CAPÍTULO 10
L lamaron a la puerta de la oficina con suavidad, casi con timidez.
Nell levantó la vista del libro de contabilidad que en realidad no estaba leyendo, con el ceño fruncido.
Las visitas no eran habituales a esa hora, a menos que algo hubiera salido mal en los muelles.
Los registros de envío se habían desdibujado ante sus ojos, los números se confundían mientras su mente divagaba.
—Adelante —dijo, dejando la pluma a un lado.
La puerta se abrió con titubeo, y Mary, la criada, entró.
Parecía fuera de lugar entre los libros de contabilidad desordenados y las cajas maltrechas: la cofia práctica húmeda por la niebla del río, las manos enguantadas retorciéndose nerviosas.
Se quedó a medias en la sombra, como si le costara entregar lo que la había traído hasta allí.
A Nell se le encogió el estómago.
—¿Mary? ¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo en la casa?
Mary negó rápidamente con la cabeza. —No, señorita. Nada de eso. Es solo que... esto ha llegado. Del extranjero. —Se adelantó y le tendió un pequeño sobre de color crema. Las esquinas estaban maltratadas por el largo viaje. El sello de cera negra, manchado, pero inconfundible.
Nell lo tomó sin decir palabra. Le temblaron ligeramente los dedos.
Mary vaciló, como si no quisiera dejarla sola, pero Nell logró esbozar una leve sonrisa. —Gracias. Anda, ve a calentarte. Enseguida voy.
Con una mirada preocupada, Mary hizo una pequeña reverencia y salió de espaldas.
Nell se quedó mirando la carta un buen rato antes de deslizar el pulgar bajo el sello. Reparó en la fecha estampada: casi dos meses atrás. Las noticias viajaban despacio desde Oriente.
El papel del interior era fino y quebradizo tras el viaje. Lo desdobló con cuidado.
La carta era breve. Oficial. Directa.
Lamentamos informarle del fallecimiento del Sr. Henry Warrington, quien sucumbió a la fiebre el 17 de junio, mientras se encontraba destinado en Calcuta. Sus efectos personales serán remitidos una vez recibamos instrucciones. Nuestras condolencias por su pérdida.
Sin florituras. Sin sentimiento. Sin últimas palabras.
Nell la leyó dos veces, tres veces; las palabras se negaban a encajar en su mente. La caligrafía pulcra de algún empleado que nunca había conocido a su padre, que nunca había oído su risa, que nunca había visto cómo se le arrugaban los ojos al sonreír.
Muerto.
El hombre que lo había construido todo, que había trabajado en los muelles con sus propias manos, que había ahorrado para comprarle los libros del colegio y se había sentado orgulloso junto a la tumba de su madre.
Desaparecido. Sin previo aviso. Sin siquiera la oportunidad de escribir una última carta a casa.
Sin saber en qué se había convertido ella durante su ausencia.
La habitación pareció inclinarse. Se dejó caer en la silla tras el escritorio, estrujando la carta en la mano.
Su padre había muerto.
No habría regreso triunfal, ni nuevos contratos, ni deudas milagrosamente saldadas. Solo esto: un puñado de facturas impagadas, una montaña de expectativas y la repentina y aplastante certeza de que estaba sola.
Verdadera e irrevocablemente sola.
Un golpe seco en las puertas del almacén la sobresaltó. Estibadores gritando. Cajas que cargaban. El mundo seguía adelante, indiferente al vacío que crecía en su pecho. Desde la ventana, veía a los hombres reír, discutir, seguir con su jornada como si nada hubiera cambiado.
Cerró los ojos un instante para recomponerse.
Nada de lágrimas. No aquí. No ahora.
Cuando volvió a abrirlos, su mirada se había endurecido.
El negocio era suyo ahora. Cada deuda. Cada responsabilidad. Cada riesgo.
Y si tenía que pactar con el diablo para mantenerlo en pie, que así fuera. Ni Johnny ni Elijah ni nadie más le dictarían el rumbo. El legado de su padre, por complicado que fuese, estaba ahora únicamente en sus manos.
Nell dobló la carta con cuidado, alisó los pliegues con manos firmes y la guardó en el bolsillo interior del abrigo, junto al corazón, donde nadie pudiera ver la debilidad que encerraba.
Ya habría tiempo para el duelo.
Por ahora, solo cabía sobrevivir.
Tomó la pluma de nuevo, la mojó en tinta y volvió al libro de contabilidad.
Las cifras ya no nadaban ante sus ojos. Cada número era nítido, claro, reclamando su atención.
Su padre le había enseñado que las cuentas nunca mentían.
Contaban la historia de lo que era, no de lo que uno deseaba que fuese.
Y la historia que contaban ahora era la de un equilibrio precario, la de un negocio que se tambaleaba al borde del abismo.
Nell regresó a la casa de Islington esa noche, mucho después de que el sol se hubiera ocultado tras los tejados, dejando la calle sumida en un silencio quedo.
El pasillo la recibió en penumbra, apenas iluminado por el tenue resplandor de la lámpara de gas junto a las escaleras, cuya llama oscilaba con la corriente. Se cruzó con Mary en el corredor; el rostro de la criada reflejaba preocupación.
—Le he dejado caldo de cordero caliente, señorita Eleanor. No ha comido desde...
—Gracias, Mary. Quizá más tarde —dijo Nell mientras se dirigía al estudio de su padre, con pasos mesurados pese a la pesadez que sentía en el pecho.
La habitación permanecía como un memorial a su antiguo ocupante, intacta.
Olía levemente a tabaco de pipa y papel viejo.
No había entrado en semanas, no de verdad.
Solo había asomado la cabeza, quedándose a veces en el umbral como si esperara permiso para entrar en un espacio que ahora, por derecho, le pertenecía.
Había dejado la mayoría de las finanzas del hogar sin tocar, convencida de que habría tiempo para ordenarlo todo cuando él regresara.
Ahora no habría regreso. El telegrama con su mensaje escueto —«Lamentamos informar... complicaciones de fiebre... sinceras condolencias...»— se había encargado de eso.
Cerró la puerta tras de sí y encendió la lámpara de aceite del escritorio.
Se sentó en la silla de su padre y pasó la mano por el secante verde, desgastado en las esquinas.
La llave de latón del cajón colgaba del llavero que llevaba a la cintura; él se la había confiado antes de partir, «por si acaso».
La cerradura cedió con un clic. Dentro: libros de contabilidad encuadernados en tela, recibos ordenados meticulosamente por fecha, carpetas finas atadas con un cordel reseco por los años.
Y allí, debajo de todo, el testamento que ella había ayudado a redactar antes del viaje a la India, apenas consultado desde entonces.
«Volveré antes de que tengas que preocuparte por nada de esto, Nell», había dicho con aplomo, con el mismo tono que había usado años atrás al asegurarle que su madre se recuperaría. Debería haber aprendido a no creerle.
Empezó por los libros de contabilidad, recorriendo con los dedos las pulcras columnas de la caligrafía de su padre. La verdad se desplegó con velocidad despiadada y horrible claridad.
Su padre, el gran comerciante aventurero, paradigma de la sabiduría mercantil, había mantenido el negocio a flote con un entramado de líneas de crédito y préstamos a corto plazo.
Una inversión catastrófica en una naviera de cabotaje que literalmente se había ido a pique con tres embarcaciones en una tormenta de noviembre.
Dos deudas cuantiosas con prestamistas prominentes: Hawkins e Hijos, por valor de dos mil libras, y el banco privado de Lord Carrington, por casi el doble, ambas transferidas ahora a su nombre tras el fallecimiento de su padre.
Dejó caer el libro de cuentas sobre el escritorio y se llevó los dedos a la frente, donde un dolor sordo había empezado a palpitar.
Sin ahorros. Sin reservas. Sin la sabiduría heredada que pudiera guiarla por aquel laberinto de ruina financiera. Solo una avalancha de números y nadie que la frenara.
Se levantó de golpe, y la silla chirrió contra las tablas del suelo mientras empezaba a dar vueltas por la habitación.
Las paredes, antes cubiertas de mapas de rutas comerciales lejanas y libros encuadernados en cuero sobre comercio y navegación, ahora parecían cerrarse sobre ella; el techo la aplastaba con el peso de unas expectativas que jamás podría cumplir.
Se lo había prometido. Prometido proteger el legado que él había levantado con tanto esfuerzo.
Pero aquella tormenta... no era una borrasca que pudiera capear a base de coraje y determinación. Era un diluvio que amenazaba con arrastrarlo todo: la casa, el negocio, su buen nombre en la sociedad londinense.
Sus dedos recorrieron distraídamente los lomos de los libros. «Guía del comerciante moderno». «Principios del comercio internacional». «Ética y comercio». Casi se echó a reír con el último. ¿De qué le había servido la ética a su padre al final? ¿De qué le serviría a ella ahora?
El reloj dio las once; cada campanada resonó en la habitación silenciosa. Las decisiones no podían esperar a la luz del día ni a una mente más despejada. Los acreedores rara vez concedían tales cortesías, y menos aún a una mujer que intentaba abrirse paso sola en un mundo de hombres.
Volvió al escritorio, sacó una hoja limpia del costoso papel de carta de su padre —uno de los pocos lujos que quedaban— y empezó a redactar una carta para Mei Ling.
Sin florituras. Sin cortesías. Nada de la correspondencia cuidadosamente compuesta propia de la hija de un caballero.
Solo una línea, escrita con un pulso más firme de lo que cabría esperar:
«Estoy lista para más».
La dobló con cuidado y la selló con cera, pero sin escudo familiar. Un sobre sin nombre; no hacía falta. La gente de Mei sabría de quién venía.
Su dolor no tenía adónde ir. Su tristeza no tenía a nadie que la escuchara. Su futuro no tenía un camino seguro.
Pero sus deudas tenían oídos muy reales. Sus acreedores tenían demandas muy reales. Y el submundo de Londres tenía oportunidades muy reales para una mujer sin nada que perder.