CAPÍTULO 28
Nora llegó a las cuatro y cinco de la madrugada.
Aparcó lejos, con las luces apagadas, y se quedó un momento mirando la mole oscura.
En el asiento del copiloto llevaba la caja de su padre, la lata de costura atada con su goma, envuelta en una bolsa.
Antes de salir, Inés había fotografiado la lata cerrada: no servía para salvar lo de dentro, pero dejaba constancia de que la prueba existía antes de San Román.
La había traído porque era cuanto tenía para ofrecer, lo único que aquel hombre quería en el mundo, y porque entre la prueba y su madre no había, para ella, ni medio segundo de duda.
Había sopesado un señuelo —otra lata, unas hojas cualesquiera, algo con que ganar los segundos que el equipo necesitaba para entrar— y lo había descartado en el coche, en frío.
Tomás era de la red: sabía mejor que ella qué tenía que haber dentro de aquella caja, qué nombres, qué firmas, qué cuentas.
Y un hombre así no quemaría nada sin abrirlo y comprobarlo primero, porque no daba por cerrado lo que no había mirado con sus propias manos.
Un fajo de papel en blanco no le habría pasado de la primera ojeada.
Para sacarlo de su madre no le quedaba otra que ponerle delante la lata verdadera, con lo verdadero dentro.
A doscientos metros, escondidos, esperaban Sergio y un equipo corto, mínimo, traído sin ruido, sin sirenas, sin radios cantando por el aire.
Lo único que la unía a ellos era un canal cerrado: un micro que les llevaba su voz sin que en la sala se oyera nada.
Sergio tenía una orden clara: si Tomás iba hacia el bidón, entraban, hablara Nora o no.
La idea era de Nora y nadie había podido quitársela: entrar ella primero, sola, hablar con Tomás, mantenerlo tranquilo, tener a su madre delante.
Y solo cuando ella diera la señal, o cuando todo se torciera, el equipo haría una entrada limpia.
Era una temeridad y lo sabía. Pero con un hombre como aquel, una entrada por la fuerza, ruidosa, era la mejor manera de que decidiera que ya no le servía de nada una rehén y la hiciera desaparecer en el tiempo que se tarda en romper una puerta.
A Tomás no se le asaltaba. A Tomás había que hablarle.
Cogió la bolsa con la caja, comprobó con la yema de los dedos que el pinganillo seguía en su sitio, encajado y casi invisible, tomó aire dos veces y se dijo lo único que se puede decir en un momento así: que era inspectora de Homicidios, que había entrado en sitios peores, que su madre estaba a treinta metros y que iba a salir de allí con ella.
No se creyó del todo lo último. Pero lo necesitaba para mover los pies.
Entró por detrás, como le había dicho R-11, por el portón de chapa que alguien había dejado entornado.
Y en cuanto puso un pie dentro, el sitio la recibió con su olor: polvo de yeso, humedad, el aire quieto y muerto de los edificios que llevan años sin que nadie respire en ellos.
Encendió la linterna lo justo. El haz le devolvió un pasillo largo, puertas abiertas a cuartos vacíos, pintura desconchada, el eco de sus propios pasos multiplicándose como si la siguiera mucha gente.
Nora había entrado en muchos sitios malos a lo largo de su carrera, y había aprendido que los edificios guardan lo que pasa en ellos de una manera que no se explica pero que se siente en la piel.
Aquel lo guardaba todo. En cada cuarto vacío, en cada pasillo, había una densidad rara en el aire, como si las paredes hubieran absorbido durante años algo que ningún yeso tapa del todo.
No tenía que ver con fantasmas. Era más simple y más feo: era saber, solo con el cuerpo, que en aquel sitio se habían hecho cosas que no se hacen, y que el silencio de ahora era el mismo silencio de entonces, solo que ya no quedaba nadie a quien le importara romperlo.
Caminó hacia donde se adivinaba un espacio mayor, una claridad distinta, y desembocó en lo que había sido el gimnasio: una sala enorme de techo alto, con las marcas fantasma de una pista pintada en el suelo y unas canastas sin red colgando torcidas.
En el centro, sobre el suelo de polvo, había una luz.
Era un farol de camping, de esos de pilas, puesto en el suelo, y alrededor de su charco de luz amarilla estaba el cuadro que Nora llevaba toda la noche temiendo encontrar y rezando por encontrar a tiempo.
Su madre, sentada en una silla plegable, con el bolso bueno todavía agarrado en el regazo, muy derecha, muy pálida, mirándola venir con unos ojos que se llenaron de algo —¿alivio?, ¿espanto de verla allí?— sin decir nada.
Estaba entera. Eso fue lo primero que comprobó Nora, con los ojos de la inspectora antes que con los de la hija: que su madre estaba entera, sin marcas, sin sangre, sentada como quien espera en la consulta del médico.
El hombre no le había hecho nada. Claro que no le había hecho nada: hacerle algo habría sido ensuciar, y aquel hombre no ensuciaba.
Su madre estaba intacta, y esa misma intactitud, en aquel sitio, daba más miedo que cualquier golpe.
Y de pie a su lado, tranquilo, con las manos cruzadas por delante como un maestro de ceremonias paciente, Tomás Valls Alcántara.
Era la primera vez que Nora lo veía en persona, y le sorprendió lo poco que daba miedo a primera vista.
Un hombre normal, enjuto, de gafas sin montura, con una camisa limpia y unas manos cuidadas de las que embalan cosas con cuidado.
Olía, por debajo del yeso, a algo limpio, a jabón y a cinta de embalar.
No tenía pinta de monstruo. Tenía pinta de un buen empleado que ha llegado pronto a abrir la oficina.
Mientras hablaba, Nora vio que había puesto sus cosas en un orden perfecto sobre una caja de cartón vuelta del revés que le hacía de mesa: el farol en una esquina, un paquete de cerillas alineado con el borde, las garrafas a la misma distancia una de otra.
Hasta para aquello, hasta para quemar la última prueba de una red en un gimnasio abandonado, necesitaba que las cosas estuvieran alineadas.
Y eso, sin saber por qué, fue lo que más miedo le dio: no la pistola que no llevaba, sino la pulcritud.
Tomás no la cacheó. Tenía delante a una inspectora de Homicidios y ni se acercó a registrarla: dio por sentado que una mujer que entraba sola, de madrugada, con la caja en una bolsa, venía a lo que él esperaba que viniera.
Un hombre que se había pasado la vida sin dejar huellas no ponía las manos encima de nadie si podía evitarlo; le bastaba con ordenar el escenario y dar por hecho que el orden se respetaría.
Ese fue su error: confundió no tocar con controlar.
Porque no la registró, no encontró lo que sí llevaba: no un arma —la pistola se había quedado fuera, con Sergio, y el móvil apagado en el coche, que Nora no iba a entrar armada en una sala donde su madre estaba a dos pasos de un hombre y un bidón—, sino el pinganillo, diminuto, escondido bajo el pelo, donde la penumbra del gimnasio no llegaba.
—Inspectora Vidal —dijo, sin alzar la voz, y se quitó las gafas un momento, como si quisiera oírla mejor que verla—.
La esperaba. Ha venido sola, eso está bien.
Es usted sensata. —Miró la bolsa que Nora llevaba en la mano—.
Y ha traído lo que tenía que traer. Mejor todavía.
Su madre está bien, ya lo ve. No le he tocado un pelo, ni falta que ha hecho: la llamé, le dije que tenía algo de su marido que querría ver, y vino ella sola, arreglada y con su bolso, tan formal.
La recogí donde quedamos y la traje yo. La gente colabora, inspectora, si se la trata con educación.
Yo no fuerzo a nadie. Solo pongo las cosas en su sitio.
—Antes de nada —añadió, y señaló el suelo a sus pies con la cortesía de un funcionario que pide la documentación—, sáquela de la bolsa y ábrala.
No del todo. Lo justo para que yo vea que es la de verdad y no una caja de zapatos con periódico dentro.
Comprenderá que en mi oficio uno no quema a ciegas.
Nora se agachó despacio, sin gestos bruscos, sacó la lata de la bolsa y la dejó en el suelo de polvo, dentro del charco de luz del farol.
Le quitó la goma de pollería, reseca, y levantó la tapa abollada unos dedos, lo justo.
Dentro, en fajos atados por separado y un puñado de hojas sueltas por encima, las cuartillas de su padre: la letra inclinada de Manuel, los membretes de empresas muertas, una esquina mecanografiada con dos iniciales.
Tomás se inclinó sin tocar nada, miró aquello el tiempo que tarda un hombre meticuloso en dar algo por bueno, y se irguió.
La lata quedó entre los dos, destapada, con las primeras cuartillas asomando al aire frío del gimnasio.
—Es esa —dijo, con una especie de alivio de oficina—. Bien. Ahora ya podemos entendernos.
—Estoy aquí, mi madre está aquí, y la caja está aquí —dijo Nora, con la calma fingida que le quedaba—. Vamos a hacer esto fácil. Suelta a mi madre y hablamos de la caja.
—No hay nada que hablar de la caja —dijo Tomás, con una cortesía que no se rompía—.
La caja se acaba esta noche. Es lo único que hay que hacer con ella.
—Señaló, sin aspavientos, un bulto que había a un lado, fuera del charco de luz, y Nora lo vio entonces: un bidón metálico, de los grandes, con un par de garrafas al lado.
El olor a jabón se le mezcló de pronto, en la cabeza, con otro olor que el bidón prometía—.
Usted me da la caja, yo la quemo, y cuando no quede nada, su madre y usted se van a casa.
Nadie sufre. Nadie sale herido. Eso es lo que yo hago, inspectora: que las cosas dejen de estar. No hago daño. Solo limpio.
Y al oír aquel «solo limpio», con el bidón y las garrafas a un metro, Nora entendió por fin el microbús.
Llevaba toda la noche dándole vueltas a la pregunta de Inés: para sacar a su madre de casa bastaba un coche, ¿por qué un vehículo de carga, pagado por adelantado por una empresa muerta?
La respuesta estaba allí, en el suelo del gimnasio.
El microbús no se había contratado para traer a Lola.
Se había contratado para esto: un microbús de servicio, discreto, con sitio de sobra una vez retirados los asientos, para cargar el bidón, las garrafas, lo que hiciera falta, y para llevarse de San Román, cuando todo hubiera ardido, hasta la última ceniza.
Tomás no había alquilado un traslado. Había alquilado una limpieza.
Su madre no era el pasajero. Era, como mucho, una molestia de paso; la carga de verdad iba a ser lo que quedara después.
—¿Y si no te la doy? —dijo Nora.
—Entonces nos quedamos aquí un rato más —dijo Tomás, con la misma calma exasperante—.
Y la cosa se complica para todos. Yo no quiero que se complique.
Usted tampoco. Su madre, menos —dijo sin amenazar, que era lo terrible: no le hacía falta amenazar.
Dejaba que amenazaran por él el sitio, el bidón, la hora y la soledad de aquel campo donde no había nadie que oyera nada—.
Soy un hombre razonable. Le estoy ofreciendo el mejor trato posible: usted pierde unos papeles, yo cierro un asunto, y su madre duerme esta noche en su cama, con sus rosales.
¿De verdad unos papeles valen más que eso?
Lo peor fue que durante un segundo, uno solo, Nora se lo planteó.
Porque dicho así, en voz baja, con su madre delante, sonaba razonable.
Sonaba incluso a sentido común. Y esa era el arma de verdad de Tomás Valls Alcántara: no la violencia, sino la cordura.
Hacer que entregar la justicia pareciera lo sensato.
—Sabes que no puedo darte eso —dijo Nora—. Sabes lo que hay en esa caja.
—Sé lo que hay —dijo él, y por primera vez algo asomó debajo de la cortesía, no rabia, algo más frío: una convicción de oficinista, la de quien tiene una tarea pendiente y no concibe dejarla a medias—.
Hay un cabo suelto de hace muchos años. El último.
Llevo mucho tiempo recogiendo cabos sueltos, inspectora.
Es lo que se me da bien. Y este es el que falta.
En cuanto arda, se acabó. Todo limpio. Como si no hubiera pasado.
Lola, en la silla, se movió apenas, y habló por primera vez, con una voz que temblaba menos de lo que Nora esperaba.
—Nora —dijo—. No le des nada.
Lo dijo despacio, con una firmeza que a Nora le partió el corazón, porque conocía a su madre y sabía lo que le costaba aquella frase.
Su madre, que había salido de casa de noche por la ilusión tonta de unas cartas, había entendido ya dónde estaba y con quién, y en vez de pedirle a su hija que la salvara, le estaba pidiendo que no comprara su vida con lo que había en aquella lata.
—Yo soy una vieja, hija —añadió Lola, muy bajito—. Eso de ahí es de tu padre. No se lo des.
Y ahí estaba el nudo, en mitad de un gimnasio vacío a las cuatro de la madrugada, bajo un farol de pilas: su madre en una silla diciéndole que no entregara la prueba, el hombre amable esperando con su bidón la cosa que doce años de trabajo de un muerto cabían dentro, y ella, Nora, en medio, con una bolsa en la mano y dos cosas imposibles de salvar a la vez, sabiendo que el equipo estaba fuera, que un movimiento en falso lo precipitaba todo, y que el primer paso que diera, hacia el hombre o hacia su madre, iba a decidir cuál de las dos cosas perdía.
Pensó en el equipo, fuera, esperando su señal.
Si los llamaba, entrarían en segundos; pero «segundos» era justo lo que Tomás necesitaba para tirar la cerilla, y entonces la caja ardería igual y a saber qué hacía él con su madre en el desorden.
Si no los llamaba, seguía sola frente a un hombre que la superaba en frialdad y al que no iba a ganar a base de hablar.
Tenía que encontrar el momento, el único, en que pudiera hacer las dos cosas a la vez: salvar a su madre y salvar la caja.
Y ese momento no existía todavía. Tendría que fabricarlo.
El polvo de yeso flotaba en el haz amarillo del farol, suspendido, sin caer, como si también él estuviera esperando a ver qué hacía ella.
En el suelo, entre los dos, la lata de costura destapada de una mujer que ya no recordaba su nombre.
Y al lado, en la sombra, el bidón cerrado, todavía cerrado, esperando una cerilla que nadie había encendido aún.
En aquel silencio enorme de gimnasio vacío, Nora oía tres cosas y solo tres: el zumbido del farol, la respiración de su madre, y el tictac de su propio reloj de pulsera, que marcaba las cuatro y diez de la madrugada y seguía corriendo, indiferente, hacia las ocho.