La huésped de la cala Capítulo 2
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Capítulo 2

A las dos de la tarde bajo a comer.

Me he duchado, me he cambiado, me he puesto unos vaqueros y una camiseta de tirantes negra, me he recogido el pelo en un moño bajo y me he pintado los labios. Me he pintado los labios y me he visto en el espejo y me he dicho:

— Lola, ¿te estás pintando los labios para comer con cinco albañiles y un gallego?

Yo, mirándome en el espejo:

— Cállate.

La cocina del hostal Caleta del Yegua es enorme, vieja y huele a aceite caliente.

Curro, que es el más grande de los cuatro y tiene cara de oso bueno, está dándole vueltas a una sartén llena de algo que no identifico.

José Mari, que es el más pequeño y el más bromista, está poniendo platos en una mesa larga del comedor con un mantel a cuadros.

Toñi está cortando pan. Paco está sirviendo vino. Iago no está.

— ¡Ya está aquí la madrileña! — grita Curro, levantando la sartén.

— Buenas tardes, equipo.

— Siéntate, niña, siéntate.

— ¿Os ayudo en algo?

— Tú siéntate — dice Paco, y me señala una silla justo en el centro de la mesa.

Me siento. Me siento, sí, pero antes intercepto la jarra de vino y me sirvo medio dedo, porque no quiero entrar fuerte. Paco se ríe.

— Aquí se bebe.

— Aquí también, Paco. Pero a las cuatro tengo reunión y prefiero estar entera.

— ¿Con quién, con Iago?

— Con Iago.

— Entonces sírvete el doble.

Los cuatro se ríen a la vez. José Mari trae un plato grande de arroz con conejo.

Toñi trae el pan. Curro trae una ensalada.

Yo me dispongo a comer y, en ese momento, oigo unos pasos por la escalera.

Iago entra. Se ha cambiado. Se ha puesto una camiseta gris básica, vaqueros, no le sé el coeficiente de antebrazo ahora porque la camiseta tiene manga, pero la manga es justa.

— Buenas — dice, y se sienta enfrente de mí.

— Buenas.

Curro me sirve un plato hasta arriba.

— Curro, esto es para tres personas.

— Tú come, niña, que estás muy delgada.

— No estoy delgada.

— Comparado conmigo, sí.

Y Curro, que pesará ciento veinte kilos por lo bajo, suelta una carcajada que hace temblar la mesa. Me río con él. Iago, enfrente, parte pan.

Voy a aprender mucho de Iago Castelo en las próximas ocho semanas.

Lo primero que aprendo es esto: que cuando le pones comida delante, come en silencio.

No habla. No hace ruido con los cubiertos.

Mastica, traga, parte pan, vuelve a llevarse el tenedor a la boca.

Es como si llevara una vida entera comiendo en cocinas de barcos pesqueros donde el ruido es del motor.

— Iago — digo, después de un par de minutos — . ¿Habías comido alguna vez en grupo o eres así por elección personal?

— ¿Cómo?

— Que estás callado.

— Estoy comiendo.

— ¿Y por qué los demás podemos hablar y tú no?

Paco se atraganta con el vino. José Mari directamente se descojona. Iago levanta la vista del plato. Me mira. Mastica. Traga. Se limpia con la servilleta.

— Vale — dice — . ¿De qué hablamos?

— De cualquier cosa.

— Eso no es una pregunta.

— Es una invitación.

— Pregunta concreta.

Vale. A este señor le va lo binario.

— ¿De dónde eres?

— Cangas do Morrazo, Pontevedra.

— ¿Toda la vida ahí?

— Hasta los dieciocho.

— ¿Y después?

— Santiago, ADE. Después Barcelona, MBA. Después abrí el primer hostal en la Costa da Morte.

— ¿Con qué edad?

— Veintiséis.

— Joder.

— Sí.

— ¿Y el segundo?

— Ribadeo, a los treinta.

— ¿Y el tercero?

— Llanes, a los treinta y tres.

— ¿Y este?

— Treinta y ocho. — Coge la jarra de vino, se sirve un poco. Mira la mesa — . Este es el sur. Yo no sé hacer sur.

Eso me llama la atención.

— ¿Y por qué te has metido?

Tarda. Mira el plato. Levanta los ojos.

— Porque vine de vacaciones hace un año y medio y no me lo pude quitar de la cabeza.

— ¿La cala?

— La cala.

— Entonces sabes hacer sur.

— No.

— Has dicho que no podías quitártela de la cabeza. Eso, en cualquier idioma del mundo, significa que la cala te llamaba.

— Las calas no llaman.

— Las calas, las personas, los gatos. Casi todo te llama si tienes los oídos limpios.

Me mira. Tres segundos. Los cuatro segundos. Para. José Mari, que está sentado al lado de Iago, le da un codazo cariñoso.

— Iago, la niña filosofa.

— Eso veo.

— A mí me gusta cuando filosofa.

— Pues a mí dadme un plano y me hago un hostal.

Eso me hace reír. Iago, sin venir a cuento y por primera vez, deja que la comisura de la boca le suba un milímetro. No es una sonrisa. Es la antesala intermedia de una sonrisa. Voy avanzando.

— ¿Tú? — me dice — . ¿Madrid?

— Madrid. Madrileña de Móstoles, hija de jienense.

— ¿Estudiaste allí?

— ETSAM, sí.

— Y luego Aalto.

— Y luego Aalto, sí.

— ¿Por qué Helsinki?

— Porque me interesaba la arquitectura bioclimática, y los finlandeses lo hacen mejor que nadie en climas extremos. Pensé: si entiendo cómo aislan ellos de menos veinte, entenderé cómo aislo yo de cuarenta y cinco.

Asiente. Es la primera vez que asiente.

— Por eso me has llamado, ¿no? — añado.

— Por eso te he llamado.

— ¿Y por qué pensabas que ese Carrasco con Aalto y bioclimática iba a ser un señor?

Silencio absoluto en la mesa. Los albañiles miran al plato como si en el plato se les hubiera escondido un mapa del tesoro. Iago se limpia con la servilleta. Tarda.

— Porque me lo presentaron como Carrasco — dice — . Y porque, sin pensarlo, asumí.

— Asumiste.

— Sí.

— ¿Y qué pensaste cuando me viste salir del Mini?

— Que iba a tener que cambiar de plan.

— ¿De plan?

— De estrategia.

— ¿Conmigo?

Me mira fijo. No se le mueve nada. Solo los ojos.

— Con la obra.

— ¿Y por qué cambiabas la estrategia de la obra al verme a mí?

— Lola — interviene Paco, con voz de quien quiere salvar a su jefe — , come, niña, que se te enfría.

Iago no responde. Le sostengo la mirada otro segundo. Bajo la vista al arroz. Como.

Bien. Punto uno: Iago Castelo, en algún lugar profundo del cerebro que tiene encerrado a base de hostales boutique, sabe que sí, que ha cambiado la estrategia al verme a mí, y no sabe cómo decirlo sin parecer un capullo.

Punto dos: Iago Castelo, además, tiene los ojos demasiado claros para mirarme como me ha mirado. Punto tres: yo no he venido a esto.

— Curro — digo, cambiando de tema — . Este arroz está espectacular.

— ¿Te gusta?

— Como para casarme contigo.

— Mi mujer va a estar encantada.

— Tu mujer es una valiente.

Risas. Iago, enfrente, parte pan. No me mira.

Pero tampoco no me mira, sé que está atento a cada gesto que hago.

Lo sé porque, cuando me sirvo más vino, él para de partir pan.

Lo sé porque, cuando dejo el tenedor en horizontal sobre el plato porque ya no puedo más, él se da cuenta antes que nadie.

Lo sé porque hay personas que pasan desapercibidas y personas que están pendientes de todo, y este señor, vaya por dios, es de los segundos.

— Por cierto — dice Paco, mientras Curro recoge — . Yo no sé si te lo ha dicho Iago, pero esto, la habitación que te ha tocado, no es donde vas a dormir las próximas semanas.

— ¿No?

— No. Esa la van a tirar en cuatro días, porque el muro maestro hay que aislarlo. Vas a dormir abajo, en la que está al fondo del patio.

— ¿Hay una habitación al fondo del patio?

— Sí. Es la habitación de invitados, la que se hizo el dueño anterior para él. Está bien. Es independiente del hostal. Tiene su baño.

— Vale.

— Y la otra, la del piso de arriba, la grande — añade Paco, mirando a Iago de reojo — , Iago va a usarla las primeras semanas, hasta que terminemos planta baja. Luego se mueve abajo y entonces tú vuelves a la grande.

— ¿Vamos a turnar?

— Vamos a turnar — confirma Iago.

— Como matrimonio mal avenido.

Paco se descojona. Toñi se descojona. Iago, sin mover un músculo, dice:

— Mejor llevado que muchos matrimonios.

Y ahí, ahí, me como el último trozo de pan con vinagre para no decir nada, porque si abro la boca voy a contestarle lo que no toca.

— ¿Café? — pregunta Curro, levantándose.

— Café — decimos todos.

A las cuatro menos cuarto bajo al despacho.

El despacho es una habitación pequeña con una mesa enorme de madera maciza, dos sillas, una lámpara de pie y una pared entera ocupada por una estantería con catorce carpetas etiquetadas por años.

Iago ya está allí. Tiene los planos extendidos sobre la mesa, con el café al lado, y está apuntando en una libreta con un boli azul.

Levanta la vista cuando entro.

— Lola.

— Iago.

— Te he hecho una lista.

— Una lista.

— De cosas que quiero, cosas que no quiero, cosas que tengo claras y cosas que no.

— Vale.

Me siento. Acerco la lista. Tres folios escritos por las dos caras, a mano, con una letra que es de quien escribió mucho a mano en el instituto. Tinta azul, márgenes regulares, listas numeradas. Madre mía, este hombre.

Mientras leo, él habla.

— He pensado mucho en esto. Quiero un hostal sobrio.

Doce habitaciones. Materiales nobles, locales si se puede.

Quiero que la luz del cabo entre por todas partes.

Quiero un patio interior que funcione como salón.

Quiero un comedor que se pueda abrir al exterior.

No quiero nada que sea moderno de revista.

— Vale.

— No quiero pasillos largos.

— Vale.

— Y no quiero piscina.

Eso me hace levantar la vista.

— ¿No quieres piscina?

— No.

— ¿Por qué?

— Porque hay una cala a treinta metros.

— Iago. — Dejo la lista. Sonrío — . La cala es de todos. Tus clientes pagarán doscientos euros la noche y querrán tener una piscina exclusiva, porque a las diez de la mañana en agosto la cala tiene a un grupo de excursionistas y dos perros sueltos.

— Mis clientes querrán el mar.

— Tus clientes querrán las dos cosas.

— Yo no quiero piscina.

— Iago. La piscina no la haces para ti. La haces para ellos.

— No.

— ¿Vamos a empezar la obra discutiendo la piscina?

— Si hay que empezar discutiendo, empezamos discutiendo.

Le sostengo la mirada. Él me sostiene la mirada. Llevamos ocho horas conociéndonos y ya hemos peleado por mi sexo, por mis maletas, por la habitación, por mis planos y por una piscina que no existe.

— Vale — digo, finalmente — . Te propongo una cosa.

— Dime.

— Te diseño dos versiones del proyecto. Una sin piscina. Otra con piscina pequeña, integrada en el patio, tipo lámina de agua. Las miramos en abril, cuando esté el resto definido. Y si te sigue sin convencer, fuera. Pero no me cortes de inicio una opción.

Tarda dos segundos.

— Hecho.

— Vale.

— Hecho.

— Pasamos a otra cosa.

— ¿A los azulejos?

— A los azulejos.

Y entonces, durante las dos horas siguientes, durante las dos horas más interesantes que he tenido profesionalmente en seis meses, Iago Castelo y yo nos peleamos por los azulejos, por los suelos, por la madera, por el color de los marcos, por la cocina, por la ducha exterior, por las luces de la terraza y por la cantidad de toallas que tiene que haber por habitación.

Nos peleamos en serio. Nos peleamos sabiendo de lo que hablamos.

Y, cuando levantamos la cabeza, son las seis y media y por la ventana el sol del cabo se está poniendo más despacio que el sol de cualquier otro sitio.

— Lola — dice Iago, cerrando la libreta.

— ¿Qué?

— Me has dado dolor de cabeza.

— Tú también a mí.

— No vamos a estar de acuerdo.

— No vamos a estar de acuerdo, no.

— Bien.

— Bien.

Salgo del despacho con la cabeza zumbando, la espalda machacada y un nivel de cabreo profesional que no sentía desde la universidad. Me cruzo a Paco en el pasillo. Me mira de reojo.

— ¿Habéis discutido mucho?

— Mucho.

— ¿Os habéis matado?

— No del todo.

— ¿Vas a ducharte?

— Voy a ducharme y voy a bajar a la cala.

— Niña.

— ¿Sí?

— No te metas en el agua sola de noche.

— ¿Por?

— Porque hay corriente en la punta. Y porque, si te pasa algo, a Iago lo mato yo y luego me suicido. Y no quiero los dos disgustos en el mismo día.

Le doy un beso en la frente. Paco huele a tabaco y a jabón Lagarto. Me recuerda a mi abuelo Joaquín. Subo a la habitación, me cambio, cojo una toalla y bajo a la cala.

La cala, a las siete y cuarto de la tarde de un día de marzo, es la cosa más obscena que he visto en mi vida.

El agua, completamente quieta, refleja el último naranja del cielo.

La arena está fría. No hay nadie. Me siento sobre la toalla.

Saco un Marlboro Touch que solo me fumo cuando estoy muy nerviosa, lo enciendo, doy una calada, expulso el humo hacia el mar.

— Madre mía — digo en voz alta.

El mar no contesta. El mar nunca contesta. Esto, en general, es la maravilla del mar.

Me quedo ahí hasta que se hace de noche. Vuelvo al hostal con la toalla doblada, el cigarro apagado, una calma rara en la barriga y la sensación absoluta de que esto no va a ser un trabajo normal.

Iago está en la puerta del despacho cuando entro. Me mira pasar.

— ¿Has bajado a la cala?

— He bajado a la cala.

— ¿Te ha gustado?

— Me ha gustado.

— Bien.

— Bien.

Subo. Paso por su lado. Justo antes de coger el primer escalón, sin saber por qué, me giro.

— Iago.

— ¿Qué?

— Mañana, los azulejos.

— Mañana, los azulejos.

— Que sepas que voy a ganar.

Levanta la vista. Y, por primera vez desde que he llegado, sonríe. Una sonrisa pequeña, lateral, contenida. Una sonrisa de quien lleva mucho tiempo sin sonreír.

— Ya veremos — dice.

— Ya veremos.

Subo las escaleras con la sonrisa puesta. La sonrisa, técnicamente, no debería estar puesta. Pero ahí está.

Y, mientras subo, le mando un mensaje a Las Inestables, aunque no tenga cobertura, porque sé que cuando lo recupere el mensaje saldrá:

Lola 19:38: Tías. Esto va a ser largo.

Lola 19:38: Va a ser bueno.

Lola 19:39: Y, sobre todo, va a ser un puto desastre.