La hora detenida (Nora Vidal 4) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Carmen

A Carmen la encontró un nombre al que le faltaba una mitad.

Inés llamó el domingo a media mañana. Por probar, había cruzado la fecha de nacimiento de Carmen Alcántara Ruiz —la muerta que firmó— con los ingresos en residencias de mayores de los últimos años.

Y le había salido una mujer con esa misma fecha de nacimiento, la misma exacta, ingresada en una residencia de Aranjuez.

Sin el Alcántara. Allí se llamaba Carmen Ruiz.

—La misma fecha, los dos apellidos partidos por la mitad —dijo Inés—.

Se quitó el Alcántara y se quedó el Ruiz.

Quien se cambia el nombre entero levanta sospechas; quien solo se quita un apellido, no.

Sigue siendo Carmen. Sigue girándose cuando la llaman.

Pero ya no cruza con la muerta. Es la jugada más vieja que hay: para esconderte, no te inventes a otra. Quédate con media de ti.

—¿Va alguien a verla?

—Eso no me sale del cruce. Eso lo verás tú allí.

El camino a Aranjuez se le hizo corto y largo a la vez, como se hacen los caminos a los que uno no sabe si quiere llegar.

Iba a ver a la única persona viva que su padre había nombrado.

Una mujer a la que el Estado daba por muerta desde hacía casi treinta años y que, según los papeles, había firmado, había cobrado y había tenido algo que ver con un menor.

Nora no sabía qué iba a encontrarse. Una cómplice.

Una víctima. Las dos cosas a la vez, que era lo más posible en aquella historia.

Aranjuez en julio era una luz blanca sobre los plátanos y un río que olía a verde por debajo del calor.

La residencia era un edificio de los ochenta, encalado, con un jardín delante que acababan de regar; el agua oscurecía todavía la tierra de los parterres.

Dentro olía a lavanda de la que se compra en garrafas para tapar otros olores.

Los zócalos de los pasillos estaban golpeados a la altura de los reposapiés de las sillas de ruedas, una raya marrón continua a media pierna, el rastro de los que ya no andan solos.

Dijo en recepción que venía a ver a Carmen Ruiz. No dijo de qué. La chica del mostrador miró una pantalla.

—¿Es usted familia?

—Vengo de parte de un familiar —dijo Nora, que no era del todo mentira, porque de algún modo venía de parte de su padre.

La chica no preguntó más. En aquellos sitios, que alguien viniera a ver a una vieja era una buena noticia y no se le ponían pegas.

—La tiene en la salita del fondo. Pero le aviso, para que no se lleve un disgusto: la Carmen va y viene.

Hay días que está aquí y días que está en otro año.

Esta mañana la he visto despejada, pero no le prometo nada.

Y no le lleve la contraria con las fechas, que se pone mala. Sígale la corriente y ya.

—¿Recibe muchas visitas?

La chica se lo pensó, como quien no quiere decir de más.

—Poca cosa. Un sobrino, creo, que viene suelto. Muy correcto, muy callado, no se queda mucho. Trae sus cosas de aseo, firma y se va. Y poco más. Aquí la mayoría no recibe a nadie, así que ya le digo que viene bien que venga gente.

Nora guardó al sobrino correcto en el sitio de las cosas que aún no sabía dónde colocar, y fue a la salita.

Carmen estaba en una salita con la televisión puesta sin volumen y tres sillones de escay.

Era pequeña, con los hombros vencidos hacia delante, como si llevara años inclinada sobre algo.

Una rebeca de punto cerrada con un imperdible donde le faltaba un botón.

En el regazo, una bolsa de rafia de cuadros, de las del mercado, agarrada con las dos manos.

Las manos eran lo único que se le movía sin parar: los dedos torcidos en los nudillos, hinchados de costura vieja, cosían algo que no estaba.

Nora se quedó un momento en la puerta, mirándola antes de acercarse, como miraba siempre: primero las cosas, después la persona.

La rebeca con el imperdible. La bolsa de rafia.

Los dedos. Una mujer pequeña, de las que han trabajado con las manos toda la vida, sentada delante de una televisión muda en una salita que olía a lavanda de garrafa.

No tenía pinta de ser el principio de nada.

Y, sin embargo, su padre había escrito su inicial en una cuartilla y la había puesto la primera.

Empezad por la mujer que firmó. Por esta.

Por esta mujer pequeña que ya no sabía ni en qué año estaba.

Acercó un sillón y se sentó a su lado, no enfrente.

—Hola, Carmen. Me llamo Nora.

Carmen la miró con unos ojos claros, despiertos de pronto.

—¿Vienes por la ropa?

—¿Qué ropa?

—La del centro. Las sábanas. Hay que recogerlas hoy, que mañana las quieren puestas. —Las manos se le movieron más deprisa—. Yo las tengo casi. Me falta el embozo de dos. Díselo, que me falta el embozo de dos y que no las cuente todavía.

—No las cuenta todavía —dijo Nora, despacio, siguiéndole la corriente al año en el que vivía—. ¿Para quién las coses, Carmen?

—Para el centro, mujer. Para los niños —dijo como quien le explica algo evidente a alguien un poco torpe—. Sábanas, fundas, las batas. Lo que se rompe. Con los críos se rompe mucho, y hay que tenerlo todo marcado, que si no se mezcla.

—¿Marcado cómo?

—Con su número. Cada cosa, su número. —Los dedos pararon un instante—.

A mí me daban la lista con los números y yo bordaba el número en una esquina, pequeñito, con hilo azul.

Para que cada cama supiera la suya. Eso lo hacía bien.

Eso no lo hacía mal nadie. —Volvió a coser en el aire—.

Lo que pasa es que los números cambiaban.

Una semana estaba el doce, y a la otra ya no estaba el doce, y venía un trece.

Y yo descosía el doce y bordaba el trece.

Mucho descoser. Demasiado, para un sitio de niños.

Nora no preguntó adónde iba el doce cuando dejaba de estar.

No lo preguntó porque sabía que Carmen, en aquel año en el que vivía, tampoco se lo había preguntado, o se lo había preguntado una vez y había decidido que su trabajo eran las sábanas y no los niños.

Lo apuntó por dentro, frío, como había aprendido a hacer: una pieza, no una herida.

La herida vendría después, fuera de allí, cuando pudiera permitírsela.

Carmen siguió cosiendo el aire un rato. Después, sin que Nora le preguntara, dijo algo en voz baja, más para la bolsa de rafia que para ella.

—Yo a los niños no les miraba la cara, ¿sabes?

Yo miraba las camas. La doce, la trece. Una cose y agacha la cabeza, y cuando la levanta ya le han cambiado el número.

No es lo mismo perder una cara que perder un número.

El número se descose y se borda otro. La cara no.

La cara, si la hubiera mirado, no me dejaría dormir.

Por eso no la miraba. —Asintió despacio, dándose la razón a sí misma de hacía treinta años—.

No mirar fue lo más listo que hice. A lo mejor lo único.

—¿Quién te daba la lista de los números?

Carmen frunció el ceño. Por un momento pareció que la pregunta la sacaba un poco de su año, que se asomaba al borde de otro y no le gustaba lo que veía desde allí.

—Uno que venía —dijo, más bajo—. Mayor. Educado.

Llamaba a la puerta aunque estuviera abierta.

Recogía la ropa contada y dejaba la lista nueva.

No se quedaba. —Las manos se le quedaron quietas del todo, y eso, en ella, fue como si otra persona se hubiera puesto de pie—.

Ese no rompía nada. Ese ordenaba. Y a mí me daba más miedo el que ordenaba que los que rompían.

Los que rompen se cansan. El que ordena no se cansa nunca.

Se quedaron las dos calladas. En la televisión sin volumen, un concurso repartía premios a gente que aplaudía sin que se oyera.

Nora tenía ya más de lo que había venido a buscar, y nada que pudiera escribir.

Un centro de menores donde a cada niño se le ponía un número, y el número cambiaba de una semana a otra.

Alguien que recogía la ropa contada y dejaba listas nuevas, educado, que no se cansaba.

Era la misma forma de todo lo demás de aquel caso: el orden como método, las personas convertidas en líneas de un inventario, lo que falta y lo que queda.

La columna que Robles había leído en alto en la Pecera —«cerrados»— y los números azules que aquella mujer bordaba en las esquinas de las sábanas eran, sin que ninguna de las dos lo supiera del todo, la misma contabilidad.

Una la llevaba un psicólogo en una agenda.

La otra la había bordado Carmen con hilo, a mano, sin entender lo que estaba cosiendo.

—Carmen —dijo Nora, con cuidado, probando otra puerta—. ¿Te suena el apellido Alcántara?

La vieja se quedó muy quieta. Algo le cruzó la cara, un cierre, como una persiana que baja de golpe. Apretó la bolsa de rafia contra el pecho con las dos manos.

—Yo soy Ruiz —dijo—. Carmen Ruiz. Aquí soy Ruiz. —Y lo repitió, como un rezo que la tapaba—. Ruiz, Ruiz. La otra no. La otra se murió. Me lo dijeron. La otra se murió hace mucho, y está mejor muerta. A la otra la buscaban. A mí no me busca nadie. Aquí nadie me busca.

Nora no le dijo que sí la buscaban. No le dijo que estaba sentada a su lado por una sola razón: que un comisario muerto le había dejado escrito que empezara por ella.

Le dejó su Ruiz, su media vida, su residencia donde nadie la buscaba.

Quitarle eso, allí, en aquel sillón de escay, no le iba a devolver a nadie un niño con un número en la sábana.

Para calmarse, Carmen abrió la bolsa de rafia y empezó a sacar cosas y a ordenarlas en el regazo, como hacía, quizá, veinte veces al día.

Carretes de hilo sin hilo. Un dedal. Un trozo de tela doblado en cuatro.

Unas tijeras pequeñas con una funda de fieltro que se había cosido ella misma.

Botones sueltos en una caja de pastillas.

Y, debajo de todo, sin sacarla nunca, una lata de costura vieja y abollada, cruzada por una goma: esa no la abría, solo la rozaba con un dedo para notar que seguía en el fondo, y la dejaba estar.

Lo fue sacando y metiendo, contándolo con los dedos, y al final lo guardó todo y volvió a apretar la bolsa contra el pecho, tranquila otra vez, como si comprobar que sus cosas seguían allí fuera la prueba de que ella también seguía.

Nora no le pidió mirar dentro. No tenía papel para pedirlo, y aunque lo hubiera tenido, hay cosas que no se le quitan a una mujer que ya solo se tiene a sí misma dentro de una bolsa de cuadros.

La dejó volver despacio a su año amable. Le preguntó tonterías —si comía bien, si tenía frío, si le gustaba el jardín—, y Carmen contestó con la parte de la cabeza que aún le servía para lo de cada día. Las manos, mientras, no dejaron de coser nada. Antes de irse, Nora le puso una mano en el brazo.

—Lo hacías muy bien, Carmen. Lo de coser.

Carmen la miró, y por un segundo volvió a estar entera, en algún sitio sin números.

—Yo zurcía —dijo—. Eso sí lo hacía bien.

Lo demás no sé. De lo demás no me acuerdo, o no quiero acordarme, que a mis años es casi lo mismo.

Pero zurcir, zurcía fino. A una sábana rota le devuelves que parezca entera, y nadie sabe nunca que estuvo rota.

—Se miró las manos torcidas, abiertas sobre la bolsa de rafia—.

A las personas no. A las personas no se las puede zurcir, por mucho hilo que les pongas.

Eso lo aprendí tarde, hija. Yo eso lo aprendí muy tarde.