CAPÍTULO 17
El dato que viajó
Esperar le salía peor que cualquier otra cosa del oficio.
Sembró la trampa el jueves y a partir de ahí no hubo nada que hacer salvo aguantar.
El viernes no pasó nada. El sábado tampoco.
El domingo se lo pasó mirando el teléfono como se mira una herida, a ver si supuraba, y el teléfono no dijo una palabra.
Sabía que el silencio formaba parte del plan —los datos sembrados tardan en viajar, las cosas que se dicen en una mesa no salen disparadas— pero saberlo no le quitaba el filo a las horas.
Cada hora sin noticias era una hora en la que cabían dos cosas: que la trampa no hubiera funcionado, o que hubiera funcionado demasiado bien y alguien estuviera ya moviéndose hacia un sitio mientras ella esperaba sentada.
Se obligó a no hacer nada, que era lo más difícil.
No llamar a Rosa para preguntar. No volver a Aranjuez.
No mover una sola pieza que pudiera delatar que había una trampa puesta.
Una trampa solo funciona si el que la pone es capaz de quedarse quieto mientras el otro se mueve, y quedarse quieta, con Carmen a una hora de coche y un reloj corriendo, era una tortura fina que no le había contado a nadie.
Llenó las horas con lo de siempre: el trabajo de la Pecera, los muertos de otros, las llamadas a su madre que seguía sin hacer. Y esperó.
Lo peor de aquellos cuatro días no fue el teléfono mudo.
Fue Sergio. Tenía que seguir trabajando a su lado en la Pecera, pasarle cosas, comentar otros casos, tomar café de pie junto a su mesa, mientras por dentro lo estaba midiendo igual que se mide a un sospechoso.
Lo veía llegar por las mañanas, dejar la chaqueta en el respaldo, abrir sus carpetas, ser el de siempre —leal, sólido, el hombre que había custodiado doce años el sobre de su padre—, y cada gesto suyo le dolía de una manera nueva, porque sabía que, en algún punto, sin que él lo sospechara, aquel hombre era el agujero.
Una vez le preguntó, sin querer, qué tal en casa.
Sergio dijo que bien, que Clara le mandaba recuerdos, que cuándo se pasaba otra vez a cenar.
Y Nora sonrió y dijo que pronto, y se odió un poco por la facilidad con que le salió la sonrisa.
El lunes a media mañana sonó el móvil. Era Rosa.
—Vidal. Ha pasado lo que usted dijo que podía pasar. —Hablaba bajo, desde algún rincón de la residencia donde no la oyeran—. Ha venido el sobrino. Esta mañana, sin avisar, fuera de la hora a la que suele venir.
A Nora se le paró todo por dentro y se le ordenó a la vez, esa quietud rara que le entraba justo cuando empezaba lo importante.
—Cuénteme. Despacio. Todo lo que dijo, con sus palabras.
—Subió a ver a Carmen, sus veinte minutos contados, lo de siempre, las manos quietas, ordenándole los botes de la mesilla antes de irse.
Pero al bajar se paró en recepción, conmigo, y se puso muy amable, más de lo normal en él, que ya es seco.
A mí, cuando se pone amable, es cuando más miedo me da, no sé explicarlo.
Es como un perro muy quieto que te mira fijo: no hace nada, pero te quita las ganas de moverte.
Y me soltó la pregunta como quien no quiere la cosa, mirando para otro lado.
Que si era verdad lo que había oído, que si íbamos a trasladar a su tía a otro centro.
Yo me hice la tonta, como usted me mandó, le di la razón en todo y no le dije ni que sí ni que no.
Y él insistió, suave, suave, sin levantar la voz ni una vez.
Que adónde, que a qué sitio se la llevaban.
Y entonces dijo el nombre, Vidal. Lo dijo él, no yo.
Dijo: «a mí me ha llegado que a una residencia que se llama Los Tilos, ¿le suena a usted? ».
Nora cerró los dedos sobre el teléfono.
—Los Tilos —repitió, muy despacio.
—Los Tilos, sí. Se lo juro. Yo le contesté que de traslados no sabía nada, que esas cosas las lleva la dirección, que su tía estaba estupenda y que se quedara tranquilo.
Se me quedó mirando un momento, como midiéndome, y luego pareció conformarse.
Dio las gracias, muy correcto, recogió y se fue.
Antes de salir enderezó las revistas del mostrador, fíjese, las dejó en su sitio, rectas, y se marchó.
Carmen sigue aquí, en su sillón, con la caja debajo de la cama.
No le ha pasado nada, se lo prometo. No la pierdo de vista.
—Lo ha hecho usted perfecto, Rosa. Mejor que muchos profesionales. —Y lo decía en serio—. No baje la guardia ni un minuto. Y gracias. De verdad, gracias.
Colgó y se quedó mirando la pared de la cocina sin verla, mientras la cabeza hacía sola la cuenta que llevaba cuatro días esperando hacer.
Los Tilos.
Había sembrado tres nombres. Tres residencias inventadas, una por boca, sin escribir ninguno.
El Mirador se lo había soltado a Gálvez, puerta entornada, como cosa entre jefes.
Santa Lucía se lo había dado a Inés, por el móvil personal, al final de un día.
Y Los Tilos se lo había dado a una sola persona en todo el mundo, a solas, al final de una tarde, con la voz baja, entregándolo como lo que no le había dado a nadie.
A Sergio.
No había sido El Mirador. La Pecera estaba limpia.
Gálvez, con todo lo territorial y lo gruñón que era, no había dejado salir el nombre que le tocó guardar.
No había sido Santa Lucía. Inés estaba limpia; aquel medio segundo de silencio que tanto la había envenenado no era nada, era cansancio, era una mujer honrada a la que su amiga acababa de mentir sin que ella lo supiera.
Las dos bolsas que Nora habría dado cualquier cosa por que aparecieran sucias habían vuelto limpias.
La que volvió sucia fue la de Sergio.
El nombre que ella le había dado solo a él, en confianza, había hecho un viaje en cuatro días: de la boca de Nora a los oídos de Sergio, de Sergio a su casa, de su casa a algún sitio de una familia con un apellido dentro, y de ese sitio a la boca de un hombre que aquella mañana había subido a un cuarto de Aranjuez a comprobar si era verdad.
El recorrido entero, dibujado por un único nombre falso, terminaba donde Nora más había temido y menos había querido que terminara.
Se sentó. No por debilidad; por respeto a lo que acababa de confirmar, que merecía que una se sentara a recibirlo.
Su padre tenía razón. Llevaba doce años teniendo razón desde una tumba.
Había un oído. Pero el oído no estaba donde lo había buscado ella, ni donde lo buscaría cualquier policía con dos dedos de frente.
No era la Pecera. No era un topo agazapado entre sus compañeros.
No era un micrófono pegado debajo de una mesa de Canillas.
No era un traidor cobrando un sobre a fin de mes.
Era una casa con macetas en las ventanas y libros por todas partes, con una manta doblada en el sofá y un olor a guiso de cuchara que se te quedaba pegado a la ropa dos calles.
Era la mesa más limpia, más buena y más segura que Nora conocía. Y la casa era la de Sergio.
Pensó en Clara sirviendo el café, recolocando el azucarero un dedo, diciéndole de broma que mentía bien.
Y no consiguió, por más que lo intentó, colocarla en el sitio de los culpables.
No le salía. Le salía una mujer cálida en mitad de una familia que la usaba sin que ella lo supiera, igual que usaba a Sergio, igual que los usaba a los dos.
Eso era lo que su padre había visto y lo que a Nora se le había caído encima a la una de la madrugada: que la filtración no tenía dueño.
No había nadie a quien detener por ella.
Solo había dos personas buenas durmiendo, sin saberlo, junto a un agujero, y un tercero al otro extremo de la sangre, recogiendo lo que caía.
Pensó en su padre averiguando todo aquello él solo, doce años atrás, sin poder contárselo a nadie, ni siquiera al hombre en quien más confiaba, porque contárselo a Sergio era pedirle que sospechara de su propia mujer.
Había cargado con ese silencio hasta la tumba.
Había guardado lo que sabía donde la red no pensaría buscarlo, y había dejado para su hija tres frases secas y ningún consuelo.
Solo ahora entendía Nora el tamaño de lo que le habían dejado en herencia.
No era un caso. Era el peso que mata a un hombre por dentro y lo obliga, mientras tanto, a sonreír en las cenas de Navidad.
Lo había probado bien. Lo había probado como le enseñó Lena, sin mezclar las muestras, sin escribir una línea, dejando que la mancha hablara sola.
Y hablaba claro. Ya no le quedaba ni el consuelo de la duda, ese al que se había agarrado en la cena y en el Anatómico: el «a lo mejor me equivoco» se le había caído de las manos.
No se equivocaba. Nunca se había equivocado.
Quedaba un detalle que no la dejaba respirar del todo, y era el revés de la buena noticia.
El sobrino había venido a comprobar, y se había ido sin encontrar el traslado que esperaba.
Un hombre tan cuidadoso, que pregunta por un dato y descubre que el dato no se sostiene, podía sacar dos conclusiones: que el rumor era prematuro, o que alguien se lo había puesto delante a propósito.
Si pensaba lo segundo, la trampa, además de cazarlo, lo habría avisado.
Nora no tenía forma de saber por cuál de las dos había optado.
Solo sabía que el reloj, que llevaba todo el caso corriendo, acababa de correr un poco más deprisa, y que el hombre de las manos quietas ya estaba dando vueltas alrededor de Aranjuez, alrededor de Carmen, alrededor de una caja de latón que una vieja abrazaba sin saber qué abrazaba.
Cada hora que ella tardara en moverse jugaba a favor del que cierra.
Y no podía moverse sola: para sacar a Carmen sin que volviera a filtrarse, para tapar el agujero, necesitaba a la gente de la que se había pasado el caso escondiéndose.
Necesitaba, antes que a nadie, a Sergio.
Y a Sergio no podía pedirle ayuda sin contarle primero por qué.
Tenía que sellar el agujero. Tenía que sacar a Carmen de allí antes de que aquel hombre dejara de comprobar y empezara a cerrar.
Y para sellar el agujero, antes que ninguna otra cosa, le tocaba lo único que de verdad no sabía hacer, lo que no le habían enseñado ni Lena, ni su padre, ni el oficio: ir a buscar a su compañero, sentarlo enfrente, y contarle que el agujero por el que llevaba años escapándose el trabajo de su vida tenía la forma exacta de la mujer con la que dormía.