La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

El que llama

Las cosas importantes las hacía de noche, cuando la gente está cansada y baja la guardia, y las hacía desde un teléfono que no era suyo y que dejaría de existir en cuanto colgara.

Tenía el número escrito en una ficha, junto a un nombre que se había aprendido sin esfuerzo, porque era un nombre que llevaba años rondando los bordes de su trabajo: la viuda del comisario.

La mujer del hombre que, doce años atrás, había empezado a juntar lo que ahora él tenía que terminar de deshacer.

Vivía sola en Segovia. Setenta y seis años.

Una hija policía que llevaba el caso y que andaba demasiado cerca.

La madre era el punto blando. Las madres siempre lo son.

Lo sabía porque se había tomado su tiempo en saberlo, como se lo tomaba en todo.

A qué hora apagaba la luz. Qué días iba la vecina a echarle una mano.

Cuándo pasaba el del pan. Sabía que el marido llevaba años muerto y que ella seguía cuidándole los rosales, podándolos, poniéndoles tutores nuevos.

Un hombre que cuida lo que dejó otro es un hombre que todavía quiere; y a quien todavía quiere, se le pesca por lo que quiere.

Marcó la primera vez a las nueve y diez. Dejó el bolígrafo paralelo al borde de la mesa mientras sonaba.

—¿Diga? —Voz de mujer mayor, tranquila, de las que todavía contestan al teléfono fijo sin miedo.

No dijo nada. Escuchó. Quería oírla, nada más; comprobar que era ella, que estaba en casa, que estaba sola, que el tono de la casa era el de una mujer que vive sin nadie.

Se quitó las gafas, esa costumbre suya de apagar la vista cuando quería de verdad escuchar.

Detrás de la voz no había televisión a todo volumen, ni otra persona, ni perro.

Una casa silenciosa con una mujer dentro.

Colgó a los cuatro segundos, antes de que ella repitiera el «diga».

Esperó diez minutos. No por nada, por método: una llamada muda y otra seguida asustan; una llamada muda y otra al cabo de un rato parecen dos cosas distintas, y la segunda, después del susto de la primera, se recibe casi con alivio.

Marcó otra vez a las nueve y veinte. Esta vez sí habló. Y habló como hablaba siempre que quería algo de alguien: despacio, educado, con una voz que no amenazaba, que no podía amenazar, porque el secreto de conseguir que la gente venga sola hacia uno es que nunca, jamás, sienta que la empujan.

—Buenas noches. Perdone que la moleste a estas horas.

¿Hablo con la señora Cabrera? —Una pausa cortés—.

No me conoce. Pero conocí a su marido. A don Manuel.

Y tengo en mi poder unas cartas suyas, unas cosas que él escribió y que creo que a usted le gustaría tener.

No es nada del otro mundo, no se asuste.

Son papeles de él, de su puño y letra. Llevan mucho tiempo guardados y he pensado que su sitio era con usted, y no conmigo.

Al otro lado se hizo un silencio. Él lo dejó respirar.

Sabía muy bien lo que estaba pasando en ese silencio, porque lo había provocado a propósito: una mujer mayor, viuda, oyendo de pronto que existe algo de su marido muerto que ella no tiene.

No hay cebo más limpio. No le estaba ofreciendo dinero, ni amenazándola, ni pidiéndole nada turbio.

Le estaba ofreciendo a su marido. Un pedazo de él, escrito de su mano, de vuelta a casa.

Contra eso no hay defensa, porque querer eso no es debilidad: es amor, y el amor no se mira con sospecha.

Lo había aprendido mirando a su propia familia: la gente baja todas las defensas por las personas que ya no están.

Un muerto es la mejor llave para entrar en una casa.

—No quiero molestarla por teléfono ni mandárselas por correo, que se pierden —siguió, suave—. Es cosa de un rato. Yo le acerco las cartas, usted las mira, se las queda, y no vuelve a saber de mí. Usted me dice cuándo y dónde le viene bien. Sin compromiso ninguno.

La oyó dudar, y la oyó, al final, no decir que no. Que era lo único que necesitaba por esa noche. No un sí: la ausencia de un no.

Colgó a los cuarenta segundos exactos. Una conversación buena es corta; cuanto más hablas, más te recuerdan, y a él no debía recordarlo nadie.

Apuntó en la ficha, debajo del número, la hora de las dos llamadas.

Y debajo, una sola palabra con la cita que la mujer, sin saberlo, acababa de aceptar a medias.

Enderezó el bolígrafo hasta dejarlo paralelo al filo de la mesa, partió la ficha del teléfono por la mitad y guardó el número en el bolsillo para hacerlo desaparecer después.

La madre vendría. Las madres siempre vienen, cuando lo que está al otro lado es la voz de un hijo o las cartas de un marido.

Solo había que ponérselo delante y tener la paciencia de no empujar.