La huérfana de los muelles CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

L a neblina matutina se extendía sobre Limehouse como un sudario, gris y cargada de olor a humo de carbón. Las gaviotas graznaban en lo alto, sus voces lúgubres mezclándose con el lejano estruendo de las grúas de carga.

Dentro del almacén, Nell revisaba el manifiesto de envío para la próxima entrega, intentando acallar el zumbido de ansiedad en su pecho.

La conversación de la noche anterior con Elijah resonaba en su mente.

Su beso, la calidez de sus manos en su rostro, el peso de su decepción.

Peor que todo eso era la terrible certeza de que cada día que pasaba se alejaba más de la persona que él creía que era, de la persona que ella quería ser.

Un golpe seco interrumpió su concentración y la hizo sobresaltarse.

Levantó la vista y vio a Owen, uno de sus estibadores más fiables, que aguardaba en el umbral. Se quitó la gorra y la retorció entre las manos.

—Tiene que oír algo, señorita Warrington. Es sobre el próximo envío.

Se le cayó el alma a los pies. Incluso antes de que hablara, lo supo. Otro problema, otra amenaza. Se multiplicaban como ratas en la bodega. —Continúa.

—Corren rumores en los muelles —dijo, echando un vistazo atrás antes de entrar—. Se dice que alguien planea interceptarlo. Una banda rival. Y no es un simple robo, es sabotaje en toda regla. Dicen que es personal.

—¿Quién dice eso? —exigió.

Owen se removió incómodo. —Todos y nadie.

Rumores, sobre todo. Pero el mismo nombre no deja de aparecer: Thomas Thorne.

Uno de esos tipos del East End con muchos contactos y peor genio.

Dicen que controla la mitad de las rutas al norte del río.

Lleva tiempo husmeando en su operación. No le gusta que usted mueva mercancía y gane dinero en lo que él considera su territorio.

Nell se apoyó contra una caja mientras la visión se le estrechaba por los bordes. Se llevó los dedos a las sienes.

—Creía que el último envío había salido limpio.

—Así fue. Pero alguien ha estado vigilando. Quizá Greeley habló antes de... bueno, antes de lo que le pasó. O quizá su nombre ha empezado a sonar demasiado.

Vaciló y añadió: —Algunos de los muchachos están nerviosos. Peters se largó esta mañana. Johnson dice que su mujer no le deja volver después de lo que le pasó a Greeley. Dicen que ya no merece la pena por el dinero. Que la cosa está muy caliente.

Nell apretó la mandíbula. —Entiendo. Diles que me ocuparé. Estarán a salvo.

Pero cuando Owen asintió y se marchó, ni ella misma se creyó sus propias palabras.

Por primera vez, no veía salida.

Y peor aún, ya no estaba segura de en quién podía confiar.

Agarró la capa y se dirigió al barrio chino.

Sabía que la paciencia de Mei Ling se estaba agotando de tanto llevarle problemas a su puerta, pero no tenía adónde más acudir ahora que Elijah no era una opción.

No después de anoche. No después de aquel beso que lo cambió todo y nada a la vez.

La botica olía a clavo, con un trasfondo agudo de algo acre, como hierbas quemadas. Era tan temprano que las calles estaban desiertas, pero la tienda ya había abierto, y las linternas brillaban tras las ventanas enrejadas.

Nell empujó la puerta con más fuerza de la necesaria. La campanilla tintineó sobresaltada.

Mei Ling levantó la vista desde el mostrador del fondo, donde molía algo oscuro y aceitoso en un mortero de latón. Llevaba las mangas remangadas hasta el codo, las manos serenas y firmes. A diferencia de Nell, Mei nunca parecía alterarse, nunca perdía el control.

—Llegas temprano —dijo con voz neutra, aunque sus ojos oscuros la escrutaban, evaluadores.

—No estaba segura de poder venir —respondió Nell, cerrando la puerta tras de sí y echando el cerrojo. No quería interrupciones. No ahora—. ¿Hay alguien más?

—Solo nosotras —dijo Mei. Dejó a un lado su trabajo y se limpió las manos en un paño—. He mandado a Xiu al mercado.

Mei la observó un momento, reparando en su aspecto desaliñado, en las ojeras que le marcaban el rostro. —Ha pasado algo.

Nell cruzó la tienda en tres zancadas, se detuvo en seco ante el mostrador y clavó la mirada en su amiga. —Nos están atacando. Un contrabandista rival, Thomas Thorne. ¿Te suena el nombre?

Mei asintió. —Por desgracia.

—Planean apoderarse del próximo envío. Sabotearlo. O a nosotras. Y mi gente, lo que queda de ella, está asustada. No puedo protegerlos. No puedo proteger nada.

Se le quebró la voz en la última palabra y parpadeó deprisa para contener las lágrimas que le quemaban los ojos. Ya había llorado delante de Elijah la noche anterior; no iba a derrumbarse otra vez tan pronto.

Mei dejó la mano del mortero. —Así que ahora entiendes a qué me refería.

—¿Qué hago? —preguntó Nell en voz baja, con una fiereza desesperada—. Jonny dirá que puede arreglarlo con sangre. Pero yo... ya no puedo seguir con esto.

Mei le indicó con un gesto que se sentara en el taburete bajo junto al mostrador. Nell obedeció; ahora que había dejado de moverse, le temblaban las piernas.

Su rostro permanecía cuidadosamente neutro, pero sus ojos mostraban una amabilidad que pocos llegaban a ver. —Desapareces.

Nell alzó la vista, sobresaltada, convencida de haber oído mal.

—Quemas el almacén —dijo Mei, como si no estuviera sugiriendo nada más dramático que cerrar un libro de cuentas—. Dices que fue otro incendio en los muelles. No se encontraron supervivientes. Desapareces.

Hizo un gesto fluido con su elegante mano.

—Nadie cuestiona lo que ya es ceniza.

Nell la miró fijamente, horrorizada. —¿Lo dices en serio? —las palabras le salieron en un susurro estrangulado—. ¿Fingir mi propia muerte?

—Por supuesto. —La expresión de Mei no cambió—. No puedes seguir al frente de esta operación, no con rivales como Thorne pisándote los talones y la policía estrechando el cerco. ¿Crees que Jonny puede luchar contra todos? Hasta él tiene límites.

Hizo una pausa.

—Y aunque pudiera, ¿es eso lo que quieres ser? ¿La mujer que deja que muelan a palos a sus hombres para proteger su negocio?

—No puedo abandonar el negocio —susurró Nell, retorciendo la tela de la falda entre las manos—. Es el legado de mi padre, lo único que me queda de él.

—Tu padre ya no está —dijo Mei con dulzura, pero también con firmeza—. Y el hombre que fue no querría esto para ti. No querría verte asustada, expuesta, perdiendo el alma poco a poco.

Nell apartó la mirada, tragándose el nudo de la garganta. Sabía que Mei tenía razón. El padre al que había idolatrado no reconocería aquello en lo que se había convertido por intentar salvar desesperadamente lo que él había construido.

—Podrías empezar de nuevo —dijo Mei, ahora con más suavidad.

Alargó la mano sobre el mostrador para tocar la de Nell; tenía los dedos cálidos y firmes—.

En otro lugar. Otra ciudad. El continente, quizás.

Con un nombre nuevo. Eres lista de sobra.

Tienes dinero escondido, no lo niegues, sé que lo tienes.

Tengo contactos. Puedo ayudarte a desaparecer.

A Nell le tembló la voz.

—¿Y no volver a ver a Elijah?

Mei no respondió.

Aquel silencio resultó más brutal que cualquier respuesta.

Nell apretó los puños contra el regazo, intentando mantenerse entera. Había luchado demasiado, arriesgado demasiado, para que todo acabara en humo. Pero quedarse podría matarla. O a alguien a quien amaba.

—Tienes que elegir —dijo Mei—. Poder o libertad. No puedes quedarte con las dos cosas.

Nell observó las manos de su amiga moviéndose con su ritmo constante, y envidió su certeza, su claridad. Llevaba demasiado tiempo en equilibrio sobre el filo. Era hora de elegir hacia qué lado caer.

La oficina del almacén estaba envuelta en penumbra; la única lámpara de gas proyectaba largas sombras contra las paredes.

Nell entró con los hombros tensos por el peso de lo que Mei había dicho.

Quemas el almacén. Dices que fue otro incendio en los muelles.

No se encontraron supervivientes. Desapareces.

La idea de marcharse, de quemarlo todo, le parecía la muerte misma.

El fin de todo aquello por lo que había luchado.

Y sin embargo, ¿no era eso en lo que se había convertido su vida?

Una muerte lenta a base de mil concesiones.

No había dado más de dos pasos cuando se dio cuenta de que no estaba sola.

Jonny estaba junto a la ventana; la llama de la cerilla le iluminó brevemente el borde de la sonrisa mientras encendía un cigarrillo.

—Buenas noches, milady —dijo, mientras el humo le salía de los labios como una serpiente—. No esperaba verte por aquí a estas horas. Pensé que estarías acurrucada en esa elegante casa tuya de Islington.

Nell no dejó que se le notara la sorpresa. Eso al menos lo había aprendido: nunca darle a Jonny la satisfacción de pillarla desprevenida. Se quitó los guantes con parsimonia, dedo a dedo.

—Tenía algunas cosas en las que pensar —dijo, con voz neutra.

—Sobre Thomas Thorne, apostaría. —Dio otra calada; la brasa del cigarrillo brilló anaranjada en la penumbra. No era una pregunta, sino una afirmación.

Nell se tensó.

—¿Entonces los rumores son ciertos?

—Vaya si está husmeando. Envió a uno de sus muchachos a hacer preguntas sobre tus manifiestos. Muy sutiles, esa gente.

Dio otra larga calada y la observó con atención, el humo velándole la expresión.

—Deberíamos ocuparnos de esto antes de que la cosa se ponga fea. Antes de que se crezca.

—Y por «ocuparnos de ello», asumo que no te refieres a enviar una carta.

Jonny soltó una risita.

—Las cartas son para gente que se preocupa por dejar pruebas y guardar las formas. Yo hablo de enviar un mensaje, de los que la gente no olvida.

Nell no respondió de inmediato. Se acercó al escritorio y fingió revisar los libros de contabilidad, cualquier cosa con tal de evitar la intensidad de aquella mirada.

La pluma estilográfica de su padre seguía donde la había dejado esa mañana; el plumín dorado reflejaba la luz de la lámpara.

¿Qué pensaría él de ella ahora? ¿De las decisiones que estaba sopesando?