La huérfana de los muelles CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

C omenzó con un destello pequeño e insignificante. Una sola lengua de fuego asomando por una grieta en la puerta del almacén. Pero para cuando el vigilante en el extremo del muelle vio el primer resplandor anaranjado, el fuego ya se había apoderado del lugar.

—¡Fuego! —se oyó el grito—. ¡Fuego en Warrington el suelo aún crepitaba con el destello ocasional de las brasas moribundas.

Elijah permanecía de pie en el borde de la ruina, con las botas hundiéndose ligeramente en el hollín húmedo y los puños apretados a los costados.

El agente a su lado hablaba, algo sobre la guardia nocturna, sobre un incendio provocado, sobre inconsistencias, pero Elijah apenas escuchaba. Tenía la mirada fija en el armazón ennegrecido del edificio. En el humo que se elevaba en espirales perezosas.

Lo había sabido antes de llegar.

Había habido algo en el tono de voz del mensajero cuando había aporreado la puerta de Elijah a las tres de la madrugada. Algo tenso. Algo definitivo. Una renuencia a mirarlo a los ojos, como si la noticia fuera demasiado pesada para cargar con ella y sostenerle la mirada al mismo tiempo.

—Almacén Warrington —había jadeado el muchacho—. Quemado hasta los cimientos. Creen que… debería venir.

Dio un paso adelante, cruzando la cuerda que los vigilantes habían tendido para contener a la multitud congregada. Los rostros se fundían unos con otros: estibadores, vendedores callejeros, algunos caballeros ociosos de almacenes cercanos. Todos mirando fijamente. Murmurando.

Y entonces emergió una camilla.

Dos hombres la llevaban con lento y solemne cuidado, los restos envueltos en lona chamuscada en los bordes.

Quemados hasta resultar casi irreconocibles, pero aún inconfundiblemente humanos en su forma.

Un trozo de tela se aferraba al hombro, verde oscuro, otrora fino: el terciopelo que Nell llevaba la última vez que la vio.

Cuando la camilla pasó junto a él, algo pequeño se desprendió y cayó, rebotando por el suelo con un tintineo delicado hasta aterrizar a los pies de Elijah.

Una pequeña horquilla de perlas, ennegrecida en los bordes pero que aún brillaba en el centro.

Había visto esa horquilla antes, cuando le colocó a Nell el rizo suelto detrás de la oreja, la noche en que le dijo adiós. Cuando le dijo que ya no podía ayudarla.

Se le cerró la garganta. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió que le dolían los dientes.

Alguien susurró a su espalda, una voz de mujer cargada de un morbo horrorizado:

—Es ella. Tiene que ser ella. Pobre alma.

No se movió. No podía. Tenía los ojos clavados en la horquilla que yacía entre el hollín a sus pies, incapaz de agacharse a recogerla, como si tocarla fuera a convertir aquella pesadilla en realidad.

Un estremecimiento recorrió la multitud, un movimiento de cuerpos y miradas. Las cabezas giraron. Las voces enmudecieron.

Jonny Collins apareció en el borde de la aglomeración, abriéndose paso entre los curiosos con sombría determinación.

Tenía el rostro pálido bajo una capa de barba incipiente, los ojos inyectados en sangre y ensombrecidos por profundas ojeras.

Los nudillos de la mano derecha, partidos y en carne viva.

Permaneció inmóvil, observando cómo pasaba el cuerpo, con los hombros tensos y el gesto indescifrable.

Elijah se volvió por fin y clavó la mirada en Jonny a través del espacio que los separaba.

Durante un latido, nada se movió. Ni la multitud, ni el humo, ni el aire mismo entre ellos, cargado ahora de algo volátil.

Entonces Elijah avanzó un paso. Un pie. Luego otro. Cada paso deliberado, cada uno más cerca del hombre al que consideraba responsable de todo.

Jonny no se movió. Permanecía con los brazos cruzados sin fuerza sobre el pecho, pero su postura distaba mucho de estar relajada. Sus ojos, normalmente vivos con algún destello de picardía o encanto, solo albergaban el presagio de una tormenta.

—Bastardo —masculló Elijah.

Jonny enarcó una ceja, pero su voz era baja y peligrosa.

—No es lo que esperaría oír de un oficial de la ley.

Elijah no se detuvo. Acortó la distancia hasta quedar a apenas un palmo de él.

—Tú hiciste esto —dijo Elijah, cada palabra precisa y cortante—. La arrastraste a tu mundo de mentiras y suciedad. Intentó salir, y no pudiste dejarla ir. Está muerta por tu culpa.

Jonny se estremeció, casi imperceptiblemente. Luego su boca se torció en algo que podría haber sido un gesto de desprecio o una mueca de dolor.

—¿Crees que yo quería esto?

—Creo que preferirías verla muerta antes que libre de ti —dijo Elijah, mientras algo peligroso se desenroscaba en su interior.

Los ojos de Jonny se entornaron.

—No sabes nada de lo que había entre Nell y yo. Nada.

El puño de Elijah salió disparado antes de que pudiera contenerse.

El puñetazo impactó con fuerza en la mejilla de Jonny con un crujido nauseabundo y le hizo girar la cabeza hacia un lado.

La multitud jadeó y retrocedió, formando un círculo a su alrededor.

La sangre brotó de la boca de Jonny mientras se tambaleaba; recuperó el equilibrio en el suelo resbaladizo y se lanzó contra él con un rugido de furia.

Chocaron con la fuerza del dolor hecho carne. Codos, puños, furia; forcejeos y maldiciones mientras se estrellaban contra una pila de barriles que salieron rodando por los adoquines. Los estibadores se abalanzaron para separarlos, y dos agentes intervinieron de inmediato, metiéndose entre ambos.

—¡Basta! —gritó uno, aferrándose al cuello de la camisa de Jonny mientras este pugnaba por liberarse—. ¡Ya basta!