La huésped de la cala Iago
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Iago

A las cinco menos veinte de la mañana, en Caleta del Yegua, estoy despierto.

No es nuevo. Llevo despierto a las cinco menos veinte desde que tengo veintiún años, cuando empecé a trabajar en el primer hostal de mi vida, un pazo cerca de Cee donde el propietario tenía la costumbre de meter las llaves del coche en el sobre del salario para que tú entendieras que el primero en levantar la persiana eras tú.

Lo que sí es nuevo es que, cuando bajo a la cocina a las cinco menos diez y enciendo la cafetera vieja, no estoy pensando en el muro maestro, en la escalera, en el presupuesto que se me va de las manos o en lo que tengo que decirle a mi hermana sobre el bautizo de su sobrino segundo.

Estoy pensando, contra mi voluntad y mi mejor juicio, en una arquitecta madrileña con un Mini blanco y un tatuaje pequeño en el costado que, por lo que vi ayer, cuando se agachó a coger el plano del suelo y se le subió la camiseta, es un compás.

Un compás.

A mí esto, técnicamente, no me pasa.

Yo dejé de mirar a mujeres con la atención con la que se mira a una persona, no a un grupo demográfico, en el año dos mil veintidós, cuando Ainhoa, mi exmujer, me dijo en la cocina del piso de Cangas que llevábamos siete años casados, que tenía treinta y cinco, que Noa tenía tres y que ella necesitaba "vivir un poco más rápido".

Lo dijo así. Vivir un poco más rápido. Yo le pregunté qué quería decir exactamente con eso.

Ella, que es abogada y por tanto sabe perfectamente lo que dice, me dijo:

— Que no quiero envejecer en una pulpería, Iago.

Yo no tenía una pulpería. La pulpería es de mi madre.

Yo tenía, en ese momento, dos hostales, un proyecto cerrado para el tercero y una niña pequeña de tres años que dormía en la habitación de al lado.

Pero entendí lo que Ainhoa quería decir, porque ella y yo, después de siete años casados, hablábamos exactamente el mismo idioma de "lo que estoy diciendo, en realidad, es esto otro".

Lo que Ainhoa estaba diciendo era: "no eres tú, soy yo, y soy yo aburriéndome a tu lado, y prefiero estar sola que aburrida".

Yo le dije que vale.

Le dije que vale porque, una de las cosas que aprendí de mi padre, que es pescador retirado y un hombre de pocas palabras pero de mucha cabeza, fue esta: cuando alguien te dice que se quiere ir, lo dejas ir.

Lo dejas ir bien. Lo dejas ir con la dignidad intacta.

Y luego te quedas en tu sitio y se te pasa con el tiempo.

A mí se me pasó.

Tardó un año. Tardó un año en que dejara de despertarme a las cuatro de la mañana con el cuerpo orientado hacia el lado de la cama donde Ainhoa había dormido.

Tardó un año y medio en dejar de buscarla en las fotos del móvil cuando me aburría.

Tardó dos años en dejar de pensar, cuando Noa hacía algo gracioso, "tengo que contárselo a Ainhoa".

Tardó tres años, en realidad, en dejar de mirar a Ainhoa, cuando venía a recoger a Noa, sin un nudo pequeño en el estómago.

Pero se me pasó.

Y, sobre todo, no busqué a nadie. No salí.

No me apunté a aplicaciones. No fui al cine con esa amiga del MBA que llamaba a mi hermana dos veces al año para preguntarle si yo estaba "más recuperado".

No salí, no porque me daba pena, sino porque, sinceramente, no me apetecía.

Tenía a Noa. Tenía el trabajo. Tenía la cala, que descubrí en el verano de dos mil veinticuatro y a la que volví, por mi cuenta, en septiembre, para comprar la finca y empezar a darle vueltas a lo que sería el cuarto hostal.

Bajo a la cocina con la cafetera vieja preparada. La enciendo. Me pongo el chubasquero porque sigue lloviendo. Espero a que el café suba, lo sirvo en el termo, cojo la toalla y bajo a la cala.

Cala. Marzo. Lluvia. Me desnudo en la arena. Camiseta, sudadera, vaqueros, calzoncillos. Y entro andando hasta que el agua me llega al pecho. Y me sumerjo.

Hay tres cosas que aprendí en quince años de hostelería boutique, en orden:

Una. Que los problemas de un negocio no se resuelven dándole vueltas en la cama. Se resuelven dándole vueltas a un asunto con un café delante.

Dos. Que el cuerpo, cuando se acostumbra al ritmo del trabajo, deja de avisarte de cosas. Pero si tú no lo escuchas, en algún momento, el cuerpo deja de pedirte permiso y se rebela.

Tres. Que el agua fría, todas las mañanas, te enseña a saber cuándo el cuerpo se está rebelando.

Esta mañana, en concreto, el cuerpo me dice algo.

Me dice que, después de quince días con la madrileña en mi hostal, hay un asunto que necesita ser atendido.

Que el asunto se llama Lola Carrasco. Que el asunto tiene treinta y dos años, ojos marrones, una manera de mirarte cuando discute que no te miran las personas que no te quieren mirar, y un compás tatuado en el costado izquierdo, exactamente debajo de la última costilla, exactamente en el sitio donde, si yo fuera otro tipo de hombre y este fuera otro tipo de hostal, le pondría la mano abierta para girarla hacia mí.

Yo no soy ese tipo de hombre. Y este no es ese tipo de hostal.

Salgo del agua. Me visto. Subo a la cocina. El café del termo sigue caliente. Me sirvo una taza. Miro por la ventana. La cala está gris y bonita, con la lluvia rebotando en el agua quieta.

Lola.

Madre mía, qué nombre. Lola, como mi madre. Esto es un chiste que el universo me ha mandado para reírse a mi costa, porque las cosas, en mi familia, suelen ir así.

Mi madre, Lola Trasmonte Romero, sesenta y seis años, dueña de la única pulpería buena de Cangas do Morrazo, viuda desde hace exactamente cero días porque mi padre, gracias a la sanidad pública y a la cabezonería gallega, sigue muy vivo, tiene una forma de hablar que es brutal.

Es de las personas que, cuando tú llegas a casa con un problema, no te pregunta qué te pasa.

Te pone delante un plato de algo y, cuando llevas tres bocados, sin levantar la vista de la cocina, suelta:

— Niño, cuéntame.

Y tú cuentas.

Y mi madre, cuando le has terminado de contar, te mira con esos ojos grises pequeños que tiene, te asiente medio milímetro, y te dice una de tres cosas.

La primera es: "ya pasará". La segunda es: "tú quédate en tu sitio".

La tercera, la más rara, la que solo me ha dicho cuatro veces en treinta y ocho años, es:

— Niño, esto es serio.

Yo tengo el presentimiento, hoy a las cinco y diez de la mañana en la cocina del hostal Caleta del Yegua, mientras me sirvo la segunda taza del termo, de que si yo le contara a mi madre la cosa de Lola Carrasco, mi madre me miraría con los ojos grises pequeños y me diría:

— Niño, esto es serio.

Y yo no estoy preparado para que esto sea serio.

A las siete bajan Paco y los chicos. A las siete y media, Lola.

Llega a la cocina con el pelo recogido en un moño, la camiseta gris arrugada y los ojos somnolientos. Se acerca a la cafetera. Pone una mano sobre el termo.

— ¿De cuándo?

— De las cinco.

— ¿Caliente?

— Caliente.

Se sirve. Da el primer sorbo. Cierra los ojos un segundo. Y, cuando los abre, me mira por encima del termo, con la taza apoyada en los labios, y sonríe.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eres un héroe.

— Es café.

— Caliente. A las siete y media. Lo que tú quieras, pero eres un héroe.

Mira hacia la ventana. Sigue lloviendo.

— Esta lluvia — dice, sin terminar la frase.

— Lluvia.

— ¿Has estado en la cala?

— ¿Cómo lo sabes?

— Por el pelo.

Me toco el pelo. Lo tengo, ahora que ella lo dice, húmedo. No me he secado bien. Joder.

— Sí, he estado.

— ¿Cuánto?

— Quince minutos.

— Quince minutos en marzo lloviendo. Con el agua de marzo. ¿Tú estás bien de la cabeza, Iago?

— Estoy bien de la cabeza, sí.

— ¿Es saludable?

— Es saludable.

— ¿Cuánto llevas haciéndolo?

— Once años.

— Joder.

Y, ahí, Lola hace una cosa con la cabeza.

Una cosa pequeña. Inclina el cuello un poco hacia un lado, como si estuviera viendo algo que no esperaba.

Y luego baja la vista a la taza. Y luego, sin levantarla del todo, me mira otra vez por debajo de las pestañas con una sonrisa que es claramente, claramente, una invitación que ella no se ha permitido pero que su cara no ha podido frenar.

Yo bajo los ojos a la encimera. Cojo aire.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿A qué hora has dicho que va a llegar el plano de muestras?

— A las once.

— A las once.

— Sí.

— Vale.

— ¿Por qué me lo preguntas?

— Por organizar el día.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Estás bien?

Sí, estoy bien. Estoy estupendamente. Estoy intentando no pensar en lo que estoy pensando, que es una cosa muy concreta sobre el compás del costado izquierdo de Lola Carrasco, y no me sale.

— Estoy bien.

— Vale.

— Hasta las once trabajo en el despacho con el presupuesto.

— Vale.

— Si llegan las muestras, me avisas.

— Vale.

Me llevo el café al despacho. Cierro la puerta.

Me siento. Abro la hoja de cálculo. La hoja de cálculo me mira con la misma cara que me mira la mujer de fuera.

Cierro la hoja de cálculo. Cojo el móvil.

Pongo el dedo encima del nombre de mi hermana Eva.

Lo aprieto. Eva, treinta y cinco años, médica de familia en Vigo, contesta a la segunda.

— Iago.

— Eva.

— ¿Qué?

— Una pregunta rápida.

— Dime.

— ¿Tú cómo sabes que algo es serio?

Silencio.

— ¿Qué?

— Que cómo sabes que algo es serio.

— ¿Qué cosa?

— Una cosa.

— ¿Una cosa, una persona, un proyecto?

— Una persona.

Pausa de dos segundos.

— ¿Has conocido a alguien?

— No.

— ¿No?

— Quizás.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Has conocido a alguien?

— No lo sé.

— ¿Hace cuánto?

— Quince días.

— Quince días.

— Sí.

— Iago, no me toques los ovarios. Cuenta.

Le cuento. Le cuento, sin contarle, lo justo. Que es una arquitecta. Que es de Madrid. Que vino al hostal hace quince días. Que es lista. Que no se calla. Que tiene una sonrisa que no me deja trabajar. Que no me ha pasado nunca, en cinco años, lo de mirar a una mujer y querer que mire también.

Eva, al otro lado del teléfono, escucha. No me interrumpe. Cuando termino, deja pasar dos segundos.

— Iago.

— ¿Qué?

— Esto es serio.

— Joder, Eva.

— Yo no he dicho que sea bueno o malo. He dicho que es serio.

— No es serio.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Te has dado cuenta de que llevas tres minutos hablándome de la mujer y no me has dicho cómo se llama?

Pausa.

— Lola.

Silencio. Y luego, a Eva, le sale una carcajada profunda, gallega, larga, una carcajada que solo tiene mi familia.

— Hostia.

— Eva.

— Hostia, Iago.

— Eva.

— Que se llama como mamá.

— Sí.

— ¿Lo sabe?

— Lo sabe.

— ¿Y se ha reído?

— Mucho.

— Joder.

— Joder.

Otra pausa.

— Iago.

— ¿Qué?

— Mándame una foto.

— No.

— ¿Por?

— Porque no.

— Iago.

— Eva.

— Vale. Pero, una cosa.

— ¿Qué?

— Cuando venga a verte mamá en mayo, no nos lo vas a poder esconder.

— Eva.

— Yo solo te digo. Que mamá te lee la cara en dos minutos.

— Adiós, Eva.

— Adiós, Iago.

— Te quiero.

— Y yo a ti.

Cuelgo. Me quedo mirando la hoja de cálculo. La hoja de cálculo me mira como si fuera ella la que tiene que entender algo.

A las once entran las muestras. Lola entra con ellas. Tiene una caja de cartón llena de azulejos pequeños, terracota de cinco tonos distintos, blanco de cuatro. Y un mortero gris.

— Vamos.

La sigo al baño piloto. El baño piloto es un baño viejo que está exactamente como lo dejó el dueño anterior, con su azulejo verde aguacate, su lavabo de pedestal y su espejo manchado. Vamos a usarlo como banco de pruebas durante un mes.

Lola pone las muestras en la pared, con cinta de carrocero. Las pone bien, simétricas, espaciadas. Se aparta. Mira. Se acerca otra vez. Coloca una más.

Yo, apoyado en el marco de la puerta, la miro a ella.

Esto, técnicamente, es absurdo. Yo, Iago Castelo Trasmonte, treinta y ocho años, padre de Noa, dueño de cuatro hostales, en un baño con una arquitecta a la que se le sube la camiseta cada vez que se estira para pegar una muestra y se le ve, durante medio segundo, ese compás del costado izquierdo que, por lo visto, no me deja dormir.

— Iago.

Levanto la vista. Lola se ha girado.

— ¿Qué?

— ¿Estás mirando los azulejos?

Mentira: sí.

Verdad: no.

— Sí.

— Mentiroso.

— Lola.

— ¿Qué?

— Vamos a ver los azulejos.

— Vamos.

Y, durante la siguiente hora, vemos los azulejos.

Vemos los azulejos en serio. Lola pone luz natural, luz artificial, simula un atardecer con una lámpara, los gira, los compara, los explica.

Yo, contra mi mejor juicio, le doy la razón en cinco de cada siete cosas.

Yo, contra mi mejor juicio, después de una hora, miro los terracota y digo:

— Sí. Funcionan.

Ella levanta los brazos en cruz.

— ¡Las Negras! — grita.

— Que sí.

— ¡Mañana!

— Mañana, no. El sábado.

— Mañana es sábado.

— ¿Mañana es sábado?

— Iago, mañana es sábado.

— Vale. Mañana, sábado, Las Negras.

— ¡Sí!

Y, en mitad de su euforia, se gira, me da un abrazo rápido.

Un abrazo. Con los dos brazos. Apretado.

Dura tres segundos, quizás cuatro. Y, en esos cuatro segundos, mi cuerpo entiende dos cosas.

Una: que Lola Carrasco mide aproximadamente cinco centímetros menos que yo y le huele el cuello a champú caro.

Dos: que el compás del costado izquierdo lo tengo, ahora mismo, debajo de mi mano derecha apoyada en su cintura, separado por una camiseta de algodón.

Me suelto antes de tiempo. Doy dos pasos atrás.

Lola, sin darse cuenta de nada, está sonriendo.

— Lo siento. Me he emocionado.

— No pasa nada.

— ¿No?

— No.

— Vale.

Salgo del baño. Bajo a la cocina. Curro está fregando.

— Curro.

— Dime, Iago.

— Mañana, sábado, no comemos aquí.

— ¿No?

— No. Voy a Las Negras con Lola. A cenar.

Curro se gira con el estropajo en la mano.

— ¿A cenar?

— A cenar.

— ¿A Las Negras?

— A Las Negras.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Tú estás bien?

— Estoy bien.

— ¿Seguro?

— Curro, te juro que si me preguntas eso una vez más —

Curro suelta una carcajada.

— Vale, vale. Me callo. Pero, una cosa, Iago.

— ¿Qué?

— Tú no le cuentas a Paco que vas a cenar con la madrileña, porque, si se lo cuento yo, mañana te lo cuento yo a la cara.

— Yo no le cuento a nadie nada. Es una cena. Es una apuesta perdida sobre los azulejos.

— Claro, Iago. Claro.

— Curro.

— Iago.

— Cállate.

— Que sí.

Y, mientras Curro friega y se descojona y yo me sirvo otro café, me doy cuenta, con una claridad incómoda, de que mi hermana tiene razón y de que mi madre, si estuviera aquí, ya me habría puesto un plato delante y me habría dicho, sin levantar la vista de la cocina:

— Niño, esto es serio.