Capítulo 6
Carmen nos trae las almejas en una cazuela de barro.
Las almejas, abiertas, brillando con un caldo de vino blanco, ajo y perejil, son una de esas cosas que hacen que tú entiendas, en un segundo, por qué la gente se quedó a vivir en la costa.
Iago me mira coger la primera. Me mira chupar la concha, recoger el caldo con el pan, llevarme el pan a la boca.
Y, cuando levanto la vista, él tiene una sonrisa que no le había visto en quince días.
— ¿Qué?
— Nada.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Por qué sonríes?
— Porque te ha gustado.
— Iago.
— ¿Qué?
— No me mires comer.
— ¿No?
— No.
— Lo siento.
— ¿Lo sientes?
— No.
Y nos descojonamos los dos.
Yo, en este momento, debería estar pensando en azulejos, en muros maestros, en la cuadrilla de Paco, en el calendario, en el presupuesto.
Yo, en este momento, no estoy pensando en nada de eso.
Estoy pensando en que Iago Castelo, en una camisa azul marino con dos botones desabrochados, es la cosa más peligrosa que me ha pasado en la vida desde que tengo veintidós años.
Y estoy pensando, también, que llevo catorce meses sin que mi cuerpo me avise de nada y que esta noche mi cuerpo está dando codazos.
— Cuéntame — digo, mojando otro pan en el caldo.
— ¿Qué?
— De ti.
— ¿Qué quieres saber?
— Lo que tú quieras contarme. Tienes ochenta minutos hasta el postre.
— ¿Ochenta minutos?
— Carmen no nos va a echar.
— Ochenta minutos es mucho.
— Iago. — Sonrío — . Cuenta lo que quieras.
Iago, con el verdejo en la mano, mira la copa.
Y, lo que ocurre los siguientes ochenta minutos, es que un hombre que lleva quince días sin abrir la boca más de lo justo me cuenta, con voz baja, sin gestos, con frases cortas, todo.
Me cuenta a Cangas do Morrazo, a su padre Manuel que pescó cuarenta y dos años en barcos pequeños de la ría de Vigo, a su madre Lola Trasmonte que abrió la pulpería con treinta años porque "no aguantaba al señor del bar en el que servía".
Me cuenta a su hermana Eva, que es médica de familia en Vigo y que está casada con un señor que se llama Manolo y al que Iago, según me dice, no le ha entendido a fondo todavía.
Me cuenta su carrera. Me cuenta el primer hostal de la Costa da Morte, en una casa de pescadores que ya no servía, donde aprendió a no comprar nada nuevo si lo viejo se podía restaurar.
Me cuenta el segundo, en Ribadeo, donde se encontró por primera vez con la cuadrilla de la que sale Paco (Paco, que es de Almería, había ido a Ribadeo a un trabajo con un primo y se quedó dos años trabajando con Iago, y desde entonces, cuando Iago tiene obra, le llama y Paco va con su gente).
Me cuenta el tercero, Sal de Mar, en Llanes, que fue el más complicado porque la cuadrilla local no quería oír hablar de aislamientos modernos y Iago se peleó dos meses con ellos para que entendieran que aislar bien una casa asturiana es una manera de respetarla, no de cambiarla.
Y, cuando termina los hostales, sin que yo lo pida, me cuenta a Ainhoa.
— Mi exmujer se llama Ainhoa — dice, mirando la copa.
— Lo sé.
— ¿Lo sabes?
— Mar.
— Mar te googlea cosas.
— Mar te googleó a ti hace dieciséis días. Tres minutos después de que yo le mandara una foto de la pista de tierra al hostal.
— ¿Le mandaste una foto?
— Le mandé el "qué he hecho con mi vida" más sincero de toda nuestra amistad.
Se ríe.
— Sí. Ainhoa.
— ¿Cuánto estuvisteis juntos?
— Nueve años. Siete casados. Nos separamos hace tres.
— ¿Por qué?
Tarda. Bebe.
— Porque, en algún momento, dejamos de hablarnos del día.
— ¿Del día?
— Del día. De lo que había pasado. Yo, cuando tenía un cliente difícil, dejé de contárselo. Ella, cuando tenía un caso, dejó de contármelo. Nos hablábamos del calendario.
— ¿Del calendario?
— "Esta semana voy a Lugo." "Yo voy a Bilbao." "Noa tiene piscina el miércoles." "Voy yo, vas tú." "Mi madre quiere venir el fin de semana." Esas cosas.
— Joder.
— Sí.
— ¿Y la niña?
— Noa.
— Noa.
— Tiene seis años. Vive conmigo en Cangas, principalmente, porque Ainhoa viaja mucho. Custodia compartida pero, en la práctica, paso el ochenta por ciento del tiempo con ella.
— ¿Está bien?
— Está bien.
— ¿Te llevas bien con Ainhoa?
— Nos hablamos por la niña. Bien por la niña, frío por nosotros.
— ¿Vendrá a verte aquí?
— Noa vendrá en julio. Dos semanas en julio y dos en agosto.
Lo apunto en mi cabeza. Julio. Niña. Voy a estar todavía aquí.
— ¿Tú?
— ¿Yo, qué?
— Tu ex.
— Sandra.
— Sandra.
— Sí. Nos conocimos en una boda de un amigo común, en Sevilla, en dos mil veinte.
Estuvimos juntas casi tres años. Empezó a haber una propuesta de su empresa para Berlín cuando llevábamos dos.
Yo no quería ir a Berlín. Ella decía que ya hablaríamos cuando fuera real.
Cuando fue real, ella ya había hablado por su cuenta, no me había contado nada y, además, se había acostado con su jefa, que era la que la había recomendado.
Iago, sin moverse, asiente.
— Joder.
— Sí.
— ¿Hace cuánto?
— Catorce meses.
— ¿Has...?
— ¿Si he salido con alguien? No.
— ¿Nada?
— Nada de nada.
— Yo tampoco.
— ¿Tres años?
— Tres años.
Pausa larga. Carmen aparece con la gallineta a la sal. Carmen tiene el sexto sentido de los hosteleros viejos: nos ha dejado a solas el tiempo justo, ha intuido que ya hemos terminado los preliminares y ha decidido que es hora del plato fuerte.
— Iago. Lola. — Pone la gallineta entre nosotros. La rompe con la cuchara — . Esto es lo mejor que he tenido este mes. Os pongo más vino.
— Carmen, no.
— Os pongo más vino, Iago. Iago, no me digas que no, que tú al volante eres un cliente terrible y yo prefiero llamaros un taxi.
— Carmen, en serio.
— Iago.
— Pago el taxi.
— ¿Vamos a volver en taxi?
— Vamos a volver en taxi.
— ¿Y mañana?
— Mañana, Toñi nos sube en la furgoneta.
— Pero el todoterreno se queda aquí.
— El todoterreno se queda aquí. Carmen lo cuida.
— ¿Le he visto el cinturón de seguridad?
— ¡Carmen! — grito yo — . ¡Cuídalo!
— Como a un hijo, hija.
Y nos descojonamos los tres. Y Carmen, después de servirnos más vino, se va a la cocina.
Comemos. La gallineta, blanca, jugosa, untuosa, está espectacular.
Hablamos. Hablamos de Helsinki, de los inviernos finlandeses, de la madera de pino.
Hablamos de Galicia, de los inviernos gallegos, de la madera de castaño.
Hablamos del cabo. Hablamos de la luz. Hablamos del proyecto.
Y, sin querer, en algún momento entre el plato y los boquerones en escabeche, entre el verdejo y el vino tinto que Carmen ha decidido por nosotros, entre la primera risa y la décima, los dos nos relajamos.
Lola, dice una voz dentro de mí. Esto se está poniendo bien.
— ¿Postre? — pregunta Carmen, llegando con la libreta.
— Postre, sí. ¿Qué hay?
— Flan de huevo, arroz con leche y leche frita.
— Leche frita.
— Leche frita para ella — dice Iago.
— Y tú flan — digo yo.
— ¿Cómo lo sabes?
— Por las dos botellas de verdejo y los tres flanes que tenías en la nevera el día que llegué.
Iago me mira. Me sostiene la mirada. Esto, lo de mirarse, llevamos haciéndolo dos horas, pero esta vez es distinto.
Esta vez no me aparta. Esta vez se queda.
Y, ahí, en mitad del restaurante, con Carmen recogiendo el plato y dos parejas mayores en la mesa de al lado riéndose de algo, Iago Castelo me dice, en voz baja y sin sonreír:
— Lola.
— ¿Qué?
— Estoy en problemas.
— ¿Por?
— Por ti.
Yo, en este momento, debería contestar algo gracioso.
Yo, en este momento, sé exactamente lo que tengo que decir.
"Tranquilo, yo también" sería un buen comienzo.
"No exageres, hostelero" sería otro. "Pues bebe agua y se te pasa" sería el de Mar.
Pero, en lugar de cualquiera de las tres cosas, lo que me sale es lo que me sale.
— Yo también.
Y Iago, sin desviar la mirada, sin sonreír, sin moverse, asiente medio milímetro. Y luego, sin venir a cuento, alarga la mano por encima de la mesa, me coge dos dedos con dos suyos, y los aprieta. Tres segundos. Cinco. Diez.
— ¿Postre? — pregunta Carmen, volviendo.
Iago suelta mis dedos. Yo cojo la copa. Le doy un trago.
— Postre, sí.
Llegan los postres. La leche frita está caliente, espolvoreada con canela. El flan tiene caramelo abundante. Iago, con la cucharilla, me empuja un trocito de flan por encima de la mesa.
— Prueba.
Pruebo. El flan, hostia, qué bueno.
— Iago, esto está...
— Lo sé.
— ¿Te traen la receta de tu madre?
— No. La receta de Carmen es mejor. Pero a mi madre no se lo digas.
— Te lo guardo.
— Gracias.
A las once y media Carmen llama al taxi. El taxi llega a las once y cuarenta y cinco. Pagamos. Pago yo. Iago dice "pago yo". Yo digo "pierdo yo, pago yo". Iago dice "tú propusiste". Yo digo "tú perdiste". Carmen nos mira como una madre. Carmen, finalmente, decide:
— Pagáis a medias.
— Pagamos a medias.
— Es lo justo.
— Es lo justo.
— ¿Por qué no se nos había ocurrido antes? — pregunto.
— Porque sois jóvenes y bobos.
Salimos al fresco. El taxi es un Skoda viejo.
El taxista, que se llama Antonio según pone en el cartel, nos saluda.
Iago me abre la puerta del asiento de atrás.
Yo entro. Él entra detrás. La distancia entre nosotros, en el asiento de atrás, es de unos veinte centímetros.
Veinte centímetros que, a esta hora de la noche, con el vino rondando por las venas, son demasiados o demasiado pocos según cómo se mire.
— Caleta del Yegua — dice Iago.
— ¿Por dónde, jefe?
— Por la N-341. Luego salida San José. Luego la pista de la cala.
— ¿La pista mala?
— La pista mala.
— Me debe diez euros de suplemento.
— Le doy quince.
— Que sean veinte y le canto.
— No.
— Vale.
Antonio se ríe. Pone una emisora. Sigue Aitana. Sigue. La pista, Lola, esto va a sonar todo el viaje. Treinta minutos.
A los cinco minutos, sin que yo me dé cuenta de cómo, la mano de Iago se ha puesto en el asiento entre nosotros. La mía también. La de él, palma hacia arriba, abierta. La mía la pongo, despacio, encima.
Iago me cierra los dedos sobre la palma. No me mira. Yo no le miro. Antonio, delante, conduce.
Llegamos a la pista. La pista es lo que es. El Skoda viejo cruje. Antonio reza por lo bajo. Yo me río. Iago me aprieta más fuerte la mano.
A la altura de la cala, Antonio aparca. Antonio cobra los veinticinco euros que ha decidido cobrarnos.
Antonio se va. Iago y yo nos quedamos en mitad del patio del hostal, a las doce menos cuarto de la noche, con las botas y las sandalias llenas de polvo, con el verdejo rondando, con la mano que estaba metida en la mía perdida cuando hemos bajado del coche.
— Lola.
— Iago.
— ¿Sigues con sueño?
— Cero.
— ¿Quieres bajar a la cala?
— ¿Ahora?
— Ahora.
— Vale.
Y bajamos. Y, cinco minutos después, nos sentamos en la arena fría, con los pies descalzos, con el mar negro delante, con la luna creciente arriba y con un silencio que es tan grueso que se podría cortar con un cuchillo.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Qué va a pasar?
— ¿Cuándo?
— Ahora. Mañana. La semana que viene.
— No lo sé.
— ¿No lo sabes?
— No.
— ¿Y qué hacemos?
Tarda. Mira el mar. Yo lo miro a él. Él se gira y me mira.
— Lo que se hace, Lola. Esperar a saber.
— ¿Esperar a saber qué?
— Si esto que estamos teniendo ahora es lo que estamos teniendo ahora, o si va a ser otra cosa. Y yo, ahora mismo, contigo, sentado en la arena con los pies fríos a las doce de la noche en marzo, no quiero ser el imbécil que estropea esto por correr.
Yo asiento.
— ¿Vale?
— Vale.
— Vale.
— Iago.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Yo soy de las que corren.
— Lo sé.
— ¿Lo sabes?
— Llevas dieciséis días pisándome los talones por una piscina, unos azulejos, un mortero y un muro maestro.
— Esto es distinto.
— Por eso. Y por eso te pido, hoy, que no corras. No por ti. Por mí.
Le miro. Me mira. Y yo, contra todos mis principios, contra Candela, contra Mar, contra Sandra y contra Berlín, asiento.
— Vale.
— Vale.
Y subimos al hostal. Yo me voy a mi habitación.
Él se va a la suya. Y, en mitad de la noche, cuando me he metido en la cama y me he cepillado los dientes y me he quitado el vestido verde botella y lo he colgado en una percha y he apagado la luz, oigo, a través de la pared, el sonido del agua de la ducha.
Y me imagino, sin querer, a Iago Castelo en la ducha.
Y me digo, en voz alta, al techo de mi habitación:
— Lola. Estás jodida.
El techo, sabio como siempre, asiente sin moverse.