La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La trampa del oficio

Salió del Anatómico el miércoles con la cabeza más despejada de lo que la había tenido en días. Esa noche le dio vueltas al método; el jueves por la mañana lo tenía entero. Un método no quita el miedo, pero le da una forma, y a una cosa con forma se la puede coger.

La idea era de manual de laboratorio, no de manual de policía, y por eso le gustaba: no la habrían visto venir.

Tenía una sola verdad que proteger —dónde estaba de verdad Carmen, y lo que Carmen guardaba— y tres bocas por las que esa verdad podía escaparse.

No iba a preguntarle a ninguna de las tres.

Iba a hacer lo que hacía Lena con las muestras: separar, etiquetar y esperar a ver cuál volvía sucia.

A cada canal le daría una versión distinta de la misma mentira, con una marca que no se repitiera.

Y cuando una de las marcas apareciera donde ella no la había puesto, sabría, sin escribir una línea, por qué bolsa había salido.

Lo que más le gustaba, y lo que más rabia le daba a la vez, era que llevaba toda la investigación practicando aquello sin saberlo.

La estanqueidad, el trabajar sola, el no dejar nada por escrito, el partir lo que sabía en trozos que no se tocaran: eso era lo que su padre le había exigido desde el sobre, y ella lo había tomado por la manía de un muerto desconfiado.

Ahora entendía que no era una manía, sino una herramienta.

Y por primera vez no la iba a usar para esconderse, sino para cazar.

Iba a convertir el oído de su padre en una oreja que escuchara hacia el otro lado.

La mentira la eligió con cuidado, porque tenía que ser creíble y tenía que ser inofensiva.

Decidió que la versión sería esta: que había localizado a una testigo, una mujer mayor en una residencia, que guardaba algo del caso, y que la iba a trasladar a otro centro para protegerla.

Quien conociera la historia por dentro ataría el cabo: la policía había dado con la mujer que firmaba y se la llevaba.

La marca, lo único que cambiaría de una versión a otra, sería el nombre de la residencia de destino.

Tres nombres distintos para tres canales. Un nombre falso por cada boca.

Lo de inofensiva no era un adorno. Una trampa que pone en peligro a alguien deja de ser una trampa y se convierte en una imprudencia, y Nora no estaba dispuesta a cazar al que escuchaba a costa de una vieja que ya no sabía ni en qué año vivía.

Por eso la mentira tenía truco doble: las tres residencias de destino eran inventadas, y la verdadera, la de Aranjuez, no la nombraría en ninguna de las tres versiones.

Ocurriera lo que ocurriera, los tres caminos llevaban a sitios vacíos.

El único sitio lleno seguía sin estar en boca de nadie.

Lo bueno del plan, si algo tan triste podía tener algo de bueno, era que el que escuchaba no podía defenderse de él sin delatarse.

Si repetía uno de los tres nombres, caía.

Y si, por prudencia, no repetía ninguno, entonces no se llevaba el dato que buscaba, y Carmen quedaba más a salvo que antes.

Las dos cosas le servían. Era la primera vez en todo el caso que jugaba con las cartas de su lado de la mesa.

Antes de sembrar nada, llamó a Rosa. Esta vez no para preguntar, sino para avisar.

—Rosa, soy Vidal. Necesito dos cosas y las dos son importantes.

La primera: a partir de hoy, esté más atenta que nunca a Carmen.

Si viene cualquiera a verla que no sea usted o sus compañeras de siempre, si alguien pregunta por ella, por sus cosas, por esa caja, me llama.

A la hora que sea. La segunda, y esta apúntesela bien: si aparece el sobrino, o llama, déjele hablar y fíjese en todo lo que diga.

Sobre todo si nombra algún sitio, alguna residencia, algún traslado.

La palabra exacta que use. Sígale la corriente en todo, dele la razón, y luego me lo cuenta a mí, palabra por palabra.

—¿La van a trasladar? —Rosa se alarmó—. Aquí no me consta ningún traslado.

—Y no lo hay. No la va a mover nadie. Carmen se queda donde está, y usted la cuida como siempre. Lo del traslado es algo que voy a decir yo por ahí, a propósito, para ver quién lo repite. Si alguien viene preguntando por un traslado que no existe, ese alguien me interesa mucho. ¿Me ha entendido?

Rosa tardó un segundo en encajarlo, y cuando lo encajó bajó la voz como había bajado Nora la suya.

—La he entendido. Cebo. Carmen es el cebo.

—Carmen es la única que no se va a enterar de nada, y la única a la que no le va a pasar nada, porque para eso le pido a usted que no la pierda de vista.

—Le dolió decirlo, porque era verdad solo a medias: a Carmen no le iba a pasar nada si todo salía como Nora quería, y las cosas no siempre salían como Nora quería—.

Cualquier cosa rara, me llama. Es lo único que le pido. Yo me ocupo del resto.

Colgó con un peso en el pecho que no se quitó en toda la tarde.

Había aprendido a vivir con la idea de poner su propia vida en medio.

Poner la de una vieja que daba puntadas a la nada era otra cosa, y se prometió que, si la balanza se torcía un milímetro, sacaba a Carmen de allí aunque tuviera que cargarla ella en brazos.

Después sembró las muestras. Una por una. Sin escribir nada.

La primera fue la más difícil, y la dejó para cuando ya no pudo aplazarla. Pilló a Sergio a solas, al final de la tarde, cuando recogía. Le habló bajando la voz, como quien comparte un avance con el único en quien confía, que era justo lo que Sergio creía que estaba pasando.

—Tengo a la testigo —le dijo—. La mujer que firmó.

Está viva, en una residencia, y guarda algo que necesito.

La voy a sacar de donde está y la voy a meter en un sitio seguro mientras consigo la orden.

La llevo a una residencia que se llama Los Tilos.

Que no salga de ti, Sergio. De momento, esto lo sabemos tú y yo.

Sergio asintió, serio, agradecido por la confianza, y le apretó el hombro.

«Cuídate», le dijo. Y Nora le sostuvo la mirada y le sonrió, y por dentro se acordó de lo que le había dicho Lena en el Anatómico: que montara la trampa de manera que después pudiera seguir queriéndolo.

Mirando a Sergio asentir, leal, sin sombra de doblez, supo que aquella era la parte que no se le iba a curar fácil.

Le estaba mintiendo a la cara al hombre que le había guardado a su padre un sobre doce años.

Y lo hacía justo para limpiarlo de toda sospecha, para poder demostrarse a sí misma que él no tenía nada que ver.

La única manera de probar que Sergio era inocente era tratarlo, una tarde, como a un culpable.

No conocía un oficio más sucio que el suyo.

La segunda muestra la dejó en la Pecera.

Buscó a Gálvez en su despacho, cerró un poco la puerta y le dio la versión de jefe: que tenía a una testigo protegida, que era sensible, que la estaba moviendo a un centro llamado El Mirador, y que prefería que no constara en ningún sitio todavía, que se lo decía a él porque era el responsable y tenía que saberlo.

Gálvez gruñó, dijo que por qué no constaba, dijo que esas cosas hay que hacerlas por el conducto, y bajó la voz como bajaba la voz él cuando algo le incomodaba.

Nora le prometió el papeleo «en cuanto la mujer estuviera a salvo».

Gálvez lo dejó pasar, territorial y a regañadientes, y ella salió de allí con la segunda bolsa cerrada y etiquetada: El Mirador, canal Pecera.

La tercera fue la que menos esperaba tener que sembrar, y la que peor le supo después de la de Sergio. Llamó a Inés, al móvil personal, al final del día.

—Una cosa más, y esta tampoco sube —le dijo—. He movido a Carmen. La tengo en una residencia que se llama Santa Lucía, hasta que consiga la orden para la caja. Te lo cuento por si pasa algo y hay que localizarla deprisa.

Inés se quedó callada medio segundo de más, y Nora apretó el teléfono, porque Inés era la única de las tres en quien confiaba de verdad, la que llevaba el caso entero sin pedir nada a cambio, y mentirle le pareció una traición pequeña dentro de una grande.

Pero Lena tenía razón también en eso: el oficio te hace sospechar hasta de la gente que quieres, y te deja luego a solas con la vergüenza.

Si no probaba a Inés, no probaba nada. Una muestra sin control no vale.

—Entendido —dijo Inés al fin—. Santa Lucía. Cualquier cosa, te aviso.

Y colgó, y Nora no supo si el medio segundo de silencio de Inés había sido sospecha, cansancio o nada. Eso era lo malo de las trampas: que también te envenenan a ti la manera de oír a la gente.

Cuando terminó con Inés, se quedó un rato quieta, con el móvil todavía tibio en la palma.

En una sola tarde había mentido, una detrás de otra, a su compañero de doce años, a su jefe y a la única del caso en quien confiaba sin reservas.

Tres mentiras pequeñas, calculadas, de las que no se notan.

Y entendió que el caso le había cambiado algo por dentro sin pedirle permiso: había empezado buscando a quién no creerse, y había terminado teniendo que volverse, ella misma, alguien de quien no fiarse.

El que monta la trampa también vive dentro de ella mientras dura.

Tres muestras. Tres nombres. Los Tilos para Sergio, El Mirador para la Pecera, Santa Lucía para Inés.

Tres residencias que no iban a recibir a nadie, porque Carmen seguía en la suya, dando puntadas en el aire a una tela que no existía, vigilada por una mujer con una llave al cuello.

No había escrito ninguno de los tres nombres.

Los llevaba donde le había dicho Lena, en el único sitio que todavía no sabían pinchar, repitiéndoselos para no confundirlos: Tilos, Sergio.

Mirador, Pecera. Lucía, Inés. Le daba algo de vértigo fiárselo todo a la memoria, ella que copiaba los nombres a mano para creérselos.

Pero un papel con tres residencias y tres personas al lado era una confesión esperando a que la encontraran.

Si la trampa se descubría, no podía existir la prueba de que era una trampa.

La única copia estaba detrás de su frente, y ahí no entraba nadie.

A las nueve menos diez de la noche, sentada en el coche frente a su portal, repasó las tres por última vez en voz baja, una detrás de otra, para que se le quedaran clavadas.

A las nueve menos cinco subió a casa, dejó el móvil cargando boca abajo en la mesa y se sirvió un vaso de agua que no llegó a beberse.

No había nada más que hacer. La trampa estaba puesta.

Ahora le tocaba lo que peor llevaba: esperar a que uno de aquellos tres nombres volviera a ella por un camino que no había abierto.