CAPÍTULO 14
Lo que sabe Lena
Al Anatómico se iba a hablar sin que nadie oyera, porque los únicos que había allí, además de Lena, no repetían nada.
Nora llamó el miércoles por la mañana y Lena le dijo que se pasara a media tarde, cuando se quedara sola.
El edificio olía a frío y a desinfectante, a ese limpio agresivo que se pone encima de otros olores para taparlos y nunca los tapa del todo.
Por los pasillos no había prisa de ninguna clase; era el único sitio de Madrid donde nadie llegaba tarde a nada.
A Nora, que se pasaba la vida entre vivos que mentían, aquel lugar le daba una calma rara.
Allí abajo nadie tenía ya nada que ocultar.
Los que esperaban en las cámaras frías habían contado su última verdad, la que se lee en un cuerpo y no en una declaración, y no podían añadir ni quitar una coma.
Era, pensó, el sitio más honrado de la ciudad.
Por eso había venido. Necesitaba una hora de gente que no mintiera.
Lena la recibió en su despacho, un cuarto pequeño con una mesa de trabajo, dos sillas desparejadas y una ventana que daba a un patio de hormigón.
Cerró la puerta. Y, como hacía siempre que la cosa venía seria, se quedó de pie con la espalda apoyada en ella, cerrándola con el cuerpo, como si lo que fueran a decir no debiera escaparse ni por la rendija de abajo.
Nora había pensado a quién podía contárselo, y la lista era de una sola persona.
No la Pecera, porque la Pecera era lo que estaba en duda.
No Sergio, por razones que todavía no sabía decir en voz alta.
Quedaba Lena, que trabajaba en el único rincón del caso sin mesas que filtraran, solo planchas de acero que no hablaban, y que tenía además la virtud rara de oír algo terrible sin ponerse ella en el medio.
—Vienes con cara de traerme un cadáver, y no me has mandado ningún cadáver —dijo—. Así que el cadáver eres tú. Siéntate y cuéntame qué te ha matado.
Nora se sentó. Llevaba dos días sin contárselo a nadie, y el peso de no contarlo le había enseñado por qué confiesa la gente: no por culpa, por descanso.
Pero ni siquiera allí, con la única persona del caso que no tenía mesa en aquella historia, iba a soltarlo entero.
Había nombres que no le pertenecían y que no iba a poner en la boca de nadie hasta estar segura.
—Necesito pensar en alto con alguien que no esté en Canillas —dijo—. Y necesito que lo que diga se quede en este cuarto.
—De aquí no sale ni el olor, ya lo has notado al entrar. Habla.
—Tengo una filtración. Llevo el caso entero convencida de que en mi unidad hay un oído, alguien que pasa lo que hacemos.
He buscado al topo por todas partes. He desconfiado de cada cara de esa sala, he racionado lo que decía y delante de quién, he hecho yo sola lo que se hace en equipo.
Y resulta que no hay topo. No hay un micrófono, no hay un traidor, no hay nadie cobrando un sobre.
—Buscó las palabras, porque las que tenía le parecían todas demasiado grandes—.
Lo que hay es un canal. Una persona limpia, de las que uno pondría la mano en el fuego por ella, cuya vida deja pasar lo que oye sin saber que lo deja pasar.
No filtra: la filtran. Y a través de esa persona, que es de las buenas, lo que yo hago acaba llegando a quien no debe.
—Y lo peor —siguió, bajando la voz aunque la puerta estuviera cerrada con el cuerpo de Lena— es que llevo días midiendo a esa persona.
Calculando qué le cuento y qué le callo.
Tratándola como a un sospechoso, en mi cabeza, sin que se entere, a alguien que no me ha fallado jamás.
Y me da un asco de mí misma que no me cabe dentro.
—Eso no es asco —dijo Lena—. Eso es el oficio. El oficio te obliga a sospechar de todos, hasta de la gente que quieres, y luego te deja a solas con la vergüenza de haberlo hecho. Bienvenida. A eso no te acostumbras nunca, y mejor, porque el día que te acostumbres serás otra cosa, y peor.
Lena no preguntó quién era. Se la quedó mirando un rato, leyéndole la cara con la misma frialdad con que le leía a un cuerpo lo que le había ocurrido, y entendió, por cómo le temblaba a Nora el sitio donde no le temblaba nunca nada, que la persona limpia era alguien a quien Nora quería de verdad.
—Y te estás comiendo viva —dijo— porque llevas días tratando como sospechoso a alguien que no ha hecho nada malo.
—Algo así.
—Pues para —dijo sin dureza, como quien corrige a un residente que coge mal el bisturí—.
Te lo digo desde aquí, desde el sitio al que traen lo que les pasa a las personas cuando alguien les hace algo.
¿Sabes qué se aprende mirando muertos todos los días?
Que la herramienta nunca es culpable. El cuchillo no es culpable.
La cuerda no es culpable. La ventana por la que cae uno no tiene la culpa de nada.
La herramienta solo es la herramienta; el responsable es siempre el que la coge y la usa.
¿Sabes cuántos cuchillos he tenido encima de esta mesa, metidos en su bolsa, con su etiqueta?
Cientos. Y ni uno solo ha matado a nadie.
Los trae la policía como si fueran culpables, y son hierro.
El que mató está fuera, vivo, andando por ahí, y muchas veces no se le busca con las ganas con que se guarda el cuchillo.
—Cambió el peso contra la puerta—. Tu canal no es culpable.
Una casa no es culpable. Una persona buena que deja pasar lo que oye sin enterarse no ha hecho nada.
Los canales no son culpables, Nora. Los culpables son los que escuchan.
Tú no buscas al que habla sin querer. Buscas al que tiene la oreja pegada a la pared recogiendo lo que cae por el otro lado.
Ese, y solo ese, es al que hay que cazar.
Nora dejó que la frase se asentara. Le quitaba un peso y le ponía otro encima.
Si el canal no era culpable, entonces no tenía que romperlo, ni acusarlo, ni destrozarle la vida a nadie.
Solo tenía que encontrar al que escuchaba.
Pero seguía sin saber cuál de los canales que tenía a mano era el que dejaba pasar la voz.
—El problema es ese —dijo—. Que no sé cuál es. Tengo tres sitios distintos por los que se me podría estar escapando lo que sé. Tres. Y no puedo preguntarle a ninguno, porque preguntar ya es avisar. Y no puedo quedarme quieta, porque hay un reloj corriendo que no controlo yo.
—Tres —repitió Lena—. ¿Y de los tres, de cuál te fías?
—De uno me fío entera. De otro, lo justo. Del tercero… del tercero es del que no quiero que sea, y por eso me temo que va a ser.
—Entonces ya lo sabes —dijo Lena—. Pero saberlo y poder probarlo son dos plantas distintas del mismo edificio. Tú has venido a la de probarlo.
Lena se separó por fin de la puerta. Se acercó a la mesa, cogió uno de los rotuladores con los que marcaba las bolsas y lo hizo girar entre los dedos mientras pensaba.
—Eso, en mi oficio, tiene nombre y tiene arreglo —dijo—.
Cuando me llega una muestra y sospecho que se me ensucia en algún punto del camino, no me pongo a interrogar al camino.
El camino no contesta. Lo que hago es separar.
No dejo que las muestras se toquen entre ellas.
Cada cosa, su bolsa, su etiqueta, su número.
Y si una me vuelve contaminada, sé sin fallar por dónde ha pasado, porque sé qué metí en cada bolsa y dónde la mandé.
—Dejó el rotulador en la mesa, en paralelo al borde sin pensarlo, y enseguida lo apartó un dedo, como si hasta eso fuera mezclar—.
No mezcles las almohadas con la ropa de cama.
Es lo primero que les digo a los novatos y es lo único que de verdad importa.
Si lo amontonas todo junto, cuando aparece la mancha no sabes de qué es ni de dónde viene.
Si lo tienes separado, etiquetado, la mancha te habla ella sola.
Nora levantó la cabeza despacio. Lo que Lena acababa de describir con sábanas y bolsas de pruebas era, aunque ninguna de las dos hubiera usado todavía esa palabra, una trampa.
—Tres muestras distintas —dijo, ya más para sí que para Lena—. Una por canal. Cada una con una marca que no se repita. Y me siento a esperar a ver cuál de las tres aparece donde no la he puesto yo.
—Y cuando aparezca —dijo Lena—, no te quedes mirando la mancha, que es lo que hace todo el mundo. Mira la bolsa de la que salió. Esa bolsa es tu canal. Y quien abrió esa bolsa es tu hombre.
—No puedo escribir nada de esto. Si lo apunto en algún sitio, lo que apunte es otra muestra que se me puede contaminar.
—Pues no lo apuntes. Llévalo aquí —Lena se tocó la sien con un dedo—, que es el único archivo que todavía no han aprendido a pinchar.
Por primera vez en tres días, Nora supo que tenía algo que hacer que no fuera solo aguantar.
No un consuelo: una tarea. En su oficio, una tarea era lo más parecido al alivio que existía, porque mientras uno tiene algo concreto entre manos, el miedo se queda quieto en un rincón, esperando turno.
Tres muestras. Tres marcas. Cero papeles.
Lena volvió a apoyarse en la puerta y lo soltó como cerraba los partes, sin un adorno de más.
—Y una cosa última, ya que has venido a que te diga lo que no te dices tú sola.
Esa persona buena de tu canal. Cuando todo esto se acabe, vas a tener que seguir mirándola a los ojos y comiendo en su mesa.
Así que, montes la trampa que montes para cazar al que escucha, móntala de manera que después puedas seguir queriéndola.
Lo demás es técnica, y la técnica la tienes.
Eso otro es lo difícil, y eso no te lo enseña nadie.