala sin cobertura.
Pero, en este momento, esto no es un libro. Es jueves. Es marzo. Es una boca en mi pelo. Es una mano en mi muslo. Y es, sobre todo, un "vamos despacio" pronunciado por uno de los dos antes de que vuelva el otro a la habitación de arriba.
A la una y media subimos. En el patio, antes de separarnos en la escalera, Iago me besa otra vez. Un beso corto. Un beso de "buenas noches, mañana seguimos". Yo le sonrío. Él me sonríe. Y luego, despacio, él sube a su habitación y yo a la mía.
En mi habitación, antes de meterme en la cama, abro Las Inestables. Tengo cobertura.
Lola 1:48: ¿Estáis despiertas?
Candela 1:48: Sí.
Mar 1:48: Estoy con un capricho de papas en la cocina, dime.
Lola 1:49: Beso.
Candela 1:49: ¿Beso?
Mar 1:49: ¡BESO!
Lola 1:49: Beso.
Mar 1:50: ¿BIEN?
Lola 1:50: BIEN.
Mar 1:50: HASTA EL FONDO.
Lola 1:51: NO HASTA EL FONDO. PERO BESO.
Candela 1:51: Lola, una pregunta.
Lola 1:52: Dime.
Candela 1:52: ¿Sabes lo que estás haciendo?
Pausa. Largo. Miro el techo. Miro el móvil. Pienso. Le contesto:
Lola 1:53: Lo justo, Cande.
Lola 1:53: Lo justo.
Mar 1:54: Y eso es exactamente lo que se necesita para hacerlo bien.
Candela 1:54: Lola.
Lola 1:54: ¿Qué?
Candela 1:55: Te quiero.
Lola 1:55: Yo a ti.
Mar 1:55: A las dos.
Lola 1:55: A las dos.
Apago la luz. Cierro los ojos. Y, sin querer, sin pedírselo a nadie, mi cabeza me regala antes de dormirme la imagen muy nítida de un compás. El compás del tatuaje. El compás de los planos. Y, sobre todo, una mano grande, con una pequeña cicatriz en el pulgar derecho, sosteniéndomelo.
Esto, técnicamente, es marzo.
Y, técnicamente, todavía me quedan ocho meses por delante.
Pero, técnicamente, también, ya he perdido.
Y eso, esta noche, no me importa nada.