La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

El piso protegido de Villaverde tenía las luces apagadas cuando Nora llamó al telefonillo a la una y veinte de la madrugada, y los dos compañeros que hacían la guardia le abrieron con cara de no entender qué se le había perdido allí a esas horas.

Le costó convencerlos. Eran las normas: a un testigo protegido no se le despierta de madrugada porque a una inspectora le corra prisa.

Pero Nora tenía galones, tenía la cara de quien no se va a ir, y tenía, sobre todo, la verdad de que cada minuto contaba.

Cedieron. Uno de ellos lo anotó en el parte de guardia, con la hora.

Le pidieron que fuera breve, que no lo alterara, que se acordara de que aquel hombre era frágil como el cristal.

Como si Nora no lo supiera. Como si no fuera justo esa fragilidad lo que le estaba quitando el sueño, además de su madre.

—Tengo que hablar con él —dijo Nora—. Ahora. Es urgente y no puede esperar a mañana.

Se sentó despacio, le hizo un gesto para que se sentara él también, y no lo hizo: se quedó de pie, contra la pared, mirándola con esos ojos que medían distancias.

—Mira —dijo Nora, y decidió contarle la verdad, porque a la gente rota la mentira la huele—.

No vengo a preguntarte por lo de siempre.

No vengo a hacerte declarar de nada viejo.

Tengo un problema de esta noche, de ahora mismo.

Un hombre se ha llevado a una mujer mayor.

Va a llevarla a un sitio. Y creo que es un sitio que tú conoces, de los de antes, de los caminos de la red.

No quiero que me cuentes qué pasaba allí.

No me hace falta. Solo quiero saber dónde está ese sitio, para llegar antes que él.

Es una mujer de setenta y seis años. Es mi madre.

R-11 la miró un rato largo. Algo se le movió por dentro al oír «mi madre», alguna cuenta vieja, algún cálculo de los suyos.

Nora sabía bien lo que le pedía, y no le gustaba.

Le estaba pidiendo a un hombre que había sobrevivido a la red a base de no mirar atrás que mirara atrás, ahora, de madrugada, deprisa, para sacarle un dato.

Que abriera, aunque fuera un dedo, la puerta que tenía cerrada con todo el cuerpo, y que lo hiciera por una desconocida y por la madre de una desconocida.

No tenía ningún derecho a pedírselo. Solo tenía una razón: que si no lo hacía, una mujer iba a desaparecer esa noche.

A veces el oficio era justo eso, cobrarle a quien menos podía pagar el precio de salvar a otro.

Y cuando habló, lo hizo como hablaba él, en frases cortas, dejando huecos, sin mirar nunca del todo de frente.

—¿Qué ruta? —No era una pregunta. Era la manera que tenía de pedir.

Nora le describió el arco que habían sacado de Umbral, las paradas, el orden, el extrarradio sur.

R-11 escuchaba con la cabeza un poco gacha, asintiendo apenas en algunas, como quien reconoce una canción que preferiría no recordar.

Porque eso era para él aquella lista: una melodía de la peor época de su vida, que creía enterrada y que alguien estaba tarareando otra vez en alguna parte de la ciudad, esa misma noche.

A cada parada que Nora nombraba, cerraba un poco más los hombros, se hacía un poco más pequeño contra la pared, como si las palabras le pesaran encima.

No la interrumpió. La dejó llegar hasta el final, hasta el sitio donde el camino se acababa, y solo entonces, cuando ya no quedaba ruta por delante, dejó de poder fingir que aquello no iba con él.

Cuando Nora llegó al final del recorrido, a aquella última parada que no figuraba como nada, R-11 se quedó muy quieto.

Más quieto todavía. Y se le puso una cosa en la cara, un repliegue, como si por dentro estuviera cerrando puertas.

—¿Para qué lo quiere? —dijo R-11, sin levantar la voz—. El sitio.

—Para llegar antes que él y sacar a mi madre de ahí.

—¿Y luego?

—Y luego ese sitio se acaba —dijo Nora—. Para siempre. Te lo prometo. Lo que sea que haya allí, lo que sea que pasara, sale a la luz y se acaba.

R-11 la miró como si midiera también la promesa, igual que medía las distancias y las salidas. Debió de encontrarla de fiar, o debió de querer creerla, que a veces viene a ser lo mismo.

—Esa última. La que muere el camino —dijo Nora, con toda la suavidad que pudo—. ¿Qué es?

R-11 tardó en contestar. Cuando lo hizo, no dijo un nombre. R-11 no daba nombres; los nombres eran lo que te mataba. Dio medidas.

—Es grande —dijo—. De ladrillo. Tenía pista, de las de jugar, dentro, techada.

Verjas altas. Un patio con un árbol seco.

Lleva años cerrado. Pusieron una cadena nueva en la puerta vieja.

—Tragó—. Está al final del todo, donde ya no hay casas, donde el camino se acaba contra el campo. No tiene cartel. Lo quitaron.

—¿Algo más? —dijo Nora, grabándolo todo de memoria—. Lo que sea. Cómo se entra. Por dónde.

R-11 entornó los ojos, no por descansar, sino por ver el sitio por dentro, y lo que vio no debió de gustarle.

—Hay una entrada de coches por detrás, por donde se metían los vehículos sin que se vieran desde la calle.

Un portón de chapa. La puerta de delante, la de las personas, está condenada.

Se entra por detrás. Y dentro está todo vacío, hace eco, huele a yeso.

—Volvió en sí—. No hay luz. Lleva años sin luz. Quien vaya, que lleve linterna.

Nora lo iba dibujando en la cabeza a medida que él hablaba, y al mismo tiempo lo iba cruzando con lo que tenía.

Un centro residencial grande, de ladrillo, con gimnasio cubierto, clausurado, una cadena nueva en una puerta vieja, al final de un camino del extrarradio sur.

Lo tenía. Lo había visto en un papel del caso anterior, un oficio sobre un centro cerrado, un nombre.

San Román. El sitio se llamaba San Román.

Lo tenía. Después de una noche entera a ciegas, por fin tenía un sitio con nombre, un punto en el mapa, una puerta a la que llamar.

Le entraron unas ganas locas de salir disparada hacia el coche en ese mismo instante.

Pero se quedó un poco más, porque R-11 no había terminado, y porque algo en la manera en que el hombre acababa de bajar la voz le decía que lo que venía a continuación era lo que de verdad le había costado meses no contar.

—Allí guardaban —dijo R-11, y bajó la voz hasta casi no oírse, y fue entonces cuando se le rajó por dentro—.

Lo que la familia no quería que se viera, lo metían allí.

Cosas. —Se paró. Le temblaba la barbilla, esa barbilla de hombre duro que no había temblado en meses de declaraciones—.

Cosas —repitió, y la palabra se le rompió en la boca, y se quedó sin más palabras, porque detrás de aquel «cosas» había algo que no le cabía en la garganta, algo que llevaba casi treinta años sin decir y que no iba a decir esa noche tampoco, ni esa ni a lo mejor ninguna, y la grieta que se le abrió en la voz al decirlo contaba, sin contar nada, todo lo que Nora necesitaba no saber para hacer su trabajo y todo lo que no iba a poder olvidar después.

A Nora se le revolvió el estómago mientras lo escuchaba romperse en aquella palabra de cuatro letras.

No por lo que R-11 decía, que era casi nada, sino por lo que no decía: por el tamaño del silencio que venía detrás del «cosas».

Hay verdades que se entienden mejor por el hueco que dejan que por lo que se cuenta de ellas, y aquel hueco, en la voz rajada de aquel hombre, era enorme.

Nora no le preguntó qué guardaban. Se lo prometió a sí misma y lo cumplió. Aquella noche no era para abrir esa puerta, y aquel hombre no era quien tenía que pagar el precio de abrirla.

—Gracias —dijo, y se levantó—. Con esto me vale. Has hecho más de lo que crees.

R-11 no contestó. Se había quedado mirando un punto de la pared, muy quieto otra vez, recompuesto por fuera y roto por dentro, contando salidas en una habitación de la que ya no se podía salir.

Y cuando Nora llegó a la puerta, lo oyó decir, a su espalda, muy bajo, una sola frase, la única en toda la noche que no fue una medida.

—Que llegue a tiempo —dijo R-11—. Por una vez, que alguien llegue a tiempo.