La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Tomás

Después de dejar a Sergio en el parque, Nora no se fue a casa a descansar, aunque el cuerpo se lo pedía.

La conversación la había vaciado de una manera nueva, y conocía bien lo que hacía con ese vacío: lo llenaba de trabajo.

El duelo, en ella, siempre había tomado la forma de una carpeta abierta a las tantas.

No era sano y lo sabía. Una persona equilibrada, después de hacerle a su compañero lo que ella le había hecho aquella tarde, se habría ido a casa, se habría servido una copa, habría llorado o dormido o las dos cosas.

Nora no sabía hacer eso. Lo que sabía hacer era convertir lo que le dolía en una tarea, ponerle un nombre al daño y salir a cazarlo, porque mientras cazaba no sentía.

Su padre era igual. Lo había heredado de él, como había heredado el caso y como había heredado el peso.

Llamó a Inés. No por el móvil personal, esta vez, sino sin rodeos, porque ya no había razón para esconderse de ella.

Inés había vuelto limpia de la trampa, y aunque Inés no supiera que la habían probado —y Nora se prometió que no lo sabría nunca, que aquella vergüenza se la quedaba ella—, podía por fin trabajar a su lado sin medir cada palabra.

Quedaron en un café de los que cierran tarde, lejos de Canillas, con los portátiles y dos cafés que se enfriaron.

Inés llegó sin preguntar por qué a esas horas.

Llevaban suficiente caso juntas para que ya no hicieran falta los porqués.

Se sentó, abrió el portátil, y Nora notó, con una punzada que no le enseñó, lo fácil que era estar al lado de alguien de quien por fin estaba segura.

Había echado de menos eso sin saberlo: alguien, una sola en todo aquel lío, de quien no tener que sospechar.

—Ya sé por dónde se escapa el caso —le dijo Nora, sin entrar en cuál era la casa—.

Ahora necesito saber quién recoge lo que se escapa.

Tenemos a un hombre. Lleva todo el año visitando a Carmen en Aranjuez sin que conste como nadie, hoy se ha presentado a comprobar un dato que solo había en una conversación privada, y encaja con el perfil del que vació el trastero de Riera la noche de la detención: alguien metódico, que no rompe nada, que ordena.

Es de la familia de Carmen. Y es de la familia, también, de la mujer de Sergio.

Búscamelo por ahí. Por el apellido Alcántara, cruzado con los Valls del caso de Riera.

Inés no preguntó qué tenía que ver la mujer de Sergio. Anotó, y cerró la libreta y los ojos en el mismo gesto, como hacía siempre que un dato pesaba, y se puso a tirar del hilo con la paciencia de quien vive entre fechas y fuentes.

Inés trabajaba así: no buscaba al hombre, buscaba el papel donde el hombre, alguna vez, había tenido que existir.

Un registro de matrimonio, una esquela, una firma en un sumario.

La gente puede esconderse de una cara, pero no de las fechas en las que firmó algo.

Fue cruzando lo que Nora le daba con lo que ya constaba del caso de Riera, y poco a poco, en la pantalla, fue dibujándose un árbol: ramas de un lado, ramas de otro, y un punto donde dos apellidos que Nora se sabía de memoria se tocaban y dejaban de ser dos familias para ser una sola.

Tardaron menos de lo que Nora temía, porque el hilo, una vez que sabías dónde empezaba, llevaba a un solo sitio.

La familia Alcántara, por el lado de las mujeres, se cruzaba con los Valls en una boda de hacía más de cuarenta años.

De ese cruce salían varios nombres que Nora ya conocía del caso de Riera: el viejo de Almagro, intocable; Mateo Valls Riera, el psicólogo, detenido al cierre de aquello; y Mateo Valls Alcántara, que estaba en prisión desde 2025 y había declarado en el sumario. Mateo Valls Alcántara tenía un hermano.

—Aquí —dijo Inés, y le giró la pantalla—. Tomás Valls Alcántara. Nacido en 1986. Hermano de Mateo.

Nora se quedó mirando el nombre. Era la primera vez que le ponía letras a la cosa que llevaba semanas siendo «el sobrino», «el hombre», «el que cierra».

Tomás Valls Alcántara. Cuarenta y un años.

Un nombre de los que no se te quedan, igual que su cara, igual que su ropa, igual que todo en él parecía diseñado para no quedarse.

—Cuéntame qué fue de él en lo de Riera —dijo.

Inés fue leyendo, resumiendo, saltándose lo que no servía.

—Cuando se cayó la red, en 2025, los hermanos Valls Alcántara estaban los dos dentro de la trama.

A Mateo se le imputó de lleno. Y Tomás… Tomás hizo lo más listo que se puede hacer cuando se te hunde el barco: firmó.

Confesó su parte, una parte pequeña y bien medida, entregó lo justo para que no lo arrastrara la corriente, y con esa confesión se compró la distancia.

Colaborador. A su hermano le cayó prisión; a él, libertad vigilada.

Y lo bueno, para él, fue lo que confesó: no confesó lo que hacía de verdad, sino papeleo.

Sociedades, movimientos, cosas de despacho.

Nada de sangre, nada que lo metiera en una habitación con nadie.

Se declaró el administrativo de la familia, el de los números, el que firmaba donde le decían.

Y como en los papeles no aparecía haciéndole daño a nadie, el juez se lo creyó.

Es la confesión de un hombre que sabe lo que vale cada palabra que dice: no confiesa para librarse, confiesa para que lo subestimen.

—Inés torció el gesto—. Mientras Mateo cumple, Tomás está fuera, en la calle, con la condición de portarse bien y de dar señales: presentarse cuando le toca, no salir del radio, dejarse ver. Es el trato.

—En lateral —murmuró Nora, recordando cómo lo habían dejado al cerrar el caso de Riera: «en lateral, no lo hemos perdido».

El hermano discreto, el que parecía menos, el que había comprado su sitio en la calle con la confesión justa.

Lo habían dejado en el margen de la foto, vigilado de lejos, sin darle importancia.

Y mientras todos miraban a Mateo en la cárcel y a Riera en la televisión, el que estaba en el margen había sido, todo el tiempo, el que tenía las manos libres para ir cerrando lo que la detención de su hermano había dejado abierto.

Lo habían subestimado todos, ella la primera.

En el caso de Riera, Tomás Valls Alcántara no había sido más que una nota a pie de página, el hermano del que sí importaba.

Nadie pierde el sueño por una nota a pie de página.

Y esa, lo entendía ahora, había sido la idea desde el principio.

—Hay una cosa más —dijo Inés, y bajó la voz, aunque en aquel café no hubiera nadie cerca—.

Lo de las señales. He mirado el control de su libertad vigilada, lo que consta.

—Pasó el dedo por la pantalla, buscando la fecha—.

Tomás Valls Alcántara cumplió con sus obligaciones, puntual, como un reloj, durante meses.

Hasta hace once días. Hace once días dejó de señalar.

No se presentó. No volvió a aparecer por donde tenía que aparecer.

En el papel sigue siendo un hombre en libertad vigilada.

En la práctica, lleva once días sin que nadie sepa dónde está.

Once días.

Nora hizo la cuenta sin querer, como hacía siempre.

Once días atrás era, más o menos, el día en que detuvieron a Riera, la noche en que un hombre sin nombre vació un trastero en Usera, la víspera del jueves en que a ella le llegó el sobre y empezó todo.

El mismo día, casi con la hora puesta, en que Tomás Valls Alcántara dejó de ser un colaborador que daba señales y se convirtió en un hombre suelto.

No había desaparecido por miedo. No había huido.

Se había soltado de la correa él mismo, a propósito, el día exacto en que su trabajo empezaba, porque un hombre que va a pasarse semanas cerrando cosas no puede permitirse tener que presentarse los martes a firmar que sigue siendo bueno.

Había hecho el cálculo con la sangre fría con que lo hacía todo.

Saltarse la libertad vigilada tenía un coste: si lo pillaban, a la cárcel con su hermano.

Pero quedarse atado, dando la cara cada pocos días mientras trataba de hacer desaparecer la última caja capaz de hundirlos a todos, tenía un coste mayor.

Pesó las dos cosas, como pesaba siempre, y eligió.

Once días sin señal eran once días de ventaja.

Y un hombre así no gasta la ventaja en huir. La gasta en trabajar.

Y el sistema le había dado el campo libre sin querer.

Una falta en un control de libertad vigilada no es una alarma: es una casilla sin marcar, una incidencia administrativa que se anota y espera su turno entre otras mil.

No salen patrullas a buscar a un hombre por no haberse presentado a firmar un martes.

Se cursa un requerimiento, se dejan correr los plazos, se da margen antes de mover nada.

Tomás había contado con ese margen igual que contaba con todo lo demás: sabía que tardarían en ir a por él, y pensaba haber terminado para cuando lo hicieran.

Las dos se quedaron en silencio, con los cafés fríos, mirando el nombre en la pantalla.

Había sido un buen día y un mal día a la vez, de esos que solo da aquel oficio.

Por la tarde, Nora había sellado el agujero por el que se escapaba el caso, al precio de partirle algo a su compañero.

Y por la noche, le había puesto por fin nombre, apellidos y fecha de nacimiento al hombre que llevaba semanas moviéndose en la oscuridad de las afueras de la investigación.

Debería haber sentido que ganaba terreno.

Pero no era eso lo que sentía, porque ponerle nombre a un hombre no es lo mismo que tenerlo.

Al contrario. Hasta esa noche, «el que cierra» había sido una sombra sin domicilio, y una sombra, al menos, no te mira.

Ahora tenía una ficha, una foto de hacía años, una dirección que ya no servía y una correa cortada.

Tenía todo de él menos lo único que importaba.

Y había algo más, algo que no le dijo a Inés porque no quería decirlo en voz alta hasta tenerlo más claro.

Un hombre que se suelta de la correa el primer día y aguanta once sin reaparecer no es un hombre que improvise.

Es un hombre con un plan y un calendario.

Lo que llevara haciendo esos once días —los trasteros, las cuentas, las vueltas alrededor de Carmen— no eran movimientos sueltos.

Eran los pasos de algo que avanzaba hacia un final que él ya tenía escrito, y del que Nora, con toda su ficha y su foto y su fecha de nacimiento, todavía no sabía ni el día ni la hora.

Tomás Valls Alcántara. Cuarenta y un años.

El hermano que firmó para quedarse fuera.

Y llevaba once días sin que el Estado que lo vigilaba, ni Nora, ni nadie, supiera en qué parte de la noche estaba, ni junto a qué caja, ni a cuántos kilómetros de una vieja que apretaba contra sí una caja de latón, o de una madre que vivía sola en Segovia con sus rosales.