La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Dos llamadas

La casa, de noche, era más grande de lo que había sido nunca.

Lola lo pensaba cada anochecer, desde que Manuel faltaba.

Mientras había luz, la casa tenía un tamaño razonable, llena de cosas que hacer: los rosales que él había plantado y que ella podaba ahora con un cuidado casi religioso, el pan de Berta enfriándose en la rejilla de la cocina, las persianas echadas a medias contra el calor de julio.

Pero en cuanto caía el sol, las habitaciones se estiraban, los pasillos se alargaban, y la casa entera se quedaba esperando a alguien que ya no iba a volver por la puerta diciendo el nombre de ella como solo él lo decía.

Cuidaba los rosales como si cuidara de él.

Era una tontería y lo sabía: un rosal no es un marido.

Pero mientras los podaba, mientras les ponía los tutores nuevos y les quitaba las hojas secas, le hablaba en voz baja, le contaba cosas, le preguntaba qué haría él con tal o cual apuro, y a veces le parecía que el silencio del jardín le contestaba.

Era lo más cerca de Manuel que llegaba a estar. Y era poco. Doce años de poco.

Berta se había acostado pronto. Berta se acostaba con las gallinas y se levantaba con ellas, y desde lo del susto de hacía semanas —aquel falso técnico que se había paseado por la casa y no había tocado nada, y que a Lola todavía le revolvía el estómago recordar— dormía en el cuarto de invitados, por si acaso.

Lola se lo agradecía y a la vez le pesaba.

Setenta y seis años para que la cuiden como a una niña.

Ella, que había sacado adelante a dos hijas, había visto morir a un marido y se había tragado más inviernos sola de los que nadie sabía.

Sus días tenían una forma fija que la sostenía: el café temprano, los rosales antes de que apretara el sol, la compra corta, la siesta, la novela de la tarde, la llamada a alguna de las hijas si la pillaban.

La pequeña llamaba más, le contaba de los niños, de tonterías buenas.

Nora llamaba menos, y cuando llamaba era con prisa, con ese cansancio en la voz que Lola le notaba aunque su hija creyera que lo disimulaba.

A Lola le habría gustado que la mayor la llamara para nada, para contarle una bobada, como hacía la pequeña.

Pero Nora no sabía llamar para nada. Como su padre, solo sabía llamar cuando había algo.

Era lo que les había hecho el oficio a los dos: convertir el cariño en una cosa que solo se dice cuando no queda más remedio.

El teléfono sonó a las nueve y diez.

Lola lo cogió sin alarmarse, porque a su edad uno coge el fijo sin miedo, por costumbre de cuando el teléfono traía a la familia y no a los estafadores.

—¿Diga?

Nadie. Un silencio con algo dentro, una respiración o el rumor de una calle, y luego nada.

Colgaron. Lola se quedó con el auricular en la mano un momento, frunció el ceño, y lo dejó.

Equivocación. Pasaba. Pero se le quedó un poso raro, el de las llamadas que cuelgan en cuanto contestas, esas que una nunca sabe si son un número mal marcado o alguien comprobando que estás en casa.

Volvió a sonar diez minutos después.

—¿Diga? —Esta vez con un punto de recelo.

Y esta vez sí habló una voz. De hombre, tranquila, educada, una voz de las que no asustan, de las que podrían ser de un médico o de un funcionario amable.

—Buenas noches. Disculpe la hora. ¿Es usted la señora Cabrera?

—Sí. ¿Quién es?

—No me conoce. Pero traté a su marido, a don Manuel. —Una pausa, la justa—. Tengo unas cartas suyas. Cosas que escribió de su puño y letra. Han estado guardadas mucho tiempo, y he pensado que tenían que estar con usted, no conmigo.

A Lola se le paró el corazón un segundo y luego se le puso a latir muy fuerte, de una manera que no sentía desde hacía años.

Cartas de Manuel.

No supo qué contestar. La voz, al otro lado, no metía prisa. Le explicó, con mucha calma, que no se fiaba del correo para algo así, que prefería dárselas en mano, que era cosa de un rato y que ella eligiera el sitio y la hora. Que no se sintiera obligada a nada.

La voz no le dio miedo. Eso fue lo peor, pensaría después: que no le dio ningún miedo.

Era una voz de fiar, de las de antes, de las que piden permiso para entrar.

No la apuró, no le exigió nada, no le pidió dinero.

Solo le ofreció algo y la dejó pensarlo.

Si la hubiera amenazado, Lola habría colgado y echado el cerrojo.

Pero contra la amabilidad no tenía defensas, porque la amabilidad era lo que más echaba de menos: que alguien le hablara despacio, como si ella todavía importara, como si lo que decidiera contara para algo.

Lola dijo que se lo pensaría. Pero cuando él le preguntó qué sitio le venía bien para algo tan suyo, se oyó nombrar un banco que conocía y una hora de la tarde siguiente, como si la respuesta la diera otra por ella.

No dijo que sí. Tampoco dijo que no, y esa fue la primera mentira que se contó aquella noche, porque dar el nombre de un banco y una hora es decir que sí con otras palabras, y ella lo sabía. Colgó con la mano temblándole.

Y se quedó de pie en mitad del salón grande y vacío, con el corazón desbocado, sabiendo dos cosas a la vez y sin saber con cuál quedarse.

La primera la sabía con la cabeza: que aquello olía mal.

Que un desconocido no llama de noche a una viuda para ofrecerle nada bueno.

Que su Manuel no había muerto de cualquier manera, por más que durante años le hubieran contado lo del patio interior; ella sabía ya, desde que detuvieron a aquel hombre, que a su marido lo habían matado, y que lo habían matado por cosas que él guardaba, por papeles, por secretos.

Y un hombre que ahora, de pronto, le ofrecía «cosas que Manuel escribió» tenía todas las papeletas de ser de los mismos que se lo habían quitado.

La cabeza se lo decía clarísimo. La cabeza le decía: cuelga, echa el cerrojo, llama a tu hija.

La segunda la sabía con otra cosa, con un sitio más hondo y más tonto que la cabeza.

Hacía doce años que no tenía nada nuevo de Manuel.

Tenía sus fotos, gastadas de mirarlas; tenía su ropa, que no se había atrevido a tirar; tenía los rosales.

Pero de palabras suyas, de su letra, de su voz puesta en un papel, no le quedaba ni una línea que no se supiera de memoria.

Y ahora alguien le decía que existían unas cartas que ella no conocía.

Un pedazo de su marido que aún no había tocado.

A esa edad, cuando ya casi todo lo que te queda son recuerdos repetidos, que te ofrezcan un recuerdo nuevo del hombre con el que pasaste media vida no es una tentación. Es un hambre.

Y había más, algo que no se habría confesado en voz alta ni a Berta.

Hacía tiempo que Lola sentía que se le iba acabando la cuerda.

No estaba enferma, pero a los setenta y seis los inviernos pesan, y una empieza a echar cuentas de lo que le queda.

La idea de marcharse de este mundo sin haber leído esas cartas, sabiendo que existían y que las había dejado pasar por prudente, le pareció más insoportable que cualquier peligro.

¿Qué le iban a hacer a una vieja? ¿Y qué importaba ya eso, comparado con tener a Manuel otra vez entre las manos, aunque fuera en cuatro folios?

Se sentó en el sofá, en el sitio de él, que seguía siendo el sitio de él, y miró el teléfono.

Podía llamar a Nora. Tenía su número en la memoria de los dedos. Era lo sensato, lo que cualquiera le diría que hiciera: tienes una hija policía, una hija que se dedica a esto, llámala, cuéntaselo, deja que ella se ocupe.

Y por eso mismo no la llamó.

Porque sabía lo que pasaría si lo hacía.

Conocía a su hija. Nora cogería el teléfono con esa voz suya de cuando se pone en modo trabajo, le diría que no hiciera nada, que no se moviera, que ya iban ellos.

Y aquellas cartas de Manuel dejarían de ser cartas de Manuel para convertirse en una prueba, en algo con número de expediente, en papeles que mirarían unos desconocidos con guantes en una sala fría, que analizarían, que guardarían en una bolsa con una etiqueta, y que a lo mejor ella no llegaba a leer nunca, o leía dentro de dos años, fotocopiados, cuando ya no sirvieran para llorar.

Su hija le quitaría a Manuel para meterlo en una caja, con toda la buena intención del mundo, como llevaba toda la vida la familia quitándole cosas a Lola para protegerla.

Manuel la había protegido callándose, hasta que el callarse lo mató.

Nora la protegía dejándola al margen, sin contarle del caso más que lo justo, tratándola como a una anciana a la que hay que cuidar de los disgustos.

Todos la querían y todos, queriéndola, decidían por ella.

Le decidían qué podía saber y qué no, adónde podía ir y adónde no, qué disgustos aguantaba y cuáles le ahorraban.

Se acordó de cuando murió Manuel, de cómo todos a su alrededor bajaban la voz al entrar ella en una habitación, de cómo le ahorraron los detalles, de cómo decidieron por ella qué sabía de la muerte de su propio marido y qué no.

Doce años después, seguía igual. La querían mucho, y la trataban como a un jarrón: con cuidado, en un sitio seguro, sin moverla de donde no se rompiera.

Y Lola estaba cansada. No de ellos; de eso. De ser la que espera en la casa a que los demás vuelvan y le cuenten la parte que han decidido contarle. De ser la que guarda los rosales mientras otros guardan los secretos.

Miró el teléfono otra vez. El número de Nora, a un botón.

Apagó las luces del salón una a una, como cada noche, y se quedó un rato más con el teléfono en el regazo.

No marcó.

No porque no pensara en su hija; pensó en ella todo el rato, con el dedo encima del teléfono.

No marcó porque, por una vez en su vida, antes de que se le acabara la vida, quería ser ella la que decidía qué hacer con un pedazo de su marido, y no la que esperaba sentada a que se lo decidieran.

Aquellas cartas eran suyas. Manuel era suyo.

Y la decisión, esta noche, en esta casa demasiado grande, también iba a ser suya.