La huésped de la cala Capítulo 3
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Capítulo 3

Llevo cinco días en Caleta del Yegua y ya tengo una rutina.

A las siete y media suena el despertador.

A las siete y treinta y cinco me ducho con un chorrito porque el calentador es de antes de Cristo.

A las siete y cincuenta bajo a la cocina y Curro, que ya está allí, me sirve un café que es de plomo.

A las ocho subo a la habitación con el café en una mano y el cuaderno en la otra.

A las ocho y cuarto bajo otra vez con el portaplanos.

A las ocho y media, en el patio, está Iago esperando.

Iago, todos los días, está en el patio antes que yo. No sé a qué hora se levanta, pero sospecho que es alguien que ya estaba despierto cuando yo entré por la pista de tierra hace cinco días.

— Buenos días — digo.

— Buenos días.

— ¿Has dormido bien?

— Bien.

— ¿Has soñado conmigo?

Iago, todos los días, hace el mismo gesto cuando le suelto la broma: enarca media ceja, mueve la cabeza medio centímetro, y luego dice:

— Trabajo.

Es nuestra coreografía. Yo provoco, él esquiva, los dos nos sentamos a la mesa de hierro del patio y empezamos. A las nueve menos cuarto llega Paco con sus tres albañiles. A las nueve, en serio, empieza el día.

Hoy es viernes. Hoy quería ir a Almería capital, pero ha empezado a llover.

— Aquí también llueve — le digo a Paco, sentada en la cocina con la taza entre las manos.

— Aquí llueve dos veces al año, niña. Las dos juntas. Y luego no llueve hasta el agosto siguiente.

— ¿En serio?

— En serio. Mira el calendario. Esto es el desierto del Tabernas a treinta kilómetros. La Tierra te da agua una semana para que entiendas lo que vale.

Eso me ha gustado. Lo apunto en el cuaderno. No para el proyecto. Para mí.

A las diez tenemos la primera reunión seria del día con Iago. El programa, según yo lo veo, es:

Uno. Definir el muro maestro que da al patio. Porque ese muro, según los planos antiguos, es el muro que se cae solo si uno lo mira mal.

Dos. Decidir qué hacemos con la escalera.

Tres. Discutir, otra vez, los azulejos.

Y esto, el punto tres, va a ser sangre.

Iago llega al despacho con el café. Tiene una camiseta blanca.

La camiseta blanca, sumada a la barba un poco más larga que el lunes, sumada al pelo mojado del agua del cabo (porque este señor, descubrí ayer, se mete en el mar al amanecer durante quince minutos pase lo que pase, llueva, haya viento, lo que sea), me obliga a sentarme antes de mirar.

— Lola.

— ¿Sí?

— Estás distraída.

— No.

— Sí.

— ¿En qué quedamos?

— En que estás distraída.

— Vamos al muro — digo, y pongo el plano sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

Discutimos el muro durante hora y cuarto. Discutimos la escalera durante cuarenta minutos. Y, a las once y media, pasamos al asunto.

— Los azulejos — digo.

— Los azulejos — repite él.

— Yo quiero terracota.

— Yo quiero blanco.

— Para los baños, terracota.

— Para los baños, blanco.

— Iago, si en este hostal pones blanco vas a tener la sensación de estar en un hospital con vistas.

— Si pones terracota voy a tener la sensación de estar en una alquería.

— Una alquería es lo que es esto.

— Esto no es una alquería.

— Iago, esto era una casa de pescadores con doce habitaciones añadidas en los setenta.

Esto, hasta hace año y medio, no era hostal.

Era un cortijo con piscina hinchable. Y, cuando hicieron el cortijo, fue con piedra del lugar, con barro de las marismas viejas y con cañizo.

La materialidad es esta. Tú lo único que tienes que hacer es no mancillarla.

— "Mancillarla."

— Sí.

— ¿Mancillarla con qué?

— Con blanco brillante de tienda de hostelería.

— No sería brillante.

— Sería blanco.

— ¿Y?

— Iago, el blanco del Cabo de Gata es el blanco de la cal apagada por el viento. No el blanco de las baldosas de IKEA.

— Y el blanco de la cal apagada por el viento, querida, va en las paredes. Que es donde lo voy a poner. Pero los azulejos son azulejos.

— ¿Para qué tienes una arquitecta de Aalto, Iago?

— Para que me ponga lo que me dé la gana.

— Para que te ponga lo que ya sabes que va a funcionar.

— ¿Y eso?

— Terracota. Con mortero ocre. Y una cenefa pequeña hexagonal, blanco roto, en el zócalo.

— ¿Una cenefa?

— Una cenefa.

— Eso es horrible.

— Eso es exactamente lo que necesita un baño de doce metros cuadrados con luz natural y techo de madera.

— No me convences.

— No me toca convencerte. Me toca llevar razón.

Iago, sentado al otro lado de la mesa, suelta el boli encima del plano y se cruza de brazos. La camiseta blanca tira mal. Yo aparto la vista hacia el rincón superior del techo, donde hay una telaraña.

— Lola.

— ¿Qué?

— No vas a llevar razón con esto.

— ¿Apuestas?

— ¿Qué apuesto?

— Una cena en Las Negras.

Levanta la vista. Me mira. Me sostiene la mirada cuatro segundos.

— ¿Las Negras?

— Las Negras. El restaurante que dice Paco, el del pescaíto. Si los azulejos terminan siendo terracota, me invitas a cenar.

— ¿Y si terminan siendo blancos?

— Te invito yo.

— ¿Y vas a aceptar lo que decida yo?

— No. Lo va a decidir el plano de muestras que vamos a pedir el lunes. Tú y yo nos ponemos veinte muestras de los dos colores en la pared del baño piloto, dejamos que entre la luz, vemos cuál se come a cuál y aceptamos el veredicto del Cabo de Gata.

— Es un poco trampa.

— ¿Por qué?

— Porque ya sabes que va a ganar el tuyo.

— Sí. Lo sé. Pero te doy la posibilidad de comprobarlo.

Tarda. Tarda en contestar. Coge aire. Lo suelta despacio.

— Hecho.

— Hecho.

— ¿Las Negras?

— Las Negras.

Y ahí, en ese momento, Toñi entra al despacho con una pregunta sobre el muro de la escalera, e Iago tiene una excusa perfecta para salir conmigo del despacho sin tener que mirarme a la cara.

Al pasar por la puerta, Iago se gira un instante.

— Lola.

— ¿Qué?

— Si gano yo, también te invito.

— ¿También?

— También.

Y se va a la escalera. Yo me quedo en el despacho sola, con el plano de los baños, con la lista de azulejos, con el corazón haciendo cosas que no le he pedido. Joder, Iago. Joder, joder, joder.

A la una y media subo a la habitación a llamar a mi madre. Sí, tengo cobertura ahora. Es un milagro intermitente que sucede tres veces al día durante diez minutos cada vez. Aprendí a calcularlo: a la una y media, a las cinco, y a las once de la noche. El resto del tiempo, nada.

— Hija.

— Hola, mamá.

— ¿Cómo estás?

— Bien.

— ¿Comes?

— Mamá, son las dos menos veinte, no he comido todavía.

— ¿Has desayunado?

— He desayunado, sí.

— ¿Qué?

— Café y tostada.

— ¿Y eso es un desayuno?

— Para mí, sí.

— Lola, hija, vas a enfermar.

— No voy a enfermar.

— ¿Y el hostelero?

Pausa.

— ¿Qué pasa con el hostelero?

— Que me dijiste que estaba enfadado contigo. ¿Sigue enfadado?

— Sí, sigue enfadado.

— ¿Es guapo?

— Mamá.

— Hija.

— Mamá, no voy a hablarte del aspecto físico de mi cliente.

— Eso es que es guapo.

— Mamá.

— ¿Mucho?

— Mamá.

— Vale, vale.

— ¿Cómo está papá?

— Bien, en el taller, lijando una mesita.

— ¿Qué mesita?

— La que tenía tu abuela en la entrada.

— Vale.

— Hija.

— ¿Qué, mamá?

— Que estoy contenta.

— ¿De qué?

— De que estés en otro sitio.

Me pilla en frío.

— ¿Por?

— Porque te hacía falta. Llevas catorce meses dándole vueltas a lo de Sandra. Eso, en este pueblo en el que estás, no se puede.

— ¿Por qué no?

— Porque no hay cobertura.

Me río. Me río por la nariz, una risa pequeña.

— Te quiero, mamá.

— Yo más.

— Hablamos el domingo.

— ¿A qué hora?

— A las once.

— ¿De la noche?

— Mañana de la mañana, mamá.

— Vale, hija.

Cuelgo. Me quedo sentada en la cama. Catorce meses. Mi madre ha dicho catorce meses. Sí, son catorce meses. Catorce meses desde que Sandra entró por la puerta del piso, dejó las llaves sobre la consola y me dijo, sin sentarse:

— Lola, me voy a Berlín.

— ¿De viaje?

— A vivir.

— ¿Por trabajo?

— Por trabajo.

— ¿Y yo?

— Tú aquí.

Tardé cuatro meses en darme cuenta de que Sandra, en realidad, no se había ido a Berlín por trabajo.

Sandra, en realidad, se había ido a Berlín por una directora de start-up que llevaba seis meses escribiéndole por LinkedIn.

Sandra no me lo contó. Lo descubrí porque, una tarde, intenté entrar a Instagram con su cuenta para enseñarle a Mar una receta que Sandra había guardado, y vi que Sandra había cambiado el "en una relación con Lola Carrasco" por nada.

Lo único que me ha quedado claro en catorce meses es que el cuerpo, cuando lo dejan, no se cura por aire. Se cura por barro nuevo encima del barro viejo. Y yo, en Madrid, no he encontrado el barro nuevo.

Esto, lo del Cabo de Gata, es barro nuevo.

Da igual lo que pase. Da igual si Iago Castelo es el primer hombre por el que mi cuerpo ha tenido un pensamiento incoherente en catorce meses (que lo es).

Da igual si esto se queda en una cena en Las Negras (que se va a quedar).

Es barro nuevo. Y el barro nuevo cubre. Y yo he venido a cubrirme.

Bajo a comer.

— Llegas tarde — dice Curro.

— Llamada de la madre.

— ¿Cómo está tu madre?

— Estupenda.

— ¿La tuya, Iago? — añade Curro, sin pensar.

Iago, sentado, mastica.

— Bien.

— ¿Cuándo viene a verte?

— Va a venir en mayo. Con mi padre. Y mi hermana.

— ¿Toda la familia?

— Toda.

Vale. Apunto. Mayo. Familia gallega. Esto va a ser entretenido.

— ¿Cómo se llama tu madre? — pregunto.

— Lola.

Pausa.

— ¿Perdón?

— Lola Trasmonte Romero.

— ¿Tu madre se llama Lola?

— Mi madre se llama Lola.

Curro suelta una carcajada gigante.

— ¡Joder, Iago! ¡La tienes en casa!

— En la cocina, en concreto — añade Toñi, descojonado.

Iago, comiendo, no responde. Yo, descojonada, le digo:

— Esto es muy chungo, Iago.

— ¿Por qué?

— Porque me imagino a mi suegra y se llama como yo.

— Tu suegra.

— Es un decir.

— Lola.

— ¿Qué?

— Cállate.

— ¿En serio me estás mandando callar?

— Estoy intentándolo.

— Pues no lo vas a conseguir.

Y se ríe. Iago se ríe. Una risa cortita, apretada, contra los dientes, pero risa. Yo me quedo mirándolo. Paco también lo está mirando. Curro le da una palmada en el hombro tan fuerte que casi le tira el plato.

— ¡Hostia, te has reído! — grita Curro.

— Cállate, Curro.

— ¡Es la primera vez en cinco días!

— Cállate.

— ¡Te has reído por la madrileña!

— Te juro, Curro, que te juro —

Y nos descojonamos los cinco. Iago, con una sonrisa que no logra esconder del todo, agacha la cabeza al plato. Yo me mando el último trozo de pan con un trago de vino. Y, dentro de mi cabeza, dos voces empiezan a discutir.

Voz uno: Lola, esto va bien.

Voz dos: Lola, esto va demasiado bien.

Voz uno: Pero está bueno.

Voz dos: Está bueno, sí. Pero es tu cliente.

Voz uno: Lo sé.

Voz dos: Y tú no has venido a esto.

Voz uno: Lo sé.

Voz dos: Entonces.

Voz uno: Entonces nada. Una cena en Las Negras no es nada.

Voz dos: Una cena en Las Negras es exactamente cómo empiezan las cosas que no son nada.

Voz uno: Cállate.

Voz dos: Tú cállate.

Y, mientras las dos voces se pelean, sigo comiendo.

Y mientras sigo comiendo, miro a Iago de reojo.

Iago, que come en silencio, parte pan, mastica, traga, vuelve a partir, ha levantado los ojos del plato durante medio segundo.

Medio segundo. Lo necesario para que me dé cuenta de que él, en algún momento, también estaba mirándome.