CAPÍTULO 20
El hombre que limpia
Con un nombre delante, el caso dejó de ser una sombra y pasó a ser un trabajo. Y un trabajo, al menos, se reparte.
Nora montó el miércoles por la mañana lo más parecido a un equipo que se podía permitir sin que el oído volviera a abrirse: ella, Sergio e Inés, en una sala pequeña que Gálvez les dejó sin preguntar para qué, los tres con la consigna de que de allí no salía ni una palabra.
Era raro trabajar así con Sergio, después de lo del parque.
Se movían a la vez, como siempre, se pasaban las cosas sin pedirlas, pero había entre ellos un cuidado nuevo, el de dos personas que han descubierto algo que les duele y que han decidido seguir adelante de todas formas.
Ninguno lo mencionó. Los dos sabían que estaba ahí.
Inés, que no conocía la mitad de lo que pasaba entre ellos, tampoco preguntó.
Se sentó, conectó el portátil y esperó instrucciones, fiel como los perros buenos.
Era la primera vez en todo el caso que Nora trabajaba con gente al lado en vez de a escondidas de ella, y la sensación, después de tantos días de soledad, era casi de mareo.
Tres personas, una sala, un nombre en una pizarra.
Por fin podía repartir el peso. Lo malo era que el peso, ahora que lo miraban entre tres, había crecido.
Lo que querían era fácil de decir y difícil de conseguir: entender a Tomás Valls Alcántara lo bastante como para adelantarse a él.
Y para entender a un hombre, lo primero es leer lo que ha dejado escrito de sí mismo sin querer: los papeles, los registros, las huellas administrativas que va sembrando cualquiera que vive en un país con archivos.
Empezaron por lo evidente, los antecedentes. Inés tiró del expediente penal completo y lo fue leyendo en voz alta, y a medida que leía, a Nora se le iba poniendo una cosa rara en el cuerpo.
—Aquí no hay nada —dijo Inés, pasando páginas—.
Y cuando digo nada, es nada. Una multa de tráfico de hace años.
La confesión de 2025, la del papeleo. Y se acabó.
Ni una agresión. Ni una orden de alejamiento.
Ni una pelea de bar, ni una amenaza, ni un arma a su nombre.
En su vida le ha puesto la mano encima a nadie, al menos que conste.
Paga sus impuestos. Vota. Tiene el coche al día.
Es, sobre el papel, uno de los ciudadanos más limpios que he visto en este oficio.
—Demasiado limpio —dijo Sergio, que de eso sabía—. La gente normal tiene roces. Multas, una bronca, un vecino que te denuncia por el ruido, algo. Una vida deja manchas pequeñas. Una hoja así de blanca no es la de un hombre tranquilo. Es la de un hombre que tiene mucho cuidado.
Nora le dio la razón sin decirlo. Llevaba en Homicidios los años suficientes para saber que los expedientes vacíos asustan más que los llenos.
Un expediente lleno te cuenta a quién tienes delante.
Un expediente vacío, en un hombre que tu instinto señala como peligroso, solo te cuenta una cosa: que es muy bueno borrando.
Así que cambiaron de método. Dejaron de buscar lo que Tomás había hecho y se pusieron a buscar lo que había alrededor de Tomás. No el centro, sino el contorno. Y en el contorno, despacio, empezó a aparecer el dibujo.
Era un trabajo de hormiga, el de Inés. No iba detrás del hombre; iba detrás del rastro de tinta que el hombre había tocado y luego había intentado borrar.
Una baja aquí, una cancelación allá, una fecha que no cuadraba con otra.
Por separado, cada cosa tenía su explicación inocente: la gente se muda, las cuentas se cierran, los discos se estropean.
Pero todas juntas, alineadas en la pantalla por orden de fecha, dejaban de parecer mala suerte y empezaban a parecer un calendario.
El calendario de alguien que iba pasando por la vida de los demás con una goma de borrar.
Inés fue cruzando datos: las sociedades que él había administrado, las personas que figuraban con él en aquellos papeles, los sitios que la red había usado y que se habían ido cerrando. Y en torno a Tomás Valls Alcántara, una vez y otra, encontraban lo mismo. No delitos. Ausencias.
Un trastero que tenía alquilado en Usera, vaciado de la noche a la mañana la semana de la detención de Riera, devuelto al dueño limpio como una patena, sin una huella, sin una caja, sin una explicación.
Una cuenta de una de las sociedades, con movimientos durante años, que de pronto se quedaba a cero y se cancelaba sin dejar rastro de adónde había ido el dinero.
Documentos que tenían que estar en un sitio y no estaban.
Un ordenador que constaba incautado en otra causa y que, al ir a abrirlo, resultó tener el disco formateado y limpio.
Y dos personas. Dos colaboradores de segunda fila de la trama, de los que en teoría podían declarar.
Cuando alguien fue a buscarlos, ya no estaban: uno se había mudado al extranjero sin dejar dirección; el otro no contestaba a nada y nadie sabía dónde vivía.
Pero el que más le pesó a Nora fue un tercero, un hombre que en 2025 había empezado a hablar con la policía, un colaborador que parecía dispuesto a contar de más, y que un buen día dejó de contar.
Retiró lo dicho. Se mudó de ciudad. No volvió a coger el teléfono.
No le había pasado nada, que constara. Había decidido, de un día para otro, dejar de ser un problema.
A Nora le costó no imaginarse la conversación, en voz baja y educada, sin una sola aspereza, que aquel hombre habría tenido con alguien antes de cambiar de idea.
No había violencia en ninguna parte. Por eso costaba verlo.
Estaban acostumbrados a buscar sangre, golpes, gritos, y allí no había nada de eso.
Lo que había era un patrón de cosas que dejaban de existir.
Donde pasaba Tomás Valls Alcántara, las cosas y las personas no aparecían muertas.
Aparecían restadas. Como si alguien las hubiera cogido con cuidado, con guantes, y las hubiera quitado del mundo sin romperlas, sin mancharse, sin dejar ni el hueco.
—Es eso —dijo Nora al fin, y lo dijo despacio, porque le costaba creérselo a sí misma—.
No constaba que matara. Eso era lo peor.
Constaba que limpiaba. Es el de la familia que se encarga de que las cosas dejen de ser un problema.
No matando a la gente, sino haciendo que la gente, las cosas y los papeles dejen de estar.
Trasteros, cuentas, despedidas. Por eso no hay sangre.
La sangre es un descuido, deja pruebas, deja cuerpo. Él no se descuida. Él recoge.
Y mientras lo decía, intentó imaginarse cómo se llega a ser eso.
No un monstruo de película, no un hombre con la mirada torcida.
Un señor normal, educado, con las uñas limpias, al que en algún momento la familia le había encontrado una utilidad y le había dado un puesto: tú eres el que se ocupa de que no quede nada.
Y él había aceptado el puesto como otros aceptan llevar la contabilidad o regar las plantas de la oficina.
Llevaba tantos años recogiendo lo que los demás ensuciaban que ya no debía de distinguir entre tirar unos papeles y hacer desaparecer a una persona.
Para él eran la misma faena: dejar la habitación vacía y barrida.
Eso era lo que de verdad daba miedo de aquel hombre.
No que disfrutara. Que no sintiera nada.
Que fuera, en el fondo, un buen empleado.
Sergio se quedó con los ojos clavados en la lista de los que ya no estaban.
—Eso es peor —dijo—. Un asesino te deja un cuerpo.
Un cuerpo es una prueba, una autopsia, un punto de partida.
Este hombre no te deja nada. Y sin nada, no hay caso.
Lo tienes delante, sabes lo que es, y no puedes ponerle la mano encima, porque no consta que haya hecho otra cosa que firmar papeles y administrar sociedades.
Es un fantasma con la conciencia tranquila.
Se quedó callado un momento y luego dijo, más bajo, lo que Nora no se había atrevido a preguntarle.
—Yo le he dado la mano a este hombre, Vidal.
En bodas, en comuniones. Me ha pasado la fuente de croquetas en casa de su madre, en Nochebuena.
Mi mujer lo llama primo. —Tragó saliva—.
He estado sentado al lado del que dejó aquel trastero de Usera vacío en una noche, y me pareció un tipo callado y educado, de los que no molestan.
Eso es lo que no me voy a quitar de encima en una buena temporada.
Y entonces Nora hizo la conexión que llevaba toda la mañana esperándola, agazapada, y se le secó la boca.
Si aquel hombre se dedicaba a hacer que las cosas y las personas dejaran de estar, y si lo único que le quedaba por cerrar en todo el mundo era una caja que guardaba una vieja en una residencia de Aranjuez, no había que ser muy listo para ver hacia dónde iba a soplar el viento.
Carmen no era, para Tomás, una anciana enferma a la que respetar.
Era un cabo suelto. Un problema con forma de mujer de ochenta años que sabía, sin saberlo, dónde había una caja.
Y los problemas, en las manos de aquel hombre, no se resolvían. Se restaban.
—Tengo que sacar a Carmen de allí —dijo, levantándose ya—. Hoy. No mañana.
Sergio se levantó con ella.
—Voy contigo.
—No. Tú no puedes acercarte a esto todavía, Sergio, no hasta que sepamos qué sabe tu casa.
Si te ven a ti rondando a Carmen, le ponemos una diana en la espalda.
—Le dolió decírselo, porque era apartarlo otra vez, pero era verdad—.
A Carmen la muevo con Inés. Tú quédate y empieza a preparar lo de tu casa, el consentimiento, todo.
Cada uno en su sitio. Es la única manera de hacerlo sin que se entere quien no debe.
Se quedaron los tres un segundo mirándose, y después mirando el contorno de un hombre dibujado entero a base de huecos.
Nora había abierto aquel expediente esperando encontrar al criminal más peligroso del caso, y lo que había encontrado era la hoja más limpia de todo el sumario, la de un hombre sin una sola mancha en toda su vida.
Por eso era el más peligroso de todos. No a pesar de estar limpio: justo porque lo estaba.
A un hombre violento se le caza por lo que deja detrás.
A este no había manera de cazarlo, porque su firma era no dejar nada, y la única forma de demostrar que existía sería que un día, en algún sitio, dejara de existir alguien.