La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Segovia, de noche

La casa de Segovia tenía un sonido propio, y Berta se lo sabía de memoria.

Llevaba semanas durmiendo allí, desde el susto del técnico, y en ese tiempo había aprendido los ruidos de la casa como se aprenden los de un cuerpo querido: el clic del termo del agua, el arrastre de las zapatillas de Lola por el pasillo, el crujido de la cama grande cuando la señora se daba la vuelta, la radio bajita por las tardes, el grifo de la cocina que goteaba si no se cerraba del todo.

Una casa habitada nunca está callada. Tiene una respiración.

Y aquella, además, tenía la respiración de una persona muy concreta.

Lola hacía ruido de una manera suya: tarareaba sin darse cuenta mientras fregaba, abría las ventanas por la mañana con un golpe seco de cada falleba, dejaba la cucharilla tintineando en la taza del café más tiempo del necesario.

Berta había llegado a saber, sin mirar el reloj, qué hora era por lo que sonaba en la casa.

El golpe de las fallebas eran las ocho. El tintineo de la cucharilla, las ocho y diez.

La radio, las cinco de la tarde. La casa era un reloj hecho de ruidos pequeños, y Lola le daba cuerda con solo estar.

Berta no era familia, pero como si lo fuera.

Había entrado a echar una mano con la limpieza años atrás y se había ido quedando: primero unas horas, luego las comidas, ahora las noches.

Le tenía a Lola un cariño callado, de los que no se dicen.

La señora era buena gente, de las de antes, agradecida por todo, incapaz de pedir nada para no molestar.

Berta había aprendido a adelantarse a lo que Lola no pedía: a tenerle el pan hecho, la medicina sacada, la manta a mano.

Cuidar de Lola era cuidar de alguien que se pasaba la vida disculpándose por dar trabajo.

Y ahora, mientras Berta dormía la siesta, esa mujer que no quería molestar a nadie se había ido sola para no molestar ni siquiera al marcharse.

Berta se había echado un rato después de comer, vencida por el calor de julio, con las persianas medio bajadas y un ventilador moviendo el aire espeso.

Se despertó cuando ya el sol caía, con esa boca pastosa de las siestas demasiado largas, y lo primero que notó, antes de abrir del todo los ojos, fue que algo no encajaba.

La casa no sonaba.

No había zapatillas en el pasillo. No había radio.

No había termo, ni grifo, ni el rumor menudo de una persona moviéndose por sus cuartos.

Había un silencio que no era el silencio normal de la tarde, sino otro, más hondo, el silencio de una casa que se ha quedado sin la persona que la llenaba.

Berta lo notó en el cuerpo antes que en la cabeza, como se notan estas cosas, y se levantó deprisa, con el corazón ya alerta.

No era la primera vez que se despertaba en aquella casa con un sobresalto —desde lo del técnico dormía con un ojo abierto—, pero las otras veces bastaba con asomarse y oír a Lola trastear para que el susto se le pasara.

Esta vez se asomó, y no había nada que oír.

—¿Lola? —Su voz sonó demasiado grande en el pasillo—. ¿Lola, está usted ahí?

Nada. Lo dijo otra vez, más fuerte, y la casa se tragó su voz sin devolverle nada.

En una casa habitada, cuando llamas, algo responde aunque sea el silencio de quien está y no contesta: un crujido, una respiración, la sensación de una presencia en otro cuarto.

Aquí no. Aquí el silencio era macizo, sin nadie detrás.

Berta lo conocía, ese silencio: era el de las casas a las que entras a limpiar cuando el dueño ya no está, el de los pisos vacíos esperando a que vengan a recoger las cosas.

No tenía nada que ver con una siesta ni con un paseo corto.

Era un silencio de ausencia larga, y se le metió en el cuerpo como un frío.

Fue cuarto por cuarto, y la casa se le iba poniendo cada vez más rara, más vacía, más quieta.

El salón, con la novela de Lola boca abajo en el brazo del sofá, en el sitio de don Manuel, marcando una página que su dueña no había vuelto a abrir.

La cocina, con el pan que Berta había dejado por la mañana enfriándose en la rejilla, ya frío del todo, intacto.

El dormitorio grande, con la cama hecha, la colcha sin una arruga, las fotos de siempre mirando desde la cómoda.

El baño, seco. La casa entera ordenada, en su sitio, perfecta, y sin nadie dentro.

A Berta, que llevaba toda la vida en casas ajenas, aquel orden la dejó un segundo sin mover las manos.

Una casa de la que alguien sale corriendo deja rastro: una luz encendida, un cajón abierto, una taza a medias.

Aquella casa no tenía prisa en ninguna parte.

Estaba recogida con el cuidado de quien se va sabiendo que se va, no de quien huye.

Y eso, que debería tranquilizar, era lo que más miedo daba.

La casa estaba llena de Manuel todavía. Doce años después, seguía siendo la casa de él: su sillón, su lado de la cama que Lola no ocupaba, sus libros, las fotos en las que salía joven y serio con el uniforme.

Lola había convertido la casa en un altar pequeño y discreto, sin darse cuenta, a base de no mover las cosas de él de su sitio.

Berta lo había pensado más de una vez: que en aquella casa vivían dos personas, una viva y una muerta, y que la muerta mandaba casi tanto como la viva.

Esa noche, con la viva fuera y la muerta en cada rincón, la casa daba más miedo que nunca.

A Berta se le secó la garganta.

Volvió a la entrada, y entonces fue cuando empezó a leer la casa de verdad, como quien lee un papel buscando la letra pequeña. Y la casa le fue contando, objeto por objeto, lo que había pasado.

La puerta no estaba forzada. Estaba encajada, cerrada con cuidado desde fuera, como la deja quien sale y no quiere hacer ruido.

No había señales de pelea, ni un mueble movido, ni un cristal, ni una silla fuera de su sitio.

En el recibidor, el cuenco de cerámica donde Lola dejaba siempre las llaves —el cuenco azul que había sido de su madre, decía ella— estaba vacío.

Las llaves de Lola no estaban. Y el bolso bueno, el de salir, tampoco colgaba del perchero.

Berta se quedó mirando el perchero vacío.

Lola tenía un bolso para todos los días, de andar por el barrio, y otro, marrón, de piel buena, que solo sacaba para las cosas importantes: el médico, la misa de los difuntos, las pocas veces que iba a Madrid a ver a las nietas.

El bolso de las ocasiones. Y se lo había llevado.

Adondequiera que hubiera ido, Lola lo había tomado por una ocasión, algo para lo que arreglarse y coger el bolso bueno.

Esa idea, sin saber por qué, fue la que más frío le dio de todas.

Lo juntó todo de pie en el recibidor, con la cabeza fría a pesar del miedo, porque Berta era de las que en los apuros se ponen prácticas.

La puerta cerrada con cuidado. Las llaves cogidas.

El bolso bueno. La casa recogida. Ninguna ventana forzada, ningún vecino que hubiera oído nada raro, porque en aquella calle, donde no pasaba nunca nada, un jaleo o una furgoneta los habría visto cualquiera.

No. Allí no había entrado nadie. De allí había salido alguien.

Lola se había levantado, se había arreglado en silencio, había cogido sus cosas y se había marchado andando, tan tranquila por fuera como nerviosa debía de ir por dentro, a una cita que no le había contado a nadie.

La pregunta no era quién se la había llevado.

La pregunta, mucho peor, era adónde había ido ella sola, y a ver a quién.

Berta salió al patio de atrás, con el último resto de luz, rezando por encontrarla allí, regando, hablándoles a los rosales como hacía a veces a estas horas.

Los rosales estaban perfectos. Con sus tutores nuevos, sus hojas relucientes, ni una rama partida, ni una maceta volcada, ni una regadera fuera de sitio.

Tan cuidados, tan en orden, tan ajenos a todo, que daban ganas de gritarles.

Lola no estaba entre ellos. Lola no estaba en ninguna parte.

Y la casa, leída entera, contaba una sola historia, y era la peor de todas las posibles, porque no era la de un robo ni la de un secuestro a la fuerza.

Una mujer no se lleva el bolso bueno y las llaves cuando se la llevan a rastras.

No deja la casa ordenada, la cama hecha, la puerta encajada con cuidado, cuando alguien entra a buscarla.

Todo aquel orden, toda aquella calma, gritaban una cosa que a Berta le puso los pelos de punta: que a Lola no se la había llevado nadie.

Que Lola se había arreglado, había cogido su bolso y sus llaves, había cerrado con cuidado para no despertarla, y había salido por su propio pie, sola, a donde fuera, sin decirle una palabra a nadie.

Berta se llevó la mano a la llave que le colgaba del cuello, la de la casa, esa que la señora le había dado hacía meses, y pensó, con una punzada de culpa que la iba a acompañar mucho tiempo, que de qué servía tener la llave de la casa si la persona se te iba mientras dormías.

Se acordó, ahora que lo pensaba, de la cara de Lola en los últimos días.

Algo distinta. Más callada, o más metida para dentro, como quien le da vueltas a algo y no lo cuenta.

Berta lo había achacado al calor, a los años, a lo de siempre.

Tendría que haber preguntado. Las señoras mayores, cuando se quedan calladas, no es que no tengan nada que decir: es que han decidido no decírselo a nadie.

No perdió más tiempo. Sabía lo que tenía que hacer, porque desde el susto del técnico lo tenía claro: si algo raro pasaba con Lola, había una persona a la que llamar antes que a nadie.

Sacó el móvil con las manos torpes, buscó el número de la hija, el de la mayor, la policía, y marcó.

Mientras sonaba, salió otra vez al recibidor y se quedó mirando el cuenco azul vacío, como si las llaves fueran a aparecer dentro si lo miraba con suficientes ganas.

—¿Nora? Soy Berta, la de su madre. —Le temblaba la voz y se esforzó por que no se le notara, por dar los datos claros, como sabía que esta hija necesitaba que se los dieran—.

Escúcheme. Su madre no está. Me he quedado dormida, serían las cinco, y cuando me he levantado ya no estaba.

No se la han llevado, Nora, eso es lo que le tengo que decir, que no se la han llevado: se ha ido ella.

Ha cogido el bolso y las llaves y ha cerrado la puerta con cuidado para no despertarme.

Se ha ido sola, al caer la tarde, y no me ha dicho adónde.

Al otro extremo de la línea hubo un silencio corto, de esos en los que se oye cómo a alguien se le cae el suelo.

Berta colgó al cabo de un rato, después de contestar lo que pudo, y se quedó de pie en la entrada, sin saber qué hacer con las manos, en aquella casa que había aprendido a oír y que ahora, por primera vez en semanas, no le decía nada de nada.

La casa de Segovia no sonaba. Y una casa que no suena, cuando ha tenido siempre a alguien dentro, es la cosa más parecida a una tumba que hay.