La huésped de la cala Capítulo 5
16%

Capítulo 5

El sábado por la mañana me despierto a las ocho y media con el sonido de la lluvia y, a los diez segundos exactos, con un pánico irracional al armario.

El armario tiene ocho perchas. Las ocho perchas las he llenado yo, con la misma camiseta blanca repetida en cuatro versiones, un par de vaqueros, dos pantalones de obra, una chaqueta vaquera y una sudadera vieja de la facultad.

Cero vestidos. Cero zapatos que no sean de obra o playa.

Cero ropa de "cena en Las Negras con Iago Castelo".

— Lola Carrasco — le digo a mi imagen del espejo — , esto es un acto de sabotaje organizado por una versión tuya que se piensa que esto va a ser una cita.

La Lola del espejo, en pijama, no me contesta.

Cojo el móvil. Hay cobertura intermitente. Hay un mensaje de Mar de hace dos horas.

Mar 6:48: Tía, tengo el riff del himno nuevo de los Hinds metido en la cabeza desde anoche. Frutiparty. He bailado sola en la cocina a las dos de la mañana. Te quiero.

Candela 7:02: Mar son las dos de la mañana, no las dos de la tarde, déjanos dormir.

Mar 7:03: Te has despertado.

Candela 7:03: Por tu mensaje.

Mar 7:04: Entonces estás bien.

Sonrío al móvil. Las Inestables. Las Inestables son tres mujeres que se conocieron en la facultad y, en el año dos mil dieciséis, cuando estábamos haciendo la tesina, le dijimos a Mar que se estaba volviendo loca, y ella, en lugar de ofenderse, sugirió que el grupo se llamara así.

Las Inestables. Por lo loca que estaba ella.

Por lo controladora que era Candela. Por lo dramática que era yo cuando bebía.

Han pasado nueve años. Lo seguimos siendo.

Escribo:

Lola 8:36: Voy a cenar con él.

Espero respuesta. La cobertura, claro, se va. Espero diez minutos. Vuelve.

Mar 8:46: ESPERA.

Mar 8:46: REPITE.

Mar 8:46: VAS A CENAR CON ÉL.

Candela 8:47: Lola, ¿con él, él? ¿Con Castelo?

Lola 8:47: Con Castelo.

Mar 8:48: TÍA.

Candela 8:48: ¿Por qué?

Lola 8:49: Apuesta perdida. Los azulejos.

Candela 8:49: Has ganado tú.

Lola 8:49: Sí.

Candela 8:50: Entonces te invita él. ¿Cómo es una apuesta perdida si la ha perdido él?

Lola 8:50: Porque la cena la propuse yo.

Mar 8:51: NIÑA.

Mar 8:51: Tienes una cita.

Lola 8:52: No.

Mar 8:52: Sí.

Lola 8:52: No tengo ropa.

Candela 8:53: ¿Cómo que no tienes ropa? Llevaste media maleta.

Lola 8:53: Media maleta de obra. Cero de cena.

Mar 8:54: Compra.

Lola 8:54: ¿Dónde, Mar? Estoy en mitad de la nada.

Mar 8:55: Vete a Almería capital.

Lola 8:55: Está a cincuenta kilómetros.

Mar 8:55: ¿Y?

Lola 8:56: Y...

Mar 8:56: Ve. Cómprate UN vestido. Uno solo. Que no sea negro. Que no sea blanco. Que sea de un color que te haga ojos. Sandalias bajitas, no tacones, que vas a una cala. Y un poco de máscara. Lo demás, tu cara.

Candela 8:57: ¿Te das cuenta de que llevas hablando como Carrie Bradshaw veinte segundos?

Mar 8:57: Calla.

Lola 8:58: Vale.

Mar 8:58: ¿VAS A IR?

Lola 8:58: Voy a ir.

Candela 8:59: Lola.

Lola 8:59: Dime, Cande.

Candela 9:00: Una cosa.

Lola 9:00: Dime.

Candela 9:00: Pásatelo bien.

Lola 9:01: ¿Tú? ¿Diciéndome que me lo pase bien?

Candela 9:01: Llevas catorce meses jodida. Pásatelo bien una noche, joder. Pero, una cosa.

Lola 9:01: Dime.

Candela 9:02: No te enamores. Mírale los antebrazos lo justo. No le mires los ojos más de la cuenta. No firmes nada. No le cuentes lo de Sandra hasta el postre. Sé tú.

Lola 9:02: Te quiero.

Candela 9:03: Y yo.

Mar 9:03: Y yo.

Mar 9:03: FOTO DEL VESTIDO O NO PASÓ.

Bajo a desayunar. Iago no está. Iago no está nunca a estas horas los sábados, por lo visto. Paco, en la cocina, se está terminando un café.

— Niña.

— Paco.

— Hoy, sábado.

— Hoy, sábado.

— ¿Vas a Almería?

— Voy a Almería.

— Llévate el Mini con cuidado por la pista, que con la lluvia hay barro.

— Voy con cuidado.

— ¿A qué vas?

— A comprarme algo decente para cenar esta noche.

Paco levanta la taza. Sopla. La deja en el plato.

— ¿Esta noche?

— Esta noche, Las Negras.

— ¿Con?

— Con Iago.

Paco asiente sin sorprenderse. Asiente como si la cosa, en su cabeza, ya fuera una conclusión obvia.

— Niña.

— ¿Qué, Paco?

— Tres cosas.

— Dime.

— Uno. El restaurante se llama La Mariña. Lo lleva un matrimonio de mayores. La cocina la hace Carmen, la mujer. Te va a gustar.

— Vale.

— Dos. Si pides el pescado del día, te lo trae mejor que si pides el del que mira mejor en la carta. La carta no la mires.

— Vale.

— Tres.

— ¿Sí?

— Iago. — Y aquí Paco baja la voz, aunque no haya nadie — . Iago es buen hombre.

— Lo sé.

— Bueno-bueno.

— Lo sé.

— Bueno-bueno, niña, ya me entiendes.

— Te entiendo, Paco.

— Pero está oxidado.

— ¿Oxidado?

— Lleva mucho tiempo callado. Algunos hombres, cuando llevan mucho tiempo callados, no se acuerdan de cómo se hace ruido. Y cuando intentan hacer ruido, salen palabras que no son las que querían decir. Si esta noche te dice algo torpe, no pienses que es torpeza. Es óxido.

Me quedo mirando a Paco con la taza vacía en la mano.

— ¿Quién te ha hecho a ti, Paco?

— Mi madre. Toda la vida.

— Eres un encanto.

— Lo sé.

— ¿Tu madre vive?

— Mi madre tiene ochenta y siete años, niña, y vive en Vícar con mi hermana. Y, si la llamas Pepita, te trata como a una hija.

— Cuando termine la obra, ¿me llevas?

— Cuando termine la obra te llevo a casa de mi madre, te pongo en la mesa y te como Carmen a besos. Pero antes — y aquí Paco vuelve a la taza — , antes, niña, ten cuidado con la pista. Que pesa.

Almería capital, a las once y media. Almería capital es una ciudad luminosa, blanca, con un casco antiguo bonito y un puerto enorme. Yo no he venido al casco antiguo. He venido al centro comercial.

Aparco. Entro. Camino. Doy seis vueltas. Me arrepiento. Sigo dando vueltas. Una dependienta de unos cincuenta años, con un pelo color caoba muy bonito, me intercepta cuando estoy a mi séptima vuelta.

— Hija, ¿buscas algo concreto?

— Sí.

— ¿El qué?

— Un vestido.

— ¿Para qué?

— Para una cena.

— ¿Importante?

— No sé.

La dependienta, que se llama Mari Carmen según me dice luego, se queda mirándome dos segundos.

— Sí lo sabes — dice — . Pero no quieres reconocerlo.

— Mari Carmen.

— ¿Qué?

— ¿Has tenido una hija?

— Tres.

— Lo sabía.

— ¿Por dónde te llevo?

— Sin idea.

— Color.

— Un color que me favorezca.

Mari Carmen me mira la cara, el pelo, la piel, los ojos.

— Tú eres de verde botella, hija.

— ¿Verde botella?

— Verde botella. Y de mostaza apagado. Pero hoy llevamos verde botella porque, mira, esta semana ha llegado uno.

Y, dos minutos después, estoy en el probador con un vestido verde botella de algodón, con tirantes finos, escote en pico discreto, falda hasta media pantorrilla con un poco de vuelo, cinturón de tela del mismo color.

No es un vestido sexy. Es un vestido bonito.

Es un vestido que dice "soy una mujer que va a cenar a un sitio agradable y le gusta su cuerpo lo suficiente como para enseñarlo un poco sin enseñar nada en concreto".

Es un vestido perfecto.

— Mari Carmen — digo, abriendo la cortina del probador.

— ¿Sí, hija?

— Eres una bruja.

— Lo sé.

— ¿Llevo este?

— Llevas este.

— ¿Y sandalias?

— Bajitas, planas, color cuero. Tienes que estar cómoda. Y la espalda recta. Que con la espalda recta este vestido es un crimen.

— Mari Carmen.

— ¿Sí?

— ¿Tienes algo de bisutería?

— Ven.

Salgo del centro comercial con el vestido, las sandalias, dos pendientes pequeños de bola dorada y una pulsera fina, todo metido en una bolsa de papel. Pago ciento veinte euros. Ciento veinte euros que el universo, mi madre y Sandra de Berlín pueden mirar y opinar lo que les dé la gana.

Vuelvo. La pista, con el sol de la tarde, está seca otra vez. Llego a Caleta del Yegua a las cuatro. Iago no está. Paco está con los chicos en el patio, terminando el muro del fondo.

— ¡Niña, has vuelto! — grita Curro.

— He vuelto.

— ¿Compraste?

— Compré.

— ¿Foto?

— ¡No!

— ¿Y por qué no?

— Porque hay que dejar sorpresas, Curro.

— A mí me da igual.

— A mí no.

— Iago se fue a las dos.

— ¿A dónde?

— A no sé qué. Volverá a las siete, me dijo. La cena es a las nueve.

— Vale.

— ¿Tú quieres ducharte tranquila, niña?

— ¿Eso era una indirecta para que te deje de molestar?

— Eso era una pregunta de amor verdadero.

— Te quiero, Curro.

A las siete, mientras estoy en mi habitación cepillándome el pelo, oigo el coche de Iago. El coche de Iago es un todoterreno gris muy viejo que cuando llega anuncia su llegada con un crujido en la suspensión. Lo oigo. Lo oigo aparcar. Lo oigo cerrar la puerta. Lo oigo entrar al hostal.

A las ocho menos cuarto, suben dos golpes en mi puerta.

— ¿Lola?

— ¿Sí?

— Salgo en media hora.

— Vale.

— ¿A qué hora salimos juntos?

— A las ocho y media.

— Vale.

Me hago un moño bajo. Me dejo dos mechones sueltos. Me pinto la raya del ojo más fina que de costumbre. Me pongo la máscara. Me pongo el vestido. Me pongo las sandalias. Me pongo los pendientes. Me pongo la pulsera. Me miro en el espejo.

La Lola del espejo me dice, sin abrir la boca:

— Joder.

Yo, sin abrir la boca, le digo:

— Lo sé.

A las ocho y veintinueve abro la puerta de la habitación y bajo.

Iago está en el patio con una camisa azul marino remangada hasta los codos, unos vaqueros y unas botas.

Camisa azul marino. Es la primera vez que le veo una camisa que no sea blanca.

La camisa azul marino, sobre el bronceado del cabo de quince días al sol con la barba un poco más corta que esta mañana, es un atentado contra la circulación sanguínea de cualquier ser vivo con sentidos.

Iago se gira al oír mis pasos.

Y se queda quieto.

No se mueve. No habla. Me mira. Me mira de arriba a abajo. Y luego, otra vez, de abajo a arriba. Y luego se queda en el centro y me sostiene la mirada durante exactamente lo que un hombre puede sostener una mirada sin estar haciendo algo socialmente prohibido.

— Lola.

— Iago.

— Estás...

— ¿Qué?

— Estás guapa.

— Gracias.

— Mucho.

— Gracias.

— Vamos.

— Vamos.

Subimos al todoterreno. Iago conduce. Yo, en el asiento de copiloto, miro por la ventana porque, si miro a Iago, sé que él va a sentir la mirada y se le va a desviar el coche.

— ¿Música? — pregunta.

— Pon algo.

Pone la radio. Suena Aitana. "Berlín". El estribillo "no me preguntes por él, no me preguntes por él, no me preguntes por él". Yo me río sola. Iago me mira de reojo.

— ¿Qué?

— Nada.

— ¿Qué pasa con la canción?

— Nada.

— Lola.

— Iago, esta canción me la dedicó mi ex el día que se fue a Berlín. Pero la versión irónica.

— ¿Tu ex se fue a Berlín?

— Hace catorce meses.

— ¿Te dejó por Berlín?

— Me dejó por una directora de start-up que estaba en Berlín.

Iago, sin mover la cabeza, asiente.

— ¿Tía o tío?

Pausa.

— Tía.

Otro silencio.

— Vale.

— ¿Vale?

— Vale.

— ¿Solo "vale"?

— ¿Querías que dijera otra cosa?

— No. Pero "vale" es muy poco.

— Vale.

Y los dos nos reímos por la nariz. Pequeño. Cómplice.

— Yo me divorcié hace tres años — dice él, sin venir a cuento.

— Lo sé.

— ¿Lo sabes?

— Sí. Mar lo googleó.

— ¿Mar es?

— Una de mis dos mejores amigas. La que googlea a todo el que te pone los ojos en algo.

Iago vuelve a reírse por la nariz. Yo miro por la ventana.

Llegamos a Las Negras de noche. La aldea es pequeña, blanca, casi vacía.

El restaurante La Mariña tiene seis mesas, dos farolas pequeñas en la fachada y una pizarra con el pescado del día.

Carmen, la dueña, nos recibe en la puerta con un beso y una sonrisa enorme.

— ¡Iago! — grita.

— Carmen.

— ¿Y esta?

— Lola. La arquitecta.

— ¿La arquitecta?

— La arquitecta.

— ¡La que tú no querías!

Carmen suelta una carcajada y nos guía a la mesa del fondo, que está apartada de las demás y mira al mar a través de una ventana grande.

Iago, a mi lado, va caminando con la mano en mi espalda baja, sin tocarme casi, solo guiándome, y esa mano que casi no me toca es, te lo juro, lo más electrizante que me ha pasado en catorce meses.

— Carmen — digo, sentándome.

— Dime, hija.

— ¿Qué tienes hoy?

— Hoy tengo unas almejas que estaban vivas hace dos horas, un pescado que se llama gallineta que es la primera vez que sale en marzo y unos boquerones en escabeche que me han pedido las del hostal de Mojácar y les he dicho que no.

— Pues tráenos.

— ¿Las tres cosas?

— Las tres cosas.

— ¿Y vino?

— Verdejo — dice Iago, sin consultarme.

— ¿Verdejo? — pregunto yo.

— ¿No te gusta?

— Me encanta.

— ¿Cómo lo sabías?

— Llevas dos botellas de verdejo abiertas en la nevera del hostal desde que llegaste.

Sonrío.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres muy observador.

— Es mi oficio.

— ¿Tu oficio?

— Mirar a los clientes y darles lo que les gusta antes de que sepan que les gusta.

— ¿Yo soy clienta?

— Hoy, no.

— ¿Qué soy hoy?

Tarda. Coge la copa que Carmen ha traído. La mira un segundo. La levanta hacia mí. Me sostiene la mirada por encima del cristal.

— Hoy eres mi cena.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eso ha sido muy.

— ¿Muy qué?

— Muy. Para alguien que llevaba quince días sin sonreír.

— Pues bebe.

— Bebo.

Y bebemos.

Y, ahí, en la mesa pequeña del fondo del restaurante La Mariña de Las Negras, frente a una arquitecta madrileña con un vestido verde botella y un compás tatuado en el costado izquierdo, y un hostelero gallego con una camisa azul marino y los antebrazos a la vista, el sábado por la noche, marzo, Cabo de Gata, empieza algo que ninguno de los dos había planeado.