La huérfana de los muelles CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

L a casa de Islington estaba en silencio a esas horas de la madrugada, un silencio tan profundo que los pasos de Nell retumbaban por el pasillo.

Llevaba tres noches sin volver a casa. Demasiado trabajo en el almacén.

Demasiado que evitar aquí, en estas habitaciones que aún respiraban la ausencia de su padre.

El salón no había cambiado. El reloj de latón seguía marcando las horas sobre la repisa de la chimenea.

Una fina capa de polvo cubría el alféizar donde la criada —que ahora solo venía dos veces por semana, otra economía más— no había llegado.

La silla favorita de su padre seguía junto a la rejilla, aún con la leve huella de la última vez que se sentó, aunque de eso hacía ya casi un año.

Con un suspiro de cansancio, dejó caer el pequeño fajo de correspondencia sobre el escritorio, recogido de la mesa del vestíbulo donde se había acumulado en su ausencia.

La mayor parte no servía para nada: facturas con sellos rojos de urgencia, un panfleto arrugado de una reunión política en el Instituto de Mecánicos, algo del banco a nombre de su padre, con su imponente escudo.

Ese no quería abrirlo. Todavía no. Quizá nunca.

El último sobre la hizo detenerse.

Fino, gastado. De la India. Los sellos exóticos y coloridos destacaban sobre el papel cremoso, el matasellos borroso tras su largo viaje.

Se le encogió el pecho.

Rompió el sello con cuidado, desdoblando la carta despacio, como si pudiera desgarrarse. La caligrafía le provocó un nudo en la garganta. Fluida y pulcra, algo más cargada con los años, pero inconfundiblemente suya. Verla era como oír su voz después de tantos meses.

«Queridísima Nell:

Espero que te encuentres sana y salva. Cada vez que llega una carta tuya, empiezo a contar los días hasta la siguiente. Pareces cansada, cariño. No te consumas en mi ausencia. Recuerda lo que siempre te decía: los barcos navegarán, nos preocupemos o no. El mar guarda sus propios secretos».

Se detuvo, con los dedos temblándole ligeramente. Las pequeñas frases de su padre. Cuánto las había echado de menos. Se le hizo un nudo en la garganta mientras seguía leyendo.

«El calor aquí es implacable. Hasta los insectos parecen moverse más despacio, como si nadaran en melaza. Pero la oportunidad merece la incomodidad. Los propietarios están deseosos de nuevos contratos de transporte, y el apellido Warrington aún tiene peso, gracias a Dios.

Estás haciendo algo extraordinario. Mantener el negocio a flote, lidiar con esos muchachos rebeldes de los muelles. No sé cómo lo has conseguido. Pero estoy orgulloso. ¿Me oyes, Nell? Orgulloso. De cada decisión que has tomado.

Cuando vuelva, será con un nuevo contrato y el dinero para arreglarlo todo. Pero tú has hecho más de lo que jamás esperé. Más de lo que yo jamás habría podido.

Sé buena contigo misma. Descansa cuando puedas. Eres más fuerte de lo que crees.

Con todo mi cariño, Padre».

La leyó dos veces.

Y otra más.

Las últimas líneas se desdibujaron cuando los ojos empezaron a escocerle.

Dobló el papel con cuidado y lo dejó junto al sobre de Mei, todavía abultado con el dinero que no se atrevía a gastar, ni siquiera después de ayudar a la viuda Harris. Seguía allí como si hubiera ganado peso durante su ausencia, una manifestación física de su claudicación.

El fuego crepitaba débilmente en la rejilla. Pensó en arrojar el sobre de Mei. Lanzarlo sin más a las llamas, dejarlo retorcerse, ennegrecerse, desvanecerse. Un solo gesto y podría fingir que nada de aquello había ocurrido.

Pero su mano no se movió.

Está orgulloso de ti.

Las palabras le revolvieron el estómago.

Su padre, al otro lado del mundo, convencido de que ella había defendido su honor y preservado su nombre con trabajo honrado y buena gestión.

Mientras tanto, ella pasaba cajas de veneno por Limehouse como una vulgar traficante de los muelles.

Vigilada por hombres como Jonny Collins, cuyo interés resultaba tan amenazador como excitante.

Se levantó de golpe, apartándose del escritorio. La carta quedó donde estaba.

Se acercó a la ventana y descorrió la pesada cortina para contemplar la calle.

Los primeros rayos del alba caían sobre los adoquines.

El vecindario era respetable, de clase media acomodada: comerciantes y profesionales que habían trabajado duro para conseguir sus comodidades.

Su padre se había sentido tan orgulloso cuando se mudaron allí desde las habitaciones estrechas que tenían cerca de los muelles.

—Todo aquello por lo que hemos trabajado —había dicho, extendiendo el brazo para abarcar la casa, modesta pero elegante—. Trabajo honesto, recompensas honestas.

Lo había hecho por el negocio. Por la tripulación. Por las viudas y sus hijos.

Por él.

Pero daba igual cuántas razones se diera: ninguna sonaba ya a verdad.

Un suave golpe en la puerta y la voz queda de la criada interrumpieron sus pensamientos.

—¿Tomará el desayuno en el comedor esta mañana, señorita Warrington?

—Gracias, Mary, sí. Enseguida voy —respondió Nell, sacudiéndose las preocupaciones que se le habían posado encima como el polvo.

La criada hizo una reverencia y desapareció por el pasillo para preparar la bandeja del desayuno. El aroma del pan recién horneado subía desde la cocina, un olor reconfortante que le recordaba tiempos más felices.

Nell bajó la vista hacia la carta que aún sostenía. La curva familiar de la caligrafía de su padre le devolvía la mirada. Rozó el papel con los dedos y habló en apenas un susurro.

—Lo siento, papá —dijo a la página, como si sus palabras pudieran alcanzarlo de algún modo al otro lado de los océanos—. No te decepcionaré. Te lo prometo.

Dobló la carta con cuidado y la metió bajo la pila de correspondencia sin abrir; después se dirigió al comedor. Acababa de acomodarse con su segunda taza de té y estaba untando mantequilla en la tostada cuando Mary volvió a aparecer, agitada.

—Disculpe, señorita... es el inspector. Está en la puerta —la voz de la criada se redujo a un susurro en las últimas palabras, como si el mero hecho de mencionar a la policía pudiera atraer problemas.

Nell ni siquiera había oído la campanilla. El estómago se le encogió en un nudo familiar, tenso e incómodo.

¿Qué demonios quiere ahora?

Se recompuso, se levantó y se alisó la falda; después se miró en el espejo sobre la chimenea. Se pasó los dedos por el pelo y se ajustó algunas horquillas. Por qué le importaba lo que el inspector pensara de su aspecto, no sabría decirlo.

El sonido de sus botas resonó por el vestíbulo, firme y acompasado, igual que el hombre.

—Buenos días, señorita Warrington —dijo, quitándose el sombrero—. Disculpe la intrusión a estas horas.

—Está bien, inspector —respondió ella, volviéndose hacia él con compostura—. Por favor, tome asiento.

Señaló la silla frente a ella y luego volvió a la suya.

—¿Puedo ofrecerle un poco de té? Mary acaba de traer una tetera recién hecha.

—Gracias, no —dijo él, con tono cortante, su habitual actitud profesional aparentemente recuperada tras su último encuentro, más personal.

A Nell se le encogió el estómago. Se preguntó si habría imaginado la tierna preocupación que creyó ver en él la última vez. La calidez en su voz cuando le preguntó por su bienestar. Quizás solo había sido una ilusión.

—Muy bien —dijo ella—. ¿En qué puedo ayudarle hoy, inspector Hart?

—Me temo que ha habido otro incendio en los muelles.

A Nell le dio un vuelco el corazón. La taza de té quedó suspendida a medio camino de sus labios.

—No... no puede ser —comenzó, mientras el pánico le subía por la garganta.

Hart levantó una mano rápidamente y su expresión se suavizó.

—No, no, disculpe, señorita Warrington. No es su almacén. Fue otra compañía naviera. Pero estaba cerca del suyo. Simmons & Sons, solo tres edificios más abajo. Y las circunstancias son... similares —frunció el ceño—. Estoy investigando la posibilidad de una conexión.

Ella exhaló y el alivio la inundó como una ola.

—Es muy desafortunado para ellos, quiero decir. Pero no puedo fingir que no estoy aliviada.

—Por supuesto —dijo él—. Es natural.

Hizo una pausa y entornó ligeramente los ojos mientras estudiaba su rostro.

—Tengo que preguntarle... ¿recuerda algo inusual sobre su incendio? ¿Algo fuera de lugar? Sé que sus trabajadores estaban limpiando cuando la visité. ¿Quizás han descubierto algo desde entonces?

A Nell se le secó la boca de repente.

—No que yo sepa, inspector —dijo, procurando mantener la voz firme—. Todo parecía... normal, dadas las circunstancias.

Hart metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó un naipe con los bordes ligeramente chamuscados y la superficie manchada de hollín.

Lo colocó boca arriba sobre la mesa, entre ellos.

La Jota de Picas los miraba fijamente, con su curioso perfil y unos ojos que parecían saberlo todo.

Nell se quedó inmóvil. Las manos, de pronto temblorosas, se le deslizaron bajo la mesa para ocultar la reacción.

—Esto —dijo él en voz baja, dando un golpecito a la carta con el dedo— lo dejaron en la escena. No pisoteado ni tirado, sino colocado deliberadamente sobre el escritorio del encargado del almacén. Intacto, mientras las llamas consumían todo a su alrededor.

La miró intensamente, escudriñando su expresión en busca de cualquier destello de reconocimiento.

—Parece que ya no estamos tratando simplemente con sabotaje. Alguien está dejando un mensaje.

Nell tragó saliva con dificultad.

—Qué extraño —dijo lentamente—. No... me temo que no vi nada parecido en nuestro incendio.

Hart no respondió de inmediato. Su mirada se detuvo en el rostro de ella, buscando, midiendo, sopesando la verdad de sus palabras en alguna balanza interna de justicia. Aquellos ojos parecían ver a través de los muros que ella había construido cuidadosamente a su alrededor.

Nell mantuvo la expresión perfectamente inmóvil.

Después de un momento, él asintió levemente. Y ahí estaba de nuevo, ese destello de algo más dulce en sus ojos.