CAPÍTULO 11
La visita que no consta
El sobrino correcto no la dejó dormir.
Era una frase pequeña, de las que dice la gente para rellenar, y Nora se había pasado el domingo dándole vueltas.
Un sobrino que venía suelto, muy correcto, firmaba y se iba.
Para una mujer a la que el registro daba por muerta, a la que nadie buscaba, a la que su propia familia había convertido en otra persona, un sobrino atento era lo último que cuadraba.
La gente que esconde a alguien no lo visita.
Quiere que ese alguien deje de existir, no que reciba colonia el día de su santo.
Había salido de Aranjuez el domingo con esa frase clavada y no se la quitó en todo el día.
La rumió mientras fingía descansar, mientras no llamaba a su madre, mientras miraba la libreta donde se le iban juntando los muertos que firmaban y las empresas que pagaban.
Un sobrino correcto. En aquel caso, lo correcto siempre era lo que peor olía.
El lunes volvió a Aranjuez. Sabía que volver dos veces al mismo sitio dejaba poso, que la chica de recepción la recordaría, que cada visita era una línea más en una memoria que no controlaba.
Pero pedir las visitas de Carmen por la vía oficial —un requerimiento a la residencia, un oficio con membrete— era encender otra luz: dejaba por escrito que la inspectora Vidal se interesaba por una tal Carmen Ruiz de Aranjuez, y ese papel, como todos, podía leerlo cualquiera de los que su padre le había dicho que no leyeran nada.
Así que iba ella, en persona, con la placa en el bolsillo y sin parte de servicio, a sacarle a una cuidadora lo que un juez le habría dado en un folio.
Era más lento. Era más sucio. Era la única manera de que la pregunta no llegara antes a quien no debía.
La cuidadora del domingo estaba de turno. Se llamaba Rosa; lo había leído en la bata. La pilló en el cuarto de servicio de planta, con un carro de medicación, y esta vez no fue de parte de ningún familiar. Le enseñó la placa, despacio, tapándola con el cuerpo contra la pared del pasillo.
—No vengo a darle un disgusto a nadie —dijo—. Vengo a preguntarle por las visitas de Carmen. Y le pido que esto quede entre usted y yo.
Rosa miró la placa, miró a Nora, y no se sorprendió tanto como se habría sorprendido alguien con menos años en aquel oficio.
—Ya me parecía a mí que usted no era sobrina de nadie —dijo—. Pregunte.
—El sobrino. ¿Cuántas veces ha venido este año?
—Tres. Lo sé porque lo apunto yo, y porque me fijo.
—Bajó la voz—. Viene, firma en el libro, sube, está veinte minutos contados y se va.
No trae nada que no se pueda tirar: colonia, magdalenas, una vez unas zapatillas.
Cosas de visita. Pero no es de los que vienen a ver a una tía. Es de los que vienen a comprobar algo.
—¿Por qué lo dice?
—Porque a una tía la tocas. Le coges la mano, la besas, le hablas alto porque está sorda.
Él no. Él se sienta enfrente, con las manos quietas, y mira.
Y antes de irse, le ordena las cosas de la habitación.
La rebeca en la silla, los botes de la mesilla, los pañuelos.
Lo deja todo recto, alineado, como si el cuarto fuera un escaparate.
—¿Cómo es? De aspecto.
—Normal. Esa es la cosa. —Rosa se encogió de hombros—.
Ni alto ni bajo. Delgado. Bien vestido pero sin llamar, ropa de la que no te acuerdas.
Unas gafas finas, sin patillas gruesas. Y una cosa rara: cuando le hablas, se las quita.
Se quita las gafas para escucharte, como si le estorbaran para oír.
Para ver se las pone uno; él se las quitaba para oír.
—Negó con la cabeza—. Huele a limpio, eso sí.
A jabón. Y a una cosa que tardé en colocar, hasta que un día caí: a esa cinta de embalar marrón, la de cerrar cajas. Como los de las mudanzas.
Nora guardó aquello sin que se le moviera la cara.
Un hombre que ordena la habitación de una vieja que no se va a enterar.
Que alinea los botes y los pañuelos en un cuarto que no es el suyo, antes de marcharse.
No lo dijo en alto, pero el orden por el orden, el dejarlo todo recto en una vida ajena, le pareció más frío que cualquier amenaza con voz.
—Una cosa más, Rosa. Cuando viene, ¿le pregunta a usted algo?
—Siempre lo mismo. —No tuvo que pensarlo—.
Que si la tía está bien. Que si habla. Que si ha venido alguien más a verla.
Que si dice cosas de antes, de cuando era joven.
Yo le contesto lo de siempre: que la pobre va y viene, que unos días está y otros no, que no se le entiende la mitad.
Y él se queda tranquilo con eso. Le gusta oír que no se le entiende.
—Se calló un segundo, cayendo ella sola en lo que estaba diciendo—.
Ahora que lo pienso, no pregunta como quien se preocupa por una tía. Pregunta como quien hace inventario.
A Nora le subió por la espalda el frío de costumbre.
—Rosa. La próxima vez que venga, no le diga que he estado aquí. Ni que ha venido nadie. Que todo sigue igual, que Carmen va y viene, que no dice nada que se entienda. Es importante. Por Carmen y por usted.
Rosa la miró y entendió más de lo que Nora le había dicho.
—¿Esa mujer está en algún lío?
—Esa mujer es lo único que le queda por arreglar a alguien —dijo Nora—. Y yo prefiero llegar antes.
De camino a la escalera, se paró en recepción y pidió el libro con la excusa de firmar su propia entrada.
Pasó las hojas hacia atrás como quien busca su sitio.
Encontró los tres garabatos de los que hablaba Rosa: el mismo trazo apretado, ilegible, las tres veces, con la fecha y la hora al lado en letra de imprenta, pequeña y clavada.
Enero. Abril. Y el último, a primeros de este mes, unos días antes de que Riera saliera en la televisión.
El nombre, imposible de leer. La hora, exacta al minuto.
Un hombre que firma para que no se le lea el nombre, pero que apunta la hora como si le importara dejar constancia de cuándo estuvo.
Y que había venido a comprobar a Carmen justo cuando todo lo demás empezaba a moverse.
Subieron a la habitación. Carmen dormitaba en el sillón, con la bolsa de rafia en el regazo, agarrada hasta en el sueño. Rosa bajó la voz al entrar, por costumbre.
—¿Le ha tocado algo de lo de ella, el sobrino?
—Lo de ella, ella no lo suelta. —Rosa señaló la cama con la barbilla—.
Tiene una caja. Una caja de latón vieja, de las de costura, grande, atada con una goma.
La trajo el día que ingresó y no la ha soltado nunca.
La tiene debajo de la cama, y por la noche se la sube al regazo.
Si vamos a hacer la cama, hay que esperar a que la quite ella.
La he visto pelearse por esa caja con una compañera mía como una fiera, y eso que Carmen pesa cuarenta kilos.
—¿Desde cuándo la tiene?
—Desde que entró. Eso fue antes de mí, y yo llevo aquí seis años.
Alguien la trajo con lo puesto, con la bolsa y con la caja, y la dejó.
En la ficha pone poco. —Rosa bajó aún más la voz—.
A mí me da la sensación de que esa mujer no eligió venir.
Que la trajeron, la apuntaron con el apellido a medias y se olvidaron de ella.
Lo único que se trajo de su vida entera es lo que hay en esa caja.
Por eso no la suelta. Cuando solo te queda una cosa, esa cosa eres tú.
—¿Sabe qué hay dentro?
—Ni idea. No la abre delante de nadie. Yo creo que ni se acuerda de qué guarda. La defiende como defiende la bolsa: porque es suya, porque es de lo poco que sabe que es suyo. Los viejos de aquí no defienden lo que vale. Defienden lo que es suyo.
—Por nada —dijo Nora, que era la respuesta que daba cuando algo lo era todo.
Se acercó al sillón. Carmen entreabrió los ojos, la miró sin reconocerla y murmuró algo a medias para nadie —que tenía las sábanas casi, que le faltaba el embozo de dos— antes de hundirse otra vez en su año, con la bolsa apretada.
Nora no la despertó. Le bastaba con haber visto la cama y, debajo, el filo de latón de la caja que asomaba.
En esa caja podía no haber costura ninguna.
Podía haber la razón por la que su padre, doce años atrás, había escrito el nombre de Carmen en una cuartilla y se lo había guardado.
Pero eso, todavía, no pasaba de corazonada, y las corazonadas no se abren con una goma: se confirman.
Lo que sí sabía ya, sin confirmar nada, era que no estaba sola en aquel cuarto.
Que otro le había puesto el ojo a la misma caja, por la razón contraria a la suya.
Dos personas y una caja. Uno que la quería abierta y otro que la quería desaparecida.
Y en medio, una mujer de cuarenta kilos que la apretaba contra el pecho sin saber que apretaba el final de una historia empezada antes de que ella perdiera la cabeza.
Nora pensó en su padre, en lo solo que debió de trabajar todo aquello, en lo lejos que se vino a esconderlo, y entendió que la herencia que le había dejado no era una instrucción de tres frases.
Era una carrera. Y le había dado la salida con doce años de retraso.
Cuando salió a la calle, el riego automático del jardín se había puesto en marcha y mojaba la acera. Se quedó un rato sentada al volante, sin arrancar, ordenando lo que tenía.
Había venido a Aranjuez el domingo creyéndose la primera en encontrar a Carmen, la primera en saber que la muerta de los papeles estaba viva y cosía el aire en una residencia.
Se iba el lunes sabiendo que no era la primera.
Era la última. Otro había llegado antes, tres veces ese año, y se había sentado enfrente de aquella mujer con las manos quietas, midiendo el cuarto, ordenándole los botes, esperando con una paciencia de inventario a que llegara el día en que ya no hiciera falta pedirle la caja, porque a Carmen, de tanto descoser, no le quedara nadie que se la defendiera.