La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

La cena

Sergio la invitó a cenar el martes. Lo planteó como lo que era para él: el único sitio donde podían hablar sin que les oyera nadie.

—En Canillas no —le había dicho por la mañana, en el aparcamiento, lejos de las mesas—.

En Canillas estamos los dos pensando quién escucha.

En mi casa cenamos, Clara nos cuenta de su trabajo, y entre plato y plato me cuentas tú por dónde vas.

Nadie va a pinchar mi salón, Vidal. Es lo más parecido a un sitio seguro que se me ocurre.

Nora dijo que sí. No tenía, entonces, ninguna razón para decir que no.

La casa de Sergio olía al orden de Clara, su mujer.

Era un olor concreto, de las casas donde alguien se pasa la vida poniendo cada cosa un centímetro a la izquierda de donde estaba: a limpio, a pan reciente, a una vela apagada hacía un rato.

Clara abrió la puerta con un trapo todavía en la mano y la abrazó como abrazaba ella, de verdad, sin el cálculo de quien mide cuánto dura un abrazo.

—Nora. Por fin. Este hombre te tiene secuestrada en esa comisaría.

Era cálida de verdad, de las que escasean. Nora la conocía desde hacía años —de cenas como aquella, de cumpleaños, de un par de malos momentos en los que Clara había aparecido con comida y sin preguntas— y le caía bien. Esa iba a ser la parte que doliera.

Dentro, la casa contaba la vida de los dos: fotos en un mueble, un viaje a algún sitio con mar, los libros de Sergio mezclados con las plantas de Clara, una manta en el sofá doblada con la precisión de quien dobla porque le gusta que las cosas estén dobladas. Un hogar de los de verdad.

El recibidor era estrecho, con una consola baja donde caía el correo del día.

Nora dejó la chaqueta en el respaldo de una silla y, mientras Clara volvía a la cocina hablando de un guiso, hizo lo que hacía siempre sin darse cuenta: mirar lo que había.

No las caras. Las cosas. Un cuenco con llaves.

Una factura de la luz boca arriba. Un folleto de una óptica.

Y, debajo, un sobre de los buenos, de papel grueso, con membrete de una notaría, escrito a mano con una letra cuidada.

Doña Clara Herrera Alcántara.

Nora se quedó quieta el tiempo de un parpadeo. Después colocó bien la chaqueta, como si hubiera sido la chaqueta lo que la entretenía, y entró en el salón con la cara de siempre.

Alcántara.

Llevaba cuatro días con ese apellido metido en la cabeza.

Lo había leído en una ficha de Servicios Sociales, lo había oído cerrarse en la boca de una vieja que cosía el aire en Aranjuez, lo había escrito en su libreta debajo de una empresa muerta.

Carmen Alcántara. La mujer que firmó. La mujer por la que su padre le había dicho que empezara.

Y ahora el mismo apellido estaba escrito en un sobre, encima de una consola, en el recibidor de la casa de Sergio, detrás del segundo nombre de su mujer.

No era un apellido raro. Había Alcántaras a miles.

Se dijo eso, lo de los miles, con la parte de la cabeza que sirve para no perder la cara delante de la gente.

Y la otra parte, la que llevaba doce años aprendiendo a no creer en las casualidades de los nombres, le contestó lo que ya sabía: que en aquel caso nada se repetía por azar, que su padre no la habría mandado a tirar de un hilo que no llevara a ninguna parte, y que aquel sobre no era una coincidencia.

Era el otro extremo del hilo, asomando por donde menos lo esperaba.

—Siéntate, que esto ya está —dijo Clara desde la cocina—. Sergio, sirve el vino, no te quedes mirando a tu compañera como un pasmarote.

Cenaron. Clara había hecho un guiso de cuchara, de los que se hacen para que la gente se quede, y contó lo suyo —una gestoría administrativa, papeles de otros, vidas ajenas convertidas en carpetas— con esa gracia que tenía para que lo aburrido sonara cálido.

En algún momento, hablando de una herencia enrevesada que llevaba entre manos, se rio de su propia familia.

—Yo de herencias sé un rato, y no por el trabajo.

Mi familia es enorme y rara, de esas con primos que no conoces de nada y tíos de los que no se habla.

Cuando se muere alguien, aparecen Alcántaras de debajo de las piedras a repartirse cuatro sillas.

—Movió la mano, quitándole importancia—.

Yo me bajé de todo eso hace años. Me quedé con Sergio, con mi gestoría y con dos primos buenos. Al resto, que les den.

Lo dijo riéndose, sirviéndose más vino, sin que para ella significara más que lo que significa hablar de una familia grande.

Para Nora, cada palabra cayó como caen las piedras en un pozo del que no se oye el fondo.

Tíos de los que no se habla. Alcántaras de debajo de las piedras.

Sergio se rio con su mujer, ajeno, porque para él también era solo eso: la familia rara de Clara, la de siempre, la que daba para una broma en una cena.

Sergio estaba en su casa, en mangas de camisa, más blando de lo que Nora lo veía nunca, y eso le dolió de una manera nueva. Lo veía a salvo en el único sitio donde, empezaba a temer, no estaba a salvo de nada.

Entre el guiso y la fruta, cuando Clara se levantó a por el postre, se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz por costumbre aunque en su casa no hiciera falta.

—Cuéntame por dónde vas con lo de la mujer que firmó. ¿Has llegado a algún sitio?

Y Nora, que había venido a eso, a contárselo y a nada más, que llevaba el sobre de la notaría todavía ardiéndole detrás de los ojos, se oyó decir:

—Despacio. Estoy verificando. Cuando tenga algo sólido, te lo paso entero.

No era lo que había planeado decir. Era lo que le salió. Porque entre la mañana, cuando Sergio le había ofrecido su salón como refugio, y aquel momento, algo había cambiado: ahora no sabía si el salón de Sergio era un refugio o una ventana.

—Aquí me lo puedes contar, Vidal —insistió él, abriendo las manos, abarcando el salón, la mesa, a su mujer trajinando con las tazas—. Esto no es Canillas. Aquí no hay oídos.

Nora miró las manos abiertas de Sergio abarcando su casa, ofreciéndosela como lo más seguro que tenía, y algo se le apretó por dentro, de una clase nueva.

Porque a lo mejor era al revés. A lo mejor el único oído que importaba estaba justo allí, dentro de las paredes que Sergio señalaba como refugio, y ella no se lo podía decir.

—Dadme unos días —dijo solo.

Sergio frunció el ceño. La conocía demasiado.

—¿Qué pasa?

—Cansancio. Llevo unos días sin parar.

—Vidal. A mí no me des una de esas. —Pero no lo dijo Sergio.

Lo dijo Clara, que volvía con la bandeja y lo había oído desde la puerta, con una sonrisa para quitarle hierro—.

A este se le da bien mentir en el trabajo y fatal en casa.

A las mujeres se nos nota lo contrario. ¿Verdad, Nora? Tú ahora mismo estás mintiendo bien.

Lo dijo en broma, dejando la bandeja, moviendo el azucarero un centímetro hasta dejarlo donde a ella le parecía que tenía que estar.

Una broma. Pero a Nora se le quedó dentro como no se quedan las bromas.

Aquella mujer cálida, que leía a la gente, que sabía cuándo alguien mentía bien, llevaba en el segundo apellido el nombre que su padre había puesto el primero en una instrucción escrita para después de muerto.

Y Nora no tenía manera de saber, viéndola servir el postre, si Clara era solo eso —una mujer buena que ponía los azucareros rectos— o si era algo más; y, en cualquiera de los dos casos, no podía preguntárselo.

Esa era la trampa entera, y la vio cerrarse alrededor de la mesa mientras Clara repartía el café.

Si el apellido significaba lo que temía, entonces durante años, cada vez que Sergio había llegado a casa y había soltado, sin querer, una frase de un caso —porque eso lo hace todo el mundo, descargar el día con quien duerme al lado—, esa frase había caído en una casa con un apellido dentro.

No hacía falta un micrófono. No hacía falta un traidor.

Bastaba un hombre cansado contándole a su mujer cómo le había ido el día.

La filtración que su padre temía podía no ser la maldad de nadie.

Podía ser, sin más, amor: un marido que confía en su casa.

Y eso era mil veces peor que un topo, porque a un topo se le detiene, y a una cena de matrimonio no.

—Estoy mintiendo regular —dijo, y forzó una sonrisa—. Me habéis pillado. Es el caso, que no puedo soltarlo todavía ni con vosotros. Dadme esos días.

Clara le apretó el hombro al pasar, sin más, y sirvió el café.

Sergio se quedó mirándola un segundo de más, porque sabía que aquello no era cansancio, pero la dejó.

Llevaban suficientes años trabajando juntos para reconocer cuándo el otro cargaba algo solo, y para respetar el peso ajeno sin meter la mano.

Lo quería, a Sergio. No del modo en que se quiere para una vida, sino del modo en que se quiere a quien te ha sostenido la espalda doce años, a quien guardó el sobre de tu padre y no lo abrió, a quien no huye cuando debe.

Y por quererlo así, lo que más deseó en aquella cena fue equivocarse.

Que el apellido fuera de los miles. Que Clara fuera solo una mujer buena con una familia rara.

Que su padre, por una vez, se hubiera mandado a sí mismo a un sitio que no llevaba a ninguna parte.

Deseó equivocarse con todas sus fuerzas, y eso, en ella, era la señal más segura de que no se equivocaba.

Se fue pronto, con la excusa verdadera del cansancio.

Clara le metió en una bolsa un táper del guiso —«para que cenes algo decente mañana»— y la acompañó a la puerta con la misma calidez con que la había recibido.

Al coger la chaqueta, Nora volvió a pasar al lado de la consola sin querer mirar y mirando.

El sobre de la notaría seguía allí, boca arriba, con el apellido en su letra cuidada.

Bajó las escaleras despacio. En la calle hacía una noche tibia de julio.

Caminó hacia el coche con el táper todavía caliente en la mano y, según andaba, se le quedó pegado —en la ropa, en el pelo, en las manos— el olor de la casa de Sergio: a guiso de cuchara, a pan, a vela apagada, a orden.

El olor de un hogar de verdad, de los que uno quiere que existan.

Tardó dos calles en darse cuenta de que ya no iba a poder volver a oler aquella casa sin oler también, por debajo, el nombre que había leído en un sobre nada más entrar.