CAPÍTULO 2
L os muelles bullían de vida mientras el mensajero se abría paso entre la multitud de estibadores atareados. Serpenteó con cuidado entre ellos, esquivando redes de carga que se balanceaban y tratando de no tropezar con las cuerdas enrolladas esparcidas por los adoquines irregulares.
Le habían llegado rumores sobre la carta que llevaba.
Susurros intercambiados en voz baja junto a cajas de madera y jarras de cerveza rebosantes de espuma.
Notaba perfectamente los varios pares de ojos que seguían su avance mientras se dirigía con paso decidido hacia la Oficina de Warrington Shipping.
Si los rumores eran ciertos, no sería la señorita Warrington quien pagaría el precio, no realmente.
Serían las familias de los marineros. Siempre era así.
La muchacha y su padre, tieso como un palo, seguirían adelante. El resto sufriría.
Llamó a la puerta de la oficina y entró. El mostrador de la entrada estaba vacío, pero oyó pasos que bajaban del piso de arriba, acompañados de una leve inspiración con cada escalón.
—Bajo en un momento —llegó una voz tensa desde arriba.
Un momento después, Nell apareció en lo alto de las escaleras, sujetando con cuidado el dobladillo de la falda mientras se apretaba discretamente un codo contra el costado.
Sus movimientos eran pausados, la respiración contenida.
Al llegar al último escalón, apoyó el pie derecho con cautela en el suelo, como si quisiera comprobar su firmeza.
—Buenos días —dijo, con un tono admirablemente sereno pese al evidente malestar—. ¿Es el correo?
El joven asintió mientras rebuscaba en su bolsa.
—Sí, señorita. Entrega especial de la oficina del capitán del puerto. Me dijeron que la trajera lo antes posible.
Un destello de inquietud cruzó el rostro de Nell. «¿Y ahora qué?», pensó.
Cogió el sobre del mostrador, pero se detuvo al ver que el mensajero seguía allí plantado, observándola con abierta curiosidad.
—Gracias —dijo con sequedad—. Eso es todo.
Él vaciló, claramente reacio a marcharse sin presenciar su reacción, pero acabó retirándose hacia la puerta con evidente decepción. Al abrirla, Nell vislumbró una pequeña multitud congregada justo afuera. Todas las cabezas giraron al unísono, fingiendo no mirar mientras se esforzaban por verla.
«Ya me ocuparé de eso después», pensó, y cerró la puerta tras él.
Abrió un cajón del pulido mostrador, sacó el viejo abrecartas de marfil de su padre y rasgó con cuidado el sobre por el borde. Dentro había un pliego doblado, correspondencia corriente, pero le temblaban las manos al desplegarlo.
Señorita Warrington,
Lamentamos profundamente comunicarle que el buque «Eleanor» de Warrington Shipping Company se ha perdido en el mar.
El último contacto registrado tuvo lugar justo antes de pasar el Cabo de Buena Esperanza, hace unas dos semanas.
Con el más hondo pesar, debemos informarle de que no parece haber supervivientes de este trágico suceso. Se han recuperado dos cajas dañadas de los restos hallados cerca de la costa, con el contenido prácticamente irrecuperable.
Quedo a su disposición, con mis más sinceras condolencias,
Su seguro servidor, Edward Wilberforce Capitán del Puerto Local Cabo de Buena Esperanza
Nell se desplomó en el suelo, el aire escapándosele del pecho de un modo ya angustiosamente familiar. La sensación era idéntica al momento en que el puño del cobrador de deudas se le había hundido en las costillas. Solo que este golpe era más profundo, más frío e infinitamente más devastador.
Esto no puede estar pasando. No ahora. No después de todo lo demás.
El « Eleanor » había desaparecido. Eso significaba que la otrora orgullosa flota de la compañía quedaba reducida a apenas tres buques, y con ello, cualquier esperanza de cumplir con las crecientes obligaciones financieras se alejaba aún más.
A través de un velo de lágrimas contenidas, Nell contempló la carta, deseando que las palabras se reordenaran en algún mensaje menos catastrófico. Pero la tinta negra permanecía cruelmente inmutable, testimonio de otro golpe demoledor para el apellido Warrington.
Una vez más, Nell se levantó del suelo y se irguió cuan alta era, pese al dolor persistente en el costado. Ahora comprendía con sombría certeza por qué se había congregado la multitud expectante ante la puerta de la oficina.
Se secó los ojos con el borde del pañuelo, respiró hondo y abrió la puerta a un mar de rostros expectantes. El capataz dio un paso al frente.
—¿Es cierto, señorita Warrington? —preguntó con voz inusualmente suave.
Recorrió con la mirada la multitud congregada, el corazón en un puño al reconocer los rostros de varias esposas, ahora viudas, de la tripulación perdida en el mar.
La señora Barton con sus tres hijos pequeños aferrados a las faldas; la anciana señora Hayward, cuyo hijo había sido el carpintero del barco; la joven Emily Fletcher, de apenas dieciocho años, casada solo dos semanas antes de que el Eleanor zarpara.
—Me temo que es cierto —dijo, con una voz más firme de lo que ella misma se sentía—. Hemos recibido muy malas noticias. Ha llegado un informe del capitán del puerto en el Cabo de Buena Esperanza. Se han recuperado restos del Eleanor .
Alzó la vista y sostuvo sus miradas con serena determinación.
—Lamento informarles de que, hasta el momento, no hay supervivientes.
Brotó un grito, crudo y desgarrador. Dos de las mujeres se abrazaron, sollozando sin control, mientras una tercera se dejaba caer de rodillas sobre los ásperos adoquines. Un silencio plomizo cayó sobre los hombres, con los rostros graves y cenicientos.
—Lamento profundamente tener que darles esta terrible noticia —continuó Nell, esforzándose por mantener la compostura—. Por supuesto, la compañía hará todo lo que esté en su mano para apoyar a las familias en duelo.
El capataz, tras lanzar una mirada inquieta a algunos de los otros estibadores, añadió:
—Mejor que se ponga en contacto con la compañía de seguros cuanto antes, señorita. Estas familias van a necesitar con qué salir adelante, con el invierno encima y eso.
Nell se volvió hacia él con el rostro sereno, aunque por dentro se le retorcían las entrañas de pavor. «Por favor, que esa sea una deuda que Papá saldó», pensó.
—Sí, por supuesto —dijo con presteza—. Disculpen, me ocuparé de todo de inmediato. Me pondré en contacto con cada familia en breve. Mientras tanto, como muestra de respeto, la compañía suspenderá la actividad por hoy.
Un murmullo sordo recorrió la multitud.
—Pagado, por supuesto —añadió, confiando una vez más en no estar haciendo promesas que no pudiera cumplir.
El capataz murmuró a un colega, lo bastante alto para que ella lo oyera:
—Ya estaría bien que nos pagaran primero el trabajo de la semana pasada...
Nell se volvió hacia él bruscamente.
—Todo está bajo control, señor Larkin. Por favor, no se preocupe.
Aunque nada, en verdad, podía estar más lejos de la realidad.
Mientras la sombría multitud se dispersaba, cerró la puerta tras de sí y se apoyó pesadamente contra ella, recuperando el aliento mientras un dolor agudo le atravesaba las costillas magulladas.
Armándose de valor, subió las escaleras tan rápido como sus lesiones se lo permitieron y se dejó caer en la silla de su padre.
«¿Dónde habría guardado los documentos del seguro?», se preguntó, examinando las estanterías de la oficina donde él solía guardar la correspondencia importante. Pero las familiares cajas de caoba no contenían nada.
Entonces sus ojos se posaron en una pequeña llave de latón que yacía en una bandeja poco profunda sobre el escritorio. La recogió y la giró entre sus dedos. Apartó la silla, se agachó junto al escritorio con una mueca de dolor y examinó metódicamente cada cajón.
Ninguno había estado cerrado con llave. Hasta ahora.
Divisó un estrecho panel en la parte inferior, casi invisible a menos que uno supiera buscarlo. Probó la llave y sintió que el mecanismo giraba con un clic satisfactorio. Un compartimento oculto se abrió de golpe.
Dentro había un delgado fajo de documentos doblados. Los sacó con manos temblorosas, los colocó sobre el escritorio y empezó a revisarlos, esperando desesperadamente encontrar alivio, aunque temía lo que pudiera descubrir.
Su corazón se hundía con cada segundo que pasaba.
Eran cartas de acreedores. Docenas de ellas. Autoridades portuarias, contables, propietarios, cada pergamino sellado con tinta roja. «Impagado. Vencido. Aviso final».
La desesperación le subió por la garganta como bilis. La situación era mucho peor de lo que había imaginado.
Entonces llegó la peor revelación de todas: un grupo de cartas de Cohen & Cohen Aseguradores Marítimos.
Cinco o seis demandas cada vez más firmes por pagos vencidos, que culminaban en un aviso final: la póliza había sido anulada.
Su padre había dejado de pagar las primas durante más de seis meses.
El Eleanor , y los hombres que navegaban en él, no habían estado asegurados cuando sobrevino el desastre.
«No...» , pensó, mientras el aliento escapaba de su cuerpo.
Su padre siempre había cuidado profundamente de su gente.
¿Cómo había podido permitir que ocurriera esta catástrofe?
Más de veinte familias se enfrentaban ahora a perderlo todo.
No solo a sus amados esposos, padres e hijos, sino también cualquier protección económica que pudiera haberlas mantenido alejadas del asilo de pobres.
La acumulación de semanas de presión, pérdida y miedo se abatió sobre ella como una ola gigante. Se desplomó sobre el escritorio y sollozó sin control, incapaz de ver ninguna salida.
«¿Cómo voy a poder arreglar esto?», pensó con desesperación. «Perderemos la compañía... la reputación de nuestra familia... y todos nos despreciarán por ello. Con toda razón».
No supo cuánto tiempo permaneció allí, pero cuando levantó la cabeza y se secó las lágrimas, la luz de la luna ya se había derramado sobre el suelo de la oficina. Había dormido a ratos, con un sueño inquieto, acurrucada en su dolor.
Entonces se quedó helada.
Pasos.