La huésped de la cala
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Capítulo 1
El Mini blanco se queja como si lo estuviera matando.
— Tú aguanta, bonito — le digo al volante, porque hace tres kilómetros que no veo asfalto y el GPS lleva otros tres diciendo "recalculando" con esa voz de tía a la que le da exactamente igual lo que me pase.
Esto, según el correo de Iago Castelo, era una "pista en buen estado". Esto, según mis riñones, es la antesala de la diálisis. Esto, según el polvo que entra por la rejilla de ventilación, es Almería en estado puro.
Sé dos cosas con seguridad. Una: que mi madre, si me viera, lloraría. Dos: que el universo me odia justo lo necesario para que sea entretenido.
Llevo desde las siete de la mañana en la carretera.
Salí de Lavapiés con un termo de café, un bocadillo de tortilla que Candela me preparó a las siete menos cuarto en pijama y una playlist que se llama, sin la menor ironía, "Despechá para sobrevivir lo que sea".
Cinco horas y media después, "Despechá" ha sonado cuatro veces y yo voy por el segundo "porque me lo merezco" de Rosalía.
— Estás como una cabra — le susurro al espejo retrovisor.
La cabra del retrovisor me mira con el moño deshecho, una camiseta blanca con manchas de café y unas gafas de sol enormes para tapar las ojeras de la noche anterior.
La cabra del retrovisor tiene treinta y dos años, una carrera, un máster en Helsinki y aún así está aquí, levantando polvo en el culo del mapa de España, porque la única persona que le ha ofrecido un proyecto decente en seis meses fue un gallego que firmaba los correos con un "saludos cordiales" tan seco que parecía mandarte a la mierda.
Bienvenida a Cabo de Gata, Lola Carrasco.
La pista coge una curva cerrada y, de pronto, ya no hay pista.
Hay un descampado, hay dos casas blancas pequeñas, hay un caballo atado a un olivo y, al fondo, contra el azul más obsceno que he visto en mi vida, hay un edificio de dos plantas con la fachada blanca a medio caer, una rotulación a medio comer por el sol que dice CALETA DEL YEGUA y, justo delante, un tío plantado con los brazos cruzados.
Freno. El Mini levanta una nube de polvo que va a parar directamente al tío, que ni pestañea.
Vaya entrada triunfal, Lola.
Salgo del coche con la dignidad que me queda, que no es mucha. Estiro la espalda, oigo cómo crujen tres vértebras que yo no sabía que tenía, y avanzo hacia él tendiéndole la mano.
— Lola Carrasco. Encantada.
Él no descruza los brazos.
— ¿Lola?
— Sí. — Sonrío con todos los dientes — . Lola, sí.
— El estudio me mandó un Carrasco. Sin Lola.
Vale.
Vale, vale, vale.
Lo miro un segundo, intentando que mi cara no haga lo que mi cara está deseando hacer, que es ponerse en modo "señora a la que no se le toca los ovarios".
Es alto, esto ya lo sé, alto y ancho, con el pelo castaño oscuro un poco crecido, una barba de cuatro o cinco días, los ojos de un azul que no debería ser legal a esta hora del día, una camisa de lino remangada hasta los codos y unos antebrazos que, hostia, vamos a ignorar los antebrazos, Lola, céntrate.
— Es porque firmo Carrasco. — Bajo la mano, porque si la dejo ahí un segundo más voy a parecer una idiota — . Carrasco Estepa. Lola.
— Yo entendí Carrasco a secas.
— Y, en su defensa, también soy Carrasco a secas. Es solo que, además, soy mujer.
Silencio.
Iago Castelo, treinta y ocho años según el dossier, tres hoteles boutique en la cornisa cantábrica, hostelero estrella de la prensa especializada, me mira como si yo fuera un error administrativo que no sabe muy bien cómo corregir.
Y luego, sin descruzar los brazos, sin sonreír, sin dejar de fruncir el ceño, dice:
— Esperaba a un hombre.
A mí me sube por la garganta una risa que no debería dejar salir. La dejo salir.
— Pues mire, qué pena. Le ha tocado yo.
Detrás de él, en la puerta del hostal, hay un señor mayor con un metro de carpintero al cuello y un chaval de unos veinte que asoma la cabeza con descaro. El señor mayor sonríe sin disimular. El chaval suelta una palmada contra el marco que dice "esto va a ser bueno".
Iago les lanza una mirada que les corta la sonrisa a la mitad. A los dos. Sin decir nada. Solo con los ojos. Joder, qué hombre.
— ¿Equipaje? — me pregunta.
— En el maletero.
Se acerca al coche. Yo me quedo un paso atrás porque, sinceramente, no sé si estoy más cabreada, más cansada o más fascinada, y mi cuerpo no se decide.
Abre el maletero. Mira las dos maletas grandes, la caja con los libros, las dos cajas con material, el portaplanos enorme y la bolsa con cinco pares de zapatillas. Cierra los ojos un instante.
— ¿Cuánto tiempo va a estar? — pregunta.
— Lo que dure la obra.
— Son ocho meses.
— Sí. — Sonrío otra vez, porque mi sonrisa cuando me sacan de quicio es una sonrisa preciosa y peligrosa — . Ocho meses con extras.
— Extras.
— Sí. Como el verano, por ejemplo. O las vacaciones de Semana Santa.
O los fines de semana que decida quedarme porque me apetece.
O las cinco visitas de jefe de obra que sus albañiles van a necesitar la semana que viene para que los azulejos del baño no terminen como en Lourdes.
— Le tiendo la maleta más pesada — . Yo no he venido a hacer turismo, señor Castelo. He venido a hacer su hostal.
Coge la maleta con una sola mano. Una. Sola. Mano. La gente que carga así no debería ir por la vida en camisa de lino.
— Iago.
— ¿Perdón?
— Iago. Sin señor. Aquí no somos de "señores".
— Vale. — Cojo la otra maleta yo — . Iago. Y entonces yo soy Lola. Sin Carrasco. Aquí no somos de apellidos.
Se queda mirándome dos segundos. Luego se da la vuelta y echa a andar hacia el hostal.
Yo lo sigo con la maleta a rastras, agradeciéndole en silencio a quien sea que el polvo del camino me esté tapando la cara, porque tengo las mejillas del color de un tomate de Almería y prefiero que él no se entere.
— Lola, este es Paco — dice cuando llegamos a la puerta. Señala al señor del metro — . Capataz.
— Encantada. — Le doy la mano. Paco tiene una mano enorme, callosa, calentita.
— El gusto es mío, señora arquitecto.
— Arquitecta — corrijo yo, sonriendo.
— Arquitecta — repite él, encantado.
— Y este — sigue Iago — es Toñi.
— Antonio José Heredia Mendoza, para servirla. — El chaval me hace una pequeña reverencia que es entre cómica y entrañable — . Pero todo el mundo me dice Toñi.
— Encantada, Toñi.
— Y dentro — dice Iago, sin pararse — están Curro y José Mari. Los conocerás cuando paren a almorzar.
— ¿A qué hora almorzáis?
— A las diez.
Miro mi reloj. Son las doce y media.
— ¿Ya habéis almorzado?
— Sí.
— ¿Y comido?
— Comemos a las dos.
— Comeré con vosotros.
Iago se gira sin dejar la maleta en el suelo.
— ¿Perdona?
— Que como con vosotros. Si os parece bien.
Paco se está aguantando la risa con un esfuerzo titánico. Toñi directamente me guiña un ojo.
— A las dos — repite Iago, sin entonación — . Aquí. Comemos lo que haya.
— Perfecto.
Entra. Yo entro detrás. Y dentro descubro lo siguiente: que el hostal Caleta del Yegua, el cuarto hotel boutique de Iago Castelo, el proyecto estrella que va a abrir en septiembre y por el que yo voy a cobrar lo suficiente para pagarme el dentista, el psicólogo y un fin de semana en Cádiz cuando esto acabe, está hecho una mierda absoluta.
No literalmente. Está limpio. Pero la última reforma debe de ser de los setenta.
Hay azulejos verde aguacate por todas partes.
Hay un mostrador de recepción de madera barnizada que parece sacado de un consultorio dental del 84.
Las habitaciones, que asomo de reojo, tienen cortinas de flores marrones.
Las puertas chirrían. El suelo de baldosa gris está pulido por décadas de pasos, pero la baldosa es eso, baldosa gris.
La cocina, al fondo, se ve por una puerta entreabierta: campana extractora vieja, encimera de mármol falso, fluorescente.
Y, sin embargo.
Sin embargo, hay luz por todas partes. Una luz blanca, dura, que entra por unos ventanales que dan al mar y que rebota contra las paredes encaladas como si quisiera convertir el sitio en otra cosa.
Y, asomada al ventanal del fondo, está la cala.
La cala- cala. Una herradura de arena oscura y agua transparente, dos rocas grandes a los lados, sin un alma, sin un parasol, sin una sombrilla.
El Cabo de Gata sin filtro. La cosa más bonita que he visto en seis meses.
— Joder — digo, sin pensar.
Iago, que está soltando mi maleta en la recepción, levanta la vista.
— ¿Perdón?
— Que es preciosa.
— ¿La obra?
— La cala.
Por primera vez desde que he llegado, las comisuras de la boca se le mueven medio milímetro. No es una sonrisa. Es la antesala muy lejana de una sonrisa.
— Lo sé — dice.
— ¿Tu habitación dónde está?
— ¿Mi habitación?
— Pensaba dormir en una de las habitaciones de la planta de arriba. Pero antes de instalarme, lo correcto sería preguntar dónde estás tú, para no quedarme contigo encima.
Tarda en contestar.
— Estoy en la del fondo, la grande, la que da a la cala.
— Vale. Yo cojo la de al lado del baño grande, la del primer piso. Para tenerlo cerca.
— ¿El baño?
— El baño. Porque voy a vivir en el baño durante las próximas cuatro semanas. — Le sostengo la mirada — . Cuando empiece a romper azulejos.
— ¿Vas a romper los azulejos del baño?
— Voy a romper todo lo que haya que romper. Para eso me has contratado.
— Te he contratado para diseñar.
— Sí. Y para supervisar la obra. Que es lo mismo que romper, pero con bata blanca.
Paco, que está apoyado en el marco de la puerta de la cocina, suelta una risa pequeña. Iago se gira hacia él. Paco vuelve a su gesto neutro como si nada.
— Va a ser largo — dice Paco, mirándome con cariño paternal — . Pero va a ser bueno.
— Eso espero, Paco.
— Niña, ¿de dónde eres?
— De Madrid. Pero mi madre es de Linares.
A Paco se le iluminan los ojos.
— Linares.
— Linares.
— ¿Y por qué hablas como una madrileña?
— Porque vivo allí desde que nací.
— Pues qué pena, hija mía. Qué pena.
— Lo mismo digo, Paco.
Le sonrío. Él me sonríe. Iago, detrás del mostrador, ha apoyado las manos en la madera barnizada como si la madera tuviera la culpa de algo.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Subo la maleta?
— No, gracias. Yo la subo. Estoy acostumbrada.
— Pesa.
— Pesa lo justo.
— He dicho que pesa.
— Y yo he dicho que la subo yo.
Y ahí, por un segundo, los dos nos miramos por encima del mostrador con una intensidad que no le corresponde a una discusión sobre el peso de una maleta.
Él, con el ceño fruncido. Yo, con la barbilla un poco alta porque, cuando me sale, me sale así.
Paco, en la puerta de la cocina, decide en ese momento que es muy buena hora para meterse a por agua.
— Como quieras — dice Iago, soltando la maleta — . Está abierto. La habitación. Hay sábanas en el armario.
— Perfecto.
— A las dos comemos.
— Perfecto.
— Y a las cuatro empezamos a hablar de planos.
— Iago. — Sonrío, porque ya me he calentado y ya no puedo parar — .
A las cuatro empezamos tú y yo a hablar de muchas cosas.
Por ejemplo, de por qué he hecho seiscientos kilómetros con un Mini para llegar aquí.
Por ejemplo, de por qué no contestas a mis correos los fines de semana.
Por ejemplo, de por qué pensabas que un Carrasco con máster en Aalto iba a ser un señor con bigote. Pero, sobre todo, de los planos. Sí.
Iago coge aire por la nariz. Lo deja salir despacio.
— A las cuatro — repite.
— A las cuatro.
Y se va a la cocina sin mirarme.
Yo arrastro la maleta hacia la escalera.
La escalera es vieja, los escalones crujen, el pasamanos está pegajoso por años de manos.
La habitación que me toca tiene una cama de matrimonio mediana, una cómoda con un espejo desnivelado, una alfombrilla de fibra y, sobre la cómoda, un cuadro horrible de un velero al atardecer. La ventana, eso sí, da al mar.
Me siento en la cama. Cojo el móvil. No tengo cobertura. Eso ya me lo había avisado Iago por correo. Lo que no me había avisado es que no había wifi.
— Cobertura cero — digo al techo — . Y nadie con quien pelearme excepto él.
Suspiro. Saco el móvil otra vez, lo enchufo al cargador por fe, y abro el grupo de WhatsApp Las Inestables. No me carga, claro. Pero al menos veo el último mensaje, de las siete y cuarto de la mañana, de Candela.
Candela 7:14: Pasa de él. Tú haces tu trabajo y vuelves. No te enamores. Que te conozco.
Mar 7:21: Yo voto enamorarse. Pero solo si está bueno. Manda foto.
Candela 7:22: Mar, te juro por mi madre que te bloqueo.
Mar 7:22: Bésame.
Mar 7:22: ¿Foto cuándo?
Sonrío sola. Me tumbo en la cama. Miro el techo.
Por la ventana entra el sonido del mar, muy lejos, lavando la cala que acabo de ver.
Pienso, sin querer, en los antebrazos de Iago Castelo.
Pienso, sin querer, en la manera en que ha cogido la maleta con una sola mano.
Pienso, sin querer, en que es la primera vez en catorce meses que me fijo en los antebrazos de un hombre.
— Madre mía — le digo al techo — . Madre mía, madre mía, madre mía.
El techo no contesta. El techo, sabiamente, se calla.
Yo cierro los ojos un minuto. Solo un minuto. Y, sin querer, sin pedírselo a nadie, mi cabeza me regala, antes de levantarme, la única frase que sintetiza el día.
Esto va a ser largo. Va a ser bueno. Y, sobre todo, va a ser un puto desastre.