CAPÍTULO 25
Doce horas
A Nora se le cayó el suelo en mitad de la cocina del piso franco, con el teléfono aún en la oreja y la voz de Berta diciéndole, despacio y clarito, que su madre se había ido sola.
Hubo un segundo, uno solo, en que la inspectora desapareció y solo quedó la hija.
Un segundo de blanco, de no oír, de manos frías.
Y luego, porque era lo único que sabía hacer con el miedo, la inspectora volvió y empujó a la hija a un rincón, donde tendría que esperar a que todo aquello terminara para poder romperse a gusto.
Ahora no. Ahora tocaba trabajar, porque su madre estaba en alguna parte y el trabajo era lo único capaz de traerla de vuelta.
No se permitió pensar en su madre como su madre.
No se permitió imaginarla asustada, ni perdida, ni en manos de aquel hombre.
En cuanto la imagen asomaba —Lola con su bolso bueno, mirando alrededor sin entender—, Nora la apartaba, porque sabía que si la dejaba entrar se quedaría paralizada, y su madre no necesitaba una hija paralizada.
Necesitaba una inspectora que la encontrara.
La quería tanto que, esa noche, lo más amoroso que podía hacer por ella era dejar de quererla un rato y tratarla como un caso.
Hizo las preguntas exactas. Hora, qué se había llevado, si había llamadas, si había notas.
Le dijo a Berta que no tocara nada, que cerrara la casa, que no llamara a nadie más, y que se quedara junto al teléfono fijo por si volvía a sonar.
Colgó. Y en el tiempo que tardó en llegar a Canillas conduciendo más rápido de lo que debía, ya había montado en la cabeza la mitad de lo que vendría después.
A las ocho de la tarde estaban los tres en la sala de Gálvez: ella, Sergio e Inés. La misma sala, el mismo equipo pequeño, pero el aire era otro. Ya no buscaban a un hombre. Ahora el hombre tenía a su madre.
—Necesito el registro del fijo de mi madre —le dijo a Inés—. Desde anoche. Las últimas veinticuatro horas. Todo lo que haya entrado.
Inés ya estaba en ello. Tardó poco, porque las compañías guardan lo que importa, y lo que apareció confirmó lo que Nora se temía y a la vez rezaba por no ver.
—Dos llamadas, anoche —dijo Inés, y su voz salió más plana de lo normal, que era como le salía cuando lo que leía le daba miedo—.
A las nueve y diez y a las nueve y veinte.
La primera, cuatro segundos. La segunda, cuarenta.
Del mismo número. Y el número está muerto: una tarjeta de prepago activada el mismo día en que Tomás dejó de señalar, usada para esas dos llamadas y para nada más, y apagada justo después. No volverá a dar señal.
El mismo día. Sergio y Nora se miraron, porque los dos hicieron la misma cuenta a la vez.
Era la misma fecha en que Tomás había dejado de señalar, desde que se soltó la correa él solo el día que cayó Riera.
El día en que arrancó todo. Había activado aquella tarjeta el primer día, el mismo en que se soltó, y la había guardado para esto: para una sola noche, para dos llamadas.
Lo tenía pensado desde el principio. No era una reacción a que Nora le cerrara las puertas; era el plan que llevaba en el bolsillo desde aquel día, esperando.
—Es él —dijo Sergio, en voz baja.
Nora cerró los puños. Lo veía entero, ya, la jugada completa, y era de una limpieza que daba náuseas.
Tomás no había podido llegar a la caja. Ella se la había llevado, había escondido a Carmen, había sellado el canal.
Le había cerrado todas las puertas. Y entonces el hombre que se dedicaba a no dejar que nada se le escapara había recurrido a lo único que le quedaba: si no podía coger la caja, cogería a quien la obligara a entregársela.
Había buscado el punto más blando del tablero, el que ella, con todo su cuidado, había dejado sin cubrir. Su madre.
—Ha usado a mi padre —dijo Nora, y le costó decirlo, porque decirlo en voz alta era tocarlo—.
Sé cómo la ha sacado de casa. Le ha ofrecido algo de mi padre.
Cartas, papeles, algo suyo. Es lo único en el mundo por lo que mi madre saldría de noche sin decírselo a nadie.
—Tragó—. Ha cogido a mi padre, que está muerto, y lo ha usado de cebo para llevarse a mi madre.
Le ha vendido a un muerto para robarle a una viuda.
Nadie dijo nada. No había nada que decir.
Y debajo de la rabia, afilándola, estaba la culpa, esperándola como esperan siempre estas cosas.
Porque Nora lo sabía. Lo sabía desde el principio del caso, desde aquel falso técnico que se había paseado por la casa de Segovia el primer día.
Sabía que su madre estaba en el punto de mira.
Y había puesto a Berta a dormir allí, había pensado que con eso bastaba, y se había vuelto a sumergir en la caja, en Carmen, en el canal, en todo lo demás, dándole a su madre el sitio de siempre, el del fondo, el de la persona a la que se protege sin mirarla del todo.
Había montado una guardia contra alguien que entrara por la puerta.
Y Tomás no entraba por las puertas. Tomás hacía salir a la gente.
Había protegido a su madre del único peligro que el hombre no pensaba usar, y le había dejado abierto justo el que iba a usar: las ganas de una vieja sola de tener a su marido un rato más.
Y había algo más, una espina pequeña y vieja que ahora se le clavaba entera.
En todas aquellas semanas, con el caso comiéndosela, Nora no había llamado a su madre ni una sola vez para nada bueno.
La había llamado para preguntarle cosas, para el caso, para asegurarse de que Berta estaba con ella.
Nunca para oírla, para dejarla hablar de los rosales, para que su madre sintiera que existía para su hija mayor más allá de ser un cabo que proteger.
Lola se había ido a buscar a alguien que le hablara despacio, como si todavía importara.
Y a Nora le cayó encima, de golpe, que esa persona que tendría que haberle hablado así era ella, y no lo había hecho.
—Hay que dar la voz —dijo Sergio, aunque por la cara que puso supo que ya conocía la respuesta—. Desaparición de persona vulnerable. Alerta, patrullas, los medios. Es lo que toca.
—No —dijo Inés, y lo dijo ella, que era la que se sabía los protocolos al dedillo, la que hablaba siempre en plazos y en fuentes—.
O todavía no. Pensadlo. En el momento en que esto se hace público, en que sale la foto de Lola en la tele y se llena Segovia de patrullas, el que la tiene se entera en cinco minutos.
Y el que la tiene es la única persona del mundo que sabe dónde está.
Si lo asustamos, desaparece. Y desaparece con ella.
No volvemos a saber de ninguno de los dos.
Hacerlo público no la salva: nos quema al único hilo que nos puede llevar hasta ella.
Sergio se pasó la mano por la cara.
—Estás diciendo que no demos parte. Que no busquemos a una anciana desaparecida como se busca a una anciana desaparecida. Que nos lo guardemos.
—No estoy diciendo eso —dijo Inés—. Estoy diciendo que tenemos una ventana, y que dentro de esa ventana la mejor manera de salvarla es no espantar al que la tiene. Pasada la ventana, ya no es decisión nuestra. —Miró a Nora—. Pero la de esta ventana sí es tuya. Y el reloj ya corre.
Era verdad, y era horrible que fuera verdad. Lo que el procedimiento decía que había que hacer —dar la alarma, llenar el mundo de su cara— era justo lo que la mataría.
—¿Cuánto tenemos? —preguntó Nora.
Inés miró la hora, e hizo la cuenta que llevaba haciendo desde que entró.
—Por protocolo, una comprobación de bienestar de una persona mayor que vive sola puede sostenerse unas horas como gestión interna, mientras se la localiza, sin saltar a aviso público.
Pero no más. Mañana por la mañana, cuando empiece el turno de día y esto suba por los conductos, alguien con galones va a querer hacerlo público, y va a tener razón para quererlo, y no vamos a poder pararlo.
—Alzó los ojos del reloj—. Yo te lo puedo sostener interno hasta las ocho de la mañana.
A partir de las ocho, esto es de todos, y sale en la tele, y se acabó. Tienes hasta las ocho.
La casa estaba en Segovia, fuera de su jurisdicción, así que Gálvez activó además, por vía reservada y sin difusión pública, a un enlace de la Guardia Civil de allí. Lo autorizó con una condición: a las ocho, si no había ubicación, salía a público.
Nora no lo dudó. Si dar la voz era perderla, no daría la voz.
Se quedaría dentro de la ventana, en el filo, y usaría cada uno de esos minutos para encontrar a su madre antes de que el reloj se la quitara.
Era la apuesta más temeraria de su vida —la vida de Lola contra doce horas y su propia cabeza—, y la hizo sin pestañear, porque la otra opción no era opción.
Nora miró el reloj de la pared. Las ocho de la tarde.
Doce horas. Doce horas para encontrar a su madre, en algún punto de una noche enorme, en manos de un hombre que se ganaba la vida haciendo que las personas dejaran de aparecer.
Doce horas antes de que el reloj la obligara a elegir entre dejarla perdida en el silencio o ponerla en todas las pantallas y ver cómo, por hacerlo, desaparecía para siempre.
La pregunta era una sola, y era enorme: ¿dónde?
Madrid era inmenso, la noche era larga y Tomás podía tenerla en cualquier parte.
Pero Nora sabía algo que el hombre no sabía que ella sabía: que él no improvisaba, que todo lo que hacía venía de un sitio, de una manera de trabajar, de una red con años de costumbres.
Si se había llevado a su madre a alguna parte, esa parte no la había elegido al azar.
Tenía un sitio. Y los sitios, a diferencia de los hombres, dejan rastro.
Se llamaba Dolores Cabrera. Lola. Setenta y seis años.
Había criado a dos hijas, había enterrado a un marido, había cuidado doce años los rosales de un muerto, y esa tarde se había arreglado, había cogido el bolso bueno y había salido sola a buscar un pedazo de él.
Y a las ocho de la mañana, si Nora no la encontraba antes, dejaría de ser su madre para convertirse en una foto en las noticias y en un nombre que un hombre sin rostro borraría con el mismo cuidado con que lo borraba todo.
El reloj de la pared dio un salto seco al minuto siguiente. Once horas y cincuenta y nueve minutos.
Nora se puso de pie.