CAPÍTULO 18
La conversación
No durmió. Dio vueltas a cómo decírselo hasta que se le acabaron las formas y entendió que no había ninguna buena, que aquella era de las cosas que no mejoran por más que las ensayes, y que lo único que podía elegir era el sitio.
El sitio no podía ser la Pecera, por razones obvias.
No podía ser un bar, porque las paredes de los bares oyen.
No podía ser, sobre todo, la casa de Sergio.
Así que el martes, a media tarde, le pidió que la acompañara a dar una vuelta.
Sergio la miró, leyó algo en su cara y no preguntó. Cogió la chaqueta y la siguió.
Caminaron los primeros minutos como caminan dos personas que saben que, en cuanto se sienten, va a cambiar algo.
Sergio no preguntó adónde iban ni por qué.
Nora se lo agradeció en silencio. Había gente que llenaba el miedo de palabras y gente que lo respetaba callándose, y Sergio, que para los datos era un torrente, para las cosas graves era de los que callan.
Eso lo había aprendido de él en doce años, y era una de las razones por las que lo que iba a hacerle le pesaba tanto.
Caminaron sin hablar hasta un parque que había detrás de Canillas, uno de esos parques de barrio con bancos de cemento y un par de jubilados dando de comer a las palomas.
Nora eligió un banco apartado, al sol, lejos de todo.
Habían dejado los móviles en el coche de Sergio, apagados y en la guantera; un teléfono encendido es un micrófono que uno lleva en el bolsillo y paga cada mes, y eso también lo había enseñado el caso.
Al aire libre, al menos, no había una mesa ni una pared que escuchara.
Era, se dio cuenta con una mueca por dentro, lo mismo que le había enseñado el caso entero: que el único sitio donde se puede hablar de verdad es aquel donde no hay nada que escuche.
Se sentaron. Sergio esperó, con las manos en las rodillas, sin sus carpetas, sin nada entre él y lo que viniera. Llevaban doce años trabajando juntos y conocía sus silencios.
Nora se dio cuenta de que estaba a punto de gastar una parte de esos doce años.
No toda; pero una parte de la confianza que habían ido construyendo caso a caso, guardia a guardia, iba a quedarse en aquel banco, y no había manera de evitarlo.
Lo que tenía que decirle no se podía decir sin cobrar peaje. Respiró, y empezó.
—Vidal. Sea lo que sea, dilo.
Y Nora lo dijo. No lo adornó, no lo fue soltando por partes para hacérselo más blando, porque hacérselo blando habría sido faltarle al respeto. Se lo dio entero, como se da una mala noticia a alguien que se la ha ganado a pulso por la vía de no merecérsela.
—Hay una filtración en el caso. Lo sé desde el principio, me lo dejó dicho mi padre: que había un oído en la unidad.
Llevo semanas buscándolo. He desconfiado de todo el mundo, Sergio.
De la Pecera, de Gálvez, de Inés. De ti.
—Le sostuvo la mirada al decirlo, porque mirar para otro lado habría sido cobardía—.
Hace cuatro días monté una trampa. Inventé un dato, el traslado de una testigo a una residencia, y le di a cada uno un nombre distinto.
A Gálvez le di El Mirador. A Inés, Santa Lucía.
A ti te di Los Tilos. No se lo dije a nadie más.
Solo a ti, esa tarde, cuando recogías, bajando la voz como si fuera el secreto más grande que tenía.
Te metí en la prueba a propósito, Sergio.
No porque pensara que eras tú, sino porque, si no te probaba a ti también, la prueba no valía nada.
Sin un control, la prueba no sirve. Tenía que poder descartarte como descartaba a los demás.
Y para descartarte tenía que arriesgarme a que fueras tú.
Sergio no se movió. Pero algo en él, en la línea de los hombros, empezó a entender hacia dónde iba aquello antes de que Nora lo dijera.
—Esta mañana, un hombre se ha presentado en la residencia donde de verdad está la testigo.
Y le ha preguntado a la cuidadora, palabra por palabra, si era cierto que la trasladaban a Los Tilos.
—Hizo una pausa, una sola—. Los Tilos, Sergio.
El nombre que solo te di a ti. Ha tardado cuatro días en hacer un viaje: de mi boca a la tuya, de la tuya a tu casa, y de tu casa a la familia de Clara.
La filtración eres tú. Tu mesa. Tu cocina.
El sitio donde sueltas el día cuando llegas cansado.
Lleva años pasando, sin que tú lo sepas, sin que ella lo sepa, desde mucho antes de que llegara yo.
El oído que buscaba mi padre era tu casa.
El parque siguió igual. Las palomas, los jubilados, un autobús lejos.
Pero a Sergio se le había caído el color de la cara, ese color que se le cae a la gente cuando una cosa que creía firme se le abre bajo los pies.
Tardó en hablar. Nora vio pasarle por la cara, en orden, todo lo que le pasa por la suya a un policía bueno cuando le dicen esto.
Primero la negación, el reflejo de buscar el error en el razonamiento ajeno.
Después el repaso, rápido, de doce años de cenas, de noches contándole a su mujer cómo le había ido el día, de casos que él creía cerrados a cal y canto y que a lo mejor habían tenido siempre una rendija por la que se colaba el aire.
Y al final, lo peor: el cálculo de cuánto.
Cuánto había salido por allí. A cuánta gente le había podido costar caro que un hombre cansado se desahogara en su propia cocina.
Nora conocía ese cálculo. Lo había hecho ella, de madrugada, y sabía que no tenía fondo. Cuando habló, no fue para defenderse.
—Clara —dijo. Solo el nombre. Como quien comprueba que sigue ahí una pieza que ahora pesa el doble.
—No sé qué sabe Clara —dijo Nora, deprisa, porque eso sí necesitaba decírselo cuanto antes—.
No lo sé, Sergio. Puede que no sepa nada.
Puede que sea tan inocente como tú, una mujer buena de una familia que la usa sin que se entere, igual que te usa a ti.
No tengo ni una prueba contra ella, ni una sola, y te juro que he buscado el modo de que no fuera verdad.
No he venido a decirte que tu mujer te traiciona.
He venido a decirte que por vuestra casa se escapa el caso, y que no sé por dónde del todo, y que las dos cosas, lo que sabe y lo que no sabe Clara, las tengo que averiguar, y no puedo hacerlo sin ti.
Sergio se quedó mirando el suelo, los zapatos, las palomas. Cuando levantó la cabeza, lo que le salió no fue lo que Nora temía. No fue «cómo te atreves». No fue «llevamos doce años y has dudado de mí». Fue una pregunta, dicha muy despacio, casi sin voz.
—Cuando me diste lo de Los Tilos. Cuando bajaste la voz y me lo contaste como un secreto. ¿Me estabas protegiendo o me estabas mintiendo?
Y Nora, que se había preparado para el reproche y no para aquello, tardó en contestar, porque la respuesta verdadera era una que él conocía bien.
—Las dos cosas —dijo.
Sergio encajó el golpe en silencio. Porque era, palabra por palabra, lo que le había contestado él a ella una vez, años atrás, cuando los papeles estaban al revés y era Nora la que le preguntaba si la había protegido o le había mentido al guardarse el sobre de su padre.
La misma frase, devuelta, con los nombres cambiados de sitio.
Las dos cosas. Siempre eran las dos cosas, en aquel oficio y en aquella vida: no había manera de proteger a alguien sin mentirle un poco, ni de quererlo sin guardarle algo.
—Lo entiendo —dijo Sergio al fin, y lo dijo en serio, sin rencor, con una calma que a Nora le dolió más que un grito—.
Si yo hubiera estado en tu sitio, habría hecho lo mismo.
Tenías que estar segura. La única manera de saber que yo no era el topo era tratarme una tarde como si lo fuera.
Lo entiendo, Vidal. No me gusta, pero lo entiendo. —Respiró—. Y ahora dime qué necesitas.
—Necesito sellar el agujero. Y necesito sacar de donde está a la testigo antes de que el hombre que ha preguntado por Los Tilos deje de preguntar.
Sergio asintió, despacio, y después hizo lo que solo hace la gente que no huye cuando le toca. Se enderezó en el banco, recuperó algo de la espalda que se le había caído, y habló como hablaba en los momentos en los que de verdad era él.
—Registra mi casa.
—Sergio…
—Escúchame. No hay pieza contra mí, no hay orden, no hace falta.
Te doy el consentimiento yo, por escrito si quieres, hoy mismo.
Mi casa, mi teléfono, mis cuentas, mi correo.
Todo lo mío. Entras, lo miras, lo abres, sin pedirme permiso para nada, porque el permiso te lo estoy dando ya.
—Le tembló la voz una sola vez, en la palabra siguiente, y se la sostuvo—.
Y lo de Clara se lo pediré a ella, que es suyo y solo ella puede darlo; pero se lo voy a pedir.
Si por mi casa se escapa el caso, yo no me voy a esconder detrás de mi mujer ni de mis doce años de servicio.
Prefiero saberlo. Prefiero saberlo aunque me parta, Vidal, antes que seguir cenando encima de un agujero sin saber que está ahí.
Lo dijo sin teatro, que era lo que lo hacía insoportable.
No era un héroe ofreciéndose en sacrificio.
Era un hombre cansado eligiendo la verdad porque no sabía vivir de otra manera, aunque esa verdad incluyera abrir los cajones de su mujer y leer lo que no querría leer.
Nora pensó en cuánta gente, puesta a elegir entre su tranquilidad y saber, se queda con la tranquilidad y duerme de maravilla.
Sergio no era de esos. No lo había sido nunca.
Por eso, doce años atrás, su padre le había confiado a él el sobre, y no a ningún otro.
Nora lo miró, a aquel hombre que acababa de ofrecerle las llaves de su vida entera para que se la registraran, y comprendió que el caso le había enseñado una última cosa que no esperaba aprender.
Que la lealtad de verdad no era la que no duda nunca.
Era la que, puesta a elegir entre protegerse y saber, elegía saber.
—No voy a entrar en tu casa como en la de un sospechoso —dijo ella—. Vamos a hacerlo juntos. Tú y yo. Y vamos a hacerlo bien.
Sergio asintió. Se quedaron un rato más en el banco, sin hablar, mirando a los jubilados echarles pan a las palomas, dos personas que se conocían desde hacía doce años y que acababan de descubrir que todavía les quedaban cosas que decirse de las que duelen.
Al cabo, Sergio se levantó, se abrochó la chaqueta y dijo lo único que quedaba por decir, que no era sobre el caso.
—Cuando todo esto acabe, va a haber que mirar a Clara a los ojos y decirle lo que hemos hecho en su casa. Eso lo hago yo. No tú. —Echó a andar, y antes de dar el segundo paso añadió, sin volverse—: Es lo justo. La casa es mía.