Capítulo 32
Octubre se va. Noviembre llega.
La primera semana de noviembre, Iago, Noa y yo nos vamos los tres a Cangas.
Cuatro días. El padre de Iago, ya, recuperado, con su bastón y sus pastillas.
La madre de Iago me lleva a la pulpería el martes por la mañana, me enseña la cocina vieja, me ata un mandil enorme alrededor de la cintura y me pone a pelar pulpos durante cuarenta y cinco minutos.
Yo, mientras pelo pulpos, le pregunto cosas.
Lola madre me contesta. Lola madre, mientras me contesta, me mira de reojo.
Lola madre, descubro, cuando le caes bien, no para de mirarte.
A las dos de la tarde comemos los seis (Manuel, Lola madre, Eva, su marido Manolo, Iago, Noa, yo) en el comedor de la casa de Cangas. Mi suegro, al postre, se gira hacia mí.
— Lola.
— ¿Sí, Manuel?
— Una pregunta.
— Dispara.
— ¿Te ha mandado la familia de Iago alguna nuera-pregunta todavía?
— ¿Nuera-pregunta?
— Nuera-pregunta. Que es una pregunta que es de las que se hacen a las nueras y que tú aún no has tenido.
— Manuel.
— ¿Qué?
— Me suegra, esta mañana, me ha metido en la pulpería a pelar pulpos.
— Vale. Ya, sí.
Y se ríe. La familia gallega se descojona.
A la vuelta del avión, Iago, en el aeropuerto, mientras esperamos la maleta:
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Te ha pasado por la cabeza venir a vivir a Cangas?
— Iago.
— ¿Qué?
— En algún momento, quizás. No es algo inmediato.
— ¿Por?
— Porque, Cangas, es muy bonito. Pero, mi familia (mis padres, Mar, Cande), está en Madrid. Tu hija, en Bilbao. Mi estudio, en Madrid. Y, lo que tenemos los dos, está repartido. No me parece que tengamos que centralizarlo en ningún sitio.
— Vale.
— ¿Tú lo has pensado?
— Lo he pensado a veces. Pero, igual que tú.
— Iago.
— ¿Qué?
— Madrid, cala, Cangas.
— Madrid, cala, Cangas.
— ¿Mudanza repartida?
— Mudanza repartida.
A finales de noviembre, Iago se viene a vivir a Lavapiés diez días.
Pessoa lo acepta. Iago, en estos diez días, instala en mi piso pequeño una librería en una pared del salón con sus libros.
Trece libros de cocina y hostelería. Cuatro novelas.
Tres ensayos. Un libro sobre Cangas que ha traído su padre como regalo para mí.
Yo le hago un hueco a la izquierda de mis libros, en mi estantería antigua, en la pared opuesta.
A primeros de diciembre, hago la primera visita a la cala.
Iago, ahí, llevaba ocho días recibiendo a los primeros huéspedes del hostal.
Curro, contratado a media jornada, se encarga de la cocina.
La gestión, la lleva Iago todavía. Pero, en enero, va a contratar a una pareja que ya conoce de Sal de Mar (Llanes), que se mudan para ser director y subdirectora del hostal nuevo.
Caleta del Yegua, en su primer mes, recibe cuarenta huéspedes. Llena al setenta por ciento. Cuatro reseñas en Booking, las cuatro de nueve sobre diez para arriba. Una pareja de Barcelona ha pedido renovar dos noches en su segundo día.
Iago, en la cala, esa semana, se va a Mallorca tres días por la primera visita de la consultoría con Aurea. Vuelve el viernes con un cheque de los primeros cuarenta mil euros y un montón de fotos del hotel boutique que ha auditado.
Yo, en la cala, esa semana, recibo en mi móvil un email de un cliente que ha contactado a PLOMO.
Un cliente nuevo, mediano, un hostal en Cabo de Palos.
Mar me lo reenvía con dos palabras: "PRIMER ENCARGO".
Yo, en el patio del hostal, leo el email mientras Iago, fuera, fuma un puro de domingo (sí, fuma puro los domingos, sí, lleva fumando los domingos desde los treinta, sí, no era un detalle que yo conociera de él hasta este domingo de diciembre).
A primeros de enero, en el piso de Lavapiés, abrimos PLOMO oficialmente.
Mar, Candela y yo, las tres, con el cartel de PLOMO en la fachada del estudio de la calle Embajadores.
Iago, en la inauguración, sirve cava. Curro, sin que se lo pidamos, ha venido a Madrid a echar una mano.
Curro, en la inauguración de un estudio de arquitectura de tres mujeres en Lavapiés, sirve cava al lado de Iago.
Curro, según me dice Mar al oído, "es el ser humano más bueno que se ha visto en este barrio en años".
A finales de enero, dejo el blíster. Sin decir nada. Sin ceremonia. Simplemente, no lo abro. Tiro la caja entera. La caja, en el cubo de basura, se queda boca arriba.
Iago, esa noche, sin que yo le diga nada, me besa la frente con un beso largo.
— ¿Lo sabes? — le pregunto.
— Lo sé.
— ¿Cómo?
— He visto la caja en el cubo.
— ¿En el cubo?
— En el cubo.
— Cabrón.
— Te quiero.
A finales de febrero, no hay nada. A finales de marzo, no hay nada. A finales de abril, no hay nada. Yo, en abril, le digo a Iago una cosa que llevaba dos meses tragándome.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Y si no funciona?
— ¿Si no funciona qué?
— Si no me quedo embarazada.
— Lola.
— ¿Qué?
— En tres meses, en una mujer de treinta y dos años, no se sabe nada.
— ¿Lo sabes seguro?
— Lo sabe Eva. Y, Eva, es médica.
— ¿Le has preguntado a Eva?
— Sí.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Por qué no me lo habías dicho?
— Porque, en este caso, no quería meterte tensión. Estaba esperándote a que me lo preguntaras.
— Iago.
— ¿Qué?
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
Y, en mayo, sí.
Mayo, primera semana, lo descubro yo. En el baño del piso de Lavapiés. Una tarde, sola, con un test de farmacia. Dos rayas.
Mando una foto del test a Iago. Iago, en la cala, en mitad de una reunión con el matrimonio de directores, deja el móvil sobre la mesa, sale del despacho sin pedir permiso, baja a la cala, se sienta en la arena, llora veinte minutos.
Eso me lo cuenta Curro al día siguiente por teléfono.
Curro: "Niña, ayer Iago se rompió en la cala. Me lo contó él. Yo, en la cocina, también lloré."
A mi madre, en Móstoles, se lo digo el sábado siguiente. Mi madre, en la cocina, se quita el delantal. Mi padre, en el taller, deja la lija. Se sientan los dos en el sofá. Me cogen la mano.
— Hija.
— ¿Sí, mamá?
— Por fin.
A la madre de Iago, en Cangas, se lo dice él. Lola madre, en la pulpería, recibe la llamada a las once y media. Le contesta con dos palabras: "Niño. Ya."
Y, en mayo, ese mismo mes, nos vamos los tres (Iago, Noa, yo) a Cangas a pasar un fin de semana. Mi suegra me pone otra vez el mandil. Me ata. Me pone delante de un pulpo. Y, mientras lo pelo, me dice, sin mirarme:
— Niña.
— ¿Sí, abuela Lola?
— En esta familia, ya, oficialmente, sí.
— ¿Familia?
— Familia.
— ¿No lo era antes?
— Mi niña. La familia genética y la familia elegida son la misma. Pero, ahora que vas a parirme un nieto, las dos son la primera.
— Abuela Lola.
— ¿Qué?
— Esa frase la he oído en boca de su hijo.
— Lo sé.
— ¿Se la enseñó usted?
— Se la enseñé yo.
Y los dos, los Castelo-Trasmonte y los Carrasco-Estepa, ya sin contar a los Sangoiti que están al margen, formalizamos en una sobremesa que va a haber un bebé en enero o febrero del año que viene.
Y, en el resto de meses de aquel año, mi vida se reparte entre Madrid, cala y Cangas. Iago, en Madrid, vive doce noches al mes. Yo, en la cala, vivo ocho. En Cangas, los dos, otras tres. Pessoa, en Madrid, todo el tiempo, conmigo.
A primeros de febrero del año siguiente, en el Gregorio Marañón, en Madrid, a las cuatro y cuarto de la mañana, después de catorce horas de parto, doy a luz a un niño.
Le ponemos Manuel. Por mi suegro. Por mi abuelo materno, también. Manuel Castelo Carrasco. Tres kilos doscientos.
Iago, en la sala de partos, llora otra vez.
Y, mi madre, mi suegra, Mar, Candela, Eva, las tres horas siguientes, lo cogen por turnos. Noa, mi hijastra (sí, se le puede llamar así, ya, está oficial), me besa la mano y me dice:
— Lola.
— ¿Qué, Noa?
— Por fin tengo hermanito.
— Por fin.
— ¿Y soy su hermana mayor?
— La hermana mayor.
— Para siempre.
— Para siempre.
Y, en el año siguiente, terminamos de organizar la mudanza repartida.
En Madrid, alquilo en Embajadores un piso más grande, de tres habitaciones.
Nos cambiamos los tres a vivir allí. Mi piso pequeño de Lavapiés lo dejamos para invitados (Mar, Cande, las amigas, los de Galicia, los de Asturias).
Iago, en Madrid, ya, vive las dos terceras partes del mes.
En la cala, pasa una semana al mes. En Cangas, una.
Noa viene los fines de semana cada quince días desde Bilbao.
PLOMO, después del primer año, tiene cinco proyectos activos.
Mar, encantada. Candela, salió del bufete oficial en septiembre y vino al estudio a tiempo completo en octubre.
Caleta del Yegua, el primer caso, se ha multiplicado en quince consultas más.
Iago, además, ha pasado el segundo año de su consultoría con Aurea, y dice que, después del tercero, va a parar.
Pessoa muere en el otoño. Quince años y nueve meses. Iago, esa noche, lo abraza dos horas. Lo enterramos en una caja de zapatos en una maceta grande de la terraza del piso de Embajadores. La maceta sigue allí. Le pusimos un romero encima.
Y, mientras todo eso ocurre, a Caleta del Yegua, una vez al mes, los tres vamos. A veces, los cuatro, cuando Noa puede.
Y, esta tarde, dos años después de aquel marzo en que mi Mini blanco se tragó por primera vez la pista de tierra hacia un hostal que no sabía que iba a cambiarme la vida, estoy sentada en el patio del Caleta del Yegua con un café en la mano.
Iago, dentro, está hablando por teléfono con Beatriz Marín, que sigue siendo su contacto en Aurea.
Manuel, dos años, juega en la arena del patio con un cubo y dos palitos.
Noa, ocho años, está leyendo un libro en una hamaca.
Curro, en la cocina, hace tortilla.
Paco, en el patio interior, está ayudando a la pareja de directores a colocar una persiana nueva. Paco viene una vez cada dos meses. Caleta del Yegua, en su tercer año, ya está consolidado.
Yo, en el patio, con el café, miro la cala. La cala, abajo, "shh shh shh" contra las rocas. Sin un alma.
Y, sin pretenderlo, sin escribirlo de antemano, mi cabeza se pone a redactar la frase exacta que me lleva persiguiendo dos años.
He hecho cuarenta proyectos de arquitectura sostenible en seis países.
Veintinueve han sido publicados. Dieciocho me siguen orgullosa.
Solo en uno me enamoré del cliente, le partí los azulejos del baño porque me daba la gana y terminé compartiendo armario con la única niña de seis años con la que he tenido paciencia en mi vida.
La cala sigue sin cobertura. Por eso volvemos.