La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Lo que no miente

La ferretería grande de la salida de la ciudad tenía los pasillos anchos y todo numerado, lo que a él le gustaba. Las tiendas pequeñas tienen dependientes que te miran a la cara y te preguntan para qué lo quieres. Las grandes no preguntan. En las grandes uno es un carro más entre los carros.

Cogió un carro aunque llevaba poco que comprar. Un hombre con un carro mira menos que un hombre con las manos llenas.

Fue al pasillo del embalaje. Cinta de embalar, marrón, ancha, de la buena, la que no se rasga al tirar de ella.

Cogió seis rollos. No tres, que se quedan cortos.

No diez, que un hombre que compra diez rollos de cinta se le queda grabado a la cajera.

Seis. Seis rollos son una mudanza pequeña, una cosa de las que hace cualquiera.

Para que la cinta no fuera lo único en el carro, fue echando lo demás: un paquete de bridas, dos bombillas, una fregona, un bote de quitamanchas, una caja de bolsas de basura de las gruesas.

Puestas juntas, esas cosas no eran nada.

Eran un sábado de cualquiera que arregla su casa.

La cinta, en medio, dejaba de ser cinta. Pasaba a ser «cosas».

Eligió cada producto sin tocar dos veces ninguno.

Sabía lo que iba a coger antes de entrar; entrar a mirar es de los que no saben lo que quieren, y él siempre sabía.

Antes de ir a la caja, colocó las cosas en el carro de manera que lo de pagar primero quedara arriba, alineado con el borde.

El orden ahorra tiempo en la caja, y el tiempo en la caja es tiempo en que la cajera te mira.

En la caja dio los buenos días. Contestó al «¿bolsa?

» con un «sí, gracias, una grande». Cosas que se dicen para ser uno más.

Pagó en efectivo, los billetes contados de antemano, sin tarjeta.

La tarjeta deja una hora, un sitio y un nombre pegados a una compra.

El efectivo no deja nada. El efectivo es de los que prefieren que su tarde no tenga nombre.

La cajera fue a tirar el tique a la papelera de debajo del mostrador, como hacen casi todas. Él lo paró con su voz de siempre, la educada, la que no levanta una sola ceja.

—El tique sí, por favor.

Lo cogió, lo dobló por la mitad y se lo guardó.

No por la garantía; no iba a devolver una fregona.

Lo guardaba porque el tique decía la verdad y su cabeza, a veces, no.

El tique decía la hora exacta, el día, lo comprado y el sitio.

Una persona puede dudar de lo que hizo un martes.

Un tique de un martes no duda. Él tenía en casa una caja de zapatos llena de tiques, ordenados por fecha con una goma por cada mes, y cada noche metía el del día antes de acostarse.

Así, el día que necesitara saber qué había hecho una tarde cualquiera, no se lo preguntaba a la memoria, que miente para dejarle a uno dormir.

Se lo preguntaba a la caja de zapatos, que ni dormía ni mentía.

La memoria es de quien se permite olvidar.

Él no se lo permitía. Un hombre que sabe al detalle qué hizo cada día es un hombre al que no se le puede contar su propia vida de otra manera.

La lista decía lo que quedaba. Los tiques decían lo que ya estaba hecho.

Entre las dos cosas, su vida no tenía huecos, y un hombre sin huecos es un hombre al que no se puede pillar en ninguno.

Lo había aprendido del otro, del que ahora salía en la televisión, pero al revés.

El otro guardaba para tener poder sobre los demás: agendas, nombres, lo que cada cual debía callar.

Él no guardaba para tener poder sobre nadie.

Guardaba para no necesitar a nadie. Que es más seguro, porque al que tiene poder lo buscan, y al que no necesita a nadie no lo echa de menos ni quien lo conoce.

Salió con la bolsa grande en una mano. En el aparcamiento había ruido de carros y de motores, y por un momento, al cruzar, le pareció oír que alguien decía un nombre.

Se quitó las gafas para oír mejor. No era su nombre.

No era nadie. Volvió a ponérselas y siguió.

Olía, como olía él desde hacía meses, a cartón y a cinta nueva, y por debajo, a jabón de lavar a mano.

No miró atrás al salir. No miraba atrás nunca. Lo de atrás estaba en la caja de zapatos, ordenado, y no hacía falta girarse para mirar algo que ya estaba escrito.

En el coche, antes de arrancar, sacó el tique otra vez y comprobó que la hora estuviera bien impresa: 19:14. Lo guardó en la guantera, encima del de ayer, en su orden. A las 19:15 metió la marcha y salió del aparcamiento despacio, sin rozar la raya de ningún coche.