Capítulo 7
El domingo por la mañana me despierto a las nueve y media, lo cual, en mi calendario reciente, es prácticamente un escándalo. Bajo a la cocina en pijama, con el pelo hecho un horror y los ojos hinchados. Curro está en la pila fregando platos.
— ¡La madrileña! — grita.
— Curro, por favor, no grites.
— Que es domingo.
— Por eso, no grites.
— ¿Resaca?
— No es resaca. Es dignidad lesionada.
Curro suelta una carcajada. Me sirve un café. Le doy un beso en la mejilla. Curro huele a Eau de toilette mala y a jabón, una combinación que solo huelen así los hombres que se afeitan en el cuarto de baño compartido del hostal y se ponen lo primero que pillan.
— Niña.
— ¿Sí?
— Iago.
— ¿Qué?
— Iago lleva desde las cinco y veinte en el despacho.
— ¿En el despacho?
— En el despacho.
— ¿Por qué?
— ¿Tú me lo preguntas a mí?
— ¿A quién voy a preguntárselo?
— A él.
— ¿Y eso es buena idea?
— Niña. — Curro deja el estropajo. Se gira.
Apoya las manos en la encimera — . Yo no quiero meterme.
Pero, escucha. Iago, cuando piensa que ha hecho algo mal, se mete en el despacho a las cinco y media de la mañana de un domingo.
Iago piensa que ha hecho algo mal. Iago no ha hecho nada mal.
Tú vas, le sirves un café del termo, y le dices que no ha hecho nada mal.
— ¿Yo voy?
— Tú vas.
— ¿En pijama?
— Tú decides.
Subo. Me cambio. Me lavo la cara. Bajo otra vez. Curro me prepara dos tazas. Yo cojo las dos tazas, voy al despacho, llamo con el pie a la puerta porque tengo las manos ocupadas.
— Adelante.
Entro. Iago está sentado a la mesa con tres planos abiertos. Tiene una pinta exacta de hombre que no ha dormido. Tiene la barba un día más larga. Tiene el pelo despeinado de quien se ha pasado las manos doscientas veces por él. Tiene los ojos cansados.
— Café.
— Gracias.
Le pongo la taza delante. Me siento enfrente. Pongo la mía en mi lado.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Por qué llevas desde las cinco y veinte aquí?
— Trabajando.
— ¿En domingo?
— En domingo.
— ¿En qué?
— En la fachada.
— ¿Vamos a hablar de la fachada?
— Hablamos el martes.
— Pero llevas cuatro horas trabajando en ella.
— Sí.
— Iago.
— ¿Qué?
— Levanta los ojos.
Levanta los ojos. Me mira.
— Lola.
— ¿Qué?
— Lo siento.
— ¿El qué?
— Lo de anoche.
— ¿Qué pasó anoche?
— Te cogí la mano.
— En el taxi.
— En el taxi.
— ¿Y por eso lo sientes?
— No debí.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Estás de coña?
Me mira. Coge la taza. Bebe. Deja la taza.
— No estoy de coña.
— Iago, te cogí yo la mano.
— ¿Tú?
— Tú pusiste la palma en el asiento. Yo puse la mano encima.
— Yo puse la palma en el asiento sin saber por qué.
— Y yo puse la mano encima sin saber por qué. Esto es un par de dos. ¿Por qué lo sientes tú solo?
Tarda.
— Porque yo soy el cliente.
— Iago.
— ¿Qué?
— Eso es una excusa.
— No es una excusa.
— Es una excusa que te has buscado a las cinco y media para no estar disfrutando de lo que pasó anoche.
Se queda quieto.
— Lola.
— ¿Qué?
— Yo no he disfrutado, no he disfrutado de algo, en tres años.
— ¿De algo?
— De algo como lo de anoche.
— ¿Y por eso te castigas a las cinco y media de un domingo trabajando en una fachada?
— Sí.
Me echo hacia atrás en la silla. Cojo aire. Lo suelto.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Tú sabes lo que es el síndrome del impostor en relaciones afectivas?
— ¿Qué?
— El síndrome del impostor en relaciones afectivas. Llevo trabajándomelo en terapia catorce meses. Es la creencia profunda de que tú no mereces lo bueno que te está pasando y, por tanto, lo saboteas activamente para confirmar que no lo merecías. Tú, ahora mismo, estás haciendo exactamente eso.
Iago, sin moverse, me mira.
— ¿Vas a terapia?
— Voy a terapia.
— ¿En serio?
— En serio. Por videollamada. Una vez cada quince días. Por la mañana, los jueves. Cuando hay cobertura.
— ¿Y desde cuándo?
— Desde que Sandra se fue a Berlín.
— Vale.
— Vale.
— ¿Y eso me lo aplico yo, también?
— Sí. Pero solo si quieres. La terapia no se la receta nadie.
— Lola.
— ¿Qué?
— Yo no necesito ir a terapia.
— Vale.
— Solo necesito tener claras dos cosas.
— ¿Cuáles?
— Una: tú eres mi arquitecta y mi cliente. Dos: yo soy padre de una niña de seis años a la que voy a poner en una habitación al lado de la tuya en julio.
Las dos cosas. Las dos cosas, dichas así, una detrás de otra, con la luz fría de las once de la mañana de un domingo entrando por la ventana, son razones serias. Las dos cosas, dichas así, me obligan a mí, también, a sentarme bien y respirar.
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
— ¿Y eso significa?
— Eso significa que esperemos a saber.
— ¿A saber qué?
— Lo que tú me dijiste anoche en la cala.
Iago asiente. Sí. Vale.
— Bien.
— Bien.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Tú vas a poder?
— ¿Poder qué?
— Esperar.
Sonrío. Una sonrisa que es entre triste y honesta.
— No tengo ni puta idea, Iago.
— Vale.
— Voy a intentarlo.
— Vale.
— Pero, una cosa.
— ¿Qué?
— Si me pides que espere y luego, dentro de tres semanas, vas tú y haces algo que no se puede esperar, te juro por mi madre que te corto los huevos.
Se ríe. Una risa cortita, contenida, pero risa.
— Vale.
— Vale.
— ¿Café?
— Café.
A las once y media bajamos a tomar el café juntos. Curro, en la cocina, finge que está concentradísimo en pelar patatas. Toñi, que ha venido a buscar la furgoneta porque tiene que llevar a su madre al médico, finge que no está mirando. Paco no está. Paco, los domingos, hace lo que le da la gana.
Los siguientes dos días, lunes y martes, son raros.
Son raros porque, entre nosotros, hay una corriente eléctrica que no estaba ahí antes y que, ahora, está.
Es una corriente que se nota cuando le paso una libreta y nuestros dedos se rozan.
Es una corriente que se nota cuando él se pone detrás de mí para mirar un plano por encima del hombro y yo siento su respiración a tres centímetros de mi nuca.
Es una corriente que se nota cuando, a media mañana, le digo una broma y él, en lugar de reírse, me sostiene la mirada dos segundos más de lo que la sostenía la semana anterior.
Pero no hacemos nada. Ninguno de los dos hace nada. Trabajamos. Discutimos. Comemos. Reímos.
El miércoles por la tarde, a las seis, Paco anuncia el final del muro maestro.
El muro maestro, que es el muro que separa la cocina del comedor, llevaba doce días siendo el infierno de Caleta del Yegua.
Aislamiento por dentro, lana de roca, tabique nuevo, alicatado del que va, bicapa de yeso. Todo bien hecho. Todo en plazo.
Iago, al saberlo, hace una cosa que no le había visto hacer en veinte días.
Sonríe abiertamente.
— Curro, José Mari, Toñi, Paco — dice, en el patio.
— ¿Iago?
— Esta noche, cerveza.
— ¿Cerveza?
— Cerveza, cena, y os pago el taxi a Las Negras y vuelta.
— ¡Iago! — grita Curro.
— A las nueve, La Mariña.
— ¡La Mariña!
— Lola, tú también.
— Yo también.
— ¿Vamos?
— Vamos.
Y, a las nueve, los seis estamos otra vez en La Mariña, en la mesa grande del centro, riéndonos como si esto fuera un equipo de fútbol que ha ganado.
Carmen, encantada, nos pone una bandeja de mejillones, dos fuentes de chocos fritos, una ensalada de pulpo y dos botellas de verdejo.
Curro cuenta historias de obras anteriores en Galicia.
Paco se desternilla. José Mari imita a su exjefe.
Toñi flirtea, con torpeza, con la sobrina de Carmen que sirve mesas. Iago, sentado a mi izquierda, ríe.
Yo, sentada a su lado, durante toda la cena, soy hiperconsciente de su rodilla a tres centímetros de la mía debajo de la mesa. Tres centímetros. Tres putos centímetros. Esto, te lo juro, es lo más cerca que he tenido la rodilla de un hombre en catorce meses.
A las once y media nos subimos a un taxi enorme que Iago ha pedido para los seis. El taxi nos lleva por la pista hasta el hostal. Cinco albañiles cantando "Las cuatro luces" de Manolo García y un hostelero gallego mirando por la ventana, ya no me hagan preguntas, esto es lo que vi.
Llegamos. Curro, José Mari, Toñi y Paco se van a las habitaciones que tienen detrás del cobertizo (el cobertizo es la "ampliación" donde se quedan los albañiles cuando viven aquí entre semana). Iago y yo nos quedamos en el patio.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Coche?
— ¿Qué coche?
— El todoterreno. Lo dejé en La Mariña. Mañana lo recojo. ¿Quieres venir?
— Mañana.
— Mañana por la mañana.
— ¿A qué hora?
— A las nueve.
— Vamos.
— Vamos.
Y los dos, a la vez, sin haberlo planeado, miramos hacia la cala.
— ¿Vas a bajar? — pregunta él.
— ¿Tú?
— Yo me voy a la cama.
— Yo bajo un rato.
— Vale.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Y mañana?
— Mañana, después del coche, recogemos los planos de la fachada. Tenemos la reunión con la oficina técnica de Níjar a las once. Tenemos que llevar memoria definitiva del cerramiento exterior.
— Joder.
— Sí.
— Vale.
— Vale.
— Buenas noches.
— Buenas noches.
Y se va. Y yo me quedo cinco minutos sola en el patio, mirando el cielo, contando las estrellas que aquí, a estas horas, son tantas como en el techo del Hayden Planetarium, y luego bajo a la cala.
La cala, de noche, es como estar dentro de un cuadro.
La luna creciente se ha hecho un poco más gorda.
El mar está en calma. Hay una corriente pequeña al fondo que se nota porque el agua, contra las rocas, hace un sonido fino de "shh shh shh".
Me siento en la arena. Sí, en el vestido. Sí, me da igual.
Me quedo así diez minutos. Quince. Quizás veinte.
Y entonces oigo pasos en la pista.
Me giro. Iago baja por el sendero de piedra, descalzo, con una sudadera negra encima del polo y los vaqueros remangados.
— ¿No te ibas a la cama?
— Me iba.
— ¿Y?
— No me he dormido.
Se sienta a mi lado. A treinta centímetros. Las treinta vergonzosas que nadie de los dos sabe cómo cerrar.
— Lola.
— ¿Qué?
— Una semana.
— ¿Una semana qué?
— Te he pedido una semana.
— Me pediste dos días.
— Te he pedido una semana implícitamente.
— Iago.
— ¿Qué?
— Estás dándole vueltas a algo.
— Sí.
— ¿A qué?
— A si he hecho bien.
— ¿En pedirme una semana?
— Sí.
Lo miro. Lo miro porque, ya, este señor está cabreándome de la mejor manera posible.
— Iago.
— ¿Qué?
— Llevas tres días pidiéndome una semana de espera y luego, todas las noches, me pides una excusa para sentarte a mi lado en algún sitio sin testigos. Eso, técnicamente, es una semana de espera mal aprovechada.
— Lola.
— ¿Qué?
— No quiero meterme contigo si luego me arrepiento.
— ¿Y por qué te ibas a arrepentir?
— Por mi hija.
— Iago, tu hija tiene seis años y no llega hasta julio. Es marzo. Tenemos cuatro meses.
— Cuatro meses es mucho.
— O poco.
— Cuatro meses puede dar para hacerlo bien.
— O para hacerlo mal.
— Por eso te pedí la semana.
— Y por eso, Iago Castelo, yo te he dicho que lo intentaba. Y lo estoy intentando.
— Lo sé.
— Pero baja a la cala otra vez después de medianoche y no respondo de mí.
Iago se ríe. Una risa con dientes. Se me gira la cabeza al oírla.
— Vale.
— Vale.
Silencio. Los dos miramos el mar. Yo intento controlar mi respiración.
Iago, con la mano izquierda, está jugando con la arena.
Coge un puñado. La deja caer entre los dedos.
Coge otro. La deja caer. Yo, mirándolo de reojo, descubro que tiene las manos preciosas.
Manos de hombre que las usa. Dedos largos.
Nudillos un poco grandes. Una cicatriz pequeña en el pulgar derecho.
Joder, Iago, ¿es necesario tener esas manos?
— Lola.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Yo, si quisiera... — Pausa. Coge aire — . Yo, si quisiera, en algún momento, decirte algo en concreto. Sin pasarme.
— ¿Sí?
— ¿Cómo te lo dirías?
Lo miro. Tres segundos. Cuatro. Diez. Y le contesto, en voz baja:
— Me lo dirías despacio.
Iago, sentado a mi lado, asiente. Pone la mano izquierda, con la palma hacia arriba, sobre la arena entre nosotros. Yo, sin pensar, pongo la mía encima. Él me cierra los dedos.
Y, ahí, sin que nada cambie, sin que ninguno de los dos haga nada más, los dos nos quedamos diez minutos así, sentados, con las manos cruzadas, mirando un mar oscuro y una luna creciente, escuchando "shh shh shh" en el fondo.
A los diez minutos, Iago se gira hacia mí. Yo me giro hacia él.
Estamos a quince centímetros. Sus ojos, en la luz de la luna, son grises plata. Su barba, a esta distancia, huele a sal y a algo que es probablemente el champú con el que se ha duchado por la mañana. Su boca está entreabierta a la mitad. La mía también.
Y, en el medio milímetro que falta para que pase lo que está a punto de pasar, en el milímetro exacto en el que Iago Castelo está a punto de besarme y yo estoy a punto de dejarme besar, ladra un perro.
Un perro. Lejos. Detrás del olivo.
Iago se queda quieto. Yo me quedo quieta.
El perro vuelve a ladrar. Más cerca.
— ¡Negro! — grita una voz de hombre desde la pista — . ¡Negro, ven aquí!
Iago se aparta. Suelta mi mano. Yo, suspirando hondo, suelto un "joder" que sale tan natural que ni me doy cuenta.
— ¿Negro? — pregunto.
— El perro del alguacil de San José — contesta Iago, mirando hacia arriba — . Pasa por aquí los fines de semana. Caza ratones.
— Iago.
— ¿Qué?
— Mátame.
— Te juro que no entiendo este puto perro.
— Yo tampoco entiendo a este puto perro.
Y los dos, mirando el cielo, soltamos una carcajada larga, sucia, de personas a las que el universo les ha gastado una broma terrible y perfecta a la vez.
Subimos en silencio. En la puerta del hostal, antes de separarnos, Iago, con la mano todavía caliente, me coge un mechón de pelo. Me lo coloca detrás de la oreja. Su mano se queda dos segundos extra en mi mejilla.
Y luego, despacio, casi de bromas, susurra:
— Despacio.
Y entra.
Yo me quedo en la puerta, dos minutos, mirando la oscuridad de la pista, oyendo al puto Negro ladrar a lo lejos, riéndome sola.
Y, antes de subir a mi habitación, saco el móvil. Hay un trozo de cobertura.
Lola 0:42: Tías.
Lola 0:42: Casi me besa.
Mar 0:43: NO
Mar 0:43: NO NO NO
Mar 0:43: ¿CÓMO QUE CASI?
Lola 0:44: Un perro.
Candela 0:44: Lola.
Lola 0:45: ¿Qué?
Candela 0:45: ¿Un perro?
Lola 0:46: Un perro.
Candela 0:46: Lola Carrasco Estepa, te juro que voy a Almería este fin de semana solo para echar al puto perro.
Mar 0:46: Te acompaño.
Lola 0:47: Os quiero.
Lola 0:47: Buenas noches.
Lola 0:47: Esto, mañana, lo seguimos.
Y me voy a dormir con los dedos calientes y el cuerpo, por primera vez en catorce meses, completamente despierto.